Lo
que nos diferencia de la mayoría de los animales es la presencia de un
lóbulo frontal que procesa ideas más o menos complejas. Este pedazo de
cerebro es el que nos permite hacer todas las abstracciones por las que
se caracteriza la cultura, sin embargo, el precio del conocimiento es
la muerte… como dice la Biblia.
Bien puede argumentarse que todo aquello que nace muere, pero, como hemos revisado en otras partes de este blog, sólo el hombre puede darse el título de mortal. El resto de los vivientes no muere, termina, acaba o deja de ser. La muerte no sólo aparece al final de la vida de los mortales, sino que determina toda la vida, limita los proyectos, causa angustias y es hasta un negocio lucrativo para aseguradoras y sepultureros…
Compartimos con el resto de las bestias el instinto de supervivencia y este instinto se ve obligado a convivir con nuestra sabiduría de la mortalidad. No solo moriremos cuando hayamos de morir, sino que estamos muriendo cada vez que pensamos en la muerte que es nuestra última posibilidad. Esta lucha interna que lleva cada ser humano consciente es la que nos lleva figurarnos el concepto de la eternidad.
¿Qué es la eternidad? La eternidad es el tiempo que no se acaba nunca, que no tiene comienzo, aunque es posible que el tiempo tenga un comienzo y un fin, eso se escapa de las posibilidades de nuestra experiencia: nuestra experiencia es llegar a un mundo ya dispuesto por nuestros ancestros y retirarnos de él con la clara consciencia de que para otros seguirá girando… eternamente. Dos minutos después de nuestra muerte ya bastan para ser la medida de la eternidad, porque son la parte del tiempo que no alcanzaremos.
Es en la angustia de la finitud que nace el relato de la infinitud. No sabemos si algo pueda durar eternamente, sólo sabemos que nosotros no. En el crisol de creencias de China, es una creencia transversal la necesidad de rendir culto a los antepasados y todo el mundo desea descendientes para que le rindan culto en cuanto se vuelva un antepasado… pero China está demasiado lejos del escenario de esta serie.
En occidente, la creencia de que era posible narrar la eternidad, de que era posible distinguir en las cosas aquello que puede ser llamado eterno e inmutable, aquella esencia de las cosas configuró una manera de pensar que tuvo ciertos éxitos tales como la existencia de nuestros computadores… es difícil entender esto, pero si no era por la distinción de la esencia en la “Metafísica” de Aristóteles, jamás hubiera nacido la ciencia moderna ni mucho menos la tecnología, pero aquellas esencias inmutables sólo demuestran ser más duraderas que una generación ¿pero son eternas? No nos basta la sobrevivencia más allá de nosotros mismos, necesitamos la eternidad, la trascendencia, el escape del tiempo y el espacio que nos condenan irremediablemente a la muerte ¡qué importa que el mecanismo funcione! ¿Funcionará para siempre? Siempre es la medida de la ambición humana cuando hablamos de tiempo: la inmutabilidad, porque algo que cambia para convertirse en otra cosa deja de ser lo que era y de alguna forma debemos entender que jamás dejaremos de ser nosotros mismos.
Si cada hombre pudiera –como algunos han podido –lanzarse por sí mismo en este camino de búsqueda y encontrar una respuesta para sí mismo, pero ello no es posible para todos los mortales, y entonces las sociedades deben proveer de respuestas uniformes, estatales si se quiere, al problema de la trascendencia, lo cual ha sido posible a través de monarcas dioses o de derecho divino, pero cuando la propia experiencia del pensar echa por tierra siquiera la suposición de una divinidad social ¿cómo entonces damos respuesta –social –a la necesidad de la eternidad?
Continuará…
RECUERDEN A NUESTRO AUSPICADOR LA NOVELA PERVERSA SEÑAL





































