
¿Cristal, Pilsen o Cuzqueña?
TODAVÍA me parecía mentira que habíamos llegado hasta allí
para que el enamorado de Patricia y yo nos conociéramos. Patricia fue la
primera en ingresar, la siguió el gordo y yo le puse fin a esa fila india
saludando a Paco antes pisar el bar. El amplio local, como siempre, se
insinuaba lóbrego y plagado de coloquios frívolos que expelían licor y tabaco,
sólo quedaban un par de mesas libres. Al fondo, en el extremo izquierdo, había
un tipo que nos daba la espalda, estaba acodado en el mostrador y platicaba
animadamente con el «tío Leopoldo» —así
llamábamos cariñosamente al dueño del local; lo único que sabíamos de él era
que había nacido en Rosario, Argentina y que radicaba en el Perú desde hace
aproximadamente unos cinco años atrás, por motivos que él siempre se empeñó en
ocultar con obstinación puritana—; mientras éste, instalado en el banquillo más alto de todo el bar, limpiaba
con un paño húmedo algunos de los cuadros que formaban un abanico de imágenes
que atiborraban las amarillentas paredes del local. Dichos cuadros no eran más
que fotos enmarcadas de grandes personajes argentinos: aparecía Carlos Gardel
con guitarra y sombrero, Julio Cortázar fumando un humeante habano, la rugosa
imagen de José Hernández tomándose la copiosa barba, Ernesto Che Guevara con
esa mítica boina ornada por una fulgurante estrella solitaria, Diego Armando
Maradona enfundado en la casaquilla azulina del Nápoles, César Luis Menotti con
un balón de fútbol apoyado en su cintura, y otros tantos que no conozco.
—¡Alonso! —gritó Patricia, e inmediatamente el tipo que nos
daba la espalda volteó y, sonriendo efusivamente, abrió los brazos. Ella,
abrumada por la emoción, corrió hacia él y justo antes de llegar, resbaló con
el casco vacío de una botella de cerveza que descansaba en medio del suelo,
pero él logró atajarla antes de que ella rozara el suelo. La tomó de la
cintura, la aferró con violencia a su cuerpo y le dio un beso tan largo y
exagerado que hizo que todos los anónimos bebedores de las mesas del local
interrumpieran sus conversaciones y libaciones para espectar en silencio a la
llamativa pareja que, ciertamente, empezó a causar sensación.
—¡Che, pará de una vez! —le gritó el tío Leopoldo al tipo
llamado Alonso, mostrando un gesto complaciente—. Acaso querés asfixiarla,
¡dejála!, porque le podés arrancar los labios a la pobre mina.
El gordo y yo nos quedamos casi en la entrada observando
—como lo seguían haciendo todos los circunstantes— a Patricia en los brazos del
sujeto de la barra. Cuando por fin la soltó, empezó a acariciarle los hombros
mientras le hablaba al oído. Ella sonreía y le aliñaba las cejas con esa
delicadeza que sólo tienen las mujeres.
—Van
a pasar o se van a quedar parados como un par de giles —nos dijo el tío
Leopoldo con una severidad terminante.
El gordo le sonrió nerviosamente, luego me miró y me largó
la invitación que yo no quería recibir:
—Vamos, te voy a presentar a Alonso.
— Ya —le alcancé a decir sin muchos bríos y con ganas de un
buen trago; y es que cuando vi a Patricia, atrapada en los brazos de ese tipo,
intuí que, en realidad, ella siempre me había gustado… Hay cosas y sensaciones
íntimas que me sacuden el cuerpo y que nunca he alcanzado a entender: en esos
momentos, por ejemplo, me sentía ¡decepcionado! Sí, estaba decepcionado sin
tener un fundamento válido. «¿Por qué diablos me has decepcionado? —pensé,
apesadumbrado—. Patricia eres una pobre ramera.»
Cuando nos acercamos a ellos, recién alcancé a verlo
nítidamente y, en verdad, se parecía mucho a mí: tenía la misma talla, color de
piel y ojos, gestos, corte de pelo, facciones, etcétera. (No sé si viene al
caso decirlo, pero mi mamá siempre decía que todos tenemos en alguna parte del
mundo a nuestro doble. Tal vez, acababa de encontrar al mío.)
—Alonso te quiero presentar a tu gemelo —le dijo Patricia,
luego me miró y agregó—: Se llama Eduardo… Eduardo Echenique, te va a caer muy
bien.
—Hola Eduardo —me dijo con un acento raro y presuntuoso;
creo que también se sorprendió al notar nuestro considerable parecido—. Soy
Alonso Chávez, el enamorado de Paty. Oye, ¿eres algo de Bryce Echenique?
—Que yo sepa no, aunque…
—¿Si o no
que se parecen? —nos preguntó Patricia, interrumpiendo mi respuesta.
—Bueno, creo que tenemos algo, pero muy poco —traté de
malograrle la fiesta.
—Sí Paty, no es para tanto —me apoyó Alonso, utilizando esa
horrible voz que estaba aderezada con un acento engolado; y continuó—: Pero me
estabas hablando de tu parentesco con Bryce Echenique, ¿lo conoces?
—En realidad sí —le mentí y escruté su reacción antes de
continuar—: es mi tío. Pero no me gusta decirlo, porque todo el mundo quiere
que se lo presente y, como comprenderás, yo no puedo hacer eso: él es una
persona muy ocupada… ¿Tú admiras a mi tío?
—¡Claro! —me dijo gratamente sorprendido y el gordo me miró
con inocultable incredulidad—. Es un gran escritor. Me gustó mucho Un mundo para Julius, esa novela la leí
como tres veces, me parece excepcional. Ahora estoy hojeando Guía triste de París.
—Creo que te gusta mucho esa rama de la literatura —le dije
con cierto desencanto—, yo sinceramente no leo muchas novelas. Me gustan más
los ensayos y los cuentos; Ribeyro es el mejor cuentista que hemos tenido, hay
un cuento de él que me fascinó cuando estaba en el colegio… Pero ahora no me acuerdo
del nombre…
—Los gallinazos sin
plumas —intervino el gordo, con una voz adormecedora.
—No, ése es bueno pero el que yo digo es otro —le dije y
alcancé a recordar el nombre del cuento—: El
profesor suplente, el cuento se llama El
profesor suplente.
—Sí, sí he leído ese cuento, es muy bueno —afirmó Alonso—.
Yo también creo que Ribeyro ha sido nuestro mejor cuentista. Y el mejor
novelista que el Perú tiene es, sin duda, Mario Vargas Llosa.
—Paren un
poco la mano y acomódense aquí —nos dijo el tío Leopoldo señalando una mesa
vacía que acababa de limpiar—. A mí también me gusta la literatura, en esa
pared tengo a varios fenómenos de mi país: ¡escritores bárbaros!
Nos sentamos en la mesa y empezamos a explorar todos los
retratos de la pared. El tío Leopoldo se acomodaba el mostacho mientras ojeaba
con orgullo todos los rostros de sus famosos paisanos que, en blanco y negro,
adornaban las paredes del bar.
—¿Con cuántas empezamos? —nos dijo el tío Leopoldo,
dirigiéndose a la barra.
—Tres heladas, al toque —le dijo el gordo—, y una cajetilla
chica de Hamilton para darle de comer a los pulmones.
—Quién diría que íbamos a hablar de literatura —murmuré
mirando a Patricia: ella apenas sonrió y permaneció en silencio. Desde hacía un
buen rato que no abría la boca. Fue en ese momento en el que caí en la cuenta
de que, estando con él a su lado, ella se transformaba camaleónicamente. No era
la misma chica de la universidad, ahora adquiría una personalidad sumisa y
hasta hipócrita: su mirada me daba la razón.
—¿Cristal, Pilsen o
Cuzqueña? —nos preguntó el gaucho desde la barra, dándonos la espalda y
abriendo la congeladora.
—Cristal nomás —dijo el gordo con indiferencia.
—A falta de algo mejor —murmuró Alonso y echó una sonrisa
cínica.
—¿No te gusta la Cristal? —le pregunté como tratando de
convencerme de algo que empezaba a sospechar.
—Sí, normal —me dijo sin ganas y con la anuencia de su
enamorada y de su amigo; luego titubeó un instante antes de proseguir—: Te
cuento que la primera vez que vine a este bar, el argentino me hizo pasar un
apuro tremendo. Yo le pedí dos Arequipeñas y él me dijo que no conocía esa
cerveza: ¡que aquí no existía! —«Éste tonto es serrano, con razón habla tan
horrible», pensé en ese mismo instante y lo empecé a mirar con desdén—; yo me alteré
y le dije que en Arequipa sólo se toma cerveza Arequipeña. Él me miró como a un
bicho raro y levantó la voz para preguntar a todos los que estaban en el bar,
algo parecido a esto: «Atención todos, ¿alguien tiene una cerveza Arequipeña
para este arequipeño que sólo toma Arequipeña porque así lo han decidido los
arequipeños de toda Arequipa…» Y armó un trabalenguas, tan largo y ridículo,
que arrancó risas en todo el bar… Desde ese momento todos empezaron a contar
chistes de arequipeños y a pedir Arequipeñas sólo con el afán de molestarme… Ya
sabes tú cómo les encanta a los limeños fregar a los arequipeños.
—¿A los limeños nos encanta molestar a
los arequipeños? —le pregunté, silabeando con sarcasmo—. Oye, por favor: no seas
igualado. A nosotros no nos importan los arequipeños, porque no están a nuestra
altura. Además, creo que tú tuviste toda la culpa, porque hay que ser
verdaderamente un idiota para pedir esa marca de cerveza aquí. En Lima no
tomamos cochinadas. ¿Arequipeña? Ni para limpiar el vaso.
Fragmento de “Todo comenzó en la
Universidad”
Lee toda la historia aquí:
http://www.scribd.com/doc/20604577/Todo-Comenzo-en-La-Universidad-Orlando-Mazeyra-Guillen







































Bueno texto, en todo caso ...
Bueno texto, en todo caso me quedo con la Pilsen Callao.