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WITOLD GOMBROWICZ Y CLAUDE LÉVI-STRAUSS

Enviado por Cinosargo el 12/11/2009 a las 9:48
Cinosargo
JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y CLAUDE LÉVI-STRAUSS

“Sí, sí, por supuesto, me he informado. Una ‘estructura’ estructuralista no es lo que yo entiendo por ‘forma’, y, puede creerme, he leído aquí y allá un poco de Althusser, Lévi-Strauss, Foucault, Marx, Lacan, Barthes, Goldmann... ¡Sepa que estoy a la última moda aunque no esté seguro de a cuál moda... hay demasiadas! (...) Pero en los estructuralistas la cosa es muy diferente, ellos buscan las estructuras en la cultura, yo en la realidad inmediata (...)”
“Mi forma de ver las cosas estaba directamente relacionada con los acontecimientos de aquel entonces: hitlerismo, stalinismo, fascismo... Estaba fascinado por las formas grotescas y espantosas que surgían en la esfera interhumana destruyendo todo lo que hasta entonces había sido venerable (...) Era como si la humanidad estuviera atravesando un cierto estadio para entrar en otro: el de una elaboración consciente de la forma (...)”

“En adelante el hombre podría ‘hacerse’, se fabricaban las verdades a voluntad, y los ideales, los fanatismos e incluso los sentimientos más íntimos... El hombre fue para mí como una abeja, que secretaba continuamente no la miel sino la forma. Se modelaba en el vacío (...) Admiro la ciencia, es decir, la episteme puesto que soy ignorante (como ustedes, señores, y como Sócrates), pero me temo que esa pequeña palabra llamada ‘yo’ no se va a dejar eliminar tan fácilmente, porque nos ha sido impuesta con demasiada brutalidad”
Detrás del rótulo del estructuralismo –que él mismo terminó por rechazar–, Lévi-Strauss desarrolló una innovadora manera de explicar el funcionamiento del pensamiento humano, prestando atención a sus estructuras subyacentes y detectando aquellos principios –como el pensamiento binario– que le dan forma en todo contexto cultural.

¿Ciencia? Lévi-Strauss ha dicho que nunca lo ha pretendido y que le parece imposible una ciencia de lo social, aunque sí detectar, dentro de las inmensas variables y acotando bien el espacio de observación, algunas invariantes en el orden del significante. Como los surrealistas, Lévi-Strauss se interesó por lo simbólico e irracional, pero, hombre de ciencia al fin, sometió esos datos a la comprensión analítica.
Es sabido que solía ir los sábados, con André Breton y otros surrealistas, al parisino mercado de las Pulgas, a la caza de la pieza significativa, tarea en la que es fácil advertir una percepción animista. No tuvo especial simpatía por los trabajos de Roland Barthes, ni siquiera por los de Foucault. Durante algunos años estuvo cerca de Lacan, aunque nunca hablaron de psicoanálisis o filosofía, sino de arte y literatura.

En política, ha estado más cerca de Raymond Aron que de Sartre, del que admite su genialidad pero del que le distancian sus ideas sobre la Historia, sobre el mito y sobre la dialéctica.  A diferencia de Sartre, que miró la Historia desde la ideología, Lévi-Strauss afirma que hay que aceptar la contingencia irreductible de la Historia. Piensa que lo que funda a la sociedad es la atracción entre los hombres, que el pacto social trata de defender del elemento destructor que también nos es inherente.
Lévi-Strauss se sabía de memoria a “Don Quijote”, y él mismo se consideraba un Quijote en el sentido de interesarse obsesivamente por encontrar el pasado en el presente. Como Don Quijote, ha intuido que todo es apariencia, pero no hay que suponer que el fundamento de la apariencia sea la moral (caballeresca o no), sino el escepticismo que nos lleva de apariencia en apariencia en la intuición placentera de actuar “como si”.

Su pasión por las invariantes de las estructuras, que siempre son una relación que invoca a una naturaleza que nos trasciende, busca la unidad en la comunidad de la vida, en el sentido, más allá del yo cartesiano sitiado por la conciencia. Escribía oyendo música, asistido por la melodía, ese enigma de la cultura que los antiguos filósofos relacionaron con los astros.
A diferencia de Don Quijote, este pensador centenario sigue creyendo lo mismo que su admirado Rousseau: “La edad de oro, que una ciega superstición había situado detrás (o delante) de nosotros, está en nosotros mismos”. El tono escéptico -–aunque no cínico– es característico de quien tal vez haya visto demasiadas cosas y sufrido demasiadas decepciones como para dejar un hueco a la esperanza en el ser humano.

Fue la antropología lo que permitió a este erudito francés tomar contacto con otras culturas diferentes de la occidental y cuestionar su pretendida superioridad. Según Levi-Strauss la mente humana organiza el conocimiento en polos binarios y antagónicos (bueno-malo; dentro-fuera; nosotros-vosotros; crudo-cocinado, etc.) que se organizan de acuerdo con la lógica.
Tanto la ciencia como el mito, como las explicaciones del mundo, estarían estructurados por pares de opuestos relacionados lógicamente y por tanto compartirían la misma estructura, solamente que aplicada a diferentes cosas. Para Claude Levi-Strauss, las reglas por las que las unidades de la cultura se combinan no son producto de la invención humana, sino que siguen las pautas que se encuentran en el cerebro humano.

Expresado en términos más actuales, las pautas de la cultura serían genéticas. Por lo tanto, en el paso del ser humano de animal natural a animal cultural (a través de la adquisición del lenguaje, la preparación de los alimentos, la formación de relaciones económicas y unidades políticas, etc.) el ser humano sigue unas leyes ya determinadas por su estructura biológica.
Por eso el ser humano no sería la especie privilegiada que creemos que es, sino una especie más que pasará y que solamente dejará algunas trazas de su actividad cuando se extinga. El modo de pensar de Claude Levi-Strauss ofrecía una alternativa, claro que pesimista, pero alternativa al fin, a los sistemas burgueses y religiosos imperantes en la cultura oficial de Occidente.

Cuestionando la supremacía de la cultura occidental y explicando científicamente las reglas de la cultura, Levi-Strauss construyó una imagen del ser humano pesimista: un ser que se encuentra solo, abocado a la guerra y a la destrucción del planeta por su rapacidad y para el que no hay esperanza ni siquiera en el humanismo.
“Nadeau me escribe que va a publicar en ‘La Quinzaine’ mi autoentrevista ‘Yo era estructuralista antes que nadie’, un poco provocativa con respecto al estructuralismo. Sin duda alguna estoy rodeado de enemigos. Los del noveau roman français y del nouvelle critique no me pueden tragar porque siempre que tengo ocasión les digo que son terriblemente aburridos. Y sin embargo estoy ligado a este agente, a pesar de todo vamos en la misma dirección. La forma”

El punto de partida de Gombrowicz en esta autoentrevista es la determinación de a qué hombre corresponde el pensamiento estructuralista.
“La música de Beethoven es muy diferente a la filosofía de Kant, y, sin embargo, existe un hombre beethoveniano y un hombre kantiano que están muy cercanos. Se puede comparar al hombre de Platón con el hombre de Balzac, el hombre de Dostoievski con el de los positivistas o el hombre de Goya con el de Schopenhauer. El estructuralismo actual es también esto: un hombre. Debo aclarar que este hombre estructuralista se me apareció ya antes de la guerra”
Desde el mismo momento en que Gombrowicz empezó a escribir se dedicó a destruir a alguien para salvarse a sí mismo.

En “Ferdydurke” atacó a los críticos para distanciarse del sistema de la episteme occidental. Sus ataques a los poetas, a los pintores y a París también estaban dictados por la necesidad de apartarse de esa episteme. La ley que formuló tardíamente dio la vuelta al mundo: cuanto más inteligencia, más estupidez, una ley que se le podía aplicar entonces perfectamente a él también.
No podía agarrar a la episteme por la garganta y luchar contra ella pues su rebelión sería absorbida fatalmente por su mecanismo; no hay nadie, al fin de cuentas, que aún consciente de su absurdidad, no forme parte sin embargo de la episteme. Existe una estupidez del sistema de comunicación que reemplaza a la comprensión por los malentendidos que provoca el refinamiento del lenguaje.

Y existe también otra estupidez que produce la erudición por la falta de un lenguaje que le permita a la gente expresar los conocimientos incompletos, es decir, la ignorancia. Ambas estupideces llevaron a Gombrowicz al descubrimiento de que cuanto más tiende nuestro espíritu a liberarse de la estupidez y a dominarla, más parece pegarse la estupidez a la condición humana.
El esfuerzo del pensamiento por purificarse de la estupidez está, entonces, en contradicción con la organización interna del género humano, y la episteme occidental es incapaz de contestar a la estupidez porque la estupidez le parece insolente.
“Finalmente tengo que formular (pues veo que nadie lo hará en mi lugar) el problema fundamental de nuestro tiempo, aquel que domina por entero toda la episteme occidental (...)”

“No es el problema de la Historia, ni el de la Existencia, ni el de la Praxis, o de la Estructura, o del Cogito, o del Psiquismo, ni ninguno de los otros problemas que han ocupado el campo de nuestra visión. El problema capital es: cuanto más inteligencia, más estupidez (...) Vuelvo a este problema, aunque ya lo he abordado en muchas ocasiones... La estupidez que experimento –cada vez más y de manera cada vez más humillante–, que me agobia y me consume, ha aumentado mucho desde que me acerqué a París, la ciudad más estupidizante del mundo”
Antes de observar cómo Gombrowicz pasa de la episteme al estructuralismo vamos a recordar que el término estructura suele traducir al vocablo alemán Gestalt y por ello se habla de gestaltismo lo mismo que de estructuralismo.

La noción de estructura está muy vinculada a las nociones de forma y de configuración por lo que no resulta nada extraño que, aunque no fuese nada más que por razones morfológicas, las ideas de Gombrowicz estén vinculadas al estructuralismo. El estructuralismo es una teoría común a varias ciencias humanas, como la lingüística, la antropología social y la psicología, que concibe cada objeto de estudio como un todo cuyos miembros se determinan entre sí, tanto en su naturaleza como en sus funciones, en virtud de leyes generales.
Antes de que surgiera la moda del estructuralismo Marx ya había intentado establecer científicamente las condiciones de la estructura social que, según su concepción materialista, estaba determinada por el modo de producción, y por las relaciones entre las clases sociales sobre la que se apoya la superestuctura institucional, jurídica, moral e ideológica de la sociedad.

Y también Freud había elaborado un modelo estructural para dar cuenta del inconsciente reprimido con su sistema del yo, del ello y del super yo. Y, además, antes de la moda estructuralista, Saussure diferencia en sus estudios sobre lingüística a la “lengua” del “habla”, considerando a la lengua como un sistema de signos independiente del uso que de él hace el individuo, habiendo sido esta idea la inspiradora del estructuralismo.
Durante las décadas del 40 y el 50, la escena filosófica francesa se caracterizó por el existencialismo, fundamentalmente a través de Sartre, aparecen también la fenomenología de Husserl, el retorno a Hegel y la filosofía de la ciencia. Pero hay algo que cambia en la década del 60 cuando Sartre se orienta hacia el marxismo y surge una nueva moda, el estructuralismo.

Lévi-Strauss en la etnología, Lacan en el psicoanálisis, Althusser en el marxismo y Foucault en la epistemología, por decir algo, aunque Foucault no se reconocía como estructuralista de pura cepa, se hacen cargo del estructuralismo. Gombrowicz afirma que él era estructuralista treinta años antes de que apareciera el estructuralismo, antes de la guerra, sobre el que hizo comentarios en el “Diario” y en los prefacios.
Gombrowicz puntualiza que afirmaciones tales como: “ya no se actúa, uno es actuado, ya no se habla, uno es hablado”, características del estructuralismo, son equivalentes a las de “El casamiento”: “No somos nosotros quienes decimos las palabras, son las palabras las que nos dicen a nosotros”, y que esta coincidencia no es incidental, toda su obra tiene sus raíces en el drama de la forma.

Si en afirmaciones como: “Tal como yo lo veo, el hombre es creado por la forma, creador de la forma y su infatigable productor”, cambiamos el vocablo forma por estructura, queda demostrado lo que había que demostrar. Gombrowicz consideraba que en cierto modo era estructuralista del mismo modo que era existencialista, que se hallaba ligado al estructuralismo por la afirmación de la forma.
Si la personalidad se crea entre los hombres, en el marco humano que la define, entonces es natural que sea una función de un sistema de dependencias cercano a lo que llamamos estructura. Pero el mundo de los estructuralistas, si bien tiene analogías con el de Gombrowicz, es también su contrario. El estructuralismo tiene sus raíces en la etnología, la lingüística, las matemáticas, y en una acepción más amplia como la de Foucault, en la epistemología.

Pero el estructuralismo de Gombrowicz es artístico, procede de la calle y de la realidad de todos los días, es práctico, y por ser práctico se halla cercado por la angustia y la pasión. La literatura de Gombrowicz no era un derivado del estructuralismo, una derivación muy común en esa época. En forma independiente había llegado a conclusiones similares a partir de un estado de ánimo diferente, de otras experiencias, en otro plano.
Lo que los separaba contaba más que lo que los ligaba. “Yo, individuo privado y concreto, odio las estructuras, y si descubro la Forma a mi manera, es precisamente para defenderme de ella”. Gombrowicz alcanzó la fama tardíamente y este retardo en el reconocimiento produjo una falta de balance. En efecto, mientras él llenó muchas páginas de sus escritos refiriéndose a Borges, a Sartre a Foucault..., ellos apenas registraron su presencia.

Los conceptos propuestos por algunos estructuralistas para el análisis semiológico van derivando a una especificidad mayor que permite avanzar por el entonces poco transitado camino de la Semiótica. Barthes, desde unos orígenes claramente sartrianos, desarrolló, después una investigación propiamente semiológica, un interés especial por la lingüística. Sí, en París se hablaba del existencialismo, de la música de Schönberg o de teorías físicas que sobrepasaban las posibilidades de comprensión de los burgueses parisinos.
París es más culto que Santiago del Estero, pero precisamente por eso, más tonto. La episteme occidental no puede solucionar los problemas del sistema comunicativo, ni siquiera puede registrarlo porque está por debajo de su nivel. Roland Barthes le sale al cruce a Gombrowicz y se pone a favor de la episteme.

“La escritura no es más que un lenguaje, un sistema formal (una verdad que lo anima); en un cierto momento (que puede ser el de nuestras crisis profundas, sin otro fin que cambiar de ritmo lo que decimos) este lenguaje siempre puede ser hablado en otro lenguaje; escribir (a lo largo del tiempo) es tratar de descubrir el mejor lenguaje, el que es la forma de todos los otros”
Gombrowicz piensa que a Barthes y a muchos otros escritores no les falta descaro, no se asustan de ninguna escalada verbal, siempre que no les produzca vértigo. Para poner las cosas en su lugar Gombrowicz relata lo que en su juventud le había contado una amiga: –Mientras estábamos merendando en la terraza apareció el tío Szymon; –¿Pero, cómo?, si Szymon hace cinco años que yace bajo tierra; –Exacto, vino del cementerio con el mismo traje con que lo enterramos, saludó a todos los presentes, se sentó, tomó un té, charló un poco sobre las cosechas y se volvió al cementerio; –¿Cómo? ¿Y vosotros qué hicisteis?; –Nada, qué puede hacerse, querido, ante semejante insolencia: “He aquí por qué la episteme occidental no es capaz de replicar: ¡es algo insolentemente estúpido!”


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