
EN LOS TIEMPOS
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
En los tiempos de Pipita Carecoño mi tío Abigaíl llegaba a la casa con los hermanos Rubio en un automóvil distinto cada vez. (Luego se sabría con el correr de los años que aquellos automóviles eran robados). Ellos se instalaban de inmediato bajo la amplia copa del vetusto árbol de mango y allí comenzaban a asar unos cuantos kilos de carne de res. Sacaban del maletero del automóvil varias botellas de ron y me daban dinero para que yo fuera a comprar hielo, limones y cocacolas. Después se dedicaban a tomarse sus cubas libres, mientras en un aporreado tocadiscos pugnaban por hacerse escuchar Lucho Gatica, Toña La Negra, Pedro Infante o La Sonora Matancera. Con el ocultamiento del sol se subían al automóvil, achispados, pasaban a buscar a los hermanos Forte y toda la noche se dedicaban a recorrer las calles en busca de mujeres que caminaran solas. Alguno de ellos se bajaba intempestivamente del vehículo y le daba una sonora nalgada a la desprevenida fémina. A toda velocidad huían dejando a la mujer humillada, llorosa y sorprendida. Ellos se desternillaban de risa e iban a por la próxima dama.
En los tiempos de Pipita Carecoño se escuchaban frecuentes ráfagas de metralleta cerca de la medianoche o muy de madrugada. La gente se lanzaba debajo de las camas y rezaba en silencio hasta que los gallos comenzaban su alboroto. También se escuchaban pasos de personas puestas en fuga y los ladridos nerviosos de los perros realengos. Así mismo se oían cuchicheos en las esquinas, maldiciones en baja voz y ruidos de cuerpos que se arrastraban. Nadie se atrevía a mirar por las rendijas de las ventanas. El miedo gravitaba con su pestilencia de sayón.

En los tiempos de Pipita Carecoño mis tíos reunían todos los mangos podridos, unos días antes de llegar las fiestas de carnaval. Los metían dentro de unas bolsas de plástico y los ponían a coger sol. Desde el primer día de carnaval por la mañana se apostaban frente a la puerta de la casa y a cualquiera que pasara frente a ellos le arrojaban los mangos putrefactos. No se salvaban del castigo carnavalesco ni los ancianos, ni los niños, ni los enfermos, ni los curas y monjas. El Diablo protegía a mis tíos y la carnavalada proseguía con los frutos podridos cruzando el espacio y estallando sobre las cabezas y espaldas de las víctimas propiciatorias del desparpajo de mis parientes.
En los tiempos de Pipita Carecoño, Chelo, el desertor del ejército, salía de su casa sólo a las once de la noche. Con extremo sigilo se movía pegado a las paredes de las casas de la cuadra y alcanzaba la esquina donde estaba el bar más próximo. Se sentaba en la mesa ubicada en un oscuro rincón y allí se tragaba lentamente el contenido de una botella grande de cerveza. Escuchaba como ido las melodías resabidas que sonaban en la vieja rockola y de vez en cuando hipaba y suspiraba. Cuando el dueño del bar anunciaba que la medianoche había llegado y que debía cerrar el establecimiento, Chelo se tragaba velozmente el resto de la cerveza y salía disparado hasta la mitad de la cuadra. Se aferraba de los barrotes de la ventana de la casa de mi abuelo y empezaba a suplicarle protección al Señor. Yo me sentaba en uno de los poyos de la ventana y percibía sus gemidos de cobarde. De pronto, Chelo sacaba de su interior algo parecido a un fugaz coraje y emprendía una alocada carrera hacia su hogar. Jamás supe si le tenía más miedo al alma en pena del demente Utrera que se ahorcó del árbol situado en un lado de la calle o a caer en manos de la policía que reclutaba a los noctívagos.
En los tiempos de Pipita Carecoño mi tío Abigaíl quiso irse a Méjico. Consiguió el pasaporte y un amigo que residía allá, en la capital azteca, quedó en enviarle el dinero para los boletos aéreos. Al fin mi tío no tuvo el valor de dejar su terruño y se conformó con imitar el acento de los mejicanos y ponerse un sombrero de charro y colgarse a la cintura un par de revólveres de juguete cuando se paraba desnudo frente a la ventana abierta que daba hacia la calle para que los niños lo vieran y se divirtieran a su costa.
Si yo descubría que mi tío Abigaíl no estaba en casa, me apresuraba a registrar su baúl secreto y extraía la serie de fotografías de mujeres en pelotas que le enviaba cada semana el compinche que trabajaba en un burdel de Ciudad de Méjico. Yo me divertía una barbaridad admirando aquellos culos opulentos y las matas de pelos que, exuberantes, brotaban de entre los muslos de unas mujeres sonrientes y con aires de altaneras de películas de matones.

En los tiempos de Pipita Carecoño mi padre me llevaba, en su enorme Buick, a las presentaciones que hacía Dámaso Pérez Prado y su Orquesta “Casino de la Playa” algunos fines de semana en el Terminal del Lago de nuestra capital provincial. Ciertas amigas de mi padre lo esperaban en una mesa reservada con anticipación y en cuanto me veían llegar junto con él corrían a cargarme y besuquearme para congraciarse con el “galán”. Yo me limpiaba con brusquedad las mejillas y les exigía a las mujeres que me pusiesen en el piso. Ellas se reían y hacían elogios de mi prematura hombría. Inesperadamente se apagaban las luces y comenzaba la fiesta. Pérez Prado lanzaba su famoso grito y todo el mundo salía a bailar a la pista. Mi padre se lucía haciendo variadas figuras y sus zapatos de dos tonos resplandecían en la pista y me permitían ubicarlo en medio de aquella barahúnda de bailarines.
Alrededor de las dos de la madrugada nos subíamos de nuevo al Buick. Mi padre continuaba tarareando las canciones de Pérez Prado con su aliento de beodo. El mujerío que andaba detrás de mi padre también se subía al automóvil y le pedía que las llevase de regreso a nuestra ciudad. Mi padre encendía el motor y al poco rato el vehículo era un bólido que tomaba las curvas de la carretera a cien kilómetros por hora. Las mujeres se desgañitaban y pedían más velocidad. En las curvas chirriaban los neumáticos y yo imitaba el sonido que producían, sin el menor asomo de miedo. Ni me enteraba dónde se bajaban las mujeres, ni recordaba sus rostros. Sólo evocaba, ya sobre mi cama, el característico grito de Pérez Prado y el porfiado brillo de los zapatos blanquinegros de mi padre en la semioscuridad de la pista de baile.
En los tiempos de Pipita Carecoño estaba prohibido usar prendas de vestir de color rojo, incluso los calcetines. En los noticieros de la televisión aparecían con frecuencia cuerpos de policías o soldados acribillados a balazos o destrozados por bombas caseras. El locutor acusaba a un grupo de bandoleros como autor de aquellos atentados criminales. Yo llegué a ver en los noticiarios nocturnos a hombres barbudos capturados por el ejército o muertos en combate. Eran, sin duda, los bandoleros de marras. Para defenderse contra ellos, en mi pequeña ciudad se instalaron barricadas con sacos llenos de arena frente a la comandancia de la policía. Cada mañana, cuando iba a la escuela, pasaba por delante de los montones de sacos de arena y divisaba a los asustados policías apuntando con sus viejos fusiles a un enemigo que no se veía por ninguna parte. A veces trataba de acercarme un poco más y el jefe de los gendarmes me amenazaba con su machete en ristre y su bigote a lo Jorge Negrete. En el salón de clases la maestra nos conducía con diligencia hasta un país encantado al cual se llegaba en un ferrocarril que expulsaba mucho humo y pitaba para apartar a las vacas echadas sobre los rieles.
En los tiempos de Pipita Carecoño nuestra pandilla de pequeños truhanes acudía en tropel a la plaza principal cuando se escenificaban los misterios de la Semana Santa. Llegábamos comiendo rodajas de limón y nos parábamos frente a los músicos. Ellos comenzaban a salivar con abundancia y ya no podían continuar tocando sus instrumentos de viento. La policía intervenía y nosotros huíamos. Luego reaparecíamos con velas encendidas y nos dedicábamos a quemarles los velos a las viejecitas devotas. Volvíamos a desaparecer hasta que veíamos que al santo lo bajaban a mear. En ese momento se apagaban los bombillos de la peana y aprovechábamos para meterle mano a las muchachas más castas, pero que eran al mismo tiempo las que tenían las carnes más apretadas y las que soltaban los más exquisitos bufidos.
En los tiempos de Pipita Carecoño había un vecino de mi abuela paterna apellidado Quintana y quien se volvía loco con cada paso de luna. La casa de Quintana estaba separada de la de mi abuela por una pared no muy alta. Yo trepaba sigilosamente a la pared para espiar al otro lado. A veces descubría a Quintana tramando en su telar la urdimbre de las capelladas de las alpargatas. Se sentaba desnudo y por su blanco corpachón resbalaban incesantes gotas de sudor. Quintana medía más de un metro ochenta y mi abuela me dijo que él descendía de alemanes inmigrantes. Nunca me descubrió en mi labor de espionaje, mas su diminuta esposa sí y me hacía señales con las manos para que descendiera cuanto antes y evitar que Quintana me detectara.
Una noche de luna llena Quintana se quitó la ropa (siempre vestía pantalón y camisa manga larga de kaki), cruzó el jardín de prisa, abrió la puerta de calle y se paró en la acera. Un policía vino a reclamarle su inmoralidad y Quintana le apretó el cuello y lo levantó del suelo. El pobre hombre pataleaba sin poder emitir sonido. La esposa del orate vino en su auxilio y Quintana dejó caer al policía. Éste emprendió atropellada fuga y Quintana avanzó hasta la esquina, la dobló y penetró a la casa de mi abuela. Nosotros veíamos la televisión y cuando Quintana emergió en la sala nos pegó un susto de muerte. Mi abuela mantuvo el aplomo y le preguntó qué quería. Ya iba a responder, cuando su esposa se acercó por detrás, le tomó de una mano y le condujo dócilmente de regreso a su casa. Atrancamos el portón y, al rato, escuchamos los acordes del órgano que tocaba Quintana y la voz de falsete de su enana consorte que lo acompañaba cantando el Kirie Eleisón.
En los tiempos de Pipita Carecoño trajeron al patio de la casa el automóvil brutalmente abollado donde se mató uno de los hermanos Rubio cuando el vehículo cayó por un precipicio. Luego aquél automóvil inservible vino a convertirse en mi refugio, en mi morada donde recibía a mis vecinas amigas y tomábamos el té ficticio de las tres, mientras leíamos las “Aventuras de Tarzán, el hombre mono” o nos reíamos con las tonterías de Benitín y Eneas o jugábamos a papá y mamá con partera incluida o toqueteábamos nuestros cuerpos para descubrir las diferencias entre ellos y disfrutar de las caricias que nos prodigábamos con curiosidad sin límite o simplemente a intercambiar chismes de vecindario o cuentos picantes escuchados tras las puertas cuando las tías creían que estábamos durmiendo.







































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Saludos.