
Dedicado a María Leonor
Tan extraña es la naturaleza del amor, que se reputa valiente y vencedor no al que lucha contra él, sino a quién ante él se rinde…
El Amor parece ser la estrategia que “el genio de la especie” ha establecido para la correcta reproducción y selección sexual de los mortales. La Iglesia lo ha identificado con la procreación en otro de sus sinsentidos, sin embargo, es sólo una minoría de los coitos la que termina en la producción de un descendiente, siendo la mayoría de ellos algo con un fin diverso.
Sin perjuicio de lo que este “genio de la especie” dispone para asegurar nuestra continuidad en el tiempo, el amor es una de las fuerzas más poderosas tanto en el aspecto social como personal. La guerra de Troya comenzó ni más ni menos que por la precipitación de dos enamorados; cortesanas llegaron a tener importantes cuotas de poder en los tiempos de los monarcas absolutos; la pareja y los hijos suelen ser el principal motivador de los más penosos esfuerzos para todos los mortales. Él distrae de deberes espirituales, intelectuales y laborales a hombres y mujeres de todas las edades, condiciones sociales, niveles intelectuales.
Los griegos identificaron a esta fuerza irresistible con dos de sus dioses y dieron a la voluptuosidad un rango olímpico con Afrodita y al amor uno cosmológico con Eros. Los cristianos por su parte condenaron en él al pecado de la lujuria al que intentaron santificar por medio del sacramento del matrimonio que era, para Pablo de Tarso, un mal menor, pero siempre superado en virtud por la castidad.
La Iglesia de B16 acoge el rito anglicano que permite sacerdotes casados. Supongo que lo hace sólo porque cada vez menos hombres están dispuestos a renunciar al amor carnal para convertirse en sacerdotes… también menos mujeres, pero a la Iglesia no le gustan las mujeres, excepto las madres vírgenes. Su dios es hombre, heterosexual, pero no tiene mujer y a aquella con la procreó la penetró dejándola virgen… pero dejemos estos misterios tan elevados afuera.
La descendencia del mundo está asegurada, por no decir que es excesiva. La población mundial crece en una medida alarmante. Las parejas responsables restringen la procreación a uno o dos hijos. Formar decentemente a un tipo que debe estudiar al menos hasta los treinta años para tener alguna oportunidad en un mundo cada vez más competitivo es un esfuerzo titánico que la mayoría no puede permitirse en cantidades, como lo hacían las generaciones pasadas. Con todo, sin embargo, el amor continúa siendo una de las motivaciones más fuertes del género humano incluso en los casos en los que no conduce a la reproducción, casos que no sorprende que se multipliquen; tal vez en ello esté la mano del “genio de la especie” del que hablaba Schopenhauer.
El amor hace mucho que se ha vuelto algo más que la unión de un hombre con una mujer para la reproducción y crianza de vástagos, esto lo sabe quien quiera que como yo y la gran mayoría de los mortales no haya hecho un voto de castidad o no tenga un impedimento físico o mental para ejercer su sexualidad. Moralistas han querido distinguirlo de la pasión, el encaprichamiento, la mera calentura, la ternura y todas sus variantes. Estas distinciones son, en la práctica, posibles sólo a posteriori, luego de una relación consumada y ante la perspectiva de la vida en común o no. Es imposible predecir adónde nos llevarán las caricias.
La presencia del otro ser humano junto al que decidimos compartir nuestra vida tiene la dignidad de un descubrimiento. Esta persona tiene de pronto la cualidad de hacerse necesaria y si todo sale bien, esta persona también nos necesita. Entonces, una serie de barreras que nunca habíamos advertido se rompen a nuestro alrededor y sólo entonces nos damos cuenta de que estábamos solos por el hecho de que de pronto ya no lo estamos y participamos junto con este otro mortal de algo más grande que nosotros.
Los mortales nos afanamos en encontrar algo más grande que nosotros, esto es porque somos abrumadoramente pequeños. No hablo aquí solamente de aquellos de nosotros que pudimos acceder al refinamiento de la vida intelectual. El hombre simple se entrega gustoso a la ebriedad, a la orgía, al fanatismo deportivo en la turba de la hinchada. Sin ser capaz de expresarlo con palabras, intuye su propia finitud y quiere formar parte de algo más grande, pero esta ebriedad, este fanatismo deportivo, y esta orgía no son más que una ilusión pasajera que sólo puede sobrevivir en un estado de relativo aturdimiento que no puede durar demasiado tiempo.
El intelectual, por otra parte, tampoco puede encontrar satisfacción en la mera especulación y aquellos que lo intentan muchas veces han sido víctimas de la sátira que los muestra como a seres ridículos y que son el clásico sabio distraído que es sumamente tímido ante las mujeres. El ejercicio intelectual es frustrante por muy satisfactorio que sea, de hecho esa frustración es también una parte de aquella satisfacción. Todo lo que se alcance a saber o a crear no es nada en comparación con lo que podría haberse sabido o podría haberse creado. Las cosas por su parte siempre se muestran ajenas, noumenos kantianos que se reservan para así una esencia incognoscible.
El conocimiento es superado por el reconocimiento en el otro que a su vez nos reconoce. La barrera que aísla al hombre del mundo se cae en presencia de aquella persona que, acompañada de esta fuerza sobre humana –¿divina? –nos arrebata de nuestro natural aislamiento del mundo y que por fin nos permite un verdadero diálogo más allá de las palabras. La ruptura de este aislamiento, importa, sin embargo, un riesgo terrible: ¿qué pasa si la otra persona que viene acompañada de esta fuerza incomprensible se vuelve indiferente a nosotros? Abrirnos al amor nos hará necesariamente dependientes de quien amamos y entregaremos a esta persona el más terrible poder sobre nosotros mismos: la amada tiene el poder de rompernos el corazón. Poderosos guerreros han llorado aquí como niños de pecho y orgullosos monarcas se han humillado. Hay razones para tener miedo, el amor es algo temible.
La cerradura a su posibilidad dejará, sin embargo, al mortal que ha preferido su gris comodidad burguesa que entregarse a la pasión auténtica sin garantías, el sabor del coitus interruptus, de no haberse entregado a la única forma de romper el aislamiento que es nuestra condena y a no trascender jamás a una experiencia sublime. El amor requiere valor para que alguien se rinda ante él y es esta rendición la única victoria posible. En este caso particular es la resistencia el acto de cobardía… ¿no es tal cobarde digno de compasión si es que no de desprecio?






































