
HABLAN LAS MÁSCARAS
Marco Antonio Campos
Una generación, incluso varias generaciones, leen a su manera su
propio pasado, modificándolo o repitiéndolo en perspectivas, gustos,
desdenes, omisiones. La primera asociación literaria significativa,
después de la independencia, la Academia de Letrán, fundada en 1836 en
condiciones extremadamente precarias por cuatro jóvenes de talento (los
hermanos José María y Juan Nepomuceno Lacunza, Guillermo Prieto y
Manuel Tossiat Ferrer), tenía como fin democratizar la cultura y
mexicanizar la literatura. Por así decirlo estaban hartos de la
herencia española y de la poesía, escrita en los tres siglos de la
Colonia, hecha, por un lado, con cantidades anormales de bisutería
gongorina, de juegos inanes de salón, de sonetos a Cristo crucificado,
de exaltaciones purísimas a la Virgen María, de poemas de regalo al
desprendido mecenas o a la graciosa mecenas en turno, o por otro lado,
de la herencia artificial de la poesía pastoril escrita por los
Árcades, encabezados por el excelente poeta Fray Manuel Martínez de
Navarrete. Sin
embargo, contra lo que pidieran de información, entre los poetas
novohispanos habían existido ejemplos notables –más allá de la altísima
cumbre de Sor Juana con sus sátiras y sonetos de una hondura y ligereza
magistrales y su extraordinario poema reflexivo Primero sueño-,
como Francisco de Terrazas (1525- 1600), autor de bellos sonetos, sobre
todo uno, "Dejad las hebras de oro ensortijado", con su verso final
sorpresivo y terrible; Gutierre de Cetina (1520-1557), lector fervoroso
de Petrarca y Garcilaso, que dejó un madrigal que hemos memorizado
todos, "Ojos claros, serenos", y el cual no deja de tener una gran
familiaridad con otro del romancero español ("Niña erguídeme los
ojos"); Bernardo de Balbuena (1564-1627), con su Grandeza mexicana,
que se editó en 1604, dilatado poema escrito en musicales tercetos que
fluyen como el aire y el agua, pese a un sinnúmero de exaltaciones
gratuitas e hipérboles de fantasía, y por eso mismo, por la gratuidad
de la exageración, lo vuelven en varios pasajes demasiado fatigoso;
como Luis Sandoval y Zapata, o Luis de Sandoval Zapata, con sus poemas
entre el amor y la muerte, o si se quiere, ante al amor y la muerte, y
que en los años ochenta del siglo pasado recuperó el investigador
universitario José Pascual Buxó. Si algunos son peninsulares que
escribieron en México y su lírica puede aparecer en la navegación
literaria española, no excluye que formen parte de nuestra tradición,
como Juan Ruiz de Alarcón, nacido en Taxco, forma parte asimismo de la
española.
Asombrosa, fructuosamente, a la
biblioteca del Colegio de Letrán, con la anuencia del rector, fue
integrándose la inmensa mayoría de las lumbreras de la época. Un día
aun llegó Andrés Quintana Roo, secretario de José María Morelos en la
guerra de Independencia, a quien se le recibió con una aclamación y con
otra aclamación se le eligió ese mismo día presidente de la Academia.
Su llegada, recordaba emocionadamente Guillermo Prieto, fue como "la
visita cariñosa de la patria (Memorias de mis tiempos).
En verdad la negación de la herencia española y la búsqueda de las
raíces prehispánicas mexicanas eran, por varias razones, en alto grado
sólo una quimera o muy buenas intenciones: de hecho, en el México de
1836 y, con un pueblo en su gran mayoría analfabeto, había pocas
bibliotecas y librerías y los jóvenes poetas estaban tan exiguos de
dinero que apenas podían comprar libros y revistas, y lo que podían
leer, además de lo editado en nuestro país, eran publicaciones llegadas
sobre todo de España. Reproducían artículos prestigiosos de esas
revistas –o traducidos de publicaciones francesas, inglesas o aun
alemanas- en sus propias revistas. Seguían leyendo a los poetas del
siglo de oro y del romanticismo españoles y también se acercaban a los
ingleses y franceses: no sólo en los años treinta, sino a lo largo de
todo el siglo XIX, Lord Byron y Victor Hugo pasaron en nuestro país con
una llamarada o como lava volcánica, y representaron modelos príncipes
para Marcos Arróniz, el joven poeta trágico, que escribió el mejor
poema del segundo romanticismo ("Zelos", así con zeta), el neoclásico
Manuel José Othón, en cuyos versos enérgicos sentimos toda la fuerza de
las montañas y del sol abrumador del desierto, y el fogoso Salvador
Díaz Mirón, a quien en su tiempo algunos consideraron el igual, y a
veces superior (así lo juzgaba Othón), de Rubén Darío. Pero después de
la Independencia los poetas empezaron a escribir sobre asuntos
mexicanos, incluyendo de manera abierta, ya sin censura, poemas
políticos y en menor medida eróticos, y aun en la segunda mitad del
siglo, se seguía hablando de expresión nacional.
Me atrevería a decir, si no yerro, que entre 1821 y 1850, varios de los
poemas más representativos, contra quienes suelen reprobar el tema, son
los escritos por Andrés Quintana Roo, Sánchez de Tagle, Francisco
Ortega, o por los jóvenes del primer romanticismo, como Ignacio
Rodríguez Galván, cuya "Profecía de Gautimoc" -redactada supuestamente
entre el 15 y el 27 de septiembre de 1937, o sea, los aniversarios del
inicio y la consumación de la Independencia-, le pareció a Marcelino
Menéndez y Pelayo la mejor pieza de nuestro primer romanticismo, y
Fernando Calderón, que en "El sueño del tirano" retrató
sangrientamente a Antonio López de Santa Anna, nuestro dictador de
opereta. Asimismo no podemos hacer a un lado al inolvidablemente
aflictivo "México 1847", de Manuel Carpio, que es también una crítica y
una autocrítica dolorosísimas motivadas por la pérdida de más de medio
país después de la guerra injusta con Estados Unidos, o algunas
coloridas piezas de Guillermo Prieto, con entrañable sabor popular del Romancero.
En buena parte del siglo XIX, al menos hasta el fusilamiento de
Maximiliano en 1867, México estuvo atrozmente marcado por invasiones
injustas, salvajes tajos territoriales, ocupaciones ominosas, feroces
guerras intestinas, dictaduras, gobiernos interinos, anarquía, asonada
tras asonada... El país se hacía y se deshacía. Un aprendizaje
desgarrador y desolador, que aún no termina entre nosotros, del
federalismo y la democracia. Con respecto a nuestra lírica, hemos
escrito desde hace tiempo que el XIX fue menos de poetas que de poemas,
y quien mejor lo supo advertir fue José Emilio Pacheco, que antologó
con gusto y conocimiento la poesía de aquel apasionante y complejo siglo.
Con la recuperación, en la década de los diez del siglo XX, sobre todo
por el grupo de los ateneístas, de las artes coloniales, y luego, en
los años cuarenta, cincuenta y sesenta, con la sistemática traducción
de la poesía y la literatura prehispánicas, la perspectiva ha cambiado.
La poesía mexicana debe verse como un todo.
Son tan nuestros los poemas escritos en castellano como los ideados en
náhuatl, maya o zapoteca, y estoy aun por creer que, si bien la
conocemos a base de las beneméritas traducciones de Ángel María Garibay
y Miguel León-Portilla, la escrita en lengua náhuatl es la más bella
poesía en conjunto que se escribió en occidente en el siglo
XV. Esplendieron entonces las flores y los cantos de Nezahualcóyotl,
Cuauhcuatzin, Ayocuan, Tecayehuatzin y Axayácatl. Cuando en 1967 Miguel
León-Portilla compiló la lírica náhuatl y publicó Trece poetas del mundo azteca,
los lectores se encontraron con un código lingüístico y un orbe de
símbolos de una belleza que no se había visto antes y que habían
permanecido ocultos por centurias como perlas en su concha. Sin
embargo, pese a ser intensamente nuestras, las piezas se leen en traducción.
No hay, no creo que haya un solo poeta mexicano importante que lea
fluidamente el náhuatl, ni siquiera Rubén Bonifaz Nuño, que lo estudió
un tiempo con el propio León-Portilla. El caso de Carlos Montemayor es
otro: ha tenido ante todo el gran mérito de ser un incesante
divulgador. Leer los poemas traducidos del náhuatl o del maya o del
zapoteco tiene las limitaciones que existen cuando leemos poemas de
otros idiomas. Desde luego, las lenguas latinas no guardan para un
hispanohablante los mismos secretos o laberintos que las germánicas,
eslavas, bálticas, árabes, africanas u orientales; las dificultades son
crecientes de una a otra, y más cuando la escritura es otra, y aún más,
cuando algunas de esas escrituras están basadas, no en palabras sino en
signos. La diferencia que sentimos con traducciones de las lenguas
indígenas respecto de las de otras lenguas, es que no las hablamos,
pero las sentimos en el cuerpo, el corazón y el alma, y percibimos cuán
profundamente en ese universo verbal se encuentran las raíces de donde
venimos.
II
Después de traducir cosa de 25 libros de poesía por casi cuarenta años,
queriendo ser lo más fieles a los múltiples sentidos y a las múltiples
músicas de las lenguas fuente, estamos del todo convencidos de que es
imposible la inmensa mayoría de las veces recobrar todo el orbe original
de un poema. Llámesele versión, traslado o aproximación, lo que queda
del poema no es del todo el poema primigenio. Lo único que nos resta
por hacer es que nuestras versiones, sean, como dicen los franceses, no
sin alguna inexactitud, bellas infieles. En el mejor de los
casos una traducción es una aproximación inmediata o lejana, o si se
quiere, otro poema. No conozco un solo caso –hablemos, por ejemplo, de
grandes paradigmas del XIX, Leopardi, Baudelaire y Whitman, o del XX,
Montale, Perse y Eliot- en que todos los sonidos y sentidos,
sugerencias y ambigüedades, murmullos y musitaciones, balbuceos y
susurros, onomatopeyas y exclamaciones, ecos y resonancias, golpeteos
rítmicos y juegos verbales, pausas y silencios, desintegración
lingüística y tonalidades de colores, estén rescatados íntegramente. A
veces un blanco, una coma o una sola letra, ya se añada o se borre,
evitan que se logre la equivalencia.
Cuando le dije
a José Hierro en mayo de 1993 que algo de su poesía desolada me hacía
pensar en algún Pessoa, repuso una de las cosas más atractivas que he
oído. Vale la pena, aun si larga, transcribir buena parte de la cita.
De un lado, Hierro negaba toda influencia de la traducción: "Aunque
para nosotros sea relativamente fácil leer portugués, en la traducción
se pierde la última resonancia de la palabra, {no sólo en la traducción
de esa lengua}, sino en toda la poesía traducida. Creo que a mí me ha
influido todo, una larga tradición, menos los poetas que hablan otra
lengua, incluso uno como Pessoa, cuya lengua es tan próxima." Para
luego dudar de que la poesía en traducción sea poesía: "Ahora hay
muchos adoradores de Cavafis, como en mis tiempos se adoraban a Rilke y
a Eliot. He leído a Cavafis en traducciones, y me digo: 'Ese señor debe
ser un gran poeta', todo está muy bien hecho pero no sé si lo que leo
son poemas. Lo sé porque me lo han dicho los demás, pero no soy capaz
de corroborarlo por mí mismo. No alcanzo a percibir la magia verbal.
No, no es como usted dice si uno es menos o más intelectual o
vitalista, objetivo o subjetivo; si yo leo Residencia en la tierra me estoy enterando poéticamente. Pero si un libro semejante me lo traducen al inglés o al alemán, yo no me entero. Veo sólo palabras. ¿Qué ocurriría si a César Vallejo me lo dan en traducción? No me entero
de nada. En cambio si leo: "Me viene hay días una gana ubérrima,
política,/ de querer, de besar al cariño en sus dos rostros...", me
fascino, me informo verdaderamente. Voy a decirle algo que quizá le
suene extraño. A mí me da la impresión de que César Vallejo es un indio
andino, cuya lengua es otra, y quien ha aprendido la lengua de los
conquistadores y se expresa en ella pero no la domina. ¿Qué pondría yo
en su lugar? Nada. No se puede (...) Permítame una comparación. La
traducción es como una pareja que está viendo una película. De pronto
llega un tercero que se coloca en un asiento entre los dos jóvenes. El
de en medio es como un trasmisor. El joven le pide: 'Dile que la quiero
mucho', y el de en medio le dice a la chica: 'Dice que te quiere
mucho'. Y así van diciéndose palabras de amor, que de ese modo se
vuelven grotescas".
¿Renunciar a la traducción porque no es exactamente
lo que se halla en el original? Todo lo contrario. Si la poesía, a
través del infinito caudal de imágenes y de metáforas, es una
transformación del mundo, la traducción es una transformación de esa
transformación para hacer nuevos mundos verbales. El poema traducido
debe leerse ante todo como poema y después podrá cotejarse qué tan
fiel o infiel se ha sido con el original de la lengua fuente. A su
manera una traducción también puede ser una obra de arte. En esa vía,
se halla una mina de piedras preciosas de riqueza insospechada.
De una cosa estoy convencido: al traducir y al leer traducciones un
poeta puede encontrar ideas para escribir un poema o una nueva manera
de decir algo distinto en un verso, en una estrofa, en un pasaje. No
sabemos cuánto japonés haya sabido José Juan Tablada (si lo supo), o
cuánto francés conocieran Díaz Mirón, López Velarde, Xavier
Villaurrutia y Alí Chumacero, pero les sirvieron para alzar nuevas
casas verbales en la poesía mexicana. No sabemos cuánto influyó en
Octavio Paz hacer traducciones en colaboración de idiomas que no
conocía (húngaro, sueco, japonés) o en Pacheco traducir desde una
estructura plurilingüe de idiomas que tampoco conoció (el polaco o el
griego antiguo y moderno), porque sería muy difícil determinar en
ocasiones, aun para ellos, qué huella y cómo quedó en poemas suyos.
Uno de los escritores latinoamericanos más inteligentes, Ricardo
Piglia, decía, refiriéndose en general a la narrativa, pero más
específicamente al FerdydurkeFormas breves);
lo mismo podríamos decir en relación a la poesía. Aún más, cuántas
veces hemos visto que la influencia no sólo de las buenas, sino de las
malas traducciones, cuando se da en un poeta que tiene el genio o el
talento, la aprovecha al máximo sin saber cómo llegó y cómo se dio eso.
Recuérdese que varios de nuestros mejores poetas no hablaron otra
lengua que el español y lo leído de poesía en otros idiomas fue en
castellano. Quizá dos ejemplos destacados sean Jaime Sabines y
Francisco Hernández.
Hay aun un caso especial que no deja
de causarme un admirativo asombro. Al igual que Paul Valéry rehizo
múltiplemente su gran poema "El cementerio marino" hasta la versión
final, desde 1986 Pacheco ha elaborado múltiplemente los Cuatro Cuartetos
de T. S. Eliot. El propio Eliot sugería que cada generación debía
traducir a sus clásicos; Pacheco ha traducido al mismo clásico
innumerables veces en el tiempo que dura una generación.
Por fortuna en México, en el siglo que nos dejó, hubo poetas que
alzaron palacios verbales con sus traducciones como Alfonso Reyes,
Octavio Paz, Rubén Bonifaz Nuño, Rosario Castellanos, Tomás Segovia,
Ulalume González de León, Guillermo Fernández y José Emilio Pacheco.
Cierto: unos buscaron más la traducción literal, otros, una traducción
más libre, otros, más el espíritu del poema, pero lo que un lector
agradece es la creación de bellos árboles verbales que acaban siendo un
bosque.
Al menos unos seis u ocho más, después de ellos, han seguido ardua y
fecundamente la ruta. México puede envanecerse de haber tenido en el
siglo anterior y en lo que va de éste uno de los más notables conjuntos
de traductores en lengua española.
"argentino" de Gombrowicz, que las "traducciones tienen una importancia decisiva en la historia de los estilos" (
III
Desde los años sesenta, Octavio Paz escribió que la modernidad está
marcada por el signo del cambio y ha creado, en base a la ruptura de la
tradición, la tradición de la ruptura. Yo creo que eso habla mucho
sobre Paz, pero no en general de la poesía latinoamericana, y menos,
tal vez, de la mexicana. Salvo José Juan Tablada, los estridentistas y
el propio Paz, no veo una verdadera presencia, menos una mínima
continuidad, de las vanguardias en la poesía escrita en México en el
siglo XX. ¿Cuáles? Por ejemplo, veo en López Velarde un poeta mucho más
novedoso en su trabajo por sus insólitos hallazgos con el adjetivo, la
rima y el verbo, por su magia verbal, que lo hecho por la gran mayoría
de los que se atrevieron, o creyeron atreverse, a descubrir brechas
novedosas, sin darse cuenta de que repetían incansablemente lo ya
repetido, o dicho de un modo coloquial, remojaban la misma ropa. Muchos
de ellos se jactaron, aquí o en otros países latinoamericanos, aun sin
haber logrado una obra que valiera medianamente la pena, de la
pertenencia a tal grupo o a tal ismo como si eso les diera entrada privilegiada a un paraíso inmediato.
Desde el regreso al versículo hecho por Walt Whitman, pasando por el
poema en prosa objetivo a la manera de Baudelaire y subjetivo a la
manera de Rimbaud, al vers libre
como lo entendían Laforgue y los versolibristas del siglo XIX, a la
nueva arquitectura de la página con "Golpe de dados", a las diversas
variedades del verso libre, hasta las revolucionarias adaptaciones, por
un lado de los futuristas y de los dadaístas, y por otro, de
Apollinaire, Ungaretti, Tablada y Huidobro en la puntuación, las
palabras, la sintaxis y en la estructura del poema, en América Latina,
menos que novedad en las vanguardias, ha habido un aprovechamiento de
las conquistas de las vanguardias. La poesía de la inmensa mayoría de
los vanguardistas de nueva cepa quiso ser nueva y murió o envejeció en
poco tiempo. Buscaron ser ultramodernos y entraron en un hoy refulgente
que se volvía pronto un opaco ayer. La falta de olfato o
quizás una insuficiente información no les sirvió para darse cuenta de
lo que se escribió antes. Llamaradas de novedad, a veces acompañada de
escándalo, que se disiparon como un pilar de humo. Odiaban a los medios
de comunicación, pero se valían de ellos, que a su vez los olvidaban
pronto porque dejaban de estar de moda. Sus poemas, si no es una
contradicción, se convirtieron en cacharros artísticos; igual pasó con
sus opuestos, los poetas del llamado realismo socialista, quienes
escribieron sobre todo en las décadas de las dictaduras del comunismo
burocrático en la Europa del Este y en Cuba, y que, por consigna o por
convicción, creían vivir en una sociedad perfecta. A su manera ambos
se homogeneizaron: una poesía que gritaba que era nueva y una que se
escribía para que la entendieran todos: ambas terminaron en las
covachuelas oscuras de la historia de la poesía. En algunos libros
teóricos de ensayistas o de académicos universitarios, que imparten o
no la cátedra de poesía latinoamericana, tan proclives a poner
etiquetas o a crear esquemas de escuelas y movimientos para señalar
periodos, se ha hablado de los distintos pasos que ha recorrido la
vanguardia latinoamericana: la prevanguardia, la vanguardia propiamente
dicha, la postvanguardia, y desde hace algunos años, el postmodernismo.
¿De verdad? ¿Qué poetas postmodernistas de valía existen en América
Latina y en España? ¿Quiénes son? ¿Quiénes se asumen como tales? Sin
duda a ese paso encontraremos pronto a ensayistas y académicos
hablándonos de neopostvanguardismoneopostmodernismoneoneo.
Whitman, Baudelaire, Rimbaud, Ungaretti, Trakl o Celan hallaron nuevas
vías y entraron de inmediato en la gran tradición. Las grandes
revoluciones son las pequeñas. No se trata a toda costa de ser moderno
ni de ser nuevo. Se trata de escribir bien y que lo leído lo sintamos
como escrito hoy. Safo, Catulo, Propercio, Villon, Shakespeare,
Garcilaso, Quevedo, Lope, Whitman, Rimbaud, Lautréamont, Baudelaire,
Darío y López Velarde enseñan, al leerlos, mucho más –están más cerca
de nuestra sensibilidad e imaginación- que la gran mayoría de los
poetas que vivieron en el siglo pasado y en lo que va de éste. Hace
casi un siglo, en marzo de 1917, Eliot publicó en la revista The New Stateman su ensayo "Reflexiones sobre el vers libre",
que contiene unas líneas de una extraordinaria actualidad, Eliot dijo
con su lucidez característica, hablando sobre todo de la poesía
inglesa, pero que puede extenderse a cualquiera de occidente:
"Suprimida la rima, el poeta se mira de inmediato ante la barrera de la
prosa. Eliminada la rima, fluye de la palabra mucha música etérea que
hasta entonces habrá crepitado inadvertida en los dilatados espacios de
la prosa. Proscrita toda rima, un gran número de poetastros perderían
la peluca. Y esta liberación frente a la rima podría resultar también
una liberación de la rima. Liberada de la fatigosa labor de
completar un verso cojo, la rima podría aplicarse con mayor efecto allá
donde más se necesita. Suele haber en un poema en verso blanco pasajes
en que se precisa la rima para conseguir algún efecto especial, para
producir una tensión repentina, para una insistencia acumulativa, para
un cierto cambio de estado anímico. Pero lo cierto es que en cualquier
caso el verso rimado en estrofas no perderá su puesto (...) En lo que
atañe al soneto, ya no estoy tan seguro. Pero la decadencia de las
estrofas intrincadas nada tiene que ver con la aparición del vers libre.
Se había iniciado mucho antes. Sólo en una sociedad bien trabada y
homogénea, donde hay muchos que trabajan en los mismos problemas, sólo
en una sociedad como las que produjeron el coro griego, la lírica
isabelina y las canciones de los trovadores, podría llegarse a la
perfección en el desarrollo de esas estrofas. Y en cuanto al vers libre,
llegamos a la conclusión de que no se define por la ausencia de
estructura formal o de rima, porque hay otras composiciones poéticas
que carecen de ellas, ni por la ausencia de metro, puesto que el peor verso puede medirse. Y llegamos a la conclusión de que no existe una división entre verso conservador y vers libre,
porque sólo hay versos buenos, malos y el caos". Es decir, no importa
si se hace un poema con metro y rima, o sólo con metro, o se elige el
versículo o el verso libre, o si se desarrolla una u otra forma
poética, porque una sola cosa importa: hacer una buena tarea. En cuanto
al soneto objetaríamos su duda, al menos en castellano, ejemplificando con tres casos de una permanente actualidad: Borges, Pellicer y Alberti.
En una entrevista que le hicieron cuando se despidió de cónsul en 1943, Pablo Neruda opinó que la poesía mexicana era formalista;
Xavier Villaurrutia dijo otro tanto hacia los años cuarenta en su
conferencia "Introducción a la poesía mexicana", la cual se publicó
póstumamente en 1951. Tiene una gran parte de certeza, sobre todo en el
momento cuando Villaurrutia lo escribió, pero formal no quiere decir siempre rigor.
En rasgos generales, salvo excepciones, lo popular dignamente estético
entró poco en nuestra poesía. Si bien predominó en nuestra lírica el
habla coloquial, se mantuvo lejos del grito y la estridencia. En eso
los poetas mexicanos darían la razón a López Velarde, cuando ya en 1916
("El predominio del silabario") rechazaba despreciativamente "la
tendencia a situar el vigor poético en la laringe" y reprobaba a los
"Gargantúas del verso [que] se desgañitaban frente a las copas de
ajenjo, pasmando a un auditorio de beodos". No sé si sea, o haya sido
alguna vez, como decía Villaurrutia, el tono de nuestra lírica "un tono
de intimidad, un tono de confesión", pero sólo en escasos ejemplos
hallamos estéticamente logrados el estallido de furia o el puñetazo en
la mesa, como sería, por ejemplo, en la primera parte de la elegía de
Sabines a la muerte de su padre, cuando el poeta, rabioso e impotente,
manda a la chingada a las lágrimas y a la chingada la muerte y tilda al
Príncipe Cáncer de "Señor Pendejo".
IV
En
un breve ensayo ("La generación de los treinta"), el poeta y crítico
Eduardo Hurtado fue el primero en advertir que por perfiles
distintivos, Eduardo Lizalde tenía más proximidad a un poeta de esa
década que a los nacidos anteriormente. Pensando tal vez en Pablo
Neruda, alguna vez Lizalde ha declarado que todo gran poeta con una
vasta obra es varios grandes poetas; es el caso de él mismo. Salvo en
su primera época, cuando quiso ser un poeta político o de denuncia,
desde 1966, con su libro admirablemente reflexivo Cada cosa es Babel,
que trata de las relaciones del nombre y la cosa, advertimos un poeta
que intuía y sabía muy bien de la relación armónica entre arquitectura,
música y pensamiento en el poema extenso. Por demás, a lo largo de
varias décadas, poetas mexicanos buscaron escribir ese largo poema
reflexivo, siguiendo a menudo el ejemplo de la alta torre de "Muerte
sin fin" de José Gorostiza, que los identificara en un presente que no
conociera linde ni término: Jorge Cuesta ("Canto a un dios mineral"),
Bernardo Ortiz de Montellano ("Segundo sueño"), Gilberto Owen ("Sinbad
el varado"), y de alguna manera, Octavio Paz en la última parte de
"Piedra de sol". Cuatro años después, en 1970, a los 41 años de su
edad, Lizalde publica el libro que lo consagra: El tigre en la casa, y nueve años más tarde un libro bello y deslumbrante, Caza mayor,
que sin embargo no tiene el terrible encarnizamiento contra la mujer y
contra sí mismo del anterior. Desde entonces Lizalde no deja de
sorprendernos con libros novedosos, pero sin renunciar jamás al centro
de los centros del mundo o de su mundo: el tigre. Ese tigre que salta y
brilla en los versos de Blake y de Borges y que conoce en la lírica de
Lizalde innumerables transformaciones.
Hay poetas que en nuestra
tradición, quizá contra ellos mismos, se les reconoce por un poema, y
acaban siendo en la tradición ese
poema. Jorge Hernández Campos es uno ("El Presidente"), Víctor Sandoval
es otro ("Fraguas"). Sin que Sandoval mencione nunca el nombre de la
ciudad (Aguascalientes), sabemos que es ella por referencias directas o
indirectas, pero al mismo tiempo se vuelve de manera emblemática otras
que viven en condiciones parecidas. A la vez biografía espiritual,
relato de la vida cotidiana de un grupo de amigos que se reúnen en un
café, diálogo con un padre que puede ser invisiblemente el suyo y el
patriarca cuatro veces centenario, "Fraguas" nos da una idea total de
la historia de una ciudad: desde su nacimiento hasta su declinación y
desaparición, que de forma simbólica es una hoja en blanco. Pudiendo el
poema leerse de varias maneras, lo redujimos tratando de no traicionar
su esencia.
Viviendo desde hace veinte años en
la capital de la república, Juan Gelman se ha vuelto un poeta
entrañablemente mexicano y en sus libros escritos después del año 2000
ya son visibles las marcas de la nueva vida. Autor de más de treinta
libros de poemas, como en el caso de Neruda, lo que en otros es
facilismo en ellos es facilidad, y muy a menudo, felicidad verbales.
Gelman jamás se ha sentido parte de la vanguardia o de la neovanguardia
o de la postvanguardia, de las que se ha reído de buena gana. En su
tarea de deconstrucción de la sintaxis, de los versos y de las
palabras, los poemas de Gelman salen así, inevitablemente así, porque
así lo obligan la situación anímica y los llamados del corazón y el
alma, y no la razón o el mero deleite de los juegos verbales. El tono
del poema va creando las emociones y los significados. Uno de los más
lúcidos ensayistas mexicanos, Evodio Escalante, escribió en el año
2000, en el prólogo a una amplia antología gelmaniana publicada en
México (En el hoy y mañana y ayer):
"Lengua descuartizada, agramaticalidad, sintaxis retorcida,
trastocación de los pronombres." En un ensayo, Carlos Monsiváis ha
mostrado que en Gelman lo que parece oscuro se vuelve hondo y claro. Su
larga "Carta a mi madre", hecha de la materia del llanto, parece una
operación a corazón abierto.
Dos poetas chiapanecos, Juan
Bañuelos y Óscar Oliva, han tenido ante todo dos principales columnas
de su obra: la política y el amor. Podrán acusar algunos o muchos desde su perspectiva
a Bañuelos de políticamente obcecado o equivocado, pero nunca falto de
consecuencia ni de verticalidad. Siempre ha sido fiel a lo que ha
creído y así lo ha escrito y vivido. En él la política ha tomado a
veces la vía de la denuncia o el testimonio. Así es visible en su
poesía desde acontecimientos como el movimiento ferrocarrilero de 1958
y la rebelión estudiantil de 1968 hasta la insurrección zapatista de
1994 y la descripción de momentos de la vida de hombres y mujeres de
las etnias mayas chiapanecas, de quienes aun ha buscado apropiarse de
mitos, historias, sueños, giros verbales. El paisaje chiapaneco, sobre
todo la selva, es presencia viva en su obra. Octavio Paz dijo que a
Bañuelos el signo que le correspondía era el Trueno, pero no el que
nace arriba, sino el que "brota de la tierra". Como Bañuelos, Oliva ha
tenido la rabia ante la injusticia social y buen número de sus poemas
largos sorprenden por lo bien armados que están. En su mejor libro, Estado de sitio,
aprovechó las novedades de la novela en los años cincuenta y sesenta
para darle una arquitectura sugestiva al libro. Los poemas
seleccionados para esta antología, que tienen como pretexto el cuadro
magistral –el cuadro de cuadros- de "Las meninas", se unen en Estado de sitio como a través de una cuerda invisible y son el primero y el último de ese libro.
Los dos poemas de Thelma Nava que me parecen más recordables están
aquí. Los títulos nos dicen mucho sobre su obra: "El primer animal" y
"Canciones para el celebrante". Es decir, es una mujer que descubre por
primera vez instintivamente las cosas y los hechos del mundo y al
hacerlo lo goza a profundidad. Thelma lo dice en un verso: "Siento que
soy el animal de todos los asombros". Es decir, el mundo es para
sentirlo y el principal sitio para celebrarlo es el lecho de los
amantes: los cuerpos se integran a la tierra, los quema el fuego, los
adelgaza el aire, el agua los vuelve agua.
En la poesía de Ulalume González de León hay una proclividad por los
juegos imaginativos: como juego verbal o como juego sensual. Ulalume
desea y seduce al hombre, pero nunca pierde el alma de niña ni olvida
los entretenimientos de la niñez. La infancia en ella es siempre un hoy
sin ayer. El nonsense en sus poemas, gracias a su gracia, lo vuelve lleno de sentido. No en balde su afición por la obra de Lewis Carrol.
Autor de una obra poética de más de dos mil páginas, Marco Antonio
Montes de Oca, como nadie en la historia de la poesía latinoamericana,
ha creado tal multitud de metáforas. Es un remolino que envuelve todo y
parece no terminar nunca. En eso se halla su máxima virtud y su máximo
defecto. Cuando acierta y las metáforas toman un creativo sustento en
la realidad, son de una hermosura nueva e insólita y sus poemas son
como flamboyanes bajo el sol del mediodía o de la primera tarde; cuando
sólo multiplica las metáforas sin ahondar en el contenido parece un
cielo estrellado vacío. Por todo o contra todo, su originalidad es
indiscutible.
En un ensayo, publicado en su libro El vértigo de la dicha
(2001), Juan Domingo Argüelles señalaba: "Gabriel Zaid es un poeta a
quien no estorba la inteligencia ni banaliza el sentido del humor, la
gracia, el placer del juego". Desde sus inicios el poeta regiomontano
buscó mostrar que deben decirse las cosas en serio sin tomarse en
serio. Breves y concentrados, sus poemas parecen un cohete que se lanza
al aire y quema a quien los toma con las manos. Es atractiva la
variación del non omnias moriar que hace en su divertido
poema "Alabando su manera de hacerlo": si la amada hace el amor como
ninguna otra, él, si escribiera eso, la volvería legendaria. "Y ni creo
en la poesía autobiográfica/ni me conviene hacerte propaganda",
concluye.
Si por algo será recordado Hugo Gutiérrez Vega será por la tríada de libros que escribió en su paso por Grecia (Los soles griegos, Cantos del despotado de Morea y Una estación en Amorgós).
En los siete años allí vividos, HGV se adentró de tal manera en la
historia, las ciudades, el arte, los paisajes, las personas y la vida
cotidiana que parece haber vivido siempre en el país. Su poema que más
me entusiasma, ""Habla el déspota", puede leerse como un Arte de la
Política. En su paso por Amorgós –isla donde se inspiró asimismo Elsa
Cross para escribir su más reciente libro- Gutiérrez Vega redactó
poemas sobre personas del sitio, como el doctor, el religioso y la
prostituta, a quienes volvió inolvidables en su bondad y ternura. Es
imposible para el lector no descorazonarse cuando Aretí, que ejerce con
minuciosa honradez la prostitución, se descorazona al mirar a diario la
llegada del amanecer desde su pequeña terraza. En los libros, fiel a la
tradición griega antigua, Gutiérrez Vega alió ética y estética.
A comparación de su tarea de traductor del italiano, que abarca quizá
más de veinte mil páginas, la obra de creador de Guillermo Fernández es
relativamente pequeña. Hace unos años escribimos: "La poesía de
Fernández no deja de tener ese aire ceñido del verso italiano moderno,
pero su voz es amarga, resentida y cauteriza a los otros y a sí mismo."
Al lado de esa parte dura hallamos poemas como el escrito a su madre a
quien eleva a la altura de Nuestra Señora. Jorge von Ziegler dijo en un
ensayo que la lírica de Fernández es "capaz de la mayor verdad
poética", y es, "esencialmente, poesía, justamente por su falta de ambición.
No parece destinada a la aprobación de nadie, a cumplir canon alguno,
sino a ser fiel a un mundo íntimo, personal, y a la palabra 'tan fría,
tan refractaria', como la piedra, que con análoga dureza Ungaretti amó".
En sus poemas Sergio Mondragón suele ver fuera para ver mejor dentro de
sí mismo. Son hojas de los árboles que caen y se las lleva el aire, u
hojas de papel, que luego de escribirse, caen y se vuelven aire. No en
balde su cercanía a la cultura japonesa. "Como los grandes maestros del
budismo zen, de cuyas fuentes no ha dejado de beber, nos hace capturar
el instante, en el que la alegría de la eternidad aparece", escribió
Javier Sicilia a propósito de su poesía reunida. Detrás de ese mundo
callado, en Mondragón hay un erotismo sugerido o manifiesto. "No hay
canciones sin muchachas abiertas", dijo en un poema. En un poema de
homenaje al Arcipreste de Hita cuenta la delicia del acercamiento a una
mujer en el toque de rodillas.
Octavio Paz vio muy bien desde hace más de cuarenta años algo sobre
Jaime Augusto Shelley que no ha perdido actualidad. Paz observó que la
complejidad de sus poemas no era conceptual sino física. Su poesía debe
"leerse entre piedras, yerbas, espinas. Vale la pena. Las vistas son
vertiginosas".
Víctor Manuel Mendiola percibía en la obra de José Carlos Becerra "una
sinuosidad verbal, que acaba siendo agotadora por su alto grado de
ambigüedad y decoración involuntaria". En buena parte de su obra, sí,
pero Becerra, quien murió en un accidente automovilístico a los 33
años, deja ver en algunos poemas editados en vida y en los inéditos que
dejó, que aún tenía mucho por decir. Me parece que si algo distingue a
Becerra es el entusiasmo y el asombro que tenía ante la vida y la
poesía –como su maestro Carlos Pellicer-, y cuando lo logra trasmitir
nos emociona profundamente, en especial en el bellísimo poema que
elegimos, "Relación de los hechos", una navegación imaginaria o real
por el mar que es también una navegación a través del cuerpo de la
mujer. Cuando la oscuridad desaparece de sus versos y deja ver el pasmo
gozoso que le causan los hechos del mundo, Becerra -como en otro poema
de largo aliento donde responde de alguna manera a qué le dicen los
signos del pasado prehispánico de su tierra natal ("La Venta")- es un
poeta mayor.
En su Ameuropa, Francisco Cervantes tuvo ante todo un pie en México y
otro en Portugal. Creó en las páginas de la imaginación de sus libros
un país y las gestas de un medievo que vivía como si fueran propios. En
lais
que compuso, lo dijo, dejaba sus ficciones, dolencias, vicios, en fin,
su vida. Cuando regresaba de esos viajes bellamente imaginativos a su
escueta realidad mexicana se daba cuenta que era un hombre escasamente
social, tristemente descontento, y cantaba porque debía cantar pero sin
importarle en nada que ese lector fuera nadie y escribía poemas
magníficamente amargos. ¿Hay algo más ilustrativo para esto que el
final de su poema "Cantado para nadie"?: "¿Amor? Digamos que entendiste
y aun digamos/ Que tal cariño te fue dado./ Pero ni entonces ni aun
menos ahora/ Te importó la comprensión que no buscaste/ Y es claro que
no tienes,/ Pero es verdad que no sólo a ti te falta./La ira, el
improperio,/ Los bajos sentimientos/ Te dieron este canto".
Desde No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969) hasta su más reciente libro Siglo pasado
(2000), la obra de Pacheco parece un solo poema escrito en un lenguaje
engañosamente sencillo y de contenidos quemantes. Para Pacheco vivimos
en un mundo condenado: no en la inminencia de la catástrofe, sino en
una catástrofe tras otra. "Un mundo feroz de fuego y sangre", diría.
Pocos poetas como él han insistido tanto en nuestra insignificancia
como hombres y que nuestro paso por la vida dura lo que el fulgor del
relámpago en un cielo de tormenta. "Un solo instante aquí", diría el
poeta de lengua náhuatl. Sólo somos figuras fugitivas en el teatro de
los sueños donde se representa el drama del Mal. De su obra me siento
particularmente próximo a su línea epigramática y a las historias,
algunas terribles, que crea en sus poemas en prosa. Su poesía ha
influido en los poetas de las nuevas generaciones que se aprenden sus
poemas de memoria.
En el año 2000 publiqué un libro (El poeta en un poema)
donde los poetas explicaban su poema más representativo o el que yo
creí que lo era. De Aridjis incluí -lo incluyo de nuevo- "Asombro del
tiempo" (Estela para la muerte de mi madre Josefina Fuentes de
Aridjis)". Me parece una de las más emotivas elegías mexicanas escritas
a una madre que se publicaron en el siglo pasado. Desde el primer verso
nos sentimos dentro del poema, o si se quiere en el mundo
triste del poema: "Ella lo dijo: todo sucede en sábado". Como en el
caso del poema de Sabines a su padre, es un poema que no quiere
escribirlo el poeta, pero sale porque el corazón lo llama y el corazón
triste y dolido lo escribe así hasta el adiós final.
Con Alejandro Aura quizá parte la notable promoción de poetas nacidos en los años cuarenta. Desde su primer libro, Cinco veces la flor,
Aura escribía poemas –como los dos que aquí incluimos de ese libro ("Mi
hermano mayor" y "Ronda por tres caminos para un amigo viejo")- donde
se notaba un poeta de pronta madurez. En el primero, el final es
impresionante; el otro, donde conversa con Efraín Huerta, es a la vez
insolente y fraternal, y es un abrazo al amigo treinta años mayor, del
que Aura dijo alguna vez que por fortuna le "ayudó a descubrir que
también valía reírse". Varias piezas de cierta extensión de Aura
parecen estar calculadamente armadas, sobre todo cuando urde dos o más
anécdotas o historias, que se resuelven en un pespunte final, como en
los poemas donde trata personajes de la historia o el arte y les
encuentra una equivalencia moderna, como el de Helena que se encamina a
la muralla de Troya, o los niños de Cartago que se vuelven todos los
niños que viven bajo sitio, o el cartero del Arles
vangoghiano con quien le gustaría en cualquier parte continuar la
conversación. En sus poemas hay sentido del humor, una ternura que le
sale de todas partes, una piedad casi diría cristiana, la ira contra la
injusticia, pero ante todo un amor a esta vida, en la que se está tan bien. En su lenguaje oímos a menudo giros, dichos, expresiones, palabras y diminutivos mexicanísimos.
Un trío de mujeres notables, nacidas con una diferencia de tres años en
el decenio de los cuarenta, representan un momento espléndido de
nuestra poesía: Gloria Gervitz (1943), Elva Macías (1944) y Elsa Cross
(1946). Cada una, a su manera ha hundido sus raíces -además de la
mexicana- en diversas y poco usuales tradiciones. Autora de un solo y
largo libro, o mejor de un vasto poema, Gervitz recobra en ese volumen
de toda la vida, al que ha llamado de diversas maneras, recuerdos
íntimos, que no dejan de ser dolorosos, de su familia judía, y sus
vivencias personales. En varios pasajes hallamos recreadas imágenes
bíblicas e instantes del ritual religioso judío. Si en su vasto poema
hay pasajes de una hermosa claridad hiriente no deja de haber otros
hondamente oscuros. ¿Intencionado o no? Al parecer sí. Como ella ha
dicho, "las sibilas para decir el oráculo estaban dentro de una cueva".
Para Gloria los poemas quizá sólo sean "brevísimos apuntes de nuestros
sueños".
En el caso de Elva Macías sus tres residencias en China han sido piedra
de fundamento. Ningún o ninguna poeta mexicana me parece más
injustamente marginada que ella. Numerosos poemas suyos suelen ser
breves trazos que nos dejan perplejos a menudo por su perfección visual
y musical. En sus libros no excluye las lecturas emblemáticas, como en Ciudad contra el cielo, lectura figurada de cuatro ciudades, e Imperio móvil,
hasta ahora su mejor libro, el cual busca ser una historia emblemática
de la lucha cainita que enfrentó a los chiapanecos a partir de la
rebelión zapatista -rebelión que resumió cinco siglos de injusticia-
del 1 de enero de 1994. "En los versos de Elva –escribimos sobre ella
en un ensayo- todo es suave: la paz, la dulzura, la tristeza, la dicha,
y aun, en su paulatina destrucción, las ciudades, los paisajes, los
cuerpos..."
Poeta muy inteligente y talentosa, Elsa
Cross, ha bebido de las aguas cristalinas del Dolce Stil Nuovo y ha
ahondado en el paisaje y el pensamiento hindúes, se ha adentrado en el
orbe mítico y simbólico griego y en los signos de las imágenes
prehispánicas. Escribiendo libros en un solo arrebato, como en el caso
admirable de Bacantes,
que se lee en vértigo continuo, o hundiéndose en los abismos del
pensamiento, su amplia obra poética es un largo río que no deja de
ramificarse. En sus últimos libros lo lírico ha dado paso a lo
reflexivo buscando la "realidad oscura".
Francisco
Hernández ha explorado diversas temáticas, pero su vena más pródiga e
intensa se halla en los retratos verbales que ha dejado de músicos
(Robert Schumann) y poetas (Friedrich Hölderlin y Georg Trakl), en
quienes halla rasgos y aristas difíciles de su personalidad. En el
espejo, en vez de ver su rostro, a veces encuentra el de ellos. Los
tres poemarios los reunió en un libro clave de nuestra poesía de las
últimas décadas (Moneda de tres caras).
Para Hernández la poesía debe cortarse con el filo del cuchillo. A la
hora de cortar la cara y el alma de los otros o las de sí mismo, el
cuchillo inmisericorde de Hernández no otorga ninguna complacencia.
Buen número de sus versos (no sé si Hernández ha leído a Cioran), son
aforismos que tienen la hondura negra del filósofo rumano.
Agradabilísimas en sentido opuesto, son las coplas henchidas de
sensualidad y picardía costeñas, que escribe su heterónimo Mardonio
Sinta.
Poeta en quien lo racional se une con lo
imaginativo y lo lúdico, los poemas de Antonio Deltoro (1947) suelen
esconder la punta de la navaja y las zarpas de las aves rapaces.
Conviven en sus versos el hombre con alma de niño y el hombre
consciente de que el Mal es una presencia real o amenazante. El buitre
espera el momento para agarrar el cuello de la presa y llevársela. O se
la lleva. En su poesía no deja de sentirse la Angst,
esa palabra alemana que significa, según el caso, angustia, miedo,
ansia, aprensión. En lo lúdicamente absurdo quizá el poema que mejor lo
represente sea "Los días jueves". Hallo una extraña y honda
familiaridad de su lírica con la del rumano Marin Sorescu.
Carlos Montemayor hablaba del ilimitado y melancólico amor por el mar
de Jorge Ruiz Dueñas; cierto. El mar parece dar nacimiento a todo. Del
mar se llega a la tierra prometida y a la tierra final. Ledo Ivo opinó
así: "Lo que promulga la poesía de Jorge Ruiz Dueñas es su capacidad de
contar la afluencia excesiva del mundo. Es una poesía acumulativa y
almacenada, amorosa y respiratoria, un estuario de señales e imágenes,
una larga inscripción dotada de un alto grado de visibilidad". Hablando
en vocativo, de una manera parecida Rubén Bonifaz Nuño lo expresó:
"Entre nuestros poetas, tú eres el único que sabe armar las palabras de
modo que den esa sensación de vida aglomerada y frenética, hirviente
incluso en la misma putrefacción acarreada por la muerte".
En los últimos años Carlos Montemayor (1947) se ha alejado en gran
medida de la poesía, consagrado a la novela política, a los libros de
testimonio y a la divulgación de las literaturas indígenas. En poesía,
Montemayor es ante todo autor de un muy hermoso libro de poesía (Finisterra),
y de éste, son particularmente recordables, el ciclo de "Memorias",
donde evoca con honda melancolía instantes de niñez y adolescencia en
su ciudad nativa, y el poema de amor de largo hálito, que da título al
libro ("Finisterra"), que le debe no poco a la "Oda marítima" de
Pessoa, que él tradujo.
José Vicente Anaya perteneció al
grupo de los infrarrealistas, del que escribió en 1975 el "primerísimo
manifiesto", donde disparaba sus tiros contra los viejos anquilosados,
las instituciones del poder, los burgueses, la belleza exquisita, la
academia universitaria. Paralela a su obra creativa ha hecho una obra
de traductor. Se ha sentido sobre todo atraído por lo asiático (lo
japonés y lo chino), la generación Beat estadounidense y cantantes de
lengua inglesa del decenio de los sesenta, que son verdaderos poetas,
como Jim Morrison, Bob Dylan y John Lennon. No es extraño entonces su
gusto por el poema brevísimo (haikús y epigramas) y el poema largo
(como en Híkuri y Peregrino, sus poemas más apreciados por la crítica). Híkuri,
del que incluimos un bello fragmento, es un doble viaje: el que llevó a
cabo por cuatro años a través de la república mexicana, y el que
imaginó con las alucinaciones que le provocó el peyote.
Xavier Villaurrutia apuntaba en su "Introducción a la poesía mexicana",
como decíamos, que en el lirismo mexicano había ese tono de intimidad,
en voz baja, un carácter de apartamiento y el dominio del color gris.
Esos rasgos distintivos me vuelven siempre que leo los poemas de
Eduardo Hurtado. Aun en su vestir Hurtado es lopezvelardeanamente
discreto y en su paleta de pintor Hurtado sabe utilizar todas las
tonalidades del gris, con destellos verdes del paisaje y el amarillo
del sol. Sus poemas me recuerdan la Ciudad de México en esas tardes
nubladas cuando se acerca la lluvia. No en balde, en una nota de 1991,
Antonio Deltoro decía que Hurtado mismo sabía que era su ciudad
y que no podría abandonarla, como así ha sucedido. A Hurtado el poeta
más representativo del siglo XX le parece Fernando Pessoa.
Otros poetas, como José Luis Rivas y Silvia Tomasa Rivera –igual que
Francisco Hernández- han explorado y evocado hechos de la vida
familiar, de personas y del paisaje de los pueblos veracruzanos donde
nacieron o vivieron, pero en esta muestra, en esa recuperación del
solar, sólo está representado José Luis Rivas. Han vuelto igualmente
los ojos a sus lugares nativos de distintos estados de México, por
diversas rutas, Efraín Bartolomé (Chiapas), Víctor Manuel Cárdenas
(Colima), José Ángel Leyva (Durango), Luis Miguel Aguilar y Juan
Domingo Argüelles (Quintana Roo).
En la década de los ochenta varios de los poetas nacidos en los años cincuenta escribieron sus mejores libros: Tierra Nativa (José Luis Rivas), Ojo de jaguar (Efraín Bartolomé) y Primer libro de las crónicas (Víctor Manuel Cárdenas), Poemas al desconocido, poemas a la desconocida
(Silvia Tomasa Rivera). En esta muestra Rivas, en un hermoso poema
largo, narra desde varios ángulos una historia antigua familiar,
probablemente de su natal Tuxpan, donde no son ajenas las
supersticiones y la fe en la hechicería, y donde hallamos musicalmente
muy bien colocados los nombres propios de su entorno, inmediato al
Atlántico.
Publicado en 1982 en una edición universitaria en compañía de otro joven poeta (José Falconi), nadie imaginaba que Ojo de jaguar
era uno de los mejores libros de los últimas décadas en México. Después
de 25 años, el libro, que el autor ha ido engrosando con nuevos poemas,
ha pasado la prueba del fuego. Al cumplir Efraín 29 años, o al menos lo
deja sugerir en un verso de su poema "Río nocturno", empieza a escribir
su cuaderno de regreso al estado natal. Desde entonces para Bartolomé
ha sido un hábito ir a Chiapas y adentrarse en la selva, visitar sus
lagunas, subir sus montes, navegar sus ríos, reconocer su flora y su
fauna. Sin embargo no todo ha sido deleite. Efraín ha sido un testigo
doble: de la belleza geográfica de su estado pero también de la
depredación o el desgaste: de pueblos que se han vuelto ciudades
deformes, de la selva que ha sido salvajemente talada, de la
contaminación de los anchos y poderosos ríos, de las montañas que
destruyen y afean la mancha urbana... Poeta del cuerpo y de la tierra,
Efraín tiene siempre alerta los cinco sentidos.
Fiel a la tierra
es el título de una amplia compilación que el colimense Víctor Manuel
Cárdenas hizo de su obra. El amor por la mujer, los miembros de la
familia (abuela, esposa, padres, hijos), los autores amados y la pasión
del mar como tema o escenario, aparecen y reaparecen en su obra. El
joven poeta y crítico Rogelio Guedea escribió que el mar "como símbolo,
como sistema de analogía, incluso como trazo estilístico, urde la obra
entera" de Cárdenas ("Una poética de altamar"). Los poemas-crónicas,
que Cárdenas escribió en la temporada que vivió en Chiapas (la matanza
de indígenas de Wolonchán el 5 de marzo de 1981 ordenada por el
gobernador Absalón Castellanos y la devastación causada por la erupción
del volcán Chichonal), no dejan de tener momentos estremecedores.
Silvia Tomasa Rivera -escribe Víctor Manuel Mendiola en su prólogo a la antología de poesía mexicana La coma de la luna-
"aunque está mucho más cerca de Bartolomé o Rivas por la memoria de un
Edén infantil a la orilla de la selva o del mar, sus desplantes, entre
silvestres y broncos, hacen pensar en Sabines". Sí, pero sus poemas al
desconocido y a la desconocida son de un táctil que saltan
fuego, y otras veces, como aquí, crea desolada y desolladamente la
historia del desamor de una pareja dividida entre México y Madrid.
Reconocida en México y en el extranjero, Coral Bracho es una poeta
sobre todo de atmósferas. Si antes en sus versos se tocaba ante todo la
sensualidad de los cuerpos como una vegetación húmeda, últimamente esas
atmósferas se han vuelto más de opresión y de asfixia, como en su libro
Cuarto de hotel,
del que se lee cada página con angustia. Otras dos mujeres, Pura López
Colomé y Myriam Moscona, siguen caminos distintos al de Coral: el de
Pura es un verso más intelectual y objetivo y el de Myriam más ligero y
narrativo. Pura siempre se ha sentido próxima al arte de la música
(sinfónica y de cámara) y a la música verbal. Quizá por eso, me digo,
su encantamiento ante la poesía de lengua inglesa, que ha traducido
tanto, donde a menudo –a diferencia de la francesa- la música parece
consustancial al verso. Por otro lado, es deliciosa la historia
que Myriam relata sobre el vendedor que viene a ofrecerle un servicio
funerario. No sin tierna malicia, Myriam le recuerda la historia de la
tarde cuando murió Mark Twain, quien aun en ese momento nada ni nadie
le impedía creer que era inmortal.
A Héctor Carreto, Juan
Domingo Argüelles y José Ángel Leyva los une su afición por la sátira y
el epigrama, que Argüelles aun ha extendido a los libros de prosa. En
ellos, quizá no tanto en Leyva, no hay esa parte festiva que
encontramos en Gabriel Zaid: el perdigón persigue el corazón del pájaro
para matarlo. Héctor Carreto, quien ha estudiado muy bien a sus
epigramistas griegos y latinos y la sátira del siglo de oro español, va
calculando cada verso y el último suele ser letal. Sin duda es la mejor
parte de su obra. Por demás, es autor de una deliciosa compilación de
epigramas. Los autores crean sus confluencias: sin haberlo leído,
Carreto no está lejano a un estricto contemporáneo suyo, el notable
poeta flamenco Luuk Gruwez. Ambos tienen una mordacidad en que al
destinatario lo vuelven títere y al títere lo dejan sin cabeza.
Con un verso seco, sin adornos, pero musicalmente exacto, no exento de
ira despreciativa, Juan Domingo Argüelles suele relatar, en una parte
de su obra, la vida y milagros del mundo y el mundillo literario,
artístico e intelectual. Su blanco preferido para el degüello –su
principal fobia- son las mediocridades fatuas y los exquisitos
decadentes que se pavonean ridículamente, y que luchan por no darse
cuenta que son poco o menos que nada. Pero hay también en su obra una
parte llena de noblezas y ternuras, como en varias de las piezas
líricas que encontramos en este libro. En "Criticar al crítico", Eliot
destacaba al crítico profesional, es decir, "el crítico oficial de
alguna revista o periódico", y el cual piensa en sus artículos y
ensayos como un camino para publicarlos luego en libros. Entre nosotros
nadie representa mejor esta suerte de crítico en el campo de la poesía
que Argüelles, quien parece haber memorizado los dos últimos siglos de
poesía mexicana.
Cuando se limpian brechas descubrimos que hay otras, que al
circularlas, nos las dejan ver de otra manera. Como en el caso de
Carreto y de alguna manera de Argüelles, la poesía de Rafael Vargas es
más eficaz cuando su verso es más directo y ácido. El crítico peruano
Julio Ortega, al hablar del libro Pienso en un poema,
da una vista general a la obra, y señala: "La poesía de Rafael Vargas
es un registro de rica calidad vivencial. Conforme las promesas de su
temple emotivo (...) discurre con libertad y madurez, desde la voz
mundana de un sujeto estimulado por su entorno urbano y el don de lo
casual". Siempre al día, Vargas ha sido asimismo un infatigable
divulgador de la poesía en editoriales y revistas y en los puestos
culturales que ha ocupado en el extranjero.
Si bien su mejor libro es una colección de epigramas y de poemas breves (Catulo en el destierro),
si bien las cuerdas de la guitarra suenan más melodiosamente cuando la
flecha hiere, José Ángel Leyva ha preferido –hemos preferido-
seleccionar las piezas donde recuerda las figuras entrañables de su
abuelo, de oficio carnicero, y de su padre, maestro de escuela. Ambos
poemas crean una unidad de emoción. El gran poeta colombiano Juan
Manuel Roca ha escrito: “Hay dos temas dominantes en la poesía de José
Ángel Leyva, uno es el de la fuga de los días, el otro el de las
ausencias. Desde esas dos instancias, tan vecinas, establece un diálogo
entre un tiempo mítico casi siempre adosado al tema de la infancia, y
un tiempo cotidiano anclado en un presente despojado de grandezas.
Leyva atrapa una suerte de fantasmario en el que las palabras pueden
ser, desde riscos donde un antepasado afila sus cuchillos en una faena
de carnicería, hasta la posibilidad de evocar con ellas ‘la llanura, el
horizonte bermejo y violeta de Durango’, su región natal.”
Cinco poetas, nacidos entre 1952 y 1956 han trabajado, a la par del
verso libre, las formas tradicionales: Sandro Cohen, Vicente Quirarte,
Víctor Manuel Mendiola, Jorge Valdés Díaz-Vélez y Javier Sicilia. Los
cinco han sido detallados lectores de la obra de algunos Contemporáneos
(ante todo Gorostiza, Villaurrutia, Pellicer y Owen), de Rubén Bonifaz
Nuño y del Borges de El otro, el mismo,
y en el caso de Sicilia, de la mejor tradición de la poesía católica de
los siglos de oro y de los mexicanos Alfredo Plasencia, Francisco Alday
y Manuel Ponce. Ninguno de los cinco olvida que más allá del rigor
formal, la poesía se escribe también, como insistía Sabines, desde el
corazón del hombre.
El caso de Cohen no deja de causar
asombro, porque, nacido en Estados Unidos, escribe prosa y poesía de
una manera impecable en nuestra lengua y ha ensayado con naturalidad en
sus poemas, diversos tipos de métrica, incidiendo en la combinación de
diez con nueve sílabas, que Bonifaz Nuño ha llevado a la perfección.
Hombre de vasta cultura, Vicente Quirarte, en su lírica, aun tomando
como motivo central, secundario o incidental fuentes culturales y
artísticas, sabe que la emoción es el punto central. Aquí se evidencia
con los poemas llenos de nobleza escritos en recuerdo de su padre y de
su madre. Podíamos haber agregado el escrito al hermano muerto.
Pero ante todo, el sol que brilla más intensamente es la mujer. Como ha
observado Sandro Cohen, para Quirarte la mujer se confunde con la obra
de arte, o más bien, es
la obra de arte. “El poeta –dice- se describe víctima de la belleza que
persigue sin descanso”. Un ejemplo de esta integración de arte y mujer
real, entre otros, se da en Filippo Lipi: cancionero de Lucrezia Buti.
Para Víctor Manuel Mendiola, que ha apostado en su crítica y en sus
antologías por una poesía legible pero sugerente y que guarde un
secreto, ha buscado en su lírica, no ha dejado de buscar, esa "luz
inteligente" de la que hablaba Paz en un verso. En las últimas décadas
nadie en México ha intentado tantas variaciones del soneto como él. En
los sonetos, observó el crítico argentino Saúl Yurkiévich, Mendiola
logra una "relojería poética". Ulalume González de León, en su reseña
sobre Tan oro y ogro,
señaló "que a la originalidad y la calidad que tienen las composiciones
de Mendiola se une una inocencia conmovedora", y recordaba asimismo el
entusiasmo que en Paz despertó un libro anterior de Mendiola (Vuelo 294).
Valdés Díaz-Vélez empezó escribiendo poemas muy correctos formalmente
pero que podían pertenecer a cualquiera. Sin embargo, a partir de los
años noventa su lenguaje se fue individualizando, o mejor, concretizando.
Desde entonces los hechos aparecen en su poesía vividos con intensidad
y ahonda en un mundo personal y en las personas del mundo. Cada libro
suyo mejora al anterior. Ningún poema de él me conmueve tanto como
"Aquel ahora". En una taberna el hombre mira a una mujer que amó, y
ella, que está con otro hombre, no lo reconoce. Al leerlo sentimos que
el dolor o la melancolía no es por aquello que se perdió, sino por
saber que todo es inútil y todo da lo mismo.
Hombre de
amplísima cultura religiosa, Javier Sicilia no es como Alfredo
Plasencia, Francisco Alday o Manuel Ponce, un sacerdote que escribe
poesía católica, sino como el César Vallejo de Los heraldos negros
y el Carlos Pellicer de los sonetos cristianos, un laico que la
escribe. Margarita Michelena declaraba en una entrevista que Gabriela
Mistral "se le pegaba a Dios al oído y le decía todo lo que quería:
'Ahora me aguantas'"; la misma impresión me da Sicilia. ¿Qué otra cosa
hacer en un mundo injusto y condenado?, hace que nos preguntemos.
Sicilia ha trabajado con rigor las formas tradicionales. "Pienso en
metros", suele decir. Como en el "Cantar de los Cantares" o el "Cántico
espiritual" de San Juan de la Cruz -quizá sus mayores modelos-, su
poesía religiosa llega a tener páginas de intenso erotismo. Baste leer
aquí el poema de la relación entre Jesucristo y María Magdalena. En sus
poemas tenemos la impresión de que hay arduas horas de trabajo antes
del punto final.
En la vida y la obra de Fabio Morábito
se destaca una serie de paradojas biográficas que trasmuta veladamente
en su poema "In limine": nace en Alejandría, en Egipto, la familia se
traslada a Milán, llega a México a los 15 años y escribe en una lengua
que no es la suya, pero al final acaba, por diversas vías, encontrando
las primeras raíces africanas. En sus mejores piezas líricas Morabito
sabe crear a partir de un objeto cualquiera pequeños cuadros
imaginativos tomando en cuenta dos realidades: la madera de la mesa
puede recordarse a sí misma cuando era árbol; del columpio baja el niño
para irse hacia la vida, "hacia sí mismo,/ hacia su nombre propio y
verdadero"; el momento de prender –de arrancar- el coche se asocia con
la partida de los pájaros; una mudanza es pretexto para que los viejos
y los nuevos inquilinos sigan viviendo a través de pequeñas
imperfecciones e irregularidades en la casa o el departamento donde se
habita... Si comparáramos su poesía con la pintura, diríamos que
prefiere los pequeños cuadros en caballete. En esta selección nos
entrega cinco piezas de lírica de vida cotidiana donde juega con la
pareja las ternuras del juego amoroso.
Los poemas de Pedro Serrano tienen la aspereza de la piedra rugosa, y
al leerlos, nos parece andar entre ortigas y plantas venenosas. Como en
la poesía de José Emilio Pacheco, Serrano nos dibuja un mundo terrible
y condenado, y como en la de Antonio Deltoro, es presa de las garras
del miedo y de la angustia. Juan Antonio Masoliver dijo que en su
poesía no sólo el miedo, sino "el ansia, la opresión, la asfixia, la
desesperación, el tedio, el cansancio, la desposesión, la disipación,
la desintegración y el vacío", son constantes en su poesía. Sus poemas
más logrados, creo, es cuando hace la descripción hostil de la
naturaleza y al final la iguala con algo de su propia vida o de la vida
de los hombres. Su poema "Golondrinas", que deja al final la impresión
de desvalimiento y soledad, me conmueve hondamente.
Como dos de sus maestros, Edgar Lee Masters y Cesare Pavese, Luis
Miguel Aguilar ha trabajado con fortuna el verso objetivo, sobre todo
en su libro Chetumal Bay Anthology.
En la ciudad del más lejano sureste mexicano (Chetumal), donde los
habitantes suelen mal vivir en el vacío y el aburrimiento, algunos o
muchos, sobre todo los jóvenes, buscan el punto de la fuga, aunque éste
termine en el encuentro con la muerte. Poemas estremecedores como
"Memo, motociclista" o "José María maderero" podrían servir como
esquema de guión para películas. Aguilar ha sido un atento lector de
poetas de lengua inglesa, muchos de los cuales ha traducido o adaptado.
A sus 26 años, Jorge Esquinca publica La noche en blanco,
un libro de amor, donde es notable una madurez que ya no perdería. Su
temática se ha dividido entre el mundo del arte y el de la vida diaria.
En ese mundo de referencias puede estar lo mismo una idea en imágenes
del Taj Mahal o recreaciones de la literatura árabe o la emoción que le
dejó ver la película de Truffaut sobre el niño salvaje. Llenas de
profunda ternura son las piezas líricas a su madre y a su hija. Al
describir el acto amoroso en su poesía lo revive como si lo estuviera
haciendo. No son frecuentes en nuestra poesía composiciones que
desarrollen el cunnilingüe; aquí leemos una.
V
Borges dijo numerosas veces que en la poesía él buscaba la sencillez en la forma y la complejidad en los contenidos. En gran medida, sobre esa base, he armado esta amplia selección. Un poema debe ser un objeto hermoso que nunca se entrega del todo. Dos de los grandes pecados de buena parte de la poesía que se escribió en el siglo XX son la demasiada oscuridad o la excesiva sencillez. Por un lado, una poesía hermética o ultrabarroca, y por otro, poemas tan pedestremente cotidianos que se quedaron innumerables veces como mera prosa. En 1966, al final del prólogo de Poesía en movimiento, Octavio Paz concluía que en la poesía latinoamericana y española, la mexicana tenía un sitio dilecto. "Yo sólo podría decir –escribió- que, entre las ocho o diez obras que de verdad cuentan son mexicanas". Pasados más de cuarenta años podríamos hablar de unas doce o quince.
MARCO ANTONIO CAMPOS
Amberes, mayo-junio de 2008
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Marco Antonio Campos (México, D.F., 1949). Poeta, narrador, ensayista y traductor. Ha publicado los libros de poesía: Muertos y disfraces (1974), Una seña en la sepultura (1978), Monólogos (1985), La ceniza en la frente (1979), Los adioses del forastero (1996) y Viernes en Jerusalén (2005. La editorial El Tucán de Virginia volvió a reunir en 2007 su poesía en un solo tomo: El forastero en la tierra (1970-2004). Es autor de un libro de aforismos (Árboles). Ha traducido libros de poesía de Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, André Gide, Antonin Artaud, Roger Munier, Emile Nelligan, Gaston Miron, Gatien Lapointe, Umberto Saba, Vincenzo Cardarelli, Giuseppe Ungaretti, Salvatore Quasimodo, Georg Trakl, Reiner Kunze, Carlos Drummond de Andrade, y en colaboración con Stefaan van den Bremt, Miriam van Hee, Roland Jooris, Luuk Gruwez, André Doms y Marc Dugardin. Libros de poesía suyos han sido traducidos al inglés, francés, alemán, italiano y neerlandés. Ha obtenido los premios mexicanos Xavier Villaurrutia (1992) y Nezahualcóyotl (2005). Y en España, el Premio Casa de América (2005) por su libro Viernes en Jerusalén. En 2004, se le distinguió con la Medalla Presidencial Centenario de Pablo Neruda otorgada por el gobierno de Chile. En París es miembro de la Asociación Mallarmé.
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Fotografía de Marco Antonio Campos de Pascual Borzelli Iglesias






































