
DIVERTIMENTOS AD HOC
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
1
La cabeza del hombre vale menos que cincuenta cabezas de ganado. La cabeza se pone mala. Le tocó el dolor de los días. A tanto por esa cabeza y sobra dinero para el mercado. En esa cabeza no había ni razón, ni espíritu, ni imaginación, ni la copa de un árbol. Por eso se perdió tal cabeza. Sin reflexionar, ciegamente, con los ojos cerrados por el capítulo inconcluso. ¿Acaso no es una cabeza rala? ¿Distante mucho de la cabeza coronada, de reparto de teatro con su pedazo de albura por limosna? No era una cabeza que erupcionaba. Más bien cabeza de muerte, calavera con el queso de mañana. ¿Hubiera llegado a ser una cabeza sonora? Los chorlitos la hubieran registrado en los documentos supresores. Esa cabeza nunca tuvo barba. Olió (¿o hedió?) siempre a turco. Cabeza de ternera blanca para descubrir los sombreros en la playa. Cabeza de serie con el capricho adentro y la cabronada muy entera. Cabeza para tragar las comederas de coco. Mala cabeza para el sosiego, multiplicada para las bravatas mentales. Cabeza que se cae a fuerza de pronunciar su falso nombre. Cabeza de la salud primicia y sin intención de llegar a mollera. Cabeza para los hombros cabales o, tal vez, maníacos. Cabeza simpática con el refrito que se muestra bajo los calderos. Cabeza jurada y desganada. Cabeza para pagar las pipas de opio y dejar de hacerse ilusiones. Cabeza que se quiebra al divisar no más los muros. Cabeza para emancipar los cabellos y hacerle frente a la vida con una vuelta completa o un tornillazo en cierne.

2
En el rincón, mentir con el viento que trae metales de lejos. Ni buen gato ni mal ratón para el saludo de consuelo. El punto negro enseña los achaques que sufre el peine. (La guerra no sería guerra si la pólvora estuviera mojada). En la imposible nulidad te reconoces por la obra que te dio tu maestro. En medio de las malicias los hijos avaros encuentran un padre pródigo. Cualquier cosa es nefasta si no se le señala la abundancia. En el piso lo nefasto debe desembuchar el apellido chato que le corresponde. El tiempo de la lluvia es una postdata de la subida del punto electrocutado. (¿En el momento actual los reyes no apestan y sus paramentos también?) De los grandes remedios pereció un ala que podía decir los salmos más conmovedores. El gallo tuvo su cuerda y se largó sin perder compostura. La oreja hace un puchero para que le haga compañía al pie de entrada, el más nervioso de los elementos. Y el vientre llegó a ser tan descomunal como los ojos del alma y danzó sobre la nuez de Adán de un zíngaro que se hacía pasar por otro para huir de la venganza del lobo.

3
El hombre crecía con su obra. Vale decir, con su edificio casi a cuestas. Bien se hacía, pero el hecho no era aquiescente y jamás prefijaba nada. El hombre singlaba sus ojos para prender la faz de la migraña. El hombre no poseía canes, apenas un lago de borras que se formaba de improviso y al instante desaparecía. Había un blancor bueno que era claro como el agua de las rocas. El mismo parecido. El olvido que deviene en bandera y se trasvasa a otro recipiente que gusta del nunca jamás en la nariz. Las manchas en el rincón aparecen por pares. Dios debe estar con ellas para darles su sabor. Cada cosa engendra su momento y es mejor comenzar por sí mismo u ordenar al destino que se vaya bien largo al carajo. El galope me viene natural, de frente. El vino frío me llora y yo lo arrojo a las catorce horas del meridiano. Una promesa no engendra una deuda. En mi cama se anuncia un colchón y un perro se despoja de sus quillas para conocerse recíprocamente. Es mejor correr con el curso del tiempo. Treparse los ojos a la cabeza, quitarse las dudas y creer que los hierros se comen en almíbar.

4
Como era malévola enseñaba con alegría sus dos labios mayores. Rosas descubiertas en el asiento de las emociones. ¡Qué de gustos y de colores! Asunto para no discutirse más. Cintura desvestida para los hábiles en masturbarse. ¡Los dos mejores valientes que den un paso al frente! Cuatro verdades en medio de esos labios vulvares. ¿Qué dirán si sólo sienten temor alrededor? Ellos saben divisar su reino. Ellos están en capacidad de donar todas las texturas al conjunto de manos expectantes. ¡Que no haya vértigos ni muros! Sólo un esfuerzo de puertas abiertas y que el manubrio se afane en meter sus dedos a fondo. ¿Un molino también posee una tal rajadura? Una falange entra y la suerte es para otra. ¡Oh, gran desesperanza que enternece los días y los siempres! Entre dos carnes se asiste al ruleteo de los bucles. Un pequeño dios orgásmico se hace bello con sus manos mojadas por un fluido que no es veneno blanco. El martillo me incluye en la función y con tres manzanas me convierto en una real imagen de un sordo que vive dentro de un pote. La cuerda arde tras los carbones y se suspende de los labios ardientes. Mis cuatro ángulos caen bajo la bruma postrera y el mundo se hace más viejo a medida que se desandan los pies.

5
La niña famélica enfrenta su mala fortuna con el corazón que construye castillos. Ella escoge el porvenir con las hojas secas que selecciona. No discute ni de orgullos ni de sinsabores. La piedra diestra la desnuda con profusión. La mejor de las aves se envalentona y trepa a su pecho indócil. En sus incipientes senos devora la verdad de las esquinas de huesos. Luego le dice, sin aliento: “Otea tu comarca en los golpes del agua depurada”. Se prometen vivir plenamente de a dos. En un hilo de octubre deben descubrir un abrigo que tiende a menos y un clima inútil en los oídos y unas manos que se desvanecen en los tatuajes. Los muros son verdes, así como se les vea. Y las puertas hieden a orines de beodos en gestación. Entre un árbol y su escorzo media un dedo que sobrepasa un metro de longitud. La suerte siempre espera o desespera al paso de las cajas mortuorias que se ruletean, al unísono, el miedo de existir. Una entidad superior fue una bestia que aullaba sus letargos. Un viernes sucumbió y ganó un pichón que se malograba en la vitalidad de los decesos. Las tormentas complacientes se cuelgan de las mejillas de la niña y en los epílogos truenan y se avejentan cada vez que la tierra se arruga sin su sustancia.

6
La fortuna hizo que los caballos diesen vueltas y se sintiesen en los ámbitos mecánicos que economizan candelas. Las cabezas de los caballos estaban diseñadas para darse topetadas contra la ira del otoño. Los equinos eran duchos en la frialdad y en el carrusel disfrutaban de los budines que, antetodo, les criaban la perversión. ¡Enormes fueron en la flojera! Ayer fue un día que malpensaron y la facilidad del orbe se diluyó en una helada repentina. El respiro era suave en el jardín. La fuente se apropió de la sombra del hombre maniqueo. La apariencia resultó el adminículo del cual se valía el humo de los cigarros para hacerse compañía. Ellos, los caballos, miden un metro a la distancia de cualquier ojo. A un rico no lo cargan por avaro, pero a un burócrata no lo soportan por tonto redomado. Los belfos jamás le huyen al fuego y el medio justifica el arte de la dificultad. La noche le ordena a su consejero gris que se agencie un silencio de oro y que adentre en los estuches de los infantes a la manada equina que hasta el final relinchará con el aroma de su familia.






































