
WITOLD GOMBROWICZ Y CLAUDE LÉVI-STRAUSS
“Sí,
sí, por supuesto, me he informado. Una ‘estructura’ estructuralista no
es lo que yo entiendo por ‘forma’, y, puede creerme, he leído aquí y
allá un poco de Althusser, Lévi-Strauss, Foucault, Marx, Lacan,
Barthes, Goldmann... ¡Sepa que estoy a la última moda aunque no esté
seguro de a cuál moda... hay demasiadas! (...) Pero en los
estructuralistas la cosa es muy diferente, ellos buscan las estructuras
en la cultura, yo en la realidad inmediata (...)”
“Mi forma de ver
las cosas estaba directamente relacionada con los acontecimientos de
aquel entonces: hitlerismo, stalinismo, fascismo... Estaba fascinado
por las formas grotescas y espantosas que surgían en la esfera
interhumana destruyendo todo lo que hasta entonces había sido venerable
(...) Era como si la humanidad estuviera atravesando un cierto estadio
para entrar en otro: el de una elaboración consciente de la forma
(...)”
“En
adelante el hombre podría ‘hacerse’, se fabricaban las verdades a
voluntad, y los ideales, los fanatismos e incluso los sentimientos más
íntimos... El hombre fue para mí como una abeja, que secretaba
continuamente no la miel sino la forma. Se modelaba en el vacío (...)
Admiro la ciencia, es decir, la episteme puesto que soy ignorante (como
ustedes, señores, y como Sócrates), pero me temo que esa pequeña
palabra llamada ‘yo’ no se va a dejar eliminar tan fácilmente, porque
nos ha sido impuesta con demasiada brutalidad”
Detrás del rótulo del
estructuralismo –que él mismo terminó por rechazar–, Lévi-Strauss
desarrolló una innovadora manera de explicar el funcionamiento del
pensamiento humano, prestando atención a sus estructuras subyacentes y
detectando aquellos principios –como el pensamiento binario– que le dan
forma en todo contexto cultural.
¿Ciencia?
Lévi-Strauss ha dicho que nunca lo ha pretendido y que le parece
imposible una ciencia de lo social, aunque sí detectar, dentro de las
inmensas variables y acotando bien el espacio de observación, algunas
invariantes en el orden del significante. Como los surrealistas,
Lévi-Strauss se interesó por lo simbólico e irracional, pero, hombre de
ciencia al fin, sometió esos datos a la comprensión analítica.
Es
sabido que solía ir los sábados, con André Breton y otros surrealistas,
al parisino mercado de las Pulgas, a la caza de la pieza significativa,
tarea en la que es fácil advertir una percepción animista. No tuvo
especial simpatía por los trabajos de Roland Barthes, ni siquiera por
los de Foucault. Durante algunos años estuvo cerca de Lacan, aunque
nunca hablaron de psicoanálisis o filosofía, sino de arte y literatura.
En política, ha estado
más cerca de Raymond Aron que de Sartre, del que admite su genialidad
pero del que le distancian sus ideas sobre la Historia, sobre el mito y
sobre la dialéctica. A diferencia de Sartre, que miró la Historia
desde la ideología, Lévi-Strauss afirma que hay que aceptar la
contingencia irreductible de la Historia. Piensa que lo que funda a la
sociedad es la atracción entre los hombres, que el pacto social trata
de defender del elemento destructor que también nos es inherente.
Lévi-Strauss
se sabía de memoria a “Don Quijote”, y él mismo se consideraba un
Quijote en el sentido de interesarse obsesivamente por encontrar el
pasado en el presente. Como Don Quijote, ha intuido que todo es
apariencia, pero no hay que suponer que el fundamento de la apariencia
sea la moral (caballeresca o no), sino el escepticismo que nos lleva de
apariencia en apariencia en la intuición placentera de actuar “como
si”.
Su pasión por las
invariantes de las estructuras, que siempre son una relación que invoca
a una naturaleza que nos trasciende, busca la unidad en la comunidad de
la vida, en el sentido, más allá del yo cartesiano sitiado por la
conciencia. Escribía oyendo música, asistido por la melodía, ese enigma
de la cultura que los antiguos filósofos relacionaron con los astros.
A
diferencia de Don Quijote, este pensador centenario sigue creyendo lo
mismo que su admirado Rousseau: “La edad de oro, que una ciega
superstición había situado detrás (o delante) de nosotros, está en
nosotros mismos”. El tono escéptico -–aunque no cínico– es
característico de quien tal vez haya visto demasiadas cosas y sufrido
demasiadas decepciones como para dejar un hueco a la esperanza en el
ser humano.
Fue la antropología lo que permitió a este erudito
francés tomar contacto con otras culturas diferentes de la occidental y
cuestionar su pretendida superioridad. Según Levi-Strauss la mente
humana organiza el conocimiento en polos binarios y antagónicos
(bueno-malo; dentro-fuera; nosotros-vosotros; crudo-cocinado, etc.) que
se organizan de acuerdo con la lógica.
Tanto
la ciencia como el mito, como las explicaciones del mundo, estarían
estructurados por pares de opuestos relacionados lógicamente y por
tanto compartirían la misma estructura, solamente que aplicada a
diferentes cosas. Para Claude Levi-Strauss, las reglas por las que las
unidades de la cultura se combinan no son producto de la invención
humana, sino que siguen las pautas que se encuentran en el cerebro
humano.
Expresado en términos más actuales, las pautas de la
cultura serían genéticas. Por lo tanto, en el paso del ser humano de
animal natural a animal cultural (a través de la adquisición del
lenguaje, la preparación de los alimentos, la formación de relaciones
económicas y unidades políticas, etc.) el ser humano sigue unas leyes
ya determinadas por su estructura biológica.
Por
eso el ser humano no sería la especie privilegiada que creemos que es,
sino una especie más que pasará y que solamente dejará algunas trazas
de su actividad cuando se extinga. El modo de pensar de Claude
Levi-Strauss ofrecía una alternativa, claro que pesimista, pero
alternativa al fin, a los sistemas burgueses y religiosos imperantes en
la cultura oficial de Occidente.
Cuestionando la supremacía de
la cultura occidental y explicando científicamente las reglas de la
cultura, Levi-Strauss construyó una imagen del ser humano pesimista: un
ser que se encuentra solo, abocado a la guerra y a la destrucción del
planeta por su rapacidad y para el que no hay esperanza ni siquiera en
el humanismo.
“Nadeau me escribe que va a publicar en ‘La Quinzaine’
mi autoentrevista ‘Yo era estructuralista antes que nadie’, un poco
provocativa con respecto al estructuralismo. Sin duda alguna estoy
rodeado de enemigos. Los del noveau roman français y del nouvelle
critique no me pueden tragar porque siempre que tengo ocasión les digo
que son terriblemente aburridos. Y sin embargo estoy ligado a este
agente, a pesar de todo vamos en la misma dirección. La forma”
El
punto de partida de Gombrowicz en esta autoentrevista es la
determinación de a qué hombre corresponde el pensamiento
estructuralista.
“La música de Beethoven es muy diferente a la
filosofía de Kant, y, sin embargo, existe un hombre beethoveniano y un
hombre kantiano que están muy cercanos. Se puede comparar al hombre de
Platón con el hombre de Balzac, el hombre de Dostoievski con el de los
positivistas o el hombre de Goya con el de Schopenhauer. El
estructuralismo actual es también esto: un hombre. Debo aclarar que
este hombre estructuralista se me apareció ya antes de la guerra”
Desde el mismo momento en que Gombrowicz empezó a escribir se dedicó a destruir a alguien para salvarse a sí mismo.
En
“Ferdydurke” atacó a los críticos para distanciarse del sistema de la
episteme occidental. Sus ataques a los poetas, a los pintores y a París
también estaban dictados por la necesidad de apartarse de esa episteme.
La ley que formuló tardíamente dio la vuelta al mundo: cuanto más
inteligencia, más estupidez, una ley que se le podía aplicar entonces
perfectamente a él también.
No podía agarrar a la episteme por la
garganta y luchar contra ella pues su rebelión sería absorbida
fatalmente por su mecanismo; no hay nadie, al fin de cuentas, que aún
consciente de su absurdidad, no forme parte sin embargo de la episteme.
Existe una estupidez del sistema de comunicación que reemplaza a la
comprensión por los malentendidos que provoca el refinamiento del
lenguaje.
Y existe también otra estupidez que produce la
erudición por la falta de un lenguaje que le permita a la gente
expresar los conocimientos incompletos, es decir, la ignorancia. Ambas
estupideces llevaron a Gombrowicz al descubrimiento de que cuanto más
tiende nuestro espíritu a liberarse de la estupidez y a dominarla, más
parece pegarse la estupidez a la condición humana.
El
esfuerzo del pensamiento por purificarse de la estupidez está,
entonces, en contradicción con la organización interna del género
humano, y la episteme occidental es incapaz de contestar a la estupidez
porque la estupidez le parece insolente.
“Finalmente tengo que
formular (pues veo que nadie lo hará en mi lugar) el problema
fundamental de nuestro tiempo, aquel que domina por entero toda la
episteme occidental (...)”
“No es el problema de la Historia,
ni el de la Existencia, ni el de la Praxis, o de la Estructura, o del
Cogito, o del Psiquismo, ni ninguno de los otros problemas que han
ocupado el campo de nuestra visión. El problema capital es: cuanto más
inteligencia, más estupidez (...) Vuelvo a este problema, aunque ya lo
he abordado en muchas ocasiones... La estupidez que experimento –cada
vez más y de manera cada vez más humillante–, que me agobia y me
consume, ha aumentado mucho desde que me acerqué a París, la ciudad más
estupidizante del mundo”
Antes
de observar cómo Gombrowicz pasa de la episteme al estructuralismo
vamos a recordar que el término estructura suele traducir al vocablo
alemán Gestalt y por ello se habla de gestaltismo lo mismo que de
estructuralismo.
La noción de estructura está muy vinculada a
las nociones de forma y de configuración por lo que no resulta nada
extraño que, aunque no fuese nada más que por razones morfológicas, las
ideas de Gombrowicz estén vinculadas al estructuralismo. El
estructuralismo es una teoría común a varias ciencias humanas, como la
lingüística, la antropología social y la psicología, que concibe cada
objeto de estudio como un todo cuyos miembros se determinan entre sí,
tanto en su naturaleza como en sus funciones, en virtud de leyes
generales.
Antes
de que surgiera la moda del estructuralismo Marx ya había intentado
establecer científicamente las condiciones de la estructura social que,
según su concepción materialista, estaba determinada por el modo de
producción, y por las relaciones entre las clases sociales sobre la que
se apoya la superestuctura institucional, jurídica, moral e ideológica
de la sociedad.
Y también Freud había elaborado un modelo
estructural para dar cuenta del inconsciente reprimido con su sistema
del yo, del ello y del super yo. Y, además, antes de la moda
estructuralista, Saussure diferencia en sus estudios sobre lingüística
a la “lengua” del “habla”, considerando a la lengua como un sistema de
signos independiente del uso que de él hace el individuo, habiendo sido
esta idea la inspiradora del estructuralismo.
Durante
las décadas del 40 y el 50, la escena filosófica francesa se
caracterizó por el existencialismo, fundamentalmente a través de
Sartre, aparecen también la fenomenología de Husserl, el retorno a
Hegel y la filosofía de la ciencia. Pero hay algo que cambia en la
década del 60 cuando Sartre se orienta hacia el marxismo y surge una
nueva moda, el estructuralismo.
Lévi-Strauss en la etnología,
Lacan en el psicoanálisis, Althusser en el marxismo y Foucault en la
epistemología, por decir algo, aunque Foucault no se reconocía como
estructuralista de pura cepa, se hacen cargo del estructuralismo.
Gombrowicz afirma que él era estructuralista treinta años antes de que
apareciera el estructuralismo, antes de la guerra, sobre el que hizo
comentarios en el “Diario” y en los prefacios.
Gombrowicz
puntualiza que afirmaciones tales como: “ya no se actúa, uno es
actuado, ya no se habla, uno es hablado”, características del
estructuralismo, son equivalentes a las de “El casamiento”: “No somos
nosotros quienes decimos las palabras, son las palabras las que nos
dicen a nosotros”, y que esta coincidencia no es incidental, toda su
obra tiene sus raíces en el drama de la forma.
Si
en afirmaciones como: “Tal como yo lo veo, el hombre es creado por la
forma, creador de la forma y su infatigable productor”, cambiamos el
vocablo forma por estructura, queda demostrado lo que había que
demostrar. Gombrowicz consideraba que en cierto modo era
estructuralista del mismo modo que era existencialista, que se hallaba
ligado al estructuralismo por la afirmación de la forma.
Si la
personalidad se crea entre los hombres, en el marco humano que la
define, entonces es natural que sea una función de un sistema de
dependencias cercano a lo que llamamos estructura. Pero el mundo de los
estructuralistas, si bien tiene analogías con el de Gombrowicz, es
también su contrario. El estructuralismo tiene sus raíces en la
etnología, la lingüística, las matemáticas, y en una acepción más
amplia como la de Foucault, en la epistemología.
Pero
el estructuralismo de Gombrowicz es artístico, procede de la calle y de
la realidad de todos los días, es práctico, y por ser práctico se halla
cercado por la angustia y la pasión. La literatura de Gombrowicz no era
un derivado del estructuralismo, una derivación muy común en esa época.
En forma independiente había llegado a conclusiones similares a partir
de un estado de ánimo diferente, de otras experiencias, en otro plano.
Lo
que los separaba contaba más que lo que los ligaba. “Yo, individuo
privado y concreto, odio las estructuras, y si descubro la Forma a mi
manera, es precisamente para defenderme de ella”. Gombrowicz alcanzó la
fama tardíamente y este retardo en el reconocimiento produjo una falta
de balance. En efecto, mientras él llenó muchas páginas de sus escritos
refiriéndose a Borges, a Sartre a Foucault..., ellos apenas registraron
su presencia.
Los
conceptos propuestos por algunos estructuralistas para el análisis
semiológico van derivando a una especificidad mayor que permite avanzar
por el entonces poco transitado camino de la Semiótica. Barthes, desde
unos orígenes claramente sartrianos, desarrolló, después una
investigación propiamente semiológica, un interés especial por la
lingüística. Sí, en París se hablaba del existencialismo, de la música
de Schönberg o de teorías físicas que sobrepasaban las posibilidades de
comprensión de los burgueses parisinos.
París es más culto que
Santiago del Estero, pero precisamente por eso, más tonto. La episteme
occidental no puede solucionar los problemas del sistema comunicativo,
ni siquiera puede registrarlo porque está por debajo de su nivel.
Roland Barthes le sale al cruce a Gombrowicz y se pone a favor de la
episteme.
“La
escritura no es más que un lenguaje, un sistema formal (una verdad que
lo anima); en un cierto momento (que puede ser el de nuestras crisis
profundas, sin otro fin que cambiar de ritmo lo que decimos) este
lenguaje siempre puede ser hablado en otro lenguaje; escribir (a lo
largo del tiempo) es tratar de descubrir el mejor lenguaje, el que es
la forma de todos los otros”
Gombrowicz piensa que a Barthes y a
muchos otros escritores no les falta descaro, no se asustan de ninguna
escalada verbal, siempre que no les produzca vértigo. Para poner las
cosas en su lugar Gombrowicz relata lo que en su juventud le había
contado una amiga: –Mientras estábamos merendando en la terraza
apareció el tío Szymon; –¿Pero, cómo?, si Szymon hace cinco años que
yace bajo tierra; –Exacto, vino del cementerio con el mismo traje con
que lo enterramos, saludó a todos los presentes, se sentó, tomó un té,
charló un poco sobre las cosechas y se volvió al cementerio; –¿Cómo? ¿Y
vosotros qué hicisteis?; –Nada, qué puede hacerse, querido, ante
semejante insolencia: “He aquí por qué la episteme occidental no es
capaz de replicar: ¡es algo insolentemente estúpido!”
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