
EL DESCABEZADO
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
1
Poseía cabeza pensante y la
perdió en un lance de guadañas. Ahora el espacio que ocupaba su testa lo llena
un viento con aroma de alfileres. Su cabeza era una cabeza de linaje que veía
por la grandeza de su casa y por los carneros que le llevaban en parihuela. La
frivolidad no estaba en los asuntos de su obstinación. Aunque algunos
maliciosos la consideraron una cabeza hueca, pero con voluntad de lobo. El
magnetismo que de ella brotaba convertía en fiambre a cualquier carne que
tocara. Cabeza de olla para los pájaros en su dedicación de sopas pías y
negruras en el resto de la semana. Cabeza equitativa por lo briosa y lo
ecuménico de su proceder. Celidonia en las playas del patio trasero donde se
confunden cerebros con celebraciones y se esconden las culpas con el pelo que
se recorta de las calaveras sucedáneas.
Hubo alguien que pasó corriendo
y gritó que la cabeza desaparecida estaba ensartada por un mosquete en el campo
de las refriegas. Sería un golpe en pleno colodrillo si tal asunto se
comprobase. Mas a la cabeza de los desafíos siempre avanza quien pierde el
cráneo y de nada valen las esculturas que tratan de enmendar la decapitación.
Desde el hueco del cuello se expresa la inteligencia y en el remate de su
disquisición aparece el origen de todas las cosas que ajustan las cabezadas.
Cabeza arriba o cabeza abajo, los ajos consignan el aliento para la acepción de las mañanas. Definitivamente el señor ha perdido la cabeza y ya no se puede hablar de simple extravío. En el epígrafe de su estela mortuoria consta que la cabeza desapareció sin ser partida y que si alguna vez se la encuentra suspensa de una viga el primero que la vea se convertirá en su dueño disfrutador: bicéfalo atolondrado y con la migraña de espanto.

2
El descabezado sin cabestro. La
túnica carente de ojetes. Un agua evaporada para refrescar la cresta
imaginaria. Asuntos de la ideología sedicente. Se redondea el cuerpo en su
cúspide y resuena el relincho del animal que lo transportaba. A pesar de todo,
la cabeza inexistente continúa afianzándose en procura del prestigio que
otorgan los exámenes. En una serie la cabeza se abre y se enciende: sueños de
cristales; se rompe la cabeza con el chichón calificado: fruncimientos en las
páginas copiadas; se agacha la cabeza con hondura: bordes ofuscados en el
asiento meritorio; duele la cabeza con propensión innata: violencia en la culpa
que descalifica...
Se torna bullente la cabeza al
recibir de frente la asoleada. No es para menos y merecería la picota si no
fuese un desprestigio de diademas. La cabeza invisible se agiganta y le da
cabida a innumerables cabezas venidas del exilio. Cabeza descomunal proyectada
contra la pared de las contribuciones. Cabeza imposible de encapuchar. Cabeza
resplandor y penacho de las rebeldías comunes. Cabeza de almirante, nunca
cabizbaja. Macrocefalia contra todas las burocracias y modorras del espíritu.
¿Quién señalará al descabezador?
La urraca se cagará sobre la mantilla y el edicto de la testa coronada
levantará la tapa de los sesos. Donde quepa la cabeza lúcida desaparecida, allí
nacerá una jaula llena de jaquecas y jaculatorias. Templanza del ángulo
occipital en su función disociadora y nihilista. Cúlmen de la craneología para
plasmar el atrevimiento.
Cabeza familiar para la preñez de los verbos. Consagración plena del nimbo de las dendritas. Pulsación. Puente. Maravilla de los pájaros que sostiene una cabeza vuelta niebla.

3
Imposible que una cabeza de tal
envergadura se haya desprendido por sí misma. Con seguridad hubo un corte
límpido, sin derramamiento de sangre. Luego la cabeza colgada por la larga
cabellera emprendió un viaje sin retorno al pabellón de pleamar. Allá debe
estar con la boca y los ojos abiertos, absorta en las enseñanzas infinitas de
los oleajes. Regresará, sin embargo, en su calavera fantasma para completar de
noche su cuerpo vigilante y sereno.
A la cabeza le hierven las ideas
como gusanos de la corrosión creadora. La cabeza se concibe en la altitud de
los pisos y en la inversión de los valores que sirven para hacer oposición en
la nuca de los ortodoxos. La cabeza cavila y se estudia. Rumia y profana los
credos. La cabeza se devana los sesos con afilada hacha. La cabeza se yergue y
no la alcanzan las centenas de manos que se afanan por aferrarla. La cabeza es
forma perfecta, actitud y sitio para el pensar privilegiado. La cabeza sabe
bien que se condena y no le huye a la orden de decapitarla. La cabeza hace
rabiar al jefe y lo incita a darse cabezadas contra el muro de sus lamentos. La
cabeza es el símbolo de la lucidez magna, de la hipérbole del pensamiento en su
etapa cenital.
La cabeza se imagina un tocado y gracias a él existe por momentos. Cabeza cuya pólvora chamusca las narices entrometidas. Cabeza que se lava dentro del jugo de las cerezas. Cabeza que se habitúa a conseguirle la gripe al eximio salmón. Cabeza y más cabeza siempre, a pesar de las discordias y el dispendio de guarniciones del habla. Cabeza para ver marearse los corazones de los abuelos y luego sostenerlos con la punta de los pelos. Cabeza para el triunfo de los grillos en la órbita del invierno. Cabeza resucitada tempranamente de su fallecimiento casi mortal y que mira su sitial con displicencia y engañifa de enojos. Cabeza que chifla para que no duela y para elevar los pañuelos en el ámbito donde el desamparo pretende asentar sus fueros.







































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