Esta
semana cumplo 39 años. Las probabilidades de ser admitido entre los
intelectuales serios de mi país disminuyen a cada momento. No tengo la
posibilidad de acercarme a los lobbies de la izquierda debido a que por
una lealtad malentendida guardé silencio demasiado tiempo respecto de
los derechos humanos: la familia estaba comprometida con la dictadura
de Pinochet. No se trataba de una simple cuestión de principios –sí sé
que no es excusa, pero es lo que hay. La derecha casi no tiene
intelectuales y los pocos que tiene son creyentes, cosa que es
imposible que yo sea. Yo no soy un abogado, yo pretendo ser un filósofo
y un escritor y a veces hasta me lo creo. No tengo la habilidad ni el
descaro para defender una causa en la que no creo.
Recientemente, el candidato de la derecha ha dicho que velará por que se aplique la prescripción a las causas de derechos humanos. Esto implica que todo lo que mi país ejemplarmente ha avanzado en cuanto a la justicia en los casos que envuelven a la dictadura de Pinochet está en entredicho. Muchas personas podrán salir a la calle y regresar a sus hogares ¿estarán entre ellos Álvaro Corvalán o Manuel Contreras?
Todavía existe un grupo de chilenos que considera héroes a personajes como estos. Ellos detuvieron una supuesta conspiración del Marxismo Internacional en contra de la patria, siendo que la única conspiración que sí existió fue aquella del gobierno de Nixon, El Mercurio y la oligarquía de mi país para provocar el desabastecimiento y la desesperación durante el gobierno de Salvador Allende. Sí, también es cierto que un gobierno que no es capaz de entender qué intereses internos y externos lesiona tampoco es muy bueno…
Algunos todavía recuerdan cómo, inmediatamente después del golpe, el alimento que escaseaba simplemente apareció en los puntos de venta y pocos de ellos se dan cuenta de que aquella preciada mercancía simplemente era acaparada por aquellos que la tenían y que querían provocar la caída del gobierno. Muchos fuimos ingenuos y fuimos educados en la ingenuidad… pero a estas alturas la negación de los hechos no es más que una torpe tozudez.
Así, algunos personajes de la derecha siempre se han mantenido leales a la dictadura de Pinochet, afirmando que las violaciones a los derechos humanos de aquel período bien que no ocurrieron o bien que fueron excesos o incluso una necesidad para recuperar un clima de gobernabilidad. Es necesario recordar que esto no es cierto, que aquel clima de ingobernabilidad fue provocado por los mismos que después gobernaron a través de nuestros militares; que fue tal el pavor que sintieron ante las justas reivindicaciones del pueblo y ante la pérdida de sus privilegios, que hasta el día de hoy justifican lo que pasó y lo seguirán haciendo sin una brizna de culpa.
La impunidad no existe. Cuando los criminales no pagan alguien más lo hace de alguna u otra manera. No lo sabré yo. Algunos simplemente se quedan marginados fuera del mundo intelectual serio y condenados a un blog tan anónimo como el de cualquiera en el que se publican borradores de ideas, como este. Tengo mis responsabilidades, por una mal entendida lealtad guardé silencio y hasta adherí a ideas que no eran las mías por considerarlas convenientes a una casta a la que creía pertenecer pero, a los dioses gracias, no pertenezco. Por eso, desde esta forzada y absoluta independencia y tal vez demasiado tarde, lanzo un grito de no a la impunidad. Y espero que el anuncio de apurar la prescripción a los crímenes de lesa humanidad tenga un costo para la campaña de Sebastián Piñera.






































