El
otro… ese desconocido. Todos somos el otro miles de millones de veces y
yo sólo una vez. Todos somos segunda y tercera persona las más de las
veces y todas las veces excepto por una: la vez que somos para nosotros
mismos. El otro es, por tanto, siempre la mayoría. Incluso dentro de
aquella ficción que es el nosotros prima el otro. Con tanta
reivindicación de los pueblos y las culturas originarias –justa y
apoyada por nosotros en todo –se quiere poner acento en su otredad y
oponerla a un nosotros… pero nunca hubo ningún nosotros, no realmente,
no por mucho tiempo.
Las diferencias entre tú y yo y sobre todo con él y ella comienzan a notarse en la medida en que nos miramos unos a otros: yo soy agnóstico, tú eres creyente, él es católico, tú eres empleado, él es patrón, yo soy un trabajador independiente a veces, cuando hay trabajo. Yo soy el único que está en mi lugar, todos los demás lugares son los lugares del otro, mi propio lugar es miles de millones de veces, desde la perspectiva del otro, el lugar del otro. Queremos ver al otro como un colectivo, el otro sexo –se usa decir género, pero yo prefiero hablar de sexo para no multiplicar los entes sin necesidad –la otra orientación sexual, la otra clase. Pero aquellos del mismo sexo, de la misma orientación sexual, de la misma clase y el mismo estatus son también otros, aunque queramos meterlos en un yo colectivo ilusorio como es un nosotros. Llámese ese nosotros partido, clase, empresa, equipo deportivo y familia inclusive. Una vez terminada la relación que une a personas en un nosotros cada uno es otro a solas consigo mismo. Cada noche en el sueño, cada mañana en la ducha.
Cuando pienso en mí como el otro de todos los demás me igualo a todos los demás en ser otro. He aquí pues el fundamento de la igualdad tan buscada en el mismísimo dios de los cristianos ¿cómo fundamentamos la moral? La moral la fundamentamos en el otro. Tratamos al otro como nos gustaría que fuéramos tratados en cuanto que otros somos también nosotros mismos. Es la regla de oro, pero sin prójimos, porque todos estamos demasiado lejanos para ser próximos de nadie, encerrados en nuestra experiencia personal intransferible.
Era bello tener esclavos, cómodo, eficiente. Abolimos la esclavitud –nominalmente al menos –cuando nos dimos cuenta de que si esclavizábamos al otro bien podíamos llegar a ser esclavos nosotros mismos en la medida de que éramos iguales en nuestra otredad. El último esclavo fue el negro: aquel a quien cuyo color de piel lo marca como otro absoluto, antes había sido el judío que creía otras cosas, pero cuando ya no hubo creencias se volvió igual a nosotros. Pero el negro reveló, como el judío antes que él, cualidades demasiado similares a las nuestras… siguió siendo otro, pero no tan otro como le vimos antes.
Pero todo nosotros, aunque no haya diferencias de piel, cultura, clase, sexo es una ilusión temporaria. Siempre seremos otro incluso para alguien que se parezca demasiado a nosotros: es sólo otro que se parece a mí, pero es otro. Miles de millones de otros podrían anteponer sus intereses a los míos, por eso acordamos respetar el bienestar y los intereses de los otros, porque los otros son siempre una mayoría que bien podría ser aplastante.
La crisis de occidente es una crisis del nosotros en cuanto occidentales, la crisis que nos hace notar que sin Cristo –gracias a los dioses que sin Cristo –, sin superioridad racial ni cultural no existe nada que haga a nuestra cultura superior a la cultura de los otros, de hecho, sin esas unificaciones, cada uno de nosotros se volvió el otro del vecino… se acabó el nosotros los socialistas, los cristianos, los occidentales. Necesitábamos ese nosotros para aplicar la regla de oro, necesitábamos un prójimo, no otro. El otro no es prójimo, el otro es esclavizable, colonizable, evangelizable en nuestra verdad de nosotros, los superiores. Pero nos revelamos a nosotros mismos como otros y estamos entonces en el desamparo metafísico. El rebaño se ha desbandado y las ovejas solitarias son la crisis de occidente.
Sólo si rescatamos al otro en su otredad, como se dice y respetamos su ser otro y pedimos el respeto de nosotros mismos en cuanto otro,s podremos entonces convivir nuevamente. El otro es siempre un ser humano. Un perro no es otro, es una cosa. El ser mortales, como dije alguna vez, es lo único que constituye un auténtico nosotros permanente: nosotros los mortales. Curiosamente, sólo nos une para siempre nuestra propia finitud. La crisis de la metafísica, la crisis de occidente es una crisis ética: sin verdad no podemos fundamentar la moral y sin ello hay poco que nos lleve a evitar matarnos los unos a los otros, porque no somos muy buenos y como en El Extranjero de Camus, podemos llegar a asesinar al otro porque hace mucho calor.
Si tenemos en común la mortalidad y el ser otros ¿no son estas las nociones absolutas que buscamos? ¿No son estos los criterios sagrados, absolutos y únicos para fundamentar tanto la moral como el pensamiento? ¿No son la MORTALIDAD y la OTREDAD los conceptos para superar la crisis de occidente? ¿No hay aquí, por fin una VERDAD?
RECUERDEN PORVAFOR A NUESTO AUSPICIADOR, LA NOVELA PERVERSA SEÑAL





































