¿Occidente
ha terminado? Sí. Es una respuesta que a estas alturas ya puede darse
sin titubeos desde que el país más occidental del mundo, es decir,
aquel que ha llevado la tecnología a su punto más alto, que es el
resultado más visible de toda la metafísica, es Japón. Sin embargo, el
fin de Occidente tiene el mismo sentido que el fin de la Metafísica en
Heidegger, es decir, la noción de Occidente se ha cumplido, terminado,
universalizado y se ha transformado en una disposición histórica
universal.
La lucha de Ratzinger por reimponer un cristianismo represor y discriminatorio, la risa y el reproche que producen sus delirantes prédicas nostálgicas son la señal del acabamiento de Occidente, sin embargo, el fin de Occidente no significa el final de una visión del mundo, sino el nacimiento de la misma, el final de un conflicto entre razón y fe, lo que quiera que la fe signifique y el establecimiento final de una ética progresista y humanista.
Occidente llegó a creer en que el progreso era una ley natural. Sin llegar a desmentirla, los hechos pusieron a la noción de progreso en entredicho en cuanto que ley natural, sin embargo, la noción de progreso se ha definido a sí misma como en el incremento de la libertad del hombre y como la difusión de esta libertad a todos los hombres como un derecho: sólo estas dos condiciones pueden ser llamadas cabalmente Progreso.
La época que quiso ser llamada posmoderna, tiene más sentido si se llama post occidental. Un elemento que ha contribuido sin duda al final de Occidente ha sido precisamente la globalización y la mundialización: si todo el mundo adopta el modo de producir occidental, entonces ya no es posible diferenciar un Occidente claro.
Pero el fin de Occidente no significa su extinción, antes bien significa que el presente asume el resultado de Occidente. Occidente era un conflicto que acabó por resolverse: la irracionalidad de la fe no es más que un fenómeno marginal de masas que ni siquiera tiene la importancia que tienen los músicos de moda. Hoy es lo mismo citar los valores cristianos que citar los valores de la Revolución Francesa que se cristalizan en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, pero estos derechos no han emanado de la Escritura, una escritura que aceptaba de buen grado y sin cuestionamientos la esclavitud, estos derechos han emanado del Logos occidental griego, del pensamiento racional, por mucho que los abogados de las Escrituras quieran atribuírselos a su dios.
El mundo resultante del Final de Occidente no renuncia a las conquistas de Occidente, antes bien las asume y las expande por el Mundo, terminando de consagrar la libertad en aquellos lugares en los que no se ha consagrado, llevando la dignidad del hombre –y la mujer –allí a donde esa dignidad aún no ha sido asumida y todavía existen peñascos más dignos que nosotros. Estos peñascos sagrados, estas “diversidades” que algunos todavía defienden tanto, no son sino las ruinas de un orden irracional que ya no aparece como válido y que son nada más que el resto de un Orden del Mundo que se demuestra como funcional.
Lo opuesto a Occidente no es Oriente. Oriente tiene antes bien su propio dinamismo y procesualidad, tampoco lo son las culturas originarias desde el momento en que Occidente renuncia a la evangelización. Occidente era en sí mismo una oposición dialéctica que no tenía un opuesto fuera de sí. Oriente es algo que se nos acerca y que nos es aún desconocido. Se acerca como una serie de doctrinas expuestas comercialmente, pero Oriente también cambiará en su contacto con este occidente acabado. El fin de Occidente no es el fin de la historia ni del movimiento dialéctico de lo que sea que se mueva dialécticamente en la historia –el Espíritu o la Lucha de Clases. Es posible incluso pensar que tal movimiento dialéctico no concluya sino hasta que ya no exista el último hombre y ese momento, por suerte, no llega todavía.
El presente no debe olvidar las conquistas –sangrientas muchas veces –que Occidente nos ha legado: la igualdad, la libertad, la fraternidad, los derechos de las mujeres, de los niños, de las minorías… El presente debe mantener la democracia como la peor forma de gobierno, pero la mejor entre todas las demás, debe avanzar al futuro con una ética de la dignidad de la persona humana y este no es sólo un deber moral, sino sobre todo el deber vital de una humanidad cuyo poder sigue aumentando más rápido que su sabiduría.
CON EL ALTO AUSPICIO DE PERVERSA SEÑAL





































