El conocimiento humano ha alcanzado niveles incluso incomprensibles para muchos de nosotros. El antiguo universo de Aristóteles ha sido reemplazado por uno inconmensurable cuyo tamaño y propiedades impresionan mucho más que una eternidad y una infinitud abstracta. Los equipos usados en el “Enterprise” de “Kirk”, palidecen ante mi modesto laptop, que no es sino de una marca de batalla que no se compara con otras. Los físicos cuánticos están a punto de encontrar -tal vez la encontraron y no me enteré -la última partícula subatómica que sea realmente indivisible, aparte de descubrir cómo se comportan y mencionar que siguen reglas diferentes a las de los cuerpos visibles, pero esto ya es antiguo. La psiquiatría unida al proyecto genoma comienza a descubrir las causas y predisposiciones a las enfermedades mentales y las vidas de cualquiera de mis contemporáneos son de una longitud que impresionaría a cualquier antiguo o medieval… a no ser que alguien le crea a la Biblia.
El conocimiento humano crece como un árbol al que le brotan nuevas ramas. Las ciencias tienes especialidades y las especialidades subespecialidades; la técnica, que otrora era conocida como la aplicación de las ciencias, es ahora tecnología: un conjunto de disciplinas que no sólo tiene por objeto el descubrimiento de aplicaciones prácticas del saber, sino que es un saber de las aplicaciones prácticas.
En este contexto, parece que filosofar a la manera antigua – es decir moderna, pues ahora se piensa en la posmodernidad -es simplemente una cosa demodé. Alguna vez alguien me habló de que “nosotros los filósofos” seguían a Wittgenstein. Seguramente era alguien que no conocía la filosofía continental. Alguna filosofía se ha convertido en análisis del lenguaje, como si no existiera la Lingüística, y otra se ha conformado con ser epistemología. Otra más, el autor antes citado, llegó a afirmar que era el momento de callar. Ciertamente que la Filosofía ha agotado el pensamiento de ciertas áreas. Sería absurdo pensar en un filósofo actual escribiendo, por ejemplo, una física o pretendiendo obtener conocimiento de los astros de manera deductiva. De cada línea agotada ha surgido una ciencia independiente.
Con todo el conocimiento reunido, con todas las ciencias que nos explican la naturaleza de las cosas, con todo el arsenal químico y terapéutico que permite que regulemos nuestros cambios de ánimo, reina aún el desorden expresado ahora en la crisis económica, la crisis energética, la crisis ecológica. Como un heroinómano o un adicto al crack, seguimos quemando el petróleo que se acaba, produciendo gases de efecto de invernadero y manteniendo una terrible desigualdad. Aún vivimos en una era de absoluta abundancia y poseemos las tecnologías para hacer durar esa era de forma indefinida, sin embargo, simplemente no lo hacemos.
El hombre -diría individuo, pero hablemos más bien del hombre pindárico -todavía se enfrenta solo al absoluto. Si la fe fuera simplemente una cuestión privada nada podría objetarse, pero le gusta salir a la calle y hacerse una cuestión pública y necesariamente represiva de minorías y de mujeres, además de propugnar políticas sanitarias insalubres. Pensamos normalmente en el Islam como la fe más conflictiva, pero no es más que la respuesta desesperada de pueblos que han sufrido el yugo colonial de extranjeros cristianos y que han encontrado una forma de identidad en él. Recordemos las querellas de los católicos y los protestantes en Belfast.
La fe tiende a tratar a este mundo como un mero lugar de paso, pero es también la herencia que se le deja a la humanidad y a nuestros descendientes. La fe además es un privilegio del cual no todos formamos parte; un don de un dios para muchos de nosotros inexistente. Por ello jamás unificará los criterios de la especie. Este ser en el mundo no es tampoco sólo una cuestión privada, aunque también y sobre todo. Lo privado tiene directa influencia sobre lo público, no podemos ser seres escindidos entre dos discursos, como quería Kant, no puedo ser un pacifista y ser un soldado.
La vida increpa al hombre y le hace tomar decisiones personales que nada tienen que ver con el enorme árbol del conocimiento. La mayoría de nosotros sigue al pie de la letra la absurda contradicción del grafiti anónimo: “Ve a trabajar, envía a tus hijos a la escuela, sigue la moda, actúa normal, camina por el pavimento, ve televisión, ahorra para cuando seas viejo, obedece la ley… Repite después de mí: Soy libre”.
El canal de National Geographic se ha vuelto un informativo angustiante del calentamiento global, la crisis energético-ecológica; ningún ser humano puede alegar ignorancia de estos temas y hasta parece absurdo repetir la información, sin embargo, nada cambia ¿para qué sirve todo ese saber de las ciencias y la tecnología?
Contamos con más datos que en cualquiera de las épocas pasadas, pero el saber que permita tomar esos datos y transformarlo en un relato coherente y que tenga direccionalidad se ha perdido. La idea de progreso de los modernos debe ser reformulada ya no como una ley natural, sino como el resultado de un esfuerzo consciente. El hombre ansía con desesperación ese relato y se pierde en ficciones. No se trata tan solo de un simple relato, sino de un relato que quiera reclamar para sí el ser verdadero; este relato, esta forma de pensar es la que reclama para sí, a decir de Heidegger, el nombre de Filosofía.
Un habitante de los países nórdicos seguramente transita por su ciudad en un Smart o en un auto eléctrico no contaminante. Su gobierno seguramente ha sabido disponer inteligentemente de las basuras, las aguas servidas son tratadas antes de llegar al mar, sin embargo, en China se generan tremendas cantidades de emisiones de gases de efecto de invernadero y aquel habitante del país nórdico tiene una serie de electrodomésticos fabricados en ese país , así como ropa y zapatos. Por más que se preocupe como buen ciudadano, si su calidad de vida tiene su origen en la explotación irresponsable del hombre y del medio ambiente en China, entonces también es cómplice de todos los procesos que vive el planeta y él vive en el mismo planeta, por lo que también los sufre.
El pensar reclamaría del hecho anterior un concepto: igualdad. No es posible ya sostener ese tipo de diferencias, pero para entender ello es necesario un proceso de pensamiento consciente, alejado de cierta forma de subjetividades egoístas. No es retórica, es una necesidad. Sólo cuando todo el conocimiento vuelva a ser pensado y forme parte de un relato COMÚN podrá la especie actuar como una sola especie que es increpada por los tiempos. Ese pensamiento común sólo puede basarse en evidencias comunes, en modos de pensar comunicables, comprensibles, inteligibles. Debe ser una experiencia del pensar que pueda ser trasmitida a otros de manera tal que por fin los mortales lleguen a entenderse y a asumir su interdependencia, no sólo entre sí, sino con el entorno natural. Ese pensamiento debe estar libre de mistificaciones y reclama para sí el nombre de Filosofía.





































