
Tus náufragos, Chile (Selección 2) (1993)
Ulises Varsovia
Tus náufragos, Chile
Si penetro, Chile, tu forma sutil
junto al mar rumoroso tendida,
y toco con trémulos dedos
la línea rota de tu perfil roído,
o escucho tus ríos delgados
corer azules hacia la costa;
si me amanecen los ojos
en tus maizales de oro apiñado,
y miro los campos donde el zorzal,
donde la loica y el tordo,
donde tus aves sonoras, Patria,
su matutino gorjear, su algarabía;
si piso, Chile, si piso
tu arena pura, tus playas,
si llego a tu costa, errante,
y me arrodillo en tu arena, y huelo
el rumor vegetal de tus bosques,
el balsamo invernal del eucalyptus;
si pregunto en Puerto Montt, si llamo
desde Arica hacia las pampas ardidas,
si en Coquimbo la niebla marina, el vaho
del viejo mar me nubla los ojos,
o en Chillán oigo a Violeta cantarme,
o interrogo las montañas en Coyaique;
si de Temuco adentro, en los lagos,
el grito agudo del peuco, o en Talca
su trueno inmóvil me envuelve,
si paso por Curicó, si en Castro,
si en la Isla Grande sus peces,
o bajo la luz de La Serena;
si en Poconchile, en Quintero,
si en Parral Pablo me espera,
si me desnudo en Laguna Verde,
si los copihues de Angol se me enredan,
o besan mi frente dormida
las aguas del teno, en Rauco;
si en Porvenir, Patria, temblando,
si en Illapel atardece,
si en Valdivia el Calle-Calle se me cruza,
si en Puerto Aysén ruedan arroyos del cielo,
si la chirimoya erupta en Quillota,
o las uvas de Cauquenes se derraman;
si atravieso Copiapó, de noche,
si en Balmaceda la pampa me recibe,
si anclamos en Iquique, si en Freire,
si en el Toltén aterido,
si oigo el viento, el viento errar
por los cerros de Valparaíso;
si en Zapallar, si en Quellón,
si en Taltal, si en Putre,
si en Puerto Ibáñez, si en Bulnes,
si en San Felipe, en Rancagua,
si en Curacautín, en Calama,
si en Punta Arenas, si en Viña;
si por Linares, por Chonchi,
si por Mulchén, por Iloca,
si por Cochranne, por Los Andes,
si por Ovalle, por Pica,
por Osorno, por Tocopilla,
por Combarbalá, por Chuqui;
por Puyuhuapi, por Chanco,
por San Clemente, Andacollo,
por Caldera, Isla Negra, Lebu,
Salamanca, Tegualda, Altuza,
Puerto Natales, Limache, Teno,
Concepción, Santiago, Almagro,
Petrohué, Constitución, Melinka,
Antofagasta, Horcón, Calbuco,
Palena, Cañete, Cobija,
Los Ángeles, Chañaral, Villarrica,
Matilla, Riñihue, Hijuelas,
Puerto Aguirre, Chíu-Chíu, Lota,
Rapa Nui, Chile Chico, Huasco,
Licantén, Llay-llay, Loncoche,
Pisagua, Pucatrihue, Punitaqui,
Freirina, San Antonio, Onarsin,
San pedro de Atacama, Ercilla,
Dalcahue, Catapilco, Azapa,
Juan Fernández, Vichuquén, Portillo,
Algarrobo, Pucón, San Fernando,
Quiriquinas, Maipú, María Elena,
Quilpué, Parinacota, El Tabo,
Vallenar, Vilcún, Renaico,
Punta Delgada, Domeyko, Codegua,
Talcahuano, Tongoy, Purranque,
Purén, Romeral, Paposa,
Chapilca, Achao, Nogales,
Los Cipreses, Yerbas Buenas, Fresia,
Puerto Chacabuco, Quillagua, Paine,
La Calera, Puerto Williams, Batuco,
Paihuano, Curacaví, Huillinco,
Pichilemu, Mejillones, Cunco,
Cartagena, Ancud, Caimanes,
Llanquihue, Rinconada, El Sauce,
Quitralco, San Javier, Galvarino,
Chañaral, Villa Alemana, Rupanco,
Puerto Varas, Casablanca, Lautaro,
Montegrande, Navidad, San Pablo,
Toconao, La Unión, Graneros,
Caleta Coloso, Reñaca, Puerto Cisnes,
Cuncumén, Quinchao, Agua Verde,
Puerto Guadal, Tomé, Melipeuco,
si por Torres del Paine, en la nieve,
si por el salitre ardiente, en Atacama,
si junto al Bío-Bío, en tus azules aguas,
si emerjo frente a Con-Cón, con tus peces,
si en el Choapa navego cantando,
si en Panguipulli me aroman tus bosques,
si te habito, Patria, di,
si me habitas poderosamente,
si escurres tus peces en mí,
si a la hostil araucaria transmigro,
si por tus ríos corro sin alcanzarme,
si en el cóndor vigilo tus altas cumbres,
¿me recibes, Patria, di,
me reconocen tus iracundas piedras,
aplacan mi sed de náufrago
tus vertientes de súbitas linfas,
hay un sitio final para mí
en tu regazo nutricio, madre?
Nadie como yo que dormí en tu ribera
por tu noche mágica amortajado,
y te busqué sin rumbo en el tiempo,
y trascendí océanos, lluvias,
tempestades de fuego y estrellas,
ríos que corrieron por mí sin borrarte,
nadie como yo que te supo tan tarde,
nadie como yo que no te tuvo, madre.
Lejos en ti
Si de repente el agua desciende
en diagonales de finos estambres
que se derrumbaran interminablemente…
Si escucho el viento, el viento aguerrido
soplando su ronco aliento
desde las hondas gargantas boreales,
su impetuoso ulular invisible…
Si la nieve como en un blanco otoño
desgrana sus láminas de frías aristas,
y cae y cae contra el mundo
amontonando su albina materia
de piel aterida…
Si de los bosques me llega el perfume
de sus maderas ebrias de espesas resinas,
del humus humeante en su lento proceso
devolviendo las hojas al polvo nutricio…
Si los lagos en las cuencas alpinas
murmuran su secular vaivén, en la ribera,
y atrapan estrellas turbias en la noche abierta,
y amamantan arroyos contra los valles dormidos…
Si cruzo estos campos donde la herrumbre del sol
rutila en la espiga de apretadas gemas,
y huelo el aire de desnuda transparencia
cuajado de efluvios silvestres y luz matutina…
Si de la noche, madre, si de la bóveda ciega
baja su temblor de cósmicas substancias,
y paraliza mi sueño dotando mi subsuelo
de creador atributo, como el interior del humus…
A tu delgado ser de invencible magnetismo
tendido a los pies de altas torres de nieve,
regresa entonces mi corazón nublado,
y recorro tu cuerpo entre espuma y ventisca
besando tus grietas azules y tus rubias insignias,
tu espeso latir de metafísicas claves.
En Frutillar
Azul es el agua,
azul de húmedos prismas azules,
azul horizontal mecido
en la cuna que el hielo cavó, durando.
Su acompasado vaivén
danza salpicando el aire,
encantando eléctricos peces,
guiñándole al cielo sus gráciles alas.
Amanece en Frutillar.
Toda la noche ha durado el rumor
del agua azul en la orilla,
toda la noche sus infructuosas alas.
Recorro la ribera azul
recogiendo hojas extintas, ramas errantes,
mensajes silvestres que el agua
transmite ondulando sus lenguas.
Desde el cono de cuello nevado
bajan las linfas cantando,
y entrelazan al lago sus fríos cabellos,
sus besos de nieve recién desprendidos.
Un vegetal silencio
reverdece en la móvil orilla,
una paz que el agua asedia
estirando sus convulsivas aristas.
Atardece en Frutillar.
toda la noche la luna
oirá el rumor azul del agua,
toda la noche mi oído sin sueño.
La noche en Ensenada
En Ensenada la noche, Claire,
el azul mineral precipitado a tierra
como un torrente de espesos efluvios.
Era como si de pronto
una sábana negra hubiera caído
contra la faz del planeta.
Sólo el ruido de sigilosos insectos
raspaba la corteza cósmica extendida
arañando estrellas de brillo inaccesible.
Estábamos allí, Claire,
y era una vivencia planetaria,
una transmigración a metales muertos.
Cerca latía el lago Llanquihue su sueño,
y el volcán su mole egregia pasmada,
y las vetustas maderas su edad dormida.
Tu cuerpo apretado al mío, temblando,
tu corazón azorado en el cosmos,
tus ojos luchando en la luz invertida.
En Ensenada la noche desatada,
la noche vegetal del avellano,
arracimada, espesa, acérrima y alta.
Viña del mar
Así pasaran mis años
de lluvia torrencial y cataclismos,
así cayeran mil años las hojas
hasta sepultar todo vestigio de mis huellas,
así el mar entrara a saco en ti
y socavara mil años tus cimientos,
no podrías, Viña del Mar, olvidarme.
¿Cómo podrías, ciudad litoral,
gema de luz cuyo brillo
las olas, su embate, el ruido del mar
y el viento oceánico arañan, puliendo,
cómo podrías negar que en tu orilla,
que por tus playas de oro y turquesa,
éste, tu hijo, corrió como el viento,
que por tus bosques donde la flora
tejió un lecho de diminutos estambres,
cruzó mi vida hilvanando sueños?
¿Cómo podrían tus calles de otoño,
cómo podrían tus calles de niebla y castaños
arrancarse mi figura de rapsoda ebrio,
mi ser que cruzaba enhebrando versos?
Por los delgados senderos de Quinta Vergara
suena aún, quizás, mi voz resquebrada,
se escucha en la brisa mi violín enfermo
gemir su melancolía entre las ramas.
Eran los años de cólera, eran
los años de la violenta poesía,
cuando amé las hojas y su color mortuorio,
y la lluvia se enredó para siempre en mis cuerdas.
Así pasaran mil años de polvo,
de ceniza y soledad, de convulsiones,
no podrías, ciudad, borrarme de tu historia,
extirpar de ti mi voz solitaria,
mi canción que canta aún por tus calles.
Puerto Montt
A Puerto Montt desde el norte,
desde los lagos de torrencial estirpe,
desde los bosques de aguerrido linaje
de la Araucanía,
donde el Puelche sopla abrazando
en su gélido aliento todo lo viviente.
En Puerto Montt se interrumpe el mundo,
termina bruscamente el planeta,
y más allá islas, piélagos brumosos,
verdes promontorios que la lluvia amamanta
y cubre de acérrimo verde selváceo.
Desde la encrucijada de rumbos
bajas al mar, a pie, con mochila,
y de pronto se te dispersan las direcciones,
las calles te atrapan en sus ligamentos,
y pasas por tiendas sin rubro fijo,
por almacenes de ultramarinos
donde el pimiento y la espuela,, el cacao,
el pescado seco y la piña
cuelgan de las vigas de cedro fenicio.
Y en Angelmó, de repente, como si entraras
en las bodegas mismas del mar ubérrimo,
saltan de los escaparates el cangrejo, el congrio,
el piure, rojo odre de minerales mostos,
el erizo bélico, la corvina real,
el loco y su manjar abisal, la almeja enclaustrada,
la centolla acorazada, el picoroco y sus lenguas,
los cereales del océano ricamente ataviados.
Pero no sólo tus dones marinos,
no sólo tu artesanía y tus calles
tiran de mi chaqueta y me arrastran:
en ti quedó una parte de mí,
en ti dejé un trozo de mi ser,
tu luz austral me enamoró para siempre.
Arica
En el Norte Grande, a la frontera,
a orillas del desierto infructuoso,
pura luz equinoccial,
puro manantial de luz invertebrada,
Arica, morro y oasis,
tamarugo y vicuña, Azapa y oliva.
Pasad más allá de Las Liseras,
llegad a Las Capilla, en cuyas rocas
habitan el pejesajo y la jaiva,
el piure y la lapa succionante.
O alcanzad a pie la Playa Larga
donde las machas con sus lenguas rojas,
o la pulga de mar excavadora
pueblan la orilla de granos diminutos.
Pero subid al Altiplano andino,
pasad por Putre y Parinacota,
por el Cauca, donde el flamenco,
donde los lagos cara a cara con el cielo,
donde los volcanes de blancos penachos
y las llamas de augusta apostura,
donde el cóndor como alado centinela.
Déjame, Arica, regresar al agua,
déjame entrar nuevamente en tus playas
y desafiar la ola de cálida espuma,
déjame flotar en tu mar luminoso.
Déjame mezclarme otra vez en tu bullicio,
entrar en tus mercados de lenguas andinas,
perderme en tu feria entre mangos y guayabas,
entre idiomas que el cóndor trajo de otro mundo.
Itinerario chilote
Más allá del Bío-Bío,
más allá de Arauco, más allá
de los lagos de color mineral
y de los difuntos bosques petrificados,
entre mar y mar, mecida
por el vaivén de las olas delirantes,
tú, Chiloé, nave inmóvil
que la luna enamora, y los vientos
sacuden soplando sus cuerdas salobres.
En Ancud se abre el día,
y entran las naves de mar afuera
con su tesoro recién recogido:
crustáceos de pulpa abisal,
peces de luz resbaladiza
que el isleño arañó con dedos heridos,
seres de un reino sumergido
que el hombre estipula con el mar ceñudo.
Dalcahue reúne los hábiles dedos
de las tejedoras silvestres:
de las ovejas de espeso vellón
vuela la lana a la rueca, y entonces
vestes de olor animal,
prendas que el frío infructuosamente lame
cubren la ruda progenie esparcida en las islas.
Llueve en Castro, y el agua
cae sobre la ciudad humeante,
cae tangencial, disciplinada y resuelta,
cae el agua sobre el agua en la bahía,
y es como si ya nunca
fuera a dejar de llover sobre el mundo,
como si Castro perteneciera al agua.
Pero en Huillinco, otra vez,
no ya la lluvia, no el agua:
la granizada, de pronto, en la noche,
nos arrancó de golpe del sueño,
y era como si piedras del cielo,
como si dioses lidiaran en lo alto.
Y luego en Chonchi, de empinadas calles,
el sol rubicundo encendía
la costa, donde delgadas barcas
descargaban racimos de cepas marinas:
animales de luz mineral, seres
cuya existencia el mar tributa luchando.
En Quellón, en fin, el amplio viento,
el viento austral erizado
soplaba ululante, y su murmullo
era un idioma ya no más terrestre,
un código de ásperos fonemas vegetales.
Regresaremos allí, Claire, un día,
a las islas de mágicos susurros,
dormiremos nuevamente en Achao,
en su densa noche de espeso silencio,
un curanto nos espera en Dalcahue,
y el mar de alas temblorosas
recibirá tu cuerpo rubio y mi forma adusta,
y en las iglesias de forestal aroma
entraremos, para rezar en medio
de los bosques sepultos en cruz rescatados.







































el sito con la estrella
Vaya poema pues he de decir que para mi es un gran poema, y no los tres o cuatro que requirieron del los tres o cuatro nombres, gracias al mismo me han dado unas ganas locas de ir a los sitios que unidos estàn abanderados con los tres colores y la estrella, camaradas lectores, si plasma su amor a la patria con este tino no quisiera saber como lo harìa para un ser amado, me entienden.