
En torno a
La nostalgia en
poesía -cuando hablamos de efectiva transformación poética- ya no tiene ese
dulzón tono y carácter de la balada en su forma primitiva, aún hoy viva en
cualquier estación de radio que se respete. La nostalgia, en poesía, implica el
entendimiento y la vivencia profundos de la efectiva simultaneidad de los
tiempos y los espacios en la representación -poéticamente, lo que no está está,
y este acento lo hace aún más inquietante que la simple ilusión sensorial.
Pienso en Ennio
Moltedo cuando digo esto, y no voy lejos cuando me toca ahora presentar el
primer libro de Antonio Rioseco Aragón (Los Ángeles, 1980), La derrota del
paisaje (Valparaíso: Ed.
Inubicalistas, 2009): de hecho es una cita del gran maestro de la poesía
de Valparaíso la que encabeza uno de los poemas que me parecen centrales en el
poemario –me refiero a “El habitante engañado”. Leo de ese poema la tercera
estrofa:
Sólo cuando comencemos
a ser habitados
por el óxido
comprenderemos
esa herencia
que, como el
polvo,
comienza a
ocupar el espacio
dejado por lo
ausente.
Es la herencia del
rumor de las pisadas, los objetos que llevan / ánimas atadas al
relato: y este moltediano habitante debe sufrir estas cosas, ya que para ello
ha sido entrenado. Una conciencia difícil, ya que éste que habla no es en
absoluto un vate.
Ser un vate
implicaría ser el puro canal de un mundo otro, como de algún modo lo confirman
los adivinos contemplando transparencias –piénsese en el agua quieta, la esfera
de cristal. Por ello, la tradición los desea ciegos a este mundo lineal de cosas
presentes. Pero, ¿cómo haces el mismo truco con los ojos abiertos y sin ser
Tiresias? La simultaneidad aterradora del mundo va a pasar la cuenta a
cualquier aspirante a la verdad del mundo, para hacerle elegir obligadamente
otro camino de verdad, de más vértigo y menos prestigio: la vía poética.
Rioseco lo sabe, y
como tal, asume la débil realidad del mundo enfrente y de sí mismo como
observador. El sueño, o la pesadilla, puede coincidir con el sólido horizonte
urbano –que a su vez puede ser barrido por bombas o por el espectro de cisnes
elevándose desde humedales: Vietnam puede estar en la puerta del edificio de
Lennon, cuando la guerra ya había terminado. La consistencia de la
cotidianeidad logra desvanecerse, y el vaso de alcohol sólo confirma la
percepción anterior de un mareo mil veces más radical –de raíz. El paisaje
enfrente cae efectivamente en la evanescencia –la conciencia poética le pasa
por encima.
En la poesía
chilena contemporánea la entrada de esa otredad en esto mismo asume
varias formas –basta recordar las alucinaciones futuristas de un Maquieira o la
palpable substancia intempestiva de la lengua latina o inglesa en el centro de
la anécdota en Germán Carrasco-; en Rioseco es clara la elección por la entrada
de lo desplazado. Se trata del apego a lo caído de lo que habla en esa ciudad
deshabitada, con un depósito entero de momentos que quedaron en la
posibilidad o el olvido:
Hay ataúdes que
siguen intactos bajo tierra.
Hay una
ciudadanía oculta que corroe desde abajo.
Hay un temporal
que llega y que no llega.
-como señala en
esa corrida de versos que parece indicar el manantial que se ha mal llamado
lárico, y que debiera calificarse de forma más precisa: lo que la ciudad
chilena moderna desplaza mientras deja su huella, como un combustible de
reacción para asegurar el flujo de sus imágenes propias. El poder de lo urbano
depende de la medida de su destrucción, y ésta sólo puede corroborarse por sus
ruinas: los muros bajo el suelo, los secretos mal guardados.
Teillier en esto fue fundacional, en su forma de trazar un sujeto poético que
más se definía mientras más se desdibujaba su entorno posible de afecto o
pertenencia.
Pero Rioseco no
tiene interés en definir ese sujeto. Es más: me parece que se remite una y otra
vez a un sujeto múltiple, con lo que fragmenta más la posibilidad de poéticas
definidas como mayores. El apoyo estará, naturalmente, en el desarrollo de la
anécdota como posibilidad de vaciar la universalidad de la poesía mayor, y
construir un flujo propio de imágenes. La resistencia vendrá entonces desde la
inhabitabilidad del mundo, lo áspero de la situación del hablante. El casi
alarde de las versiones del poema de Carver me parece un gesto nítido en esta
dirección, así como la decidida y necesaria evasión que es ostentada en el
texto final.
Como primer libro
de Rioseco, el poemario es una buena sorpresa con respecto a búsquedas
poéticas. Es fácil experimentar a estas alturas de la ruina de los grandes
discursos: lo difícil resulta dar los pasos conociendo el suelo que se pisa
–como las crisis financieras se resuelven capitalizando y no especulando sobre
el aire. El trabajo consciente del sonido, el sentido y la imagen en cada uno
de los textos de La derrota del paisaje es garantía del encuentro de una
voz poética propia, que me parece ya responder a ese mismo aire que veo
en Ennio Moltedo, Guillermo Rivera o Eduardo Jeria: distintas generaciones pero
un mismo entorno con una forma de vida y de sentido de lenguaje comunes,
situados decididamente de espaldas a la poética de capitalías, con su frecuente
tendencia a la hazaña literaria –artística, política o mediática. En
sentido estricto, esta pertenencia a una cierta disciplina escritural porteña
(por no decir “estilo” o “tradición”, lo que implicaría seguras falacias) más
que limitar la pluma de Rioseco, le da sustancia y cimienta una vía sólida.
La derrota del paisaje confirma desde el lugar de la autoría lo que ya confirmó Carta de Ajuste (Valparaíso: Ed. Cataclismo, 2007), antología de poetas inéditos de Valparaíso, desde el sitio de coeditor y seleccionador de autores y textos junto a Juan Eduardo Díaz: una decidida llamada a estar en la que es una de las trincheras fundamentales de la cultura chilena contemporánea, que es la afirmación de la poesía como visión de mundo, más acá de las consagraciones literarias académicas o periodísticas. En éste, un lugar del que ya no se sale, Antonio Rioseco Aragón confirma su carta de residencia.






































