
Autor: José "Jorro" Rojas
Deje mis aros grandes, redondos de plata, por pequeños largos de pluma púrpura. A díos queridos míos. Míos esos trapos de ocre y amarillos apagados. Dejo ese esmalte de uñas marrón, por un verde eléctrico. Extensiones para mi pelo, fuertes colores, para impresionar las zapatillas de los jóvenes. Un lápiz labial frutilla. Un chaleco rosa grande, para darme un personaje suave. Fosforescente quiero. Olvido mi lengua particular para ordenar, servir, y permitir. Y dibujo mi boca pequeña, confundo la huella de mis haberes, de la experiencia que envejece. Arropo mis arrugas con crema, delineando mis curvas con serviles cerezas frescas, para no delatar el exceso de piel duna, achatada por el viento de las tantas ventanas que he tomado el sol. Por momento sumerjo mi vida en una sola vida aniñada… para verte tomar una bebida de fantasía. Acariciarte tu cabello fino, asomando mi olfato, y preguntar por qué aún no te blasfeman los aromas vencidos. Tu chaqueta de niño estrella, tus zapatillas de blanca e inocencia plástica. Llenan mis senos, que por mucho amamantamiento, vuelcan a una postura pequeña, y rosada de juventud. La palma que suda, frecuenta el recuerdo mío, de las muchas que ya he tomado por continuar bajo la misma corriente que absorbe a los demás ¡Te amo! Te amo tanto pequeño… Deja que te mire el sierre del pantalón. Y que mi picardía, que te llevo como un cuento a los oídos, se transforme en un beso de lentejuelas. Vaciar sobre ti todo lo que aprendí, pero calma, que será despacio, y nadie nos observara frente a tan ridícula postura la mía, que tanto anhelo conservarte, para después mirarte por sobre los pupitres, y profanarte con la cuaresma de las matemáticas y números que llevan a fin, prescindir sobre las cosas atoradas.
Ven. Toma de mi leche. Y frota tus manitas por mi cuello. Es un museo con peces de colores que debes conocer. Lo que hacemos no esta mal, nadie nos espiara por la mañana, es seguro ¡Mírame! Soy de tu misma edad, estatura y calma. Las ventanas se dejaran mudas, mientras las cortinas asegurarán esconder nuestra romanza de niños.
Bájate el pantalón. Tocare de ti tu pequeño violín taimado, precoz de fruta madura.
Y si mi cornea tirita del espasmo asqueroso que te conllevo, distráete con la figura de mi vello púdico, que enrarece a un festival de títeres que desean conocer tu nombre.
Tranquilo, deja que esparrame la gota que despojo de tus infantes. Perico, báñate de mi, y sacude mi enfermedad, mi paciente locura delictual, hasta verme llorar, sentirme desproporcionada, querida tabú. Que el reloj avanza, y tu memoria crea venganza, vomito y recelo sexual ¡Delato! Y delito para mi ser enfurecido por un extraño, sentimiento, que ni la luna, puede mecer.
Encendí el auto. Las luces corrieron tras de nosotros. Nadie iba a pensar en nuestra fuga hacia el pecado. Ese pecado, que radica en cada centímetro que separa lo curvilíneo y recto de las cifras numéricas. De nuestro reloj biológico.
Estacionamos en parís y Londres. La habitación era en París y Londres. Para mi era sencillo, imaginar. Por simple hecho de que nos encontrábamos en suelo sudaca -pero esto es un simple engaño de la razón-. El cuarto, rodeado de atmósferas damasco; benevolente espacio de olores mermelada; siendo la ventana, quien ofrece una luz bermeja, perspicaz como un cuadro expresionista: lánguido, de colores fríos, embargando la vista hacia un hemisferio quimérico… ¡Y allí, él estaba! Entregado al desnudo. La piel toda aislada por un pequeño témpano de frío, sin dudar que sus tetillas rosadas estuvieran con el fuego del sol ¡Y su mirada, en distintas formas! Un clavo que atora la sensación de estar vivo, entregando el ultímate, del nirvana. Emprendo a tocar sus carnes rosadas, que también las ahogaba al tacto de mi lengua. Cada extremidad cóncava, curvilínea, exagerada, honorable ¡Sólo! Entregada a este cariño abochornado, en un pequeño orden pasional.
De formas inmediatas te cargue a las sabanas, blancas, como tu saliva virginal… tú, pequeño, me eras como si fuese éste el primer amor. Bese las mejillas rojas que traes, enseguida al hueso de tus pómulos. Tu uña, el muslo perdido y cuanto derrame de tus plumas recién paridas. Entre tu entre pierna, me sorprendí al ver, una canasta de frutos rojos. Esa guinda que revolvió mi yo tantas veces ausente con un hombre; las cerezas de tus pupilas que engordaron la satisfacción; la mora, frutilla, y que más, enlodaron, de helados, este paladar.
¡De cien siglos haber recorrido tu cuerpo! El tiempo se hizo engaño y lo escondió en un segundo. Acudí a tus labios ¡Frescos! Encogiendo las caderas, para luego levantar el mentón. Desde aquí, la cantidad de fuerza que sentíamos entre el uno y el otro, fue tan suave que excitaba tan sólo al pensarlo. El quejido se hizo estar. Este guión facultado de un lenguaje indescifrable. Escandaloso soneto de dicha: encantado de tanto dar, hasta perderse.
Bajo el vientre, por alto del ano, la raíz de un te quiero carnal; ese capullo tuyo mi amor, bañada por un manantial, jugos plásticos, junto a un poco de ámbar; extracto de algodón, para acariciar de forma regocijante, tierna. Joven.
Gritabas de tantas formas esa noche ¡Porque el amor no destruye, sino que transforma, hasta disolverte! Lo decías en tantas lenguas, a través de tu cuello, de tu pelo removido, tu sudor de invisibles olores, de las costillas crudas.
Creíamos que nos entregamos por segundos, más eran las horas de la madrugada que transcurrían. Así la noche corría, y queríamos que se detuviera, quedar paralizados, en un fantástico orgasmo púrpura.
El cansancio se hacia notar, más lo despejábamos con un remediable sueño placentero, el uno del otro. Y cuando ya se perdía la fuerza de puje, la transpiración evaporada, los músculos atrofiados, lanzábamos nuestra masa sobre el colchón…allí nos mirábamos; haciendo el tuerto a ojo del otro. En pocos segundos, un velador me robaba la mirada. Era él quien sujetaba de una luz, una pequeña lamparilla. De corte a corte entregaba iluminaciones: verticales, horizontales, diagonales, y tantas más, ciegas al ojo no enamorado. De esa luz no escapaban los comentarios malversados, de celos, de las paredes. Y a causa del continuo orgasmo hormonal que expelíamos, la pieza toda alegaba una bruma púrpura, de mi falo húmedo, y de esos orificios todos tuyos, donde se exprime el libo de la locura apaciguada.
Cuando el espacio abordo un temple celeste, empujaste –frágil- mis tetillas hacia el lomo. Mi sensación corpórea abandonó la tuya. De allí, te observe como un cristal, del cual puedo reflejar mi carne; algo más, más aún… ese nicho escondido entre las tripas – la pequeña sustancia que esconde los secretos de un olimpo lujurioso ¿Será verdad…? ¿Estoy enamorada?-. Inmediatamente sujetas mi cadera izquierda y me arrojas a un lado. Te subes en mis carnudas faldas que llevo como piernas, te prestas a mirarme completa, mirando con sospecha esos labios de abril -¿Será que piensa en primavera, o bien, amas lo que amo del amor? Dime piel de niño-. En seguida se sonrojan mis venas, y parecido a un tomate escribo en tu hombro cada secreción oral, firmada con la esponja aguada que es como suena un beso.
De tu coral ofrecías la plata, arena y un rosal. Y lo acercabas de a poco, ocultando la parte del glande, tu cera, luego su todo. Sostenido por tu mano, en principios, para que no se extraviara. Cada punzante propósito, regalaba un exquisito olor a fuga. El choque de la piel, exprimiendo el jugo de los últimos románticos.
¡Lo sé corazón! Pellizcas tu cara, con ayuda de esa sonrisa del placer. Esa que pinta una ola, estallando en su propia alquimia. Siendo los dedos que se enredan en tu quijada, se arremolinan en tu pelo, de resbaladero utilizan tu espina dorsal, penetrando en tus límites secretos; protagonizando se el buscador de viejos tesoros…
¿A quien miras…a mí, o quien se esconde tras de mí? Lo haces como ausente. Después el rostro hace cuarzo lo suyo, para reflejarnos. Me maravillo, como lo hacen los campos de trigo; naranja todos. Y en cuanto logro entrañar tus mejillas rotas; la boca volátil, entre la punta del vacío. Al atragantarme por cada poro tu agua de la frente. Acudes a un sonido que escuchan los pájaros para rematar su vuelo: se abre mi ombligo, y despacho diecinueve pajarillos de azul cielo. Te los tragas, acudiendo a un calor de tonos fríos, brotando tu acuarela sobre la cama, mis piernas, una sabana; manchabas la almohada. Estabas obteniendo tu culminación ¡Más no era suficiente este hermoso festín, se necesitaba más fuerza! La sensibilidad debía hacer presente su ser. Cuidé de tus partes, presionándolas hacia mí. Que al rozar tú de ellas se encrespaba tu piel, hasta el punto de estar erguido, ambos, por un hermoso cosquilleo. Sentí un enjuague por mi vagina; se extraviaron mis pies; la espalda volteo hacia el mentón ¡Gritamos, gritamos tanto! Y contaminamos el espacio de una pintura acuosa; manchábamos el colchón, estábamos culminados, estábamos lejos, muy lejos.
Después se ofreció lagrimas secas, un beso despacito, y un te amo censurado - para no asustar de sentimentaloides-. Cerraste tu coral; la plata, la arena y un rosal, los guardaste en el bolso. Con oro de mi pecho pague tu amorío, desaparecimos, nos refugiamos, por mucho tiempo, bajo muchos objetos arrinconados….
Con la luna arriba por algunas noches, el sol que baja y sube, detrás de las grietas de los murales, sobre todo lo que sufre reparos, es ahora, a cada segundo que te robo la mirada gelatina; padecemos sobre la viva pregunta, que azota a quienes probaron de una manzana prohibida.. Nos preguntamos mientras tomo tus clases, expió tus movimientos por el patio de escuela, junto a vuestros padres, discutiendo actividades de colegiatura… allí ¡Juntos! Sobre el mismo escritorio. Robándonos la culpa, pero jamás, de un amor -debes creer mi amor-, distinto a los demás ¡La viva pregunta! Recuerda amor, de cómo será ese suave gusto ahora, justo ahora.
Reseña Bio-bibliográfica: Octubre de 2008, junto a Magoeditores, edito mi primer libro. Poemario, titulado Muerte rosa.
El mismo año, recibo una Mención Honrosa, de parte del concurso de cuentos Andrés Sabella. " Mapeo nocturno"






































