
WITOLD GOMBROWICZ Y KARL MAY
La
educación de Gombrowicz proporcionada por su madre y por las
institutrices francesas se vio complementada con sus numerosas
estancias en el extranjero, sobre todo en Alemania y Austria, de las
cuales conservó el gusto por los viajes.
“Recuerdo nuestra estancia
en Reinchehall en 1910. También allí evitaba la compañía de los niños;
permanecía entre los adultos y les hacía preguntas sobre los diversos
temas relacionados con el país visitado. Fue quizá a raíz de tales
ocasiones como nació en él el amor por las novelas de viajes. En el
instituto Kostka, su lectura favorita eran los libros de Karl May”
Karl
May es uno de los autores más leídos en Alemania. Quedó ciego al poco
de nacer y no recuperó la visión hasta los cinco años, después de ser
operado. Durante estos años de ceguera se formó en el niño un profundo
e impresionante mundo interior alimentado por los relatos de su padrino
y de su abuelo. Acusado de haber robado un reloj, fue a parar a la
cárcel y se le retiró la licencia para enseñar.
Durante
algunos años se sucedieron los delitos de Karl May contra la propiedad.
Los castigos que padeció en prisión le permitieron descubrir las
posibilidades redentoras de la escritura. Durante este cautiverio
esbozó el plan de su obra literaria; compuso, en un estilo ingenuo,
pero rico en imágenes, penetrante y persuasivo, sesenta y siete
volúmenes.
Karl May representa para los alemanes lo que Verne
para los franceses o Salgari para los italianos. El estilo adocenado,
los errores descriptivos y la simplicidad y esquematismo de los
personajes no impideron que gozase de una tremenda popularidad en
Alemania y en el resto del mundo.
Karl May, el novelista émulo de Julio Verne, fue sometido a
juicio por haber contado sus fantásticos viajes por el mundo, por
relatar sus aventuras en las praderas norteamericanas sin haber
abandonado nunca, en la realidad, su Baviera natal. Por ese hecho, May
afrontó casi veinte años de juicios. La realidad jurídica no podía
permitirse esas fugas del alma hacia las regiones de lo imaginario,
mundos a los que huir, lugares ideales, aunque falsos, donde la
atormentada alma germana pudiera encontrar refugio.
El mundo
atormentado e imaginario de Karl May parece que asomara la cabeza en un
cuento al que Gombrowicz llamó “Aventuras”. Es un relato fantástico
sobre la naturaleza y la forma del encierro y del miedo, pero lo es más
bien como un acontecimiento exterior, como unas aventuras cuyas
variaciones son mecánicas y automáticas, y ajenas a los fenómenos
psíquicos y a las concepciones morales.
En el mes de septiembre de
1930 cuando el protagonista navegaba rumbo a El Cairo se cayó en las
aguas del Mediterráneo. Los tripulantes advirtieron su caída pero el
barco ya se había alejado un kilómetro, el capitán se puso muy nervioso
y ordenó un regreso a toda marcha, tanta que cuando el gigante llegó
donde estaba el protagonista no se pudo detener.
El
navío volvió a dar la vuelta pero otra vez lo volvió a pasar como un
tren a toda velocidad, esta maniobra se repitió diez veces hasta que un
yate privado se acercó y lo recogió, mientras el otro barco retomaba
tranquilamente su ruta. Por casualidad descubrió que el capitán del
yate tenía el rostro y los pies blancos pero era negro. El capitán se
puso furioso cuando lo descubrió, lo hizo atar, lo encerró en un
camarote y empezó a alimentar un odio ilimitado.
Era la única
persona en el mundo que había descubierto su secreto: era un negro
blanco. Durante los ocho meses siguientes navegó sin parar y se deleitó
con el poder absoluto que le proporcionaba el tenerlo encerrado en un
camarote oscuro. Un día, finalmente, lo condujo al puente del yate y el
protagonista se preparó para morir.
Fue
colocado en el interior de un recipiente de cristal en forma de huevo,
podía mover los brazos y las piernas pero no cambiar de posición. El
Negro le enseñó el mapa del océano Atlántico y le señaló la ubicación
del yate, estaban en el centro del mar, entre España y México. En esa
zona marítima las corrientes eran circulares, si algo caía al agua, al
cabo de un tiempo, después de un viaje de circunvalación, volvería a
pasar por el mismo lugar.
Lo equiparon con tres mil comprimidos de
caldo que le alcanzaban para vivir diez años, con un pequeño
instrumento para destilar agua, y lo tiraron al océano. Como las
paredes del huevo eran de cristal observaba todo lo que pasaba en el
exterior. Bajo la superficie del mar había una calma verdosa, pero
arriba el mar estaba muy agitado, finalmente estalló una tormenta y se
levantaron olas gigantescas.
El
Negro lo siguió un par de semanas, después se aburrió y tomó otro
rumbo. El protagonista tenía ganas de aullar pero se puso a cantar ya
que el desencadenamiento de los elementos marítimos lo predisponía al
canto. Un barco francés lo atropello, rompió el cristal del huevo y lo
rescató, habían pasado unos años desde que el Negro lo tirara al
océano. Cuando desembarcó en Valparaíso se escondió, estaba convencido
de que el Negro lo había seguido, había disfrutado mucho de él y no iba
a renunciar a ese placer.
El protagonista atravesó el mundo
huyendo, finalmente le pareció que el lugar más seguro era Islandia,
pero ya en el puerto apareció el Negro, lo atrapó y lo condujo al yate.
Después de largos meses de prisión sofocante pudo respirar nuevamente
el fresco del aire marítimo en el puente de popa.
Vio una enorme bola de acero cuya forma recordaba a la
de un obús, abrieron una portezuela lateral del artefacto y lo
arrojaron a su interior donde había un pequeño saloncito. Se
encontraban en el Pacífico, en el punto del abismo oceánico más
profundo del mundo. El Negro tenía curiosidad por saber qué existiría
en el fondo del mar al que vería con su imaginación adivinando lo que
estaría mirando el protagonista moribundo.
El peso de la bola de
acero había sido mal calculado y cuando la tiraron al agua no se
hundió, entonces el Negro ordenó que le engancharan un ancla pesada, el
protagonista fue arrojado al mar y comenzó a descender. Al final de un
viaje de dos horas sintió una ligera sacudida, había tocado fondo. Pasó
el tiempo y no pudiendo resistir más, comenzó a dar golpes en todas las
direcciones.
Aquella locura estéril provocó seguramente algún
movimiento en el exterior, y la cadena arruinada por la herrumbre se
rompió, el hecho es que la bola empezó a ascender aumentando a cada
minuto su velocidad saliendo disparada como un proyectil a un kilómetro
de altura sobre la superficie del mar. El obús fue abierto por la
tripulación de un barco mercante, el Negro había desaparecido.
Hicieron
escala en el puerto de Pernambuco desde donde el protagonista partió
para Polonia. En ese mismo período un gigantesco bólido había caído
sobre el mar Caspio y las aguas se evaporaron en un instante. Las nubes
que se formaron cubrieron la tierra amenazando con producir un segundo
diluvio universal. Finalmente alguien tuvo la idea de perforar una nube
que se encontraba encima del lecho del mar Caspio en la parte más
ventruda y la nube empezó a desaguar.
Cuando se vació por
completo otras nubes ocuparon su lugar y, mecánicamente, en forma
automática entregaron el agua y reconstituyeron el mar. En su casa de
campo de Polonia, descansaba y se entretenía para pasar el tiempo. El
Negro había desaparecido, el otoño se acercaba. Por mera diversión
empezó a construir un globo aerostático tipo Montgolfier.
Una
mañana, después que lo tuvo terminado, encendió la llama de la lámpara
y empezó a ascender. Voló sobre el bosque y sobre el río, desde abajo
la población lanzaba gritos jubilosos, cuando llegó a una altura de
cincuenta metros apagó la mecha y empezó a descender. Aterrizó en un
patio en el que lo recibieron con risas y bravos. Interrumpieron la
merienda y lo invitaron a tomar café, queso y pastelillos.
El
protagonista les propuso que uno de ellos podía subir a la cesta y
volvió a encender la llama. La pasajera que subió le proporcionaba una
alegría íntima mucho mayor que el globo mismo. Por primera vez en la
vida sentía que estaba perdiendo el juicio mientras ella lo escuchaba
con atención.
A pesar de que es bien sabido que las mujeres aman
lo novelesco, no se atrevió a contarle nada de sus aventuras con el
Negro... Llegó el día del cambio de anillos... Luego empezó a acercarse
también el día de la boda. Pero una semana antes de la fecha del
casamiento, cuando el protagonista se sentía penetrado por el secreto y
el escalofrío jubiloso del tiempo prenupcial, se le ocurrió hacer un
paseo en globo durante un día de tormenta.
La
tormenta fue tan grande que lo arrastró con fuerza diabólica, y después
de varias horas, al levantarse el telón del alba, vio que debajo de él
se agitaban las olas del Mar Amarillo. Se despidió por dentro de los
abedules y de los ojos de su amada y se abrió dócilmente a las pagodas
contrahechas, a los bonzos y a las divinidades extrañas. Cuando
descendió de la cesta se le acercó gritando un chino leproso.
Tocó
con sus manos la piel pustulosa y lo condujo hacia unas cabañas
miserables que se veían a lo lejos. Todos los habitantes de la aldea
eran leprosos, pero a pesar de su condición aquellas personas no tenían
nada que ver ni con la modestia ni con la humildad. El protagonista se
alejó al instante de aquel pueblo pero la chusma lo seguía a cierta
distancia.
Los
amenazó con los puños en alto y desaparecieron, pero un momento después
lo volvieron a seguir. La isla donde había caído ocupaba poco más de
unos quince kilómetros cuadrados, estaba desierta y buena parte de ella
era boscosa. El protagonista caminaba acelerando el paso pues sentía
detrás de él la presencia de aquellos monstruos anhelantes. No sabiendo
bien que hacer se internó en la espesura de la selva pero ellos le
pisaban los talones.
No podía comprender qué es lo que quería esa
chusma roñosa, tenía la misma sensación que se apodera de las mujeres
cuando los vagabundos maleducados las importunan en la calle, primero
persiguiéndolas y después permitiéndose bromas de mal gusto y palabras
soeces, hasta que las pobres se veían obligadas a huir con la cabeza
baja.
Si
bien ignoraba la causa de la excitación de esos leprosos, eran
evidentes sus demostraciones de obscenidad, de impudicia y de lascivia,
tanto en los monstruos machos con su dura brutalidad, como en las
monstruosas hembras con su diversión maliciosa que no podía significar
otra cosa que inocencia o inmadurez. El protagonista hubiese aceptado
la lepra, pero la lepra y el erotismo a la vez, no los podía aceptar.
Estaba
enloquecido y empezó a huir, se escondió en la fronda de un árbol con
un garrote en la mano dispuesto a romperle la cabeza al primero que se
acercara. Durante dos meses llevó en la isla una vida de mono
escondiéndose en la cima de los árboles. Finalmente, por azar,
descubrió unas cuantas botellas de petróleo provenientes, posiblemente,
de algún naufragio.
Logró inflar nuevamente el globo y
levantar vuelo. Se preguntaba qué podía hacer cuando volviera a ver los
abedules y los ojos de la mujer amada. No, no le era posible volver,
tenía que abandonar todo aquello que ya lo había abandonado a él.
“Por
otra parte nuevas aventuras reclamaron muy pronto mi atención. Recuerdo
que en 1918 fui yo, yo solo, quien rompió el frente alemán. Como es de
todos sabido, las trincheras llegaban hasta el mar. Se trataba de un
verdadero sistema de canales profundos que tenían una longitud de hasta
quinientos kilómetros. Sólo a mí se me ocurrió la sencilla idea de
inundar los canales. Una noche trabajé a escondidas, cavé un foso que
comunicó los canales con el mar. Al penetrar ininterrumpidamente, el
agua inundó las trincheras y corrió por toda la línea del frente. Con
gran estupor los aliados vieron a los alemanes, empapados hasta los
huesos, saltar fuera de las fosas enloquecidos de pánico, cuando
despuntaban las primeras luces de un amanecer brumoso”
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