
WITOLD GOMBROWICZ, NIKOLÁI GÓGOL Y FRANÇOIS RABELAIS
Los
géneros más pesados según la óptica de Gombrowicz eran el histórico y
el aburrido, el más ligero y agradable era el que provocaba risa. La
idea de la historia está relacionada con el pasado, con la causalidad,
con el determinismo, con la dialéctica histórica, unas formas del
pensamiento que no andaban bien con el talante de Gombrowicz. Vivió en
una época que experimentó un ascenso irresistible de la actividad
política cuya forma más representativa fue el marxismo, intentó
entonces darle una forma artística a estas transformaciones de la
historia en su última obra.
Gombrowicz acostumbraba a recurrir a
la desnudez del cuerpo y a la risa para debilitar el exceso de
estructura de la forma humana. Empieza con el cuculeilo en “Ferdydurke”
y termina justamente con los pies, es decir, con los zapatos en
“Historia”, el primer bosquejo que hace de “Opereta”.
“Los
literatos, criados en la problemática social, experimentan conflictos,
tormentos, dudas, ignorados por completo por los escritores de antaño.
Rabelais no tenía ni idea de si era histórico o suprahistórico. No
pretendía cultivar la literatura absoluta ni profesar el arte puro, ni
tampoco, antes lo contrario, expresar la época. En fin, no pretendía
nada porque escribía lo mismo que un niño hace sus necesidades bajo un
arbusto: para aliviarse (...)”
“Atacaba lo que le enfurecía;
combatía lo que se le atravesaba en el camino; y escribía para
deleitarse, y para deleitar a los demás; escribía lo que le dictaba la
pluma. No obstante, Rabelais expresó su época y presintió la que se
avecinaba y, además, creó un arte imperecedero y purísimo. Y fue así
porque, expresándose a sí mismo con la mayor libertad posible, al mismo
tiempo expresaba la esencia eterna de su humanidad, a sí mismo como
hijo de su tiempo y a sí mismo como germen del tiempo futuro (...)”
“¿Cuándo
pondremos fin a la tiranía de los fantasmas de la abstracción para ver
de nuevo el mundo concreto? Yo no me pronuncio ni a favor del arte
eterno ni del arte puro, sólo digo que hay que tener cuidado de que la
vida no se nos transforme, bajo nuestra pluma, en política, en
filosofía o en estética. Así que todo se vuelve difícil, dudoso,
oscuro, enrevesado, bajo la invasión de la complicada sofística de
nuestros tiempos (...)”
“Pero recobra su claridad cristalina en el
momento en que comprendemos que hoy no hablamos y no escribimos de una
manera nueva y particular, sino exactamente igual a lo que hemos venido
haciendo desde el principio del mundo. Y no habrá concepción que
sustituya el ejemplo de los grandes maestros, ni filosofía que
sustituya el árbol genealógico de la literatura rica en nombres que nos
llenan de orgullo (...)”
“No
hay alternativa: sólo se puede escribir como Rabelais, Poe, Racine o
Gogol, o no escribir. La herencia de esta gran raza, que nos ha sido
transmitida, es la única ley que nos rige”
Seis años después de la
legendaria traducción de “Ferdydurke” François Bondy lee esta versión
argentina y escribe una nota, la primera aparecida en Europa Occidental
después de la guerra.
“Se trata de las aventuras de un hombre
maduro, reintegrado por la fuerza a la adolescencia y a la escuela, que
se convierte en objeto de diversas empresas de infantilización y de
adultización. Publicaremos próximamente algunas páginas características
con la esperanza de que los amantes de Rabelais se alegrarán de
descubrir a un Gombrowicz que, con una tradición eslava a lo Gogol,
payasesco, desafiante e irónico, crea una obra que llega a ser hasta
genial, en todo caso de una sorprendente extrañeza”
En
medio del grupo de escritores rusos que en el siglo XIX hicieron
destacar la literatura de su país, Nikolái Gogol, maestro del retrato y
el humor más sarcástico, es el que más se destaca por haber iniciado la
literatura realista en su país. Dostoievsky dijo que a través de su
cuento “El capote” había nacido toda una generación de escritores
rusos, y así fue como en realidad sucedió.
“Las almas muertas” de
Gogol es considerada como su mejor trabajo y una de las mayores novelas
de la literatura universal. En su estructura, “Las almas muertas” es
semejante al Don Quijote de Cervantes. Sin embargo, su extraordinaria
vena humorística se deriva de una concepción única, extremadamente
sardónica: el consejero colegial Chichikov, un aventurero ambicioso,
astuto y falto de escrúpulos, va de un lugar a otro comprando, robando
y estafando para conseguir los títulos de propiedad de los sirvientes
que aparecen en los censos anteriores pero que han muerto
recientemente, por lo cual se les llamaba 'almas muertas'.
Con
estas propiedades como aval, planea conseguir un crédito para comprar
una propiedad con 'almas vivas'. Los viajes de Chichikov ofrecen una
ocasión perfecta al autor para llevar a cabo profundas reflexiones
sobre la degradante y sofocante influencia de la servidumbre, tanto
para el siervo como para el amo: “Necesito tener hombres a mi servicio
pero no poseo las tierras ni el capital necesarios para mantenerlos”.
Con
caídas y subidas sucesivas en donde lo irregular de su conducta tiende
a permitir el soborno y la estafa misma, Chichikov se da cuenta de que
una entidad bancaria puede otorgar una cantidad de dinero por cada
siervo que uno posea. Chichikov pretende comprarle durante su viaje a
varios terratenientes por un precio bajísimo los nombres de los siervos
fallecidos, así llamados las almas muertas.
Durante
su labor Chichikov se encuentra con varios terratenientes que
representan el nivel más bajo y la degradación misma que llega a poseer
la sociedad feudal Rusa, en donde se representa con un genial sentido
del humor las bajezas y conductas reprochables de la sociedad humana.
Nikolái
Gogol desnuda con su implacable sátira la triste y deplorable condición
que se cierne sobre la Rusia zarista y predice el desmoronamiento total
del sistema tras su irremediable descenso. El humor sardónico de “Las
almas muertas” más el desmoronamiento estrepitoso del mundo feudal de
los terratenientes en el que se desenvuelve su acción es el parentesco
que encuentra François Bondy entre esta novela y “Ferdydurke”.
“Ferdydurke”
termina cuando la fraternización con el peón del amigo de Kowalski va
descomponiendo poco a poco las formas del señorío a pesar de los
esfuerzos que hace el tío por encontrarle alguna analogía a esa
aparente perversión sexual con la conducta del príncipe Severino a
quien también le gustaba de vez en cuando. Después de que el peón
rompe la bisagra mística con un soberbio cachetazo que le da al señor
en medio de la facha, la servidumbre y el pueblo asaltan la casa
señorial mientras el protagonista intenta raptar a su prima de un modo
maduro y noble.
El
deseo de Polilla de entrar en contacto con un peón de la casa de campo
de los tíos de Kowalski empieza a descomponer el estilo de los
terratenientes. El tono altanero y aristocrático del tío tenía sus
raíces en un fondo plebeyo, y era de la plebe de donde obtenía sus
jugos.
Vivían un sistema según el cual la mano del amo quedaba
al nivel del rostro del criado, y el pie del señor llegaba justamente
hasta el medio del cuerpo del campesino. Se trataba de un ley eterna,
un canon, un orden. Después de que Kowalski le da un sopapo en la cara
a Quique y el peón le da otro a Polilla a su pedido, se empiezan a
producir acontecimientos irregulares que provocan la confusión de los
roles.
Kowalski
descubre que el verdadero misterio del caserón campestre de la nobleza
rural es la servidumbre. El comportamiento de los tíos quería
distinguirse por contraposición al de la servidumbre, estaba concebido
premeditadamente contra la servidumbre para conservar el hábito
señorial. El orgulloso señorío racial del tío crecía directamente del
subsuelo plebeyo.
Sólo a través de la servidumbre se puede
comprender la médula misma de la nobleza rural. El hecho perverso de
que el sirvientito pegara con su mano en la cara de Polilla, un huesped
de señores y un señor, tenía que provocar consecuencias también
perversas. La inmadurez se derramó por todas partes. Cedieron las
ventanas, el pueblo se impuso y empezó a penetrar lentamente, la
oscuridad se pobló con partes de cuerpo campesinales.
El pueblo, animado por
la excepcional inmadurez de lo que estaba ocurriendo, perdió el respeto
y también deseó la fra... ternización. Gombrowicz se convierte
finalmente, a través de su obra, en un arquetipo al que terminan
reverenciando los ricos y los pobres, la izquierda y la derecha, la
saciedad y el hambre. Manuel Gálvez pone de relieve en una carta que le
escribe a Gombrowicz cuando se publica “Ferdydurke” su parecido con
Rabelais.
“Como no me conformo con tocarme la oreja derecha
cuando lo vea, ahí va mi opinión sobre ‘Ferdydurke’. No he leído en mi
vida libro más original ni más raro. No se parece tanto a Rabelais,
salvo en la invención de palabras. Pero pertenece a una corta familia
de libros muy raros, entre los que yo colocaría, además de la obra de
Rabelais, el drama ‘Le roi Bombance’ de Marinetti, varios libros
futuristas, dadaístas y ultraístas y algo de Ramón Gómez de la Serna
(...)”
“Si ‘Ferdydurke’ no es una obra
genial, está muy cerca de serlo. Tiene usted una imaginación formidable
y un poderoso sentido dramático. Sobre lo segundo, le diré que muchas
escenas me han apasionado por su dramatismo, a pesar de tratarse de
asuntos en cierto modo absurdos, como me apasionaron escenas realistas
o sentimentales, escritas por verdaderos maestros (...)”
François
Rabelais, hombre de letras, sacerdote, médico y humanista escribió
Gargantúa y Pantagruel para hacer reír a sus enfermos y Gombrowicz
consagra a la risa como un canon de orden superior. El recurso a los
gigantes le permite a Rabelais trastocar la percepción normal de la
realidad de una manera hilarante pero también sabia que nos conduce a
un humanismo.
Rabelais es sin duda un crítico de la naturaleza
humana a través de la exageración de sus características y de su
lenguaje escatológico lleno de inmundicias, secreciones y referencias
explícitas a los órganos sexuales, condimentadas siempre con un
explosivo sentido del humor, un estilo que nos hace recordar al del
Quijote de Cervantes. Los gigantes son cómicos pero también simbolizan
el ideal humano del Renacimiento, con ellos Rabelais intenta conciliar
la cultura humanística erudita y la tradición popular.
Sus
intenciones últimas resultan, sin embargo, bastante enigmáticas. En el
“Aviso al lector” del Gargantúa, dice querer ante todo hacer reír.
Después, en el “Prólogo”, mediante una comparación que hace con los
Silenos de Sócrates, sugiere una intención seria y un sentido profundo
oculto tras el aspecto grotesco y fantástico. Pero en la segunda mitad
del prólogo critica a los comentaristas que buscan sentidos ocultos en
las obras.
En conclusión, Rabelais quiere dejar perplejo al lector
y busca la ambigüedad para perturbarlo. Este talante de burla, risa y
humanismo de Rabelais es el mismo que Gombrowicz despliega en
“Ferdydurke”. Rabelais agotó la alegría de vivir, el disfrute franco y
sin barreras de las gracias de la vida terrenal. Tuvo una especial
destreza para inventar términos nuevos y enriquecer el idioma francés.
Se
burló de las supersticiones y del oscurantismo. Le otorgó más
importancia a las exigencias de la vida material que a las promesas
inciertas de una vida espiritual, pese a que era un sacerdote. El
cuerpo humano, con sus excrecencias y solicitudes, ocupa un lugar
central en su obra. La filosofía de Gargantúa es simple: “Las horas se
han hecho para el hombre y no el hombre para las horas”.
A veces
recuerda al Quijote por la aparatosidad incongruente. “Gargantúa y
Pantagruel” ha quedado como un hito de la literatura universal que
contribuyó a despejar oscuridades, confusiones e ignorancias usando uno
de los más poderosos recursos que tiene el hombre: la risa. La creación
no puede tener un programa para ahogar el miedo de no ser aceptado;
este miedo no nos conduce a ninguna a parte, el escritor no se libera
de la soledad con unos tirajes más o menos grandes; sólo aquél que
logra separarse de la gente y existe como un ser singular le puede
poner algún límite a la soledad.
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