
WITOLD GOMBROWICZ Y BERTRAND RUSSELL
“Aunque
Gombrowicz fue un alumno irreprochable, que pasaba de un curso a otro
con notas medianas, no le gustaba la escuela. No participaba de la vida
escolar, frecuentaba solamente a los hijos de las familias que tenían
lazos de amistad con la suya. Su comportamiento se caracterizaba por
cierta reserva respecto de las materias enseñadas, a excepción de la
literatura, la historia y el francés (...)”
“Por lo demás,
consideraba una chifladura el interés por cualquier otra asignatura que
no fuese la literatura. Más tarde haría burla de los métodos de
enseñanza, del ambiente de la escuela y de la mentalidad de los
profesores en su novela panfleto “Ferdydurke”. En el instituto Kostka
recibía la formación oficial, pero su verdadera educación la llevó a
cabo por su cuenta (...)”
“Leía
muchísimo, y empezaba a escribir a escondidas de su familia. A los
quince años Gombrowicz ya leía a Spencer, Kant, Schopenhauer,
Nietzsche, Shakespeare, Goethe, Montaigne y Rabelais. Su interés por la
filosofía tenía por objeto el conocimiento de los problemas, y no una
adquisición sistemática de esos pensamientos. La psicología y la
sociología completaron su saber (...)”
“Algo más tarde, las obras
de Scheler, de Spranger y de Dilthey alimentaron su pasión analítica, y
descubrió a Hegel, a Russell y a Heidegger. Bajo la influencia de todas
estas lecturas Gombrowicz se alejó de la religión católica y se volvió
ateo. La toma de conciencia de la irrealidad de la vida que llevaba, su
rebelión, el abandono de la fe católica, el progresivo distanciamiento
de su medio y la negativa a participar en la vida social datan de esos
años del instituto Kostka, contemporáneos de la primera guerra mundial
y del período turbulento que siguió”
Esta
referencia biográfica de Irena Sadowska que aparece en “Testamento”
pareciera escrita por el mismísimo Gombrowicz, especialmente por el
detalle, la exhibición y el alarde que hace de sus lecturas. Gombrowicz
perteneció a una época que sucedía a otra anterior en la que había
triunfado el intelecto con una violenta ofensiva en todos los campos,
parecía entonces que la ignorancia podía ser erradicada por el esfuerzo
tenaz de la razón.
Este impulso intelectual creció hasta alcanzar
su apogeo después de la segunda guerra mundial, cuando el marxismo y el
existencialismo se desparramaron por toda Europa. Estas ideas ampliaron
explosivamente los horizontes de los hombres dedicados al pensamiento
en toda Europa.
Gombrowicz empieza a darse cuenta de que, si
bien la vieja ignorancia estaba desapareciendo poco a poco, aparecía
una nueva ignorancia engendrada, justamente por el intelecto, y por una
nueva estupidez desgraciadamente intelectual. La vieja visión del mundo
que descansaba en la autoridad, sobre todo la de la Iglesia, estaba
siendo remplazada por otra, en la que cada uno tenía que pensar el
mundo y la vida por cuenta propia, porque ya no existía la vieja
autoridad.
“Así
pues, si la generación polaca que entraba en la liza justo después de
la primera guerra mundial se bañaba en la gran revolución de las
costumbres engendrada por la guerra, la generación siguiente sentía ya
el soplo de un nuevo cataclismo. De este modo en el tiempo de
entreguerras la juventud se iba alejando progresivamente de las ideas
acerca del matrimonio, la familia y el trabajo profesional inclinándose
cada vez más hacia la vida romántica y peligrosa (...)”
“La
diferencia entre nosotros y Europa occidental, en cuanto se refiere a
ese proceso de liberación creciente de las costumbres, consistía
probablemente en que en aquellos países que proporcionaban un sentido
de mayor seguridad, se procedía de forma más racional, más reflexiva,
mientras en Polonia era todo mucho más oscuro, intuitivo, dramático
(...)”
“Los
jóvenes ingleses leían a Russell, criticaban los conceptos antiguos en
nombre de una nueva visión del mundo, científica, atea, que reconocía
el derecho de las mujeres y el amor libre. En Polonia la transformación
se producía por sí misma, ya que hasta los mocosos captaban de alguna
manera, fuera de la retórica oficial, los indicios secretos de la
tragedia que se avecinaba”
Bertrand Russell representaba todos
los valores que se habían puesto en funcionamiento entre la primera y
la segunda guerra mundial y que Gombrowicz ataca desde la inmadurez en
su, a juicio de Irena Sadowska, panfleto “Ferdydurke”. Filósofo y
matemático británico, Bertrand Russell puso el énfasis en el análisis
lógico que repercutió sobre el curso de la filosofía del siglo XX.
Desde muy joven mostró un acusado sentido de conciencia social; al
mismo tiempo se especializó en cuestiones de lógica y matemáticas.
Alcanzó
el éxito con su primera gran obra, “Principia Mathematica”, en la que
intentó trasladar las matemáticas al área de la filosofía lógica y
dotarlas de un marco científico preciso.
Refutó las doctrinas
del idealismo, la escuela filosófica dominante en ese tiempo, que
mantenía que todos los objetos y experiencias son fruto del intelecto.
Russell, una persona realista, creía en cambio que los objetos
percibidos por los sentidos poseen una realidad inherente al margen de
la mente. Russell recibió en 1950 el Premio Nobel de Literatura y fue
calificado como un campeón de la humanidad y de la libertad de
pensamiento.
A pesar de que el pensamiento abstracto le producía
eczema, Gombrowicz se acompañó durante toda su vida con los filósofos.
La atracción que le producía Russell estaba determinada especialmente
por las reflexiones del filósofo sobre las percepciones y sobre las
conexiones no causales de los hechos. Los problemas de la causalidad,
del determinismo y del libre albedrío rondaban la cabeza de Gombrowicz.
Bertrand
Russell pensaba que en realidad no podemos decir que un acontecimiento
es la causa de otro. Todo lo que sabemos con seguridad es que un
acontecimiento está correlacionado con otro acontecimiento. Cuando
vemos cómo un acontecimiento siempre causa otro lo que en realidad
estamos viendo es que un acontecimiento ha estado siempre en conjunción
constante con el otro.
En consecuencia, no tenemos ninguna razón
para creer que el primer acontecimiento causó al segundo
acontecimiento, o que ambos acontecimientos continuarán apareciendo
siempre en conjunción constante en el futuro. Esta concepción le quita
toda la fuerza a la causalidad. Russell desechó la misma noción de
causalidad aduciendo que es un tipo de superstición.
Tanto
nosotros como otros animales tenemos una tendencia instintiva a creer
en la causalidad debido al desarrollo de hábitos de nuestro sistema
nervioso, una creencia que no podemos eliminar, pero que no podemos
probar mediante ningún argumento, deductivo o inductivo. A Gombrowicz
se le presentaba con frecuencia el problema del determinismo: si mis
acciones determinan inexorablemente el futuro, yo soy responsable de
todo lo que ocurrirá en el mundo.
Pero si mi propia vida está
regida por circunstancias que escapan a mi control, entonces, no soy
responsable de mis acciones. Russell advirtió este conflicto, al ver el
problema desde la perspectiva contraria: el libre albedrío resulta
incompatible con el indeterminismo.
Si las acciones realizadas
no están determinadas por los acontecimientos anteriores entonces las
acciones son completamente aleatorias. Además, y de más importancia
para la filosofía humana, no están determinadas por el carácter o la
personalidad. Pero, ¿cómo podría ser alguien responsable de una acción
que no es consecuencia de su carácter, sino que ocurre de forma
aleatoria?
El
libre albedrío parece necesitar del determinismo, porque de lo
contrario el agente y la acción no estarían conectados. Así que,
mientras que el libre albedrío parece contradecir al determinismo, al
mismo tiempo lo necesita. Russell consideraba misión del intelectual la
difusión de una cultura que habitúe a los hombres a la revisión de sus
propias ideas y a la tolerancia mutua.
La ciencia, en calidad
de tal, no basta para la felicidad de los seres humanos, quienes, en la
consecución de tal objetivo, deben acudir al arte, al amor y al respeto
recíproco. Este anarquista inolvidable, admitiendo fracasar en ayudar
al mundo a vencer la guerra y en ganar su perpetua batalla intelectual
por verdades eternas, escribió unas palabras memorables en ocasión de
celebrar su octogésimo cumpleaños.
“He
vivido en busca de una visión, tanto personal como social. Personal:
cuidar lo que es noble, lo que es bello, lo que es amable; permitir
momentos de intuición para entregar sabiduría en los tiempos más
mundanos. Social: ver en la imaginación la sociedad que debe ser
creada, donde los individuos crecen libremente, y donde el odio y la
codicia y la envidia mueren porque no hay nada que los sustente. Estas
cosas, y el mundo, con todos sus horrores, me han dado fortaleza”
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