
WITOLD GOMBROWICZ Y BOLESLAW PRUS
Gombrowicz
se propuso desde muy joven curarse de la enfermedad infantil de la
inautenticidad y alcanzar la edad madura, donde podría quedarse solo,
apto para sumir su libertad, su autonomía y sus responsabilidades. Esta
historia tiene muchas idas y vueltas, no aparece del todo claro si se
curó de su enfermedad infantil y qué pasó con su yo al que le daba una
importancia excepcional, al punto de llegar a considerar diferente a
una misma opinión según fuera la persona que la pronunciara.
“Creo
que a las ideas, en Polonia, siempre les ha faltado gente..., es decir,
que la gente no ha sido capaz de asegurarle a las ideas no sólo ya la
fuerza suficiente, sino tampoco ese atractivo magnético del que dispone
toda alma bien resuelta. Lo cual es tanto más extraño entre nosotros
cuanto que hemos tenido una cantidad extraordinaria de escritores
nobles y hasta sublimes (...)!”
“Y
sin embargo, las personalidades de Zeromski, de Prus o de Norwid, o
incluso la de Mickiewicz, no han sido capaces de despertar, al menos a
mí, aquella confianza que inspira Montaigne. Es como si nuestros
escritores, durante su desarrollo, hubieran ocultado algo y, como
consecuencia de esta ocultación, no fueran capaces de ser absolutamente
sinceros, como si su virtud no fuese capaz de mirar a los ojos a toda
clase de pecado”
A pesar de su positivismo y de su realismo
Gombrowicz incluía a Boleslaw Prus dentro de ese mundo que era incapaz
de despertar confianza compuesto de hombres que no eran sinceros. La
segunda mitad del siglo XIX de Polonia está marcada por el surgimiento
de una nueva escuela literaria, el positivismo. La producción literaria
de esos años fue predominantemente en prosa.
Se caracterizó por un realismo
crítico y la preocupación por temas patrióticos y sociales; hacia el
final del periodo se añadieron también las tendencias naturalistas.
Bolesław Prus, un periodista y escritor polaco, está considerado junto
a Henryk Sienkiewicz y Stefan Żeromski, el más destacado escritor del
positivismo polaco y uno de los más prestigiosos en su país.
Recibida
con incomprensión por la crítica conservadora de su tiempo, su novela
“La muñeca” es hoy considerada una obra destacada de las letras polacas
modernas como un ejemplo de novela realista, una galería panorámica de
la vida varsoviana a fines del XIX y un magnífico cuadro comparativo
entre el anhelo positivista de progreso y la tentación reaccionaria en
una Polonia devorada por la guerra y el catolicismo.
Defensor de
las ideas positivistas y del progreso social, Prus escribió una serie
de novelas comprometidas en las que expuso la importancia de los
campesinos polacos en la defensa de su país, los conflictos entre el
socialismo y el capitalismo, la situación de la mujer y la lucha por la
independencia nacional.
Boleslaw
Prus es un escritor superior a su nobelizado contemporáneo Henryk
Sienkiewicz; Prus fue un escritor realista centrado en los problemas de
su tiempo, problemas que integró en el conflicto personal y social de
los individuos de su tiempo, mientras Sienkiewicz en cambio fue un
adulador de los lectores patrióticos. Prus es un stendhaliano confeso
que decide escribir sobre la crisis europea, que acabará en la primera
guerra mundial, desde su perspectiva polaca.
El conflicto de
clases que aparece en “La muñeca” se une al momento histórico del
cambio y de la liquidación de una época, se integra también dentro del
conflicto entre el romanticismo tardío que aún pervive en Polonia y el
positivismo que impera en el oeste europeo. “La muñeca” tiene un sabor
añejo propio de las historias contadas al detalle, aborda temas
latentes entonces, como el del antisemitismo, el interés por la ciencia
tan propio de la época y la experiencia de la guerra.
Existen
gombrowiczidas a los que les encanta ver a Gombrowicz como a un hombre
anticuado que jugaba y espiaba las cosas a distancia sin comprometerse.
A esos gombrowiczidas que ponen el acento en su talante de jugador hay
que decirles que era un enemigo implacable de las quimeras y un
defensor acérrimo de la realidad.
También es cierto que
siempre tuvo las manos libres para ponerle distancia al realismo y al
positivismo, pues el realismo y el positivismo son maneras pesadas e
ingenuas de ver la realidad. Mientras Bolislaw Prus y los positivistas
polacos pusieron el acento en realismo del nosotros y de las cosas,
Gombrowicz lo puso en el realismo de su yo sin dejar por eso de ser un
camaleón.
Poco a poco fue desarrollando una naturaleza camaleónica
para despistar y afirmar su yo. En Gombrowicz existen tres personas
distintas: el inferior, el hijo de buena familia, y el de la obra, tres
naturalezas que no se mezclaban ni en su persona ni en su obra, como
líquidos que no se diluyen en otros.. Hay personas que sueñan con
desaparecer, otras que sueñan con ser invisibles... en fin, hay muchos
sueños.
La
pasión predominante de Gombrowicz era la de duplicarse, triplicarse,
cuadruplicarse, no es extraño, pues, que luego de tantas
fragmentaciones se haya querido sintetizar a toda costa convirtiéndose
en un campeón de la entronización del yo. Entre su yo y lo otro siempre
había un mediador, un mediador al que finalmente le puso el nombre de
forma.
Sea como fuere Gombrowicz sostenía con firmeza que con
nuestro yo podemos ser humanos, elásticos y reales, mientras en la
fragua del nosotros acostumbramos a fabricar historias falsas. El
nosotros le disgustaba por varios motivos. Nosotros somos así y asá,
nos ocurre esto y aquello, nuestro defecto es que... Un estilo así
cansa porque es general, son trampas estilísticas que acechan al
escritor y de la que es difícil escapar. Este desliz estilístico es
síntoma de una enfermedad más grave.
El nosotros, aparentemente inocente, oculta una buena carga de presunción en su intención pedagógica más bien pesada y barata.
“Sin
embargo, la raíz principal de ese error alcanza tal profundidad en
nosotros que sería necesaria una operación muy complicada para poderle
decirle adiós para siempre. ¿Cómo definirlo? Es cuestión de energía y
vitalidad. Es el problema de nuestra actitud frente a la vida. En el
colegio, Adas no paraba de reflexionar sobre sus defectos y sobre cómo
erradicarlos; deseaba ser piadoso como Zdzis, práctico como Jozio,
sensato como Henryk, gracioso como Wacio..., por lo cual era muy
alabado por los maestros. Pero sus compañeros no lo querían y lo
zurraban de buena gana”
El hecho de haber enfatizado de tal manera su yo no lo hizo, sin embargo, un hombre solitario.
La
soledad es el estado del que vive lejos del mundo, pero si bien es
cierto que no era nada fácil relacionarse con Gombrowicz, ese solitario
siempre tuvo compañía. Las cartas que nos escribió entre los años 1957
y 1969 y los relatos de sus amigos nos lo muestran como un hombre
sociable. Hasta que llegó a la Argentina vivió siempre con su familia,
¿cuál es entonces la soledad de la que nos habla Gombrowicz?, ¿es una
condición del hombre o es una condición de él?
La soledad de
Gombrowicz no es una soledad metafísica ni una soledad social, es un
estado del alma que lo pone en contacto con el otro.
“El postulado
consistente en no hablar sino en nombre personal no era sólo la
condición elemental de un buen estilo, sino que testimoniaba también mi
sentido moral, mi sentido de las responsabilidades y, como de
costumbre, se me interpretó al revés, se atribuyó mi escrúpulo moral a
mi sequedad, a mi egoísmo y a mi orgullo”
Los
hombres de letras quieren parecer personas respetables, intentan
ordenarse, haciendo esfuerzos sistemáticos y variados, en academias y
sociedades para conseguir una suerte de equilibrio gremial. Pero, de
repente, en esas augusta asociación de escritores ha entrado un mono
por la ventana que les salta de un lado a otro y no lo pueden atrapar.
El mono, nacido en Polonia, con el tiempo llega a tenerles cariño y
confianza a esos desgraciados y los empieza a morder. Y los pobres
hombres de letras tranquilizados a duras penas después de muchos años
de lucha con su neurastenia y con sus infortunios, no saben qué hacer.
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