
WITOLD GOMBROWICZ, CÉSAR AIRA Y ROBERTO BOLAÑO
¿Qué
hubiera pasado con el Pato Criollo si en vez de enamorarse de
Lamborghini se hubiera enamorado de Gombrowicz? La clase de actuación
que eligió el Pato Criollo desde joven lo lleva a declarar de vez en
cuando que se le acabó la cuerda. El Pato Criollo es un hombre de
letras que, igual que el Pterodáctilo, divide la aguas en forma
profunda, ocupando uno de los extremos de las opiniones el Niño Ruso y
otro Roberto Bolaño.
“Hay conexiones con Gombrowicz en su
excentricidad, en su libertad, en muchas cosas. No son iguales, claro,
nadie lo es (...) Yo lamento la ausencia de los conocimientos
filosóficos que tan bien maneja Aira y que le dan un peso especial a
sus novelas, como ‘Cumpleaños’. Aira es el más importante y radical de
los nuevos autores latinoamericanos y a mí, que estoy en el umbral de
los setenta años, leerlo me da una gran sensación de libertad”
Esta
declaración tan entusiasta del Niño Ruso me dio ánimo para ponerme en
contacto con el Pato Criollo del que ya sabía que había quedado
deslumbrado con las cartas que me había escrito Gombrowicz. No sin
cierta renuencia, pero animado seguramente por ese entusiasmo prologó
“Gombrowicz, este hombre me causa problemas”, un libro en el que se
hacen reflexiones sobre el “Diario”.
Las cartas que me escribió
Gombrowicz y su “Diario” fueron entonces los que inspiraron al Pato
Criollo para escribir unas cuantas páginas sobre Gombrowicz, un
verdadero problema del que no salió del todo indemne, un poco por su
propia culpa y otro poco por culpa mía. El prólogo del Pato Criollo
resultó ser, de acuerdo a como es su estilo un tanto enigmático,
ciertamente incomprensible.
A pesar de los ruegos reiterados que le
estuvimos haciendo durante un cierto tiempo tanto yo como mi propia
familia, no hubo caso, el Pato Criollo no supo no quiso o no pudo
cambiarlo, mejor dicho, le cambió algunas palabras pero el resultado
fue más o menos el mismo. Hay hombres que piensan observando el mundo,
y otros que piensan después de leer un libro.
Una de las
ocupaciones principales que tienen los hombres de letras es la de leer,
pero acostumbran a decir que leen más de lo que en realidad leen.
Gombrowicz hizo experimentos memorables en Polonia y en la Argentina
para demostrar que esta afirmación es cierta. Él mismo no le tenía
mucha simpatía a la lectura, acostumbraba a decir que nunca había
terminado de leer un libro porque los libros lo aburrían.
Mientras
la actitud de Gombrowicz respecto a la lectura era distante, la del
Pato Criollo no lo es, al contrario, pasa por ser, según las opiniones
autorizadas del Niño Ruso y del Hombre Unidimensional, el escritor
hispanohablante más leído por lo que lee, no así por lo que es leído.
Las
obsesiones de Gombrowicz y del Pato Criollo respecto a la lectura, con
una actitud distante porque lo aburría la de Gombrowicz, y con una
actitud realmente apasionada la del Pato Criollo, desembocaban muchas
veces en actitudes un tanto ingratas. Por acá, en la Argentina, los
gestos de gratitud de Gombrowicz no fueron muy frecuentes, al punto que
el consejero cultural de la Embajada de la Argentina en París se lo
echó en cara al consejero cultural de la Embajada de Polonia.
Se
le pueden contabilizar, sin embargo, algunos regalos: una escultura de
yeso muy bonita, un frasco de mermelada, un libro de pinturas, una
sandía con su firma, un arrodillamiento conmovedor para agradecer cinco
litros de kerosene, y una cantidad considerable de dedicatorias que
estampaba en cualquier tipo de libros. El Pato Criollo es más ingrato
que Gombrowicz.
Cuando viaja a Francia es
recibido a cuerpo de rey en Grenoble, en la casa de su colega y amigo
Michel Lafont, pero no da ninguna señal de gratitud. Todos los días,
después de tomar el desayuno, en vez de hacerle los cumplimientos a
Michel y a su esposa que hacen lo imposible para agasajarlo, el Pato
Criollo hurga en la biblioteca y se pone a leer hasta el mediodía.
En
Grenoble podría ser más considerado y mantener alguna conversación
agradable con los anfitriones, pero no lo hace. A la hora del almuerzo
la señora se desvive por prepararle comidas exquisitas, es un esfuerzo
vano, al Pato Criollo no le sale ni el más mínimo gesto de
agradecimiento. Gombrowicz, en cambio, cuando era homenajeado con una
buena comida, dedicaba libros con el menú.
Gombrowicz no se parecía
en nada a Lope de Vega que escribía una obra en una sola noche y, para
no ir tan lejos ni tan atrás, tampoco se parece al Pato Criollo, uno de
nuestros escritores más prolíficos que no llega a escribir una obra por
noche pero le anda raspando. Esta dificultad para asomar la cabeza con
sus escritos lo hacía sufrir, no tenemos que olvidarnos que Gombrowicz
era más bien un hombre de ágora que un hombre de claustro.
“Qué
extraño, que no leas. Yo prácticamente no hago otra cosa (...) Pero
estoy seguro que vas a leer esta carta. Si yo fuera una de esas
pedagogas insistentes, se me ocurriría un truco para hacerte leer:
tomaría una buena novela, por ejemplo ‘La Montaña Mágica’ de Thomas
Mann, y te la iría mandando de a una página por día en un sobre; si
encuentro una oficina de correos que abra los domingos, me llevará tres
años, si no, cuatro”
Un poco por este truco del Pato Criollo con el
que me quería obligar a leer y otro poco por el hecho de que en cada
uno de los miembros del club de gombrowiczidas debe anidar algo de esa
impotencia que tenía Gombrowicz que le impedía terminar de leer los
libros, la cuestión es que se me fue ocurriendo la idea de escribir los
gombrowiczidas, una idea que también me permite entrar y salir de
Gombrowicz con alguna soltura.
A
pesar de la desenvoltura con la que escribe el Pato Criollo y la
facilidad con la que consigue que le publiquen lo que escribe, conoce
perfectamente bien las contrariedades que padecen muchos de sus colegas
escritores. En una de sus novelas más logradas narra las desventuras de
un joven escritor cuyo destino queda ligado a la conducta
contradictoria de un editor.
El editor recibe con entusiasmo la
primera novela del autor, una historia que le parece genial, y le
promete la firma del contrato en no más de dos semanas, pero las cosas
no suceden así. Los contactos entre el escritor y el editor se van
haciendo cada vez menos frecuentes, de semanas pasan a meses y de meses
a años, sin embargo, el entusiasmo y la delicadeza con los que el
editor trata al autor aumentan con el transcurso del tiempo.
Pero
es justamente el transcurso del tiempo el que hace pasar al escritor de
la condición de joven promesa a la de autor entrado en años y, como si
fuera poco, de un escritor malogrado, una historia con un marcado aire
kafkiano que me trajo a la memoria “Un artista del hambre”. Kafka narra
en este cuento los infortunios de un hombre que ayuna por falta de
apetito y que es exhibido en público como una rareza llamativa.
Al
final del relato ya nadie se interesaba por él, y lo barren junto a la
basura, un final que surgiere hasta cierto punto un parentesco entre
este pobre faquir y los escritores malogrados. Hace unos años Carlos
Fuentes andaba desparramando a los cuatro vientos que en poco tiempo
César Aira recibiría el Premio Nobel de Literatura pero, el tiempo está
pasando y la delicada maquinaria de precisión que ha montado su agente
literario alemán no es suficiente para alcanzar este propósito.
Al Pato
Criollo le está ocurriendo con los premios lo mismo que al autor
malogrado le ocurría con el editor contradictorio, y tiene miedo de
correr la misma suerte del ayunador en el cuento de Kafka, es decir,
tiene miedo de que lo barran junto a la basura. Este miedo despertó en
el Pato Criollo el deseo de escribir una ópera magna, una novela a la
que dio en titular “Las aventuras de Barbaverde”, pero no alcanzó su
propósito y quedó decepcionado.
Todo comienza y termina en la ciudad
de Rosario, en la que un periodista joven recibe el encargo de
entrevistar al señor Barbaverde hospedado en el Hotel Savoy y cuyo
rostro nadie había visto jamás, un verdadero representante del bien que
intenta detener los diabólicos designios del representante del mal por
excelencia, el malvado profesor Frasca, que se propone dominar al mundo
desacreditando el poder del señor Barbaverde haciendo todo lo posible
para que nadie lo tome en serio.
Obedeciendo
las órdenes de Frasca aparece un salmón de grandes proporciones sobre
el cielo de Rosario, mientras otros fenómenos también perturbadores
atentan contra el orden del cosmos: aparecen juguetes que se
transforman en personas, personas que se desprenden de una pantalla,
las pirámides de Egipto se multiplican y avanzan por el desierto... un
gran desorden hace peligrar a la humanidad.
El tremendo volumen del
gran salmón lo hace visible desde cualquier parte de la tierra, había
surcado la inmensidad del espacio a la velocidad de la luz con el
malvado propósito de estrellarse en Rosario y con la intención de
destruir el mundo, justo enfrente de esa ciudad que Gombrowicz
despreciaba olímpicamente por su monstruosidad, pero que el Pato
Criollo amaba tanto.
Yo creo que el propósito del malvado
profesor Frasca hubiera entusiasmado muchísimo a Gombrowicz, no así al
Pato Criollo que le opuso la voluntad del representante del bien, el
señor Barbaverde, para que no realizara el mal en Rosario y tampoco en
la tierra. En todo caso, para presentar “Las aventuras de Barbaverde”
el Pato Criollo viajó a España e hizo declaraciones a los periodistas
tan melancólicas como paradojales, mientras se encaminaba a la
editorial Mondadori para encontrarse con sus colegas de letras de molde.
“La
literatura comercial debe tener como condición ineludible una completa
sinceridad, pues si hay una gota de ironía el lector lo huele de lejos
y deja la novela. Ésta es la razón por la que mis libros fracasan
totalmente, pero ya estoy resignado a eso (...) No es mi intención
reírme del mundo, no sé bien para qué escribo, pero sería más bien para
una exploración de mí mismo, para entenderme y para entender mi vida
(...)”
“Se me acabó la cuerda, como lo que hacemos los escritores no tiene un fin práctico,
las ganas que tengo de escribir se me están terminado, son muy volátiles”
El
grado de indefensión que expresan estas declaraciones de un hombre de
letras tan encumbrado como el Pato Criollo es equivalente a su
debilidad infantil, una forma decadente que por fin alcanza el extremo
que ocupan las opiniones un tanto negativas que tiene Roberto Bolaño
sobre él.
“Una línea en juego de la literatura argentina actual o
postborgiana es la que inicia Osvaldo Lamborghini, un escritor que
designó como albacea literario a su discípulo más querido, César Aira,
que viene a ser lo mismo que si una rata dejara como albacea
testamentario a un gato con hambre (...)”
“Los amigos de
Lamborghini están condenados a plagiarlo hasta la náusea, algo que
acaso haría feliz al propio Lamborghini si pudiera verlos vomitar.
También están condenados a escribir mal, pésimo, excepto Aira, que
mantiene una prosa uniforme, gris, que en ocasiones, cuando es fiel a
Lamborghini, cristaliza obras memorables, como el cuento ‘Cecil Taylor’
o la nouvelle ‘Cómo me hice monja’, pero que en su deriva
neovanguardista y rousseliana (y absolutamente acrítica) la mayor parte
de las veces sólo es aburrida (...)”
“La
prosa de Aira, que se devora a sí misma sin solución de continuidad,
hace gala de un acriticismo que se traduce en la aceptación, con
matices, ciertamente, de esa figura tropical que es la del escritor
latinoamericano profesional, que siempre tiene una alabanza para quien
se la pida”
Seguramente amargado por estos contratiempos, el
Pato Criollo hizo recientemente declaraciones amargas en la Feria
Internacional del Libro de México.
“He creado un personaje que
algunos se lo han creído. Para eso me ha servido la literatura (...) He
jugado al escritor maldito, era un mito que existía en los años
sesenta, creo que en Argentina la última que lo encarnó plenamente fue
Alejandra Pizarnik, de esos escritores que gustan de quemarse en su
propio fuego y que mueren jóvenes.”
En
medio de este clima macabro y cuando ya todo parecía perdido, Ginés
González García, el embajador argentino en Chile le da una mano al Pato
Criollo. Como ya es habitual, la Feria del Libro de Santiago contará
con un amplio contingente de escritores invitados que esta vez
sobrepasa los doscientos entre chilenos y extranjeros.
Entre
estos escritores se encuentran unos pocos nombres de trascendencia o
más resonantes, en medio una amplia cantidad de autores menos conocidos
o emergentes. Entre los primeros destacan el mexicano Carlos Fuentes,
el chileno Nicanor Parra y el español Ray Lóriga, entre otros, además
de una masiva concurrencia de autores del invitado de honor que es la
Argentina.
Según explica Ginés González García, “no tenemos una gran
cantidad de escritores laureados con grandes premios que estén vivos”,
por lo que el énfasis transandino no estará en nombres estelares, sino
en un abanico más amplio. En éste destaca a las que califica como
“joyas ocultas” de la literatura argentina, y nombra como ejemplo a
César Aira.
"Las opiniones vertidas en los artículos y comentarios son de exclusiva responsabilidad de los redactores que las emiten y no representan necesariamente a Revista Cinosargo y su equipo editor", medio que actúa como espacio de expresión libre en el ámbito cultural.






































