
WITOLD GOMBROWICZ, MOISÉS, MIGUEL ÁNGEL Y LOS JUDÍOS
La
grandeza, la enfermedad y las profecías rondan la cabeza de Gombrowicz,
como águilas reales se dejan caer desde lo alto para atrapar su presa.
“Mi
postura ante Polonia es resultado de mi postura ante la forma; deseo
evitar Polonia, igual que evito la forma; deseo elevarme por encima de
Polonia, como me elevo por encima del estilo; mi tarea en ambos casos
es la misma (...)”
“En cierto modo me siento como Moisés. De veras
que es divertida esta tendencia de mi naturaleza a exagerar todo cuanto
se refiere a mi propia persona. En sueños me hincho cuanto puedo...
¿Por qué me siento Moisés? Hace cien años Adam Mickiewicz plasmó la
forma del espíritu polaco; hoy yo, igual que Moisés, libero a los
polacos de la esclavitud de esta forma, libero al polaco de sí mismo”
Moisés,
el legendario profeta, es el hombre al que Dios le encomienda la
liberación del pueblo hebreo de su esclavitud en Egipto, y es también
el hombre al que consagra como el máximo legislador entregándole las
tablas de la ley. Este viejo hebreo que vivió ciento veinte años dudó
de la palabra de Dios, no pudo entrar a la Tierra Prometida, y murió
angustiado.
Es la de Moisés, con las tablas de la ley, la primera
visión del mundo de los hombres, una visión original que se fue
transformando con el transcurso de los siglos. La visión del mundo es
una representación de las ideas, de los valores, de las ideologías y de
las creencias que le fueron impuestos durante siglos a la humanidad y
que, a juicio de Gombrowicz, nos deforman.
Gombrowicz se ocupó
de destruir su visión del mundo, una visión del mundo que, por otra
parte, no era suya, y no de crear una visión del mundo nueva, pues
ningún hombre individualmente, por más genial que sea, puede emprender
una empresa semejante, a excepción de los profetas. Más que la
consecuencia de una visión del mundo, sea ésta a priori o a posteriori,
su obra es el resultado del esfuerzo consciente que realiza para
organizar el caos inicial de una narración que le rebota como una
pelota contra las paredes del leguaje y que constantemente es absorbida
por estilos y obsesiones que le viene dados por la herencia, por la
tradición y por la cultura. Pero su idea sobre la forma lo pone a
Gombrowicz en el andarivel de las profecías y el porvenir o, mejor
dicho, del deseo que él tenía de ponerse en contacto con ellos para
convertirse en un profeta.
Sólo
un profeta puede emprender la gigantesca tarea de crear una nueva
visión del mundo quedando para los genios la responsabilidad de
destruir la visión anterior pues sólo los genios son conscientes de
cómo la visión del mundo afecta nuestra manera de hacer las cosas y
percibir la realidad. La forma es la dirección que toma Gombrowicz para
vislumbrar el rostro del porvenir, entonces, se empieza a preguntar si
los demás caminarán también en esa dirección.
La
forma es autónoma y disponible, creadora y perversa, analítica y
sintética; si en el futuro se difunde esta noción de la forma es
posible que la obra de Gombrowicz produzca escalofríos, y de esto
depende el porvenir de su literatura. Miguel Ángel pensaba que el
Moisés era su creación más realista.
La leyenda cuenta que al
acabarlo el artista golpeó la rodilla derecha de la estatua y le ordenó
“Parla, cane”, sintiendo que la única cosa que le faltaba por extraer
del mármol era la propia vida. Fue un genio clásico en todo su
esplendor. Aparte de su virtuosismo, es doblemente admirable porque
domina todas las técnicas artísticas (escultura, pintura, arquitectura,
poesía) y es humanista.
Miguel Ángel no
se limita a cuestiones planteadas por el arte en su expresión formal,
sino que se vincula a los temas vitales y se interesa en su relación
con las causas primeras. Es ante todo una filosofía. Cansado de los
hombres y desencantado del mundo, derivó en un misticismo desgarrado
que, sin embargo, dará como resultado algunas de sus mejores obras.
No
escondió nunca su tendencia homosexual, tendencia que lo llevó a dar
importancia a la masculinización de todos sus figuras y al gusto por
los desnudos masculinos. Miguel Ángel fue un genio atormentado por
enormes problemas, en medio de las envidias de los artistas
contemporáneos estuvo sujeto a crisis depresivas terribles y también a
entusiasmos desbordantes.
Como la Capilla Sixtina ya contaba con
decoración en las paredes laterales donde se narraban dos ciclos
religiosos: la historia desde Moisés hasta Cristo y la historia a
partir de Cristo, Miguel Ángel pensó que para completar el ciclo
narrativo de la historia faltaba el periodo desde la creación hasta
Moisés, así que este es el tema que eligió para el techo de la Capilla.
La
identificación de Miguel Ángel con Moisés nos lleva de la mano a los
judíos. Mientras Polonia fue para Gombrowicz un surtidor de formas
rígidas, la Argentina lo regresó a ese tiempo de la vida en que las
formas son más blandas. Las convulsiones europeas tenían una réplica en
América, pero débil, alcanzaban a un conjunto reducido de personas,
mientras Europa estaba completamente movilizada y las formas polacas
tenían un grado aún mayor de esclerosis que las esclerosis de
Occidente.
Los judíos desempeñaron un papel muy importante en el
desarrollo polaco de la época de Gombrowicz. Él se sentía atraído desde
su juventud por las inquietudes intelectuales de los judíos, por su
racionalismo y porque, al mismo tiempo, le proporcionaban una gran
variedad de elementos cómicos que tenían mucho que ver con sus
debilidades y ridiculeces.
En
su familia el antisemitismo estaba considerado como una prueba de
estrechez mental y nadie sentía hostilidad hacia ellos, aunque sí
conservaba prejuicios de carácter social. Gombrowicz tenía por
costumbre poner en evidencia lo grotesco de la actitud de la nobleza
hacia los judíos. Fue en la universidad donde se aproximó
verdaderamente al medio semita y descubrió muy pronto que con ellos
podía moverse más libremente que con los demás, en todo lo que la
libertad tenía de locura y de descontrol.
En el café lo llamaban
“el rey de los judíos” porque a su mesa concurría una gran cantidad de
semitas, eran sus oyentes más fieles. Pero no era solamente la libertad
y la audacia el atractivo que tenían los judíos para él, tardó algún
tiempo en descubrirlo pero, finalmente, se dio cuenta que tenía con
ellos algo más en común: la actitud frente a la forma.
No era
de extrañar que ese pueblo trágico, sufriendo a través de los siglos
enormes deformaciones, tuviera una forma grotesca: barbudos, con
levitas, poetas en éxtasis concurriendo a los cafés, millonarios en la
bolsa, eran realmente unos personajes increíbles. Los judíos sienten en
su propia carne la vergüenza de este ridículo, pero no saben liberarse
de la deformación que los oprime, por tal razón se perciben a sí mismos
como una caricatura, como una broma extraña del Creador.
Esta
actitud tensa de los judíos hacia la forma que les impide ser del todo
judíos, como son del todo campesinos o nobles, los campesinos y nobles
con una forma heredada a través de las generaciones, lo fascinaba a
Gombrowicz, era eso precisamente lo que destacaba en sus creaciones: la
pugna del hombre con la forma para descubrir su tiranía y para luchar
contra su violencia.
Gombrowicz tenía con los judíos una unión
espiritual nada superficial, fueron siempre y en todas partes los
primeros en comprender y valorar su trabajo de escritor, sin embargo,
sus relaciones intelectuales con ellos no se extendieron nunca al
terreno de la amistad personal. No era tanto su frialdad intelectual lo
que le chocaba, sino la ingenuidad con la que se dejaban impresionar
por el intelecto, una admiración confiada e infantil por la razón
científica, las teorías y la cultura en general.
Algunos
miembros de la nobleza polaca se unían a los judíos para darle un poco
de aire financiero a sus blasones, eran unas uniones desgraciadas pues
sus hijos no llegaban nunca a ser reconocidos en los salones. Los
integrantes de la clase alta se comportaban como si nada se supiera, la
buena educación los obligaba a evitar en presencia de esas familias la
más ligera alusión a los judíos.
En el contraste con los
judíos se le revelaba la torpeza de la formas ancestrales polacas, su
falta de adaptación a la vida. El modo judío incorporado al modo polaco
era un elemento explosivo que debía dar la oportunidad de elaborar un
nuevo tipo de polaco capaz de encarar el presente. Los judíos eran para
los polacos un trazo de enlace con los problemas más profundos y
complejos del universo.
“No
me gusta en los judíos que no estén a la altura de su vocación ¡Cuántas
veces me ha sorprendido, conversando con los judíos por lo demás
inteligentes, toparme con esa mezquindad en el modo de juzgar su propio
destino! ¿Por qué el mundo no quiere a los judíos? Pues porque están
más capacitados, tienen dinero, crean competencia. ¿Por qué el mundo no
quiere admitir que el judío es un hombre igual que todos los demás?
(...)”
“Pues por una cuestión de propaganda, de prejuicios
raciales, de falta de cultura... Cuando oigo de labios de esta gente
que el pueblo judío es como los demás me siento más o menos como si
oyera a Miguel Ángel aseverar que no se diferencia en nada de nadie.
Desgraciadamente, aquellos a quienes les ha sido concedido el derecho a
la superioridad no tienen derecho a la igualdad (...)”.
“No
existe otro pueblo más evidentemente genial, y lo digo no sólo porque
ellos han representado las más importantes inspiraciones del mundo,
porque a cada momento saltan con un nombre que pasa a la historia o
porque han sabido imprimir su sello a la historia. El genio judío es
evidente en su propia estructura, o sea, en el hecho de que, lo mismo
que la genialidad individual, está estrechamente unido a la enfermedad,
a la caída y a la humillación (...)”
“Genial por enfermo.
Superior por humillado. Creativo por anormal. Este pueblo, igual que
Miguel Ángel, encarna la decadencia que se transforma en creación y
progreso. Este pueblo no tiene un fácil acceso a la vida, está en
desacuerdo con la vida, por eso se convierte en cultura. El odio, el
desprecio, el miedo, la aversión que despierta este pueblo en otros es
del mismo orden que los sentimientos que producían en los campesinos
alemanes el Beethoven enfermo, sordo, sucio, histérico y gesticulante
durante sus paseos (...)”
“La
historia del pueblo judío es una sistemática provocación secreta, igual
que las biografías de todos los grandes hombres: es la provocación del
destino, es la atracción hacia sí mismo de todos los desastres que
pueden contribuir al cumplimiento de la misión de ese pueblo elegido
(...)”
“No se sabe qué fuerzas de la vida han podido provocar
este hecho terrible, y aquellos que la constituyen que no se hagan
ilusiones ni por un momento de conseguir salir de esos abismos para
alcanzar una planicie. Es curioso que la vida de un judío, incluso la
del más común y más sano, siempre será, en cierta medida, la vida de un
hombre célebre: aunque sano y normal, aunque no se diferencie en nada
de los demás, no obstante es diferente y se lo trata de otra forma,
tiene que vivir aislado, estará –aunque no lo quiera– al margen (...)”
“De
modo que se puede decir que hasta un judío mediocre está condenado a la
grandeza por el solo hecho de ser judío. Y no sólo a la grandeza. Está
condenado también a una lucha suicida y desesperada por su propia
forma, puesto que no se quiere a sí mismo como tampoco se quería Miguel
Ángel (...)”
“Así pues, no liquidaréis este horror
imaginándoos que sois normales, y nutriéndoos de la idílica sopita del
humanitarismo. Pero ojalá la lucha contra vosotros se vuelva menos
infame. En cuanto a mí se refiere, la luz que emana de vosotros me ha
iluminado a menudo y os debo mucho”
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