
WITOLD GOMBROWICZ Y SÓCRATES
“No
es verdad que todos somos iguales y que cada uno puede analizar lo que
sea. Simone Weil ha caído en los engranajes de estas mentes menos
experimentadas. De estas almas probablemente menos maduras, que
torpemente se han puesto a rumiar un fenómeno que los supera en mucho.
Han hablado con modestia y sin pretensiones, pero nadie ha tenido el
valor de admitir que no ha entendido o que ha entendido a medias y que
en el fondo no tenía derecho a hablar de ello (...)”
“Lo más
curioso del caso es que ellos, siendo personalmente tan inferiores a
Weil, la han tratado con superioridad, desde las alturas de una
sabiduría colectiva que los hacía superiores. Se sentían poseedores de
la verdad. Si en esa reunión hubiese aparecido el mismo Sócrates, lo
habrían tratado como un estudiantillo, porque él no hubiese estado
enterado... Ellos sabían más (...)”
“Y
precisamente este mecanismo, que le permite a un hombre inferior evitar
una confrontación personal con otro superior, me ha parecido inmoral”
Sócrates
fue el verdadero iniciador de la filosofía en cuanto que le dio su
objetivo primordial de ser la ciencia que busca en el interior del ser
humano. Esta aspiración de Sócrates era también la de Gombrowicz.
“Henos
aquí nuevamente ante la simple realidad. Admiro la ciencia puesto que
soy ignorante (como ustedes, señores, y como Sócrates), pero me temo
que esa pequeña palabra llamada ‘yo’ no se va a dejar eliminar tan
fácilmente, porque nos ha sido impuesta con demasiada brutalidad”
Quizás
sea la mayéutica el punto de encuentro más intenso entre Gombrowicz y
Sócrates aunque Gombrowicz la practicaba en los cafés y Sócrates en las
plazas y en los mercados.
Tampoco eran iguales en algunas de las
conclusiones que sacaban de la aplicación del método, por ejemplo,
respecto a la idea de valentía.
“Pertenezco al tipo de gente que
soporta mal la altura, es más, soy de los que sufren de lo que se llama
agorafobia. Aunque a decir verdad, un alpinista del Tatra, en Polonia,
antes de la guerra, a quien comuniqué esta diagnóstico, me miró
atentamente y dijo: –Pues, mire, señor, ahora lo llaman agorafobia,
pero antes decíamos simplemente cagarse de miedo”
El método que
Sócrates utilizaba para filosofar era la mayéutica, un método que
consiste en preguntar. Un día se le ocurrió preguntar sobre qué era la
valentía y se fue a la plaza pública, allí encontró a un general
ateniense: –¿Qué es la valentía?; –La valentía es la capacidad de
atacar al enemigo y no huir jamás; –Eso no es cierto, muchas veces el
ejército retrocede para atacar al enemigo en una posición más
favorable; –Bueno...
El general da otra
definición, el trabajo de seguir preguntando no termina, la definición
se va ajustando poco a poco pero nunca llega a ser perfecta. Sócrates
es considerado como uno de los más grandes filósofos tanto de la
filosofía occidental como de la universal y como precursor de Platón y
Aristóteles, siendo los tres representantes fundamentales de la
filosofía griega.
Desde muy joven llamó la atención de los que lo
rodeaban por la agudeza de sus razonamientos y su facilidad de palabra,
además de la fina ironía con la que salpicaba sus tertulias con los
ciudadanos jóvenes aristocráticos de Atenas. Su más grande mérito fue
crear la mayéutica, método inductivo que le permitía llevar a sus
alumnos a la resolución de los problemas que se planteaban, por medio
de hábiles preguntas cuya lógica iluminaba el entendimiento.
Según
pensaba, el conocimiento y el autodominio habrían de permitir restaurar
la relación entre el ser humano y la naturaleza. Creía en la
superioridad de la discusión sobre la escritura y, por lo tanto, pasó
la mayor parte de su vida de adulto en los mercados y plazas públicas
de Atenas, iniciando diálogos y discusiones con todo aquel que quisiera
escucharle, y a quienes solía responder mediante preguntas.
Privilegió
un método al cual denominó (probablemente evocando a su madre partera)
mayéutica, es decir, lograr que el interlocutor descubra sus propias
verdades. La cuestión moral del conocimiento del bien estuvo en el
centro de las enseñanzas de Sócrates, con lo que imprimió un giro
fundamental en la historia de la filosofía griega, al prescindir de las
preocupaciones cosmológicas de sus predecesores.
El primer
paso para alcanzar el conocimiento, y por ende la virtud (pues conocer
el bien y practicarlo era, para Sócrates, una misma cosa), consistía en
la aceptación de la propia ignorancia. La mayéutica de Gombrowicz era
distinta de la de Sócrates, pero tenía el mismo origen: la madre.
Sócrates
se habría dedicado a deambular por las plazas y los mercados de Atenas,
donde tomaba a las personas del común (mercaderes, campesinos o
artesanos) como interlocutores para someterlas a largos
interrogatorios. Este comportamiento correspondía, sin embargo, a la
esencia de su sistema de enseñanza, la mayéutica, es decir, la partera
que él comparaba al oficio que ejerció su madre. Se trataba de llevar a
un interlocutor a alumbrar la verdad, a descubrirla por sí mismo.
Una
verdad alojada ya en su alma, por medio de un diálogo en el que el
filósofo proponía una serie de preguntas y oponía sus reparos a las
respuestas recibidas, de modo que al final fuera posible reconocer si
las opiniones iniciales de su interlocutor eran una apariencia engañosa
o un verdadero conocimiento.
“No idolatraba la poesía, no era ni
demasiado progresista ni moderno, no era un intelectual típico, ni
nacionalista, ni católico, ni comunista, ni de derechas, no adoraba la
ciencia, ni el arte, ni a Marx, ¿quién era entonces? Era con
frecuencia, la negación de mi aterrorizado interlocutor quién, sólo al
cabo de numerosas sesiones, se daba cuenta de que yo discutía por
afición, por jugar y también por curiosidad, con el propósito de
examinar por si acaso el contenido contrario de cada tesis (...)”
“Ese
espíritu de contradicción que me quedaba aún de mi juventud, de las
discusiones con mi madre, otorgaba a mis diálogos una viveza y una
agilidad jocosas y, a la vez, nos conducía a menudo hacia vías
verdaderamente imprevistas”
Cuando Gombrowicz reflexiona sobre la
igualdad y la moral algunas veces se le cruza en el camino Sócrates
como representante de la desigualdad del hombre. Entre un hombre y otro
puede haber una diferencia cien veces más grande que la que puede
existir entre un animal y otro. Entre Sócrates y un campesino, escribe
Gombrowicz en los diarios, hay un abismo mayor que entre un caballo y
un gusano. La presencia del espíritu en el hombre es la condición que
hace posible la existencia de la enorme diferencia que puede haber
entre dos individuos de la especie humana.
Tomando
el resto de los animales como si fueran de una sola especie la
diferencia mayor que puede existir entre dos ejemplares cualesquiera de
este reino complementario es de rango menor.
“Vierto sobre el
papel mi crisis del pensamiento democrático y del sentimiento
universal, porque no soy el único –quiero que lo sepáis–, no soy el
único que, si no ahora sí dentro de diez años, desee tener un mundo
limitado y un Dios limitado. Una profecía: la democracia, el
universalismo, la igualdad no serán capaces de satisfacernos. Será cada
vez más fuerte en vosotros el deseo de la dualidad, de un mundo doble,
de un pensamiento doble, de una mitología doble; en el futuro
profesaremos dos sistemas diferentes al mismo tiempo y el mundo mágico
encontrará su lugar junto al mundo racional”
El
pensador que debuta con el pensamiento moral es Sócrates. Gombrowicz
hasta cierto punto seguía ese camino, se veía a sí mismo como un hombre
de una naturaleza noble pero débil, como un rebelde con un reflejo
moral simple pero fuerte. Esta naturaleza lo inclinó a manejarse con
una moral granulada para enfrentar a las morales del siglo, el
comunismo y el existencialismo, y a la moral milenaria del cristianismo
de la que rechazaba sus concepciones erróneas de la igualdad y la
inmortalidad del alma.
Pero la cuestión para Gombrowicz es
distinta a la de Sócrates, es saber hasta qué punto su conciencia es
suya. La conciencia es un producto colectivo, así que con ella no se lo
puede tratar al hombre como si fuera un alma autónoma. Gombrowicz
piensa que a la literatura le resulta indispensable una moral, que sin
moral no existiría la literatura, que la moral es el sex appeal de la
literatura puesto que la inmoralidad es repulsiva y el arte debe ser
atrayente.
El
sentido moral de Sócrates posee un carácter individual y procede de la
idea de un alma inmortal, y en el mundo de Gombrowicz el hombre es
creado por los otros hombres. Sin embargo, la moralidad en sus obras se
manifiesta con mucha intensidad, es más fuerte que Gombrowicz, él no la
busca, pero ella lo busca a él y lo gobierna. Una cuestión que
hostigaba permanentemente a Gombrowicz era la relación que existía
entre lo inferior y lo superior y su confrontación con la idea de
igualdad.
Según lo entendía él la idea de igualdad es contraria a
toda la estructura del género humano. De la desigualdad fundamental
entre un hombre y otro deduce que la idea de la iglesia sobre la
igualdad del alma, y la idea democrática sobre la igualdad del derecho
al desarrollo son falsas.
Un
error igualitario que tiene origen, según Gombrowicz, en la semejanza
del cuerpo de los hombres. Cristo, con la simpleza y la virtud
elementales hizo posible el encuentro entre el filósofo y el
analfabeto, entre lo superior y lo inferior, un encuentro que
Gombrowicz buscaba y que el cristianismo, con una sabiduría calculada
para todas las mentes, podía haberle procurado si no fuera por su
postulado de la igualdad de las almas.
El comunismo también podía
brindarle un punto de apoyo excelente para reflexionar sobre este
asunto, pero la mayor falsificación de las imágenes del campesino y del
obrero es un triste honor que ha recaído en los escritores
comunistoides con su operación sistemática de divinizar al
proletariado. La fórmula que utilizan se basa en la renuncia falsa del
superior a su primacía intelectual para servir al proletariado y
construir con él el mundo racional del futuro.
Estos modelos
no nos acercan ni una pulgada siquiera al proletariado y el problema
gigantesco del encuentro de la superioridad y la inferioridad sólo se
ha vuelto más falso. La desigualdad es la que hace posible la renuncia
a la propia identidad en favor de otro hombre, una condición necesaria
para el encuentro del superior con el inferior en una dirección de ida
y vuelta.
“No podía hacer nada para mejorar la suerte de las capas
sociales inferiores, pero, ¿quién sabe?, quizás podría contribuir a
mejorar el comportamiento de los superiores respecto a los inferiores
(...) si la vida miserable deformaba al proletariado, si la ociosidad y
las comodidades deformaban a los terratenientes, esa intelligentsia
urbana también era deformada por su modo de vivir (...)”
“¿Acaso
la vida nunca creaba hombres completos? ¿Tenían que ser siempre
fragmentos humanos que se complementaban entre sí? (...) Ése era, pues,
un error de forma de una importancia inconmensurable, ya que hacía del
hombre únicamente un producto de su propia clase, de su grupo social,
lo separaba de otras vidas, lo empequeñecía, limitaba, hacía imposible
cualquier contacto creativo con gente de otra clase (...)”
“¡Tantas
vidas a las que no tenían acceso! ¡Y yo tampoco! ¡Habría que destruir
esa forma, imponer otra que permitiera a la superioridad acercarse a la
inferioridad, establecer con ella una relación creativa! (...)”
Para
representar a Polonia Gombrowicz recurría al fango, en cambio, para
representar a la Argentina recurría a las vacas y a unos oligarcas
orgullosos asentados en sus enormes territorios, por eso decía que no
siendo un campeón Shorton no podía aspirar a un premio en este país.
Paseando
por un avenida arbolada de la estancia “La Cabaña” en Necochea, detrás
de un árbol se le apareció una vaca. Quizá el hecho que lo obligó a
realizar indagaciones sobre este encuentro fue que la vaca lo miró,
mejor dicho, que le permitió a la vaca que lo mirara, y si bien es
cierto que no podía sacar las consecuencias drásticas que saca Sartre
de la mirada, se sintió tenso y con una vergüenza de hombre frente al
animal.
Continuó
el paseo pero se sentía incómodo, como si toda la naturaleza lo
estuviera asediando mientras lo contemplaba. La primera idea que le
pasó por la cabeza para resolver esta oposición entre su humanidad y la
naturaleza fue la de que el hombre es no natural, es antinatural, pero
resulta que Gombrowicz tenía la tendencia a establecer contacto con lo
inferior.
Si en el mundo humano pone al descubierto la
dependencia que tiene la conciencia superior de la inferior, si recorre
el camino descendente de la madurez a la inmadurez yendo contra la
corriente, entonces, ¿por qué no seguir descendiendo hasta el fondo en
la escala de las especies? Y cuando pareciera que empieza a seguir los
pasos de San Francisco de Asís, de pronto se detiene bruscamente.
Mirar,
contemplar y comprender la naturaleza es una cosa, pero dejarla
aproximar como algo igual a nosotros porque la comunidad de la vida nos
engloba, tutearla, es demasiado, regresa rápidamente a su casa humana y
cierra la puerta con doble llave. La negativa a reconocer la humanidad
de una vaca, es decir, de la naturaleza, una negativa que se le traduce
en fatiga y aburrimiento a partir del momento en que intenta reconocer
a esa vida inferior en un pie de igualdad, vendría a ser una de las
características principales de su humanidad.
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