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RAMÓN LUIS ESCUTI ORREGO A LA BANDERA DE LOS ZUAVOS CONSTITUYENTES

Enviado por Arturo Volantines el 27/10/2009 a las 10:35
Arturo Volantines

 

RAMÓN LUIS ESCUTI ORREGO
A LA BANDERA DE LOS ZUAVOS CONSTITUYENTES
DEL AÑO 1859


Por
Arturo Volantines


Benigno Ávalos Ansieta cuenta que en su niñez, entre el ’30 y el ’40, veía pasar a Ramón Luis Escuti Orrego, por las calles de Vallenar; pero, seguramente, era más cerca del ’30, ya que el poeta murió en 1932. En “La Herradura” de Coquimbo era llamado: “El solitario de Guayacán”. Pareciera que tenía la afortunada adicción de escribir caminando, como era habitual en los autores rusos. Dice, Benigno, que el poeta se paseaba por las calles de Vallenar, orgulloso, con sus medallas de la Guerra.1
La familia Escuti Orrego llegó a Copiapó desde Rancagua;2 donde el poeta había nacido, el 22 de agosto de 1858. Su padre se convirtió en un gran prócer de Atacama: Ramón Escuti Díaz. Su madre se llamaba, Amelia Orrego Ovalle. Tuvieron dos hermanos también poetas y varios sobrinos. Su hermano Alfredo era ingeniero y publicó muchísimos poemas. Su hermano Santiago también participó en las guerras patrias; fue profesor, poeta destacado y director de Liceo de Quillota, que hoy lleva su nombre. El otro hermano, Carlos, está en el bronce de Atacama.
Era una familia revolucionaria. Ramón asumió tempranamente el ideario revolucionario de Copiapó y escribió en sus dos diarios: “El Constituyente” y “El Atacameño”. Su vida fue un periplo por América Latina. Publicó textos en diarios de diversos países y, especialmente, en el ya casi bicentenario y prestigioso diario peruano, “El Comercio” de Lima, fundado el 4 de mayo de 1839. También, se dedicó al teatro, a la música y a las Bellas Artes.
El 1879 se incorporó al Batallón Lontué y fue asignado a la Araucanía. Después de la Guerra del Pacífico se dedicó fundamentalmente a las letras. Publicó una selección poética llamada “Siemprevivas”.3  Otras de sus obras se llaman: “Canto a la naturaleza”; “Armonía Silvestre”; “Canto del hogar”; “La mujer en la familia”. En 1887 gana el famoso concurso, que financiara el filántropo Federico Varela, con el texto llamado: “Canto épico a las glorias de Chile”. Este es el mismo concurso que ganara Rubén Darío y que lo llevaría a la inmortalidad.
Fue profesor en varias ciudades de Chile. Enseñaba gramática, literatura y filosofía. Estuvo a cargo del periódico del Instituto Nacional, llamado “El Pensamiento”. Publicó profusamente en las revistas importantes de la época, y llegó a ser subdirector del Liceo Andrés Bello de Chillán.
Por la importancia de sus textos publicados en Lima fueron reproducidos por el diario más emblemático de Chile de esa época: “El Ferrocarril”. La última vez que vino a Chile Sarmiento, el poeta fue mandatado para leer un canto en memorable agasajo.
       Murió seguramente cerca de Ovalle, porque su tumba se encuentra en el cementerio municipal de esa ciudad, en el mausoleo de los héroes.


        En artículo aparecido en el “El Atacama”4 se reproduce el soneto denominado “Mi Juventud”: “Mi juventud se recreó en mis viajes;/ ávido de horizontes siempre abiertos,/ me delectó el ardor de los desiertos/ y la diversa luz de los paisajes.// La selva amé con ímpetus salvajes/ y conocí en mis días más inciertos,/ la exhalación salobre de los puertos,/ la amarga decepción de los mirajes.// Viajaba así, desarraigado, errante,/ seguido de una estela de saudades,/ a través del océano brillante.// Y en todas partes —selvas o ciudades—/ oí el grito de amor agonizante/ en incomunicadas soledades”.
     Este soneto habla muy bien del poeta; su aleteo intimista está acotado por su vuelo externo y épico; del solitario y andante de toda la vida que expresa no sólo su juventud sino el devenir. Este poema es casi una reflexión de su intimidad en concordancia con su búsqueda: es un poeta y un soldado. Tal vez, el signo de los poetas atacameños. Este texto nos habla del desarraigo del poeta; la incomunicación que él ve y también sufre. Pareciera que se adelantó a lo que venía en cuanto a navegar en un océano en el que todos somos desconocidos. Como Ulises viaja, pero el verdadero viaje del poeta es hacia su interioridad. Este texto es oración contra la incomunicación, el desamor y la vida que se vive como la parábola de Heráclito. Suficiente para que este soneto esté en la poesía chilena.
       Héctor González V. publicó un artículo llamado “Un olvidado poeta bohemio”,5 donde reproduce un soneto denominado “Levántate Freirina”: “Saldrá mi voz de los escombros mismos,/ no con el llanto al fin de Jeremías,/ sino con el vibrar del patriotismo/ y con soplos de nuevas energías.// Freirina, en tu surgir hay optimismo./ ¡Alzate con la fuerza de nuestros días/ en alas del poder y del altruismo/ y elévate a las más altas jerarquías!// Trabajo, evolución, y renovemos/ todo lo muerto y todo lo perdido/ sobre las ruinas que agitados vemos.// Lo pasado, a la sombra y al olvido/ y el espíritu retemplemos/ en los que grande fueron y han nacido”.
     Casi al final de su vida escribió este soneto, a propósito del terremoto de 1922. En medio de los escombros y enfermo, apostó a que Freirina resurgiera desde ese compartido desastre. Este texto es muy desgarrado, donde usa todos los recursos para volver a creer; pareciera que son las palabras las que se elevan; el poeta aquí usa los versos como grúas para levantar a Freirina. Éste, debería ser el himno de Freirina. Demuestra una vez más y claramente, que este poeta tiene un compromiso expreso con su pueblo. No es necesario andar buscando la partida de nacimiento, para saber a dónde pertenece y en dónde se encuentra su corazón anclado; en fin, dónde está la morada del poeta.
        Siete años antes de morir, publica “Guirnalda de Dionisos”,6 donde incluye el texto antes comentado: “Mi Juventud”. Es un libro total, con alusiones al latín y otras lenguas; con muchos sonetos y con notoria dedicación a Italia y a lo clásico. Resume su cultura al final de su vida; y, esta poesía, nos dice que no podemos olvidarlo. En la “Balada de la despedida”, señala: “Partir para comarcas que yo ignoro,/ dormir en una obscura casamata/ fría como un sepulcro, donde un coro/ de gusanos arrastre su hambre innata;/ agonizar bajo una catarata/ de tristezas profundas y sensuales/ sin escuchar palabras fraternales,/ ésa es la suerte que me espera ya:/ todos podrán compadecer mis males,/ sólo “su” corazón no sentirá!...”.     
     Este poemario merece un análisis más detenido, pero lo que me demanda el corazón es lo que sigue.


         Los nobles héroes copiapinos de la Sociedad Industrial, Ramón Rosa Vallejo y Tránsito Rodríguez, —al iniciar una colecta pública para erigir un monumento a Pedro León Gallo—, realizaron una función teatral. Fue entonces, cuando el poeta Ramón Luis Escuti Orrego, leyó esas “patrióticas estrofas”, llamadas: “A la bandera de los Zuavos Constituyentes”. Era el atardecer del 19 de mayo de 1878. Escuti tenía 20 años.7
Así, como “La Igualitaria” de Eusebio Lillo de la Revolución de 1851 es hija de la “Canción Nacional” de Bernardo Vera y Pintado, “La Constituyente” de Ramón Arancibia es la madre de la “A la bandera de los Zuavos Constituyentes del año 1859”.
Es un texto escrito en octavas(estrofas) y versos octosílabos, dividido en tres partes.8 La primera parte tiene nueve estrofas; la segunda tiene cuatro estrofas, y la tercera seis estrofas. En total tiene 19 estrofas, con una suma de 152 versos. Podríamos decir que se trata de un poema mayor, aunque en esa época no era tan extraño.
Recordemos que la bandera de los Zuavos Constituyentes corresponde al regimiento conformado por los mineros de Chañarcillo. Este regimiento fue conducido por el Coronel de Civiles, Olegario Carvallo, uno de los pocos comandantes que sobrevivió a la guerra patria; y también perteneció a este regimiento uno de los héroes más notables de toda la historia de Atacama: Elías Marconi Dolarea. Es la bandera de combate de la Revolución Constituyente.
La bandera Constituyente es de seda color azul; bordada con hilos de oro y orlas del mismo metal y una estrella de oro en su centro, la cual había sido construida por las damas de Copiapó. Cada una de ellas tenía la inscripción del batallón correspondiente. La tradición señala que cuando murió Pedro León Gallo su cadáver fue envuelto en la bandera de los Zuavos. En una primera reparación del mausoleo de los Gallos, en el cementerio de Copiapó, un viejo militante Radical la habría encontrado intacta y, posteriormente, sus descendientes el ’73, cuando se fueron exiliados, se la llevaron a Europa.
Las primeras nueve estrofas están dedicadas a la bandera misma; el poeta relaciona el color celeste con la gloria ganada, y que la llevará a ocupar un lugar en la historia cuando sea conquistada la “unión y libertad”. En la segunda, habla del entusiasmo de cantar tan bello ideal. En la tercera, se traslada a su presente, y añora un tiempo más glorioso. Luego, se refiere a la importancia de la gesta, y que volverá a ondear. Después, habla de las batallas y de la lucha contra el despotismo. Y termina alabando el signante del libro, es decir, a la Ilustración, pero también a la voz de los cañones. El énfasis, aquí, está puesto en la bandera sobreviviente; en la esperanza contenida en este símbolo.
La segunda parte de cuatro estrofas están dedicadas a los hijos de esa bandera; o sea, al pueblo atacameño. Señala que el pueblo hoy la sigue aclamando: es la bandera que el pueblo atacameño llora de “años y gratitud”, pero arriesgada que el tiempo la oxide. Arremete contra el pasado, señalando que éste sólo nos deja una estela. Sin embargo, pide que sigamos adelante, porque nos encontraremos con un futuro que es enigma. Afirma que esta bandera atacameña es lo que cobija nuestros anhelos y recuerdos: “…Símil de un santo ejemplo/ Seamos presente”.
La última parte de seis estrofas logra la plena identificación del ser atacameño cuando aparecen las honras a Pedro León Gallo. Mira a la bandera y/o al padre de la Nación Atacameña, recién muerto: en la belleza de su inmortalidad y en la complacencia por su existencia. Vuelve a la bandera, y vuelve a repetir la primera estrofa del poema. Hoy, dice, la patria te saluda(el pueblo de Copiapó) cantando en forma sencilla. Ahí, aparece el poeta que, desde sus pesares, le ofrece sus cantos que son sombríos; sin embargo su brazo(Atacama) la puede alzar feliz. Indudablemente es un (a)brazo de un ser fusionado: entre la bandera, el pueblo y el Patriarca. Es lo que fusiona todo el poema o, a lo menos, lo que busca afanosamente el poeta. Profetiza: la tierra la verá(a la bandera) al vuelo desplegada;  libre, sólida e inmortal. La pena del poeta se compensa, porque esta profecía ya amanece en Atacama: “…Al viento desplegada/ Un día yo he de verte/ Sobre la estatua fuerte/ De su inmortalidad”. Se puede ver a la bandera hoy, en algunos edificios y modestas moradas de Copiapó.
     El poeta simboliza —a través de la bandera patria de la nación atacameña— las glorias; encabezada por su máximo héroe, Pedro León Gallo y las esperanzas; que demandan estas “estrofas patrióticas”, como dice Pedro Pablo Figueroa. Esto convierte al poema aquí comentado en la mejor síntesis del espíritu de Atacama: de su ethos y, particularmente, de sus glorias. Si un gran poema es aquél que no sólo es un constructo bien escrito sino aquél que encarna los sentimientos y las esperanzas más profundos de un pueblo —y si, además, es de perogrullo que el arte habla desde el arte y los eruditos sólo pueden signar un pálido reflejo de su ser—, éste es el mejor poema que se ha escrito en Atacama.




A LA BANDERA DE LOS ZUAVOS CONSTITUYENTES
DEL AÑO 18599


Por:
Ramón Luis Escuti Orrego


    I


    Magnífico estandarte,
Purísima bandera,
Celeste mensajera
Del triunfo liberal!
Justicia es tu baluarte,
Tu galardón la gloria,
La redención tu historia,
Y unión y libertad!

    Inmaculada imagen
De un bello ideal querido,
Tesoro bendecido,
¡Coraza del honor!
Del pueblo victorioso
Que hoy canta entusiasmado;
¡Oh! Tú, estandarte amado,
Arcángel bienhechor!

    Memoria palpitante
De un tiempo más glorioso,
Sublime cuanto hermoso
Recuerdo de otra edad:
Herencia de los libres
Espléndida y valiosa
Do avara el alma ansiosa
Soñó felicidad!

    En inmortales himnos,
Con bélico ardimiento,
Donde el altivo acento
Cantará libertad,
Alegre te mecías,
Y ufana en tu trofeo
En alas del deseo
Te vimos tremolar!

    Bandera victoriosa,
Las brisas celestiales
En pliegues inmortales
Tus triunfos grabarán!
Tú has visto entre cañones
Desolación y muerte,
Más no es morir tu suerte,
Porque eres inmortal!

    Silbaba el plomo agudo,
Gemían los aceros…
¡Acentos plañideros
De angustia y de dolor!
Y de emoción y gloria
Brillaba la pupila,
Y aérea tú y tranquila
Lucias tu esplendor!

¡Oh! dime, tú, bandera,
¡Ah! dime qué sentías…
¡Tal vez te estremecías
De célico placer!
Cuando ¡ay! contra tus hijos,
En férvida batalla,
No pudo la metralla,
Ni el despotismo cruel!

    El despotismo ¡oh genio
Del mal aborrecible!
¡Oh monstruo más terrible
Que la ignorancia ruin!
Azote de los pueblos
Que ciega el fanatismo,
Si en su tremendo abismo
Duerme la patria al fin!

    Si el libro nos liberta
Del ocio, y nos enseña
En página risueña
La luz de la verdad;
También con rudo empeño
A déspotas blasones,
La voz de los cañones
Por siempre ahuyentará!


        
               II


    Tus hijos, son héroes
Del pueblo, que hoy te aclaman,
Sus lágrimas derraman
De amor y gratitud;
Que al paso de los años
La vida se evapora,
Y el pecho gime y llora
Su ardiente juventud!

    Pasado ese pasado
Que en pos vamos dejando,
Sonriendo o suspirando
De dicha o de pesar!
En horizonte oscuro
Relámpago apagado…
¡Pasado, ese pasado,
Estela del mortal!

    Sigamos ¡ay! sigamos!
La nave va ligera:
La playa lisonjera
Le espera más allá!
Enigma es el futuro
Que el porvenir resuelve;
Pero se va y no vuelve
Perdido el tiempo ya!

    Símil de un santo ejemplo
Seamos al presente.
Verdad que hable elocuente,
Reflejo, al fin, de ayer;
Y tú, bandera humilde,
Color azul del cielo,
Nuestro loable anhelo
Cobijarás también!


        III


    Ayer que un héroe noble,
Como ilusión de un día,
En una tumba fría
Halló su eternidad:
Cuando inclinó por siempre  
Su lánguida cabeza,
Velaba su tristeza
Serena majestad!

    Y hoy plácida te miro,
Radiante de alegría
Como aquel fausto día
De eterna bendición!
Y hoy bulle en nuestras almas
Tu misma complacencia,
Que es bella la existencia
Que vive de tu amor

    Magnífico estandarte,
Purísima bandera,
Celeste mensajera
Del triunfo liberal!
Justicia es tu baluarte,
Tu galardón la gloria,
La redención tu historia,
Y unión y libertad!

    La patria hoy te saluda
Triunfante y redimida,
Cantando en voz sentida
Victoria sin igual!
Regocijando el pueblo
Te aclama por locura,
Bandera noble y pura,
Celeste y virginal!

    Poeta yo del llanto,
Del llanto y los pesares,
Te ofrezco mis cantares,
Mi acento es para ti!
Más ¡ay! Yo no te brindo
Sólo un cantar sombrío
Que suerte el brazo mío
Te puede alzar feliz!

    Tú velarás la gloria
De un héroe, muda enseña
En que la mente sueña
Su inmarcesible ideal!
Al viento desplegada
Un día yo he de verte
Sobre la estatua fuerte
De su inmortalidad!


Copiapó, Mayo 19 de 1878.
__________________________________________________



1.- Ávalos Ansieta, Benigno; Los hermanos Escuti Orrego; El Chañarcillo, Copiapó; 3 de marzo de 19999, P.3.
2.- Héctor González V; Un olvidado poeta bohemio; Encuentro Literario, El Rancagüino, Rancagua; 23 de junio de 1997, P.16.
3.- Virgilio Figueroa; Diccionario Histórico Biográfico y Bibliográfico de Chile, tomo III; Establecimientos gráficos Balcells & Co., 1929; P.: 89.
4.- Ávalos Ansieta, Benigno; El solitario de Guayacán; El Atacama, Copiapó, 30 de junio de 1975, P. 2.
         5.- Ibídem, ref.: 2.
         6.- Ramón Escuti Orrego; Guirnalda de Dionisos, poemas; Ediciones Internacionales, 1925; sin lugar de edición.
         7.- Figueroa, Pedro Pablo; Historia de la Revolución Constituyente(1858-1859); Imprenta Victoria, Santiago, 1889; P. 654.
         8.- Ibídem, ref.: 7.
         9.- Versión recogida del texto ibídem, ref.: 7; Ps. 655, 656 y 657; y sólo se ha actualizado la ortografía.

 


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