
Los Nogales
Juan Mauricio Muñoz Montejo
Nunca imaginé que en el edificio “Los Nogales” donde viví muchos años se convertiría en un campo de batalla étnica. Todos somos peruanos. Todos somos cholos. Pero en la Lima oligárquica nunca lo concibieron de ese modo, ni yo mismo hasta que alguien me ayudó a quitarme la venda, a ver el contexto, para no ampararme en la ceguera lóbrega donde numerosas personas se congregan.
Yo crecí y me críe en “Los Nogales”. Este edificio de cinco pisos poseía un hermoso jardín lleno de capulíes en el exterior. Desde la ventana se observaba todo el mar, el Océano Pacífico con su vaivén de las olas, fastuoso. Yo era un niño de cinco años, que no observaba más allá de mi entorno como cualquier niño. Mis padres eran dueños de una de las empresas prominentes en aquel tiempo, inmersos en la política, antes que llegará el autogolpe sigiloso del ex presidente Alberto Fujimori. Además, eran dueños de “Los Nogales” por eso resolvieron vivir allí. Tenían infinidad de propiedades en Lima, pero es cómodo vivir en un gran apartamento que se asemeja a una casa, decía mi madre.
Todos los que vivíamos en “Los Nogales”, éramos familias con vasto poder económico. Yo estudiaba en el nido del colegio más dispendioso del Perú: Principal College. Aún no comprendía cuando alguno de mis hermanos mayores, Juan Luis o Ronaldo, le gritaba al chofer porque se equivocaba en cualquier intersección para llegar al colegio. Apreciaciones como “serrano de mierda” ó “cholo apestoso”. Incluso, ellos me alentaban a que repitiera lo mismo, yo como cualquier niño lo forjaba, mientras ellos loaban mis malas proezas. El chofer atinaba a echar un vistazo por el retrovisor, moviendo la cabeza de un lado al otro. Ningún chofer aguantaba a mis hermanos. Todos dimitían después de unas semanas.
La vida pasa y uno se desarrolla. Fui un adolescente presumido, sin ritmo de vida. Mis notas eran pésimas pero los profesores me pasaban de año porque mi persona era un “requerimiento especial” en el colegio. No me interesaba nada. Importante era salir todos los fines de semana a fiestas en aparatosas discotecas. Hasta que llegó el día en que todo cambió. Toda mi vida cambió desde ese suceso: El día que me quitaron la venda, y vi el alba.
Un día estaba reposando en la escalera del edificio. Ya, para ese entonces, fumaba una cajetilla de cigarrillos al día. Era uno de esos días donde me sentaba en las escaleras, pensando cosas sin sentido como; cómo será el auto que mi padre me regalará o cual de las propiedades que tienen mis padres sería mía. Cuando un niño con un poncho subió por las escaleras. Tenía unos ojos negros penetrantes y sus pómulos eran rojos. Detrás del niño, apareció una joven aparentemente de mi edad y sus dos padres. Todos con los mismos rasgos del niño. Era una familia de la sierra con dinero que viviría en la Capital, pensé al instante. Pero ¿acá? Los cuatro integrantes me saludaron con una reverencia sin decir palabra alguna, yo quedé boquiabierto. Aquellos personajes que mis hermanos, ahora en universidades londinenses, y mi madre “choleaban” estaban invadiendo el edificio de mis padres. En un momento me chocó, luego prendí un cigarrillo, para contener la cólera hacia esas personas. Una ira inentendible pues ellos no me hicieron nada, pero era mi mente inescrupulosa la que me hacía especular así. Pensé que el portero erró al dejarlos entrar.
Bajé rápidamente y le inquirí:
-¿Y de dónde salieron esos?
-¿Quiénes?-me respondió con desconcierto.
-¡Esos serranos de mierda!-le grité.
Me miró a los ojos y sonrió para agregar:
-Son los nuevos inquilinos. Tu padre los aceptó. La familia Pedraza.
-No puede ser. Mi madre pondrá el grito al cielo.
-Ella también sabe, y los aceptó. Son parte de un eje económico. Algo así me dio a entender tu padre. Necesitaban un apartamento donde quedarse. Y tu padre les ofreció el que están rentando.
-Maldita sea- pensé en voz alta.
-¿Cómo?-replicó el portero.
-No hablaba contigo-le respondí.
Le di la espalda y subí al apartamento. Maquinaba estupideces en mi cabeza: ¿cómo sería “Los Nogales” con toda esa gente? Mis padres se equivocaron, pensé. Me recosté sobre mi cama. Quedé confusamente dormido.
Me desperté cuando mis progenitores estaban en casa. Mi madre ordenaba algunos archivos. Mi padre miraba un partido de fútbol en la televisión de la sala. Me aproximé a mi madre con alevosía, recriminándole en tono grosero, ¿cómo es posible que esos serranos estén en el edificio? Mi madre, estupefacta, pero vuelta en sí en un santiamén, cuando me cacheteó por levantarle la voz, atinó a responderme: A ti que te importa quien viva acá, mientras tengan dinero serán bienvenidos. Tenía lágrimas en mis ojos por el cacheteo, pero me punzó la réplica; mi madre los admitía por su dinero, no por lo que eran. Me fui a mi cuarto, contrito y acongojado. Odiaba a los serranos. O mejor expresado; esta élite limeña me enseñó a desprestigiar a las personas que no eran del mismo nivel socioeconómico, ni tenían el mismo color de piel que yo; éramos una raza intocable, esas lecciones me las ofrecieron mis hermanos, siendo extendidas por una de las maestras en la escuela.
Nadie nos podía pisotear porque nosotros éramos los pisoteadores, siempre nos comentaba Mrs. Sutherland, una estadounidense, hija de un ex Embajador que enseñaba porque le gustaba. Era racista y clasista.
-Los serranos no deben existir-agregaba en una de sus tantas clases de Educación Cívica.-Si alguno de ustedes intenta casarse con un serrano o serrana, estará cometiendo un pecado ante los ojos de Dios. Los serranos no piensan. Al igual que los negros, son esclavos. Sirven para el campo, por eso Dios los creó. No se olviden.
Resonaba las clases de la profesora Sutherland, y el alma me punzaba. Ahora, ¿qué dirán mis compañeros de estudios cuando se enteren que “Los Nogales” ha sido mancillado por unos serranos? Los primeros días en el colegio pasé inadvertido. En clases, Mrs. Sutherland seguía segregando a los personajes andinos. Yo inclinaba mi cabeza. Hasta que un día, durante una de sus clases, el alumno Jun von Reichstarg, hijo de un Embajador alemán, alzó la mano para irrumpir en clase.
-¿Qué sucede, señor Jun?-preguntó la profesora.
-Usted que tanto critica a los serranos. Debe saber algo. Acá tenemos a un amante de esa clase tan baja. ¿Sí o no, Matías?
Sabía que escucharía mi nombre, la noticia voló. Indudablemente, alguien transitó por el edificio y vio a la familia Pedraza saliendo del edificio.
Mrs. Sutherland me miró de pies a cabeza.
-¿Cuán cierto es eso, señor Piers?
-No hay ninguna clase de veracidad en ese dato-intenté escudarme.
-Ya pues, no mientas, tu papá le comentó a mi papá-irrumpió una vez más Jun.-Eres un amante de serranos.
Todos los ojos de mis compañeros me señalaban. Era culpable. Los siguientes días en el colegio acepté insultos de todo calibre. Nadie se me acercaba. Caminaba prácticamente solo.
En “Los Nogales”, la situación era similar. Las familias se mudaron al enterarse del caso. Por su parte, mis padres se hallaban como si nada ocurriera. ¿Acaso no se daban cuenta?, cavilaba.
Un domingo familiar, mis padres decidieron invitar a la familia Pedraza. La maldita serranía la has traído hasta acá, recriminé a mi madre. El abofeteo de siempre era su respuesta. Mi padre ni se inmutaba. Te vas a portar bien, carajo, me dijo mi madre. Esta familia es importante para invertir en la sierra. Yo los aborrezco tanto como tú, pero hay que ser hipócritas en algunas ocasiones. Caminé hacia mi cuarto. Me eché en mi cama. Divagando por todas las palabras que mi madre había esparcido sobre mi rostro. Sentía en mi mente, esas crueles iniciales palabras: Yo los aborrezco tanto como tú. Ella sabía en la situación en la cual me encontraba porque ella también pasaba por lo mismo.
La hora llegó en que los nuevos inquilinos arribaran. Tocaron el timbre, mi padre abrió la puerta, recibiéndolos con una sonrisa. Hipócrita, pensé. Yo me senté en la sala, mi madre como requerimiento especial, necesitaba que yo esté. Por más que le hice berrinches, no cedió. Allí estaba yo, con mi cara larga, ceño fruncido y con los brazos doblados uno encima del otro. Los Pedraza se me acercaron para saludarme. Mi madre me ganó con su mirada. Me paré y los saludé a todos. Que educado, caballerito, dijo el señor Pedraza. Gracias, atiné a decirle. Luego, regresé a mi asiento para no moverme. La hija de los Pedraza se sentó a mi lado. Era una niña de típicos rasgos andinos, su cabellera azabache, pupilas totalmente negras, nariz aguileña y labios rosados. Yo prolongaba mi ceño fruncido. Ella inició la conversación:
-¿Cómo te llamas?-preguntó con un aire dócil.
-Matías-le contesté, mirándola de reojo.
-Me llamo María. Mucho gusto.
-Mucho gusto- acerté al responderle secamente.
Estuvimos sentados aproximadamente unos quince minutos. Estábamos mudos. Mis padres y los señores Pedraza entablaron una conversación de negocios, ni siquiera se fijaron que existíamos. El hijo menor de los Pedraza, Paquito, se quedó dormido en el sofá. Paquito tenía un aire moribundo, callado, mirada triste, unos ojitos saltones que te hacían sentirlo de una manera especial. Los señores Pedraza vestían sus trajes típicos de la sierra. Sus chompas y pantalones a base de alpaca eran distinguibles.
El señor Pedraza observaba detenidamente a mi padre cuando alzaba los brazos para explicar como se inició el negocio de la familia.
Por otro lado, la señora Pedraza parecía una mujer sumisa. Se prendió y clavó la mirada a las alhajas de oro relucientes de mi madre.
Yo vagabundeaba en otros orbes. Cuando me percaté que María clavaba sus ojos en mí. Volteé y nos quedamos mirando. Ausculté su mirada penetrante, sus ojos negros.
-¿Sabes, cuál es tu problema?
-No- respondí tranquilamente.
-Qué eres un racista de porquería. Por eso, no quieres hablar conmigo. Imbécil.
Sus palabras fueron un puñal. No imaginaba a una adolescente de los Andes diciéndome palabras de grueso calibre.
-La gente como tú nos tienen miedo- No sé que me sucedía. ¿Fue su mirada? No, no podía ser. Yo soy de otra clase, pretendía resonar lo que decía la vieja Sutherland.
-¿Acaso no somos iguales? ¿Crees que te haré algo?-continúo.-Tanto tú como yo somos de carne y hueso.
Sonreí.
-¿De qué te ríes?- se tornó seria, y frunció el ceño.- ¿Crees que no vi tu actitud la primera vez que nos viste entrando al edificio?
-Pero…-quería defenderme.
-Las excusas están de más. Sólo recuerda que somos iguales. ¿Alguna vez has leído a José María Arguedas?
La literatura era una equis en mi corta hoja de vida.
-No.
-Es uno de los mejores escritores autóctonos del Perú. Si jamás has viajado a los hermosos valles, a esos Andes que tú tanto desprecias. Él te hará viajar, y comprenderás un poco más a los serranos como yo.
Un extraño suceso sucedió en la conversación. Aún seguía pensando en su mirada.
Seguimos enmudecidos unos minutos más hasta que la reunión entre mis padres y los Pedraza culminó. Ya me voy, me dijo. A ver si lees Arguedas, si no tienes miedo a ser criticado por tu gente me buscas para discutir de Literatura Andina.
Nos despedimos.
Al día siguiente, después de asistir al colegio, ubiqué una librería en Miraflores. Quiero todos los libros de Arguedas, le dije al joven que atendía. Déjame ver cuales tenemos. Ingresó al sistema del buscador de libros en la computadora. Sólo tengo tres: “El Sexto”, “Todas las Sangres”; y “El zorro de arriba y el zorro de abajo”. Compro las tres, le dije.
Me encerré en mi cuarto. Le dije a Hermelinda, la ama de llaves, que no estaba para nadie. Devoré los libros. Jamás me había interesado tanto en un tema como éste. Empecé con “El Sexto”, me sumergí a ese mundo hostil de la cárcel donde todos son unos animales, donde el pobre José María sufrió. Me encantaba cuando rememoraba los cantos quechuas de su tierra, cuando evocaba a su querido Andahuaylas. Me fui enamorando de la prosa energética pero desconsolada de Arguedas. Tal vez en mis clases de Literatura Peruana lo mencionaron innumerables veces pero yo hice caso omiso a las lecciones del profesor.
Luego, continué con “Todas las Sangres”. En la narrativa de esa obra, me hallé en alguno de esos odiosos personajes. Era como si el escritor andahuaylino conociera mi idiosincrasia.
Culminé con “El zorro de arriba y el zorro de abajo”. Ese libro ha sido un punto de equilibrio en mi vida. Cuando tengo un poco de tiempo le doy una leída. Es el punto entre mi visión oligarca y la visión andina. Me convenció que vivía en una obcecación permanente. También, es el libro de la aflicción en la terminación de la vida del escritor porque muestra lo apesumbrado que se encuentra con su vida, con su persona. Lastimosamente, finaliza suicidándose, exponiendo las circunstancias en una pequeña carta que está en el epílogo del libro.
Eran las cinco de la mañana del día siguiente cuando terminé de leer el último libro del escritor autóctono. Mis pupilas estaban rojas. Quería concebir ese mundo, percibir la mirada penetrante de María.
Al día siguiente en la tarde la busqué. Al verme, se sorprendió.
-¿Has leído a Arguedas, no?
-Sí-le contesté rápidamente.- ¿Podemos salir a hablar?
-Claro. Aguárdame unos segundos.
La invité a comer a uno de los restaurantes más dispendiosos de Lima. Todos los meseros conocían a mi familia. Cuando se percataron de mi presencia, me atendieron con normalidad pero a María la miraban de reojo con desprecio. Los comensales nos miraban atentamente. Éramos el punto de atracción.
María, un poco sonrojada, me dijo:
-Disculpa, creo que te voy a hacer quedar mal. No debiste traerme a este lugar.
-Tú no te fijes en ellos. Ellos no han venido conmigo. Tú mírame directo a los ojos y olvídate del resto.
En realidad, deseaba sentir esa vibración de su mirada. María me hizo caso. Clavó su mirada ante mí, y no las movió para nada. Nadie existía para nosotros. Éramos ella y yo. Conversamos sobre la vasta obra de Arguedas. Le conté cuan enamorado estaba de su prosa, le agradecí. Al culminar de comer le comenté una frase que siempre la recuerdo: Es impresionante como un libro puedo cambiar la visión de una realidad.
De regreso, caminamos por avenidas infestadas de transeúntes. Mira alrededor somos un cruce de razas, me dijo María. Todos somos cholos, pensé.
Llegamos al edificio y lo saludé al portero con un apretón de manos. Éste, sin salirse de su asombro, asintió con la cabeza.
Subimos hasta la puerta del departamento de la familia Pedraza.
-Hasta acá llegó yo- señaló María.-Muchas gracias por todo.
Me dio un beso en la mejilla.
-Gracias a ti- le respondí.
Entró a su vivienda.
Mientras retornaba a mi departamento, me topaba con la realidad. Estaba siendo una nueva persona. El nuevo Yo.
Ahora, el nuevo Yo escribiría una nueva historia, libre de falsas imputaciones hacia esos nobles indígenas: mi Historia.







































INTERESANTE RELATO...¡Y QUÉ LINDO ES EL PERÚ!
Muy interesante me pareció el relato del escritor peruano.
Yo he estado muchas veces en Perú, en especial en Lima, pero también conozco sus costas del sur y del norte...aquellas cercanas a Ecuador, son preciosas...sólo las playas desde Los Choros a Puerto Velero tienen su símil en Chile.
La selva y sus cercanías las conozco por imágenes. ES BELLÍSIMA.
¡Qué lindo es el Perú! Sólo Lima asusta un poco: vida tan agitada, tan extrema...
Todos los países han de ser lindos, pero es la maldad y el egoísmo de algunos los que hacen daño a sus países.
Los tiranos...en especial.
Felicito a JUAN MUÑOZ MONTEJO por darnos este relato con tonos de cierta maestría y recordarnos que el Perú está al lado.
Y también a Daniel Rojas Pachas por incluir este acierto en su MAYOR acierto: CINOSARGO.
José G. Martínez Fernández.
Fundador-director Revista de Poesía PALABRA ESCRITA.