
WITOLD GOMBROWICZ Y MAR DEL PLATA
“Por
su inmensidad es un fenómeno excepcional a nivel mundial. Las diversas
Ostendes parecen simples aldeas en comparación con este balneario que,
durante el sueño del invierno, cuenta con más de medio millón de
habitantes, o sea que es una ciudad grande, y en verano se hincha con
un millón de turistas, sobre todo de Buenos Aires. Desde las colinas la
vista de las playas es imponente (...)”
“Allá abajo hay más de
diez playas invadidas por multitudes, erizadas de cabinas y banderas;
en un espacio de muchos kilómetros se extienden playas y más playas con
pastelerías, bares, centros de baño y deportes, clubes, estaciones de
servicio para los coches, parasoles, mesitas, sillas, todo para la
playa; de hecho, es una segunda ciudad, frívola y bañada por la espuma,
que ha surgido a los pies de la primera (...)”
“Y
detrás de las playas, sobre la alta orilla, sobre las rocas y colinas,
se yerguen orgullosos hoteles que nada tienen que envidiar a los
mejores de Buenos Aires, y se abren unas avenidas llenas de pensiones.
Coches, motos, motocicletas, helicópteros, vehículos deportivos de las
más diversas formas y tamaños, por ejemplo, un ómnibus anfibio que con
toda la tranquilidad del mundo se mete en el agua y navega, o pequeños
trenes para niños (...)”
“Todo eso se mueve, toca la bocina, se precipita y, sobre todo, se agolpa. Mar del Plata no es ningún remanso”
Mar
del Plata se me presenta, en relación con Gombrowicz, como una
representante de la tortura, de la ruptura, de la mundología y del
diabolismo.
La tortura. El transcurso de las horas en el empleo
del Banco Polaco alcanzó en Gombrowicz una dimensión metafísica. Todas
las horas eran terribles para este bancario ilustre, las más
singulares, la de entrada y la de salida. Como no soportaba al banco ni
a nada de lo que ocurriera dentro de él, el tiempo no le pasaba nunca.
Para mitigar la angustia se imaginaba un viaje a Mar del Plata, a
determinada hora calculaba que estaba promediando el viaje, más o menos
había llegado a Maipú, ya más cerca del destino final y, en su caso, de
la salida del banco.
“Ante
mí –nada, ninguna esperanza. Para mí todo ha terminado, nada quiere
comenzar. ¿Mi balance? Después de tantos años, llenos a pesar de todo
de esfuerzo intenso y de trabajo, ¿qué soy? (...)”
“Un
empleadillo, asesinado por siete horas pasadas diariamente ocupándome
de papelejos, estrangulado en todas sus empresas de escritor. Nada, no
puedo escribir nada aparte de este Diario”
La parálisis que se
apoderaba de Gombrowicz en la oficina era muy grande. El trabajo y la
polonidad fueron verdaderas torturas para Gombrowicz, la primera le
duró algún tiempo, la segunda toda la vida. A la alergia que le
producía el trabajo le oponía la forma de su linaje pues, según él, su
familia hacía cuatrocientos años que no trabajaba y estaba alejada del
origen de la plusvalía. Lo de los cuatrocientos años no era caprichoso,
los sacaba del pasto inglés, ésa era la antigüedad del césped de la
campiña inglesa y por eso era tan hermoso. El infierno del Banco Polaco
le produjo delirios que traspuso literariamente recurriendo a un
ectoplasma.
La
ruptura. Cuando viajamos a Piriápólis estuvimos en ese balneario
uruguayo a caballo de los años 61’ y 62’. Al año siguiente me propuso
otra vez unas vacaciones en Piriápolis. No acepté, y para sacarme el
problema de encima, Gombrowicz no se daba por vencido así nomás,
inventé un compromiso anterior con Roberto Cebrelli (Beto), según le
dije íbamos a pasar las vacaciones en Mar del Plata.
Si le hubiera advertido a Beto de esta mentira
no hubiera pasado nada, pero me olvidé de advertirle. La cosa es que
una noche en La Fragata le preguntó a mi amigo cómo nos había ido en
Mar del Plata, como yo no estaba presente Beto le dijo que nosotros no
habíamos estado en Mar del Plata, le dijo más todavía, le dijo que no
habíamos veraneado juntos.
Al día siguiente, y a solas, se
armó un lío tremendo, yo me retiré completamente ofendido y Gombrowicz
también. Y aquí hubiera terminado todo, ninguno de los dos iba a dar el
brazo a torcer, y adiós para siempre a Gombrowicz... pero, el destino
no estaba todavía preparado para que nuestra relación terminara ahí, y
postergó dos años más una ruptura que, de un modo o de otro, parece que
tenía que ocurrir. Matías Straub, el Galimatías, hizo de mediador y
recompuso la relación un par de semanas antes de su partida a Europa.
La
mundología. La comparación de la igualdad socialista de Polonia con la
igualdad capitalista de la Argentina se puso en cuestión durante unas
vacaciones que Gombrowicz pasa en Mar del Plata.
Mar
del Plata era una de las cinco cosas de la Argentina que lo habían
impresionado vivamente por sus dimensiones descomunales. Se alojó en
uno de los hoteles más lujosos de la ciudad gracias a la liberalidad
del propietario que era amigo suyo. El lugar estaba repleto de
representantes de la oligarquía argentina excitadísimos, había llegado
de París una condesa Rochefoucauld.
“Por la noche, en la enorme
sala del comedor, entre montañas de carnes y pescados puestos sobre
unas mesas móviles, no se hablaba más que de quiénes habían sido
invitados y quiénes no a un lunch aristocrático que tendría lugar al
día siguiente y que se servía en honor a la condesa. Estuve cenando con
aquella conocida mía argentina que acababa de llegar de su breve visita
a Polonia y que tanto había elogiado a la democracia argentina al
compararla con las tosquedades y los anacronismos de la estructura
social de Polonia”
Pero
la orgía de snobismo en el hotel ponía en tela de juicio la igualdad de
la democracia argentina: –¡Esto no es nada! ¡En París sí que se puede
ver el snobismo argentino en estado de ebullición! ¡Es de opereta!; –Ya
lo ve. Esto es la Argentina. Dinero. Dinero, o sea lujo. Lujo, o sea
vanidad.
Gombrowicz no había estado en Polonia después de la guerra,
pero tenía noticias de que por allá la gente no vivía con tanta
superficialidad, sin embargo, la señora insistía. Para ella la
Argentina era más natural a pesar de sus ridiculeces, su infantilismo
no era peligroso ni siquiera antipático: –En resumen, que los polacos
no le han gustado demasiado: –¡No, qué dice! Se ve, sobre todo en las
ciudades, muchísima gente de aspecto muy agradable: caras afables,
inteligentes, sensibles.
Esta señora sólo quería referirse a la influencia
paralizadora de la pobreza sobre un espléndido material humano. Una
sociedad opulenta siempre será más democrática que la que alimenta y
viste a sus ciudadanos con una pobreza crónica envuelta en los lugares
comunes de la igualdad. Pero las playas de Mar del Plata terminan por
concentrar toda la atención de Gombrowicz.
Según lo veía
Gombrowicz, las playas de Mar del Plata estaban repletas de una
feminidad espléndida, ágil, sensual, deliciosa, de ojos profundos,
delicada como una flor. Le resultaba extraño que los polacos recién
llegados a la Argentina necesitaran de un tiempo bastante largo para
llegar a entender algo de esas maravillas que tanto saltaban a la vista.
A
pesar de este homenaje que le hace Gombrowicz a la belleza argentina,
no hay que olvidar que veía al mundo con el ojo de Hegel, y no se sabe
bien si era el ojo, si eran las cosas, o eran ambos, los que resultaban
contradictorios. Gombrowicz convoca a las jóvenes para que se pongan en
guardia contra sus madres y traten de excluirlas de ciertos de negocios.
“Mujeres
ajamonadas con grupas a punto de estallar, pantorrillas y muslos que
rebosan por todas partes, ¡socorro!, clavadas en medio de la playa como
una cuña imbécil, bobina y cretina, ¡socorro!, cederán las costuras,
estallarán, ¡explotarán con todas esas carnes!... ¿Dónde está el
carnicero que pueda con ellas? Mujeres mayores, obesas. Mujeres
mayores, flacas (...)”
“Paseante, mira esas montañas de grasa...
o esos huesos... mira, por favor, ¿lo ves? En el vaquismo vacuno de
esta asquerosidad descarada y desvergonzada sólo se ha conservado una
cosa de los viejos tiempos, a modo de recuerdo. Un piececito... ni
gordo, ni flaco, y... mira... ¿no se parece al piececito de tu novia?
¿Has entendido? ¿Ya sabes qué potencial de cinismo carnal y qué
indiferencia hacia la fealdad se ocultan en tu preciosidad? Señoritas
encantadoras, graciosas esposas, aconsejad a vuestras mamás que se
queden en casa, ¡que no os desenmascaren demasiado!”
El
diabolismo. La relación que Gombrowicz tenía con los sentimientos lo
predispuso desde joven a realizar experimentos, también con la
naturaleza. Los santos y los profetas tienen lugares preferidos para
hacer estos milagros, uno de los lugares preferidos de Gombrowicz para
hacerlos era Mar del Plata.
Hace más de medio siglo, en la
Nochebuena del 56, Gombrowicz pasaba unas vacaciones en el Jocaral, una
quinta del barrio Los Troncos en Mar del Plata. Las lluvias, la
agitación y el ruido de las hojas de los árboles lo obligaban a
encerrarse en casa y también en sí mismo, y de esos experimentos
nocturnos que hacía resultaba el miedo, tenía miedo que se le
apareciera algo.
“Algo anormal..., ya que mi monstruosidad va
creciendo, mis relaciones con la naturaleza son malas, flojas, y este
aflojamiento me hace vulnerable a todo. No me refiero al diablo, sino a
cualquier cosa... No sé si me explico. Si la mesa dejara de ser una
mesa transformándose en... No necesariamente en algo diabólico. El
diablo es sólo una de las posibilidades, fuera de la naturaleza está el
infinito (...)”
“La
casa crujía, los postigos golpeaban. Quise encender la luz: imposible,
los cables estaban cortados. Un aguacero. Me quedé sentado a oscuras en
medio de los resplandores (...) Me levanté, di unos pasos por la
habitación y de pronto extendí la mano, no sé por qué, quizás porque
tenía miedo. Entonces cesó el temporal. La lluvia, el viento, los
truenos, el fulgor: todo acabó (...)”
“Silencio. Entiéndase bien: la
tempestad no se extinguió de un modo natural, sino que fue
interrumpida. Yo, por supuesto, no estaba tan loco como para creer que
fuera mi gesto lo que había detenido la tempestad. Pero –por
curiosidad– volví a extender la mano en aquella habitación envuelta
ahora en las tinieblas. ¿Y qué?: viento, lluvia, truenos, ¡todo empezó
de nuevo! (...)”
“No
me atreví a extender la mano por tercera vez, y mi mano ha quedado
hasta hoy ‘sin extender’, manchada por esta vergüenza (...) Al fin y al
cabo, lo que sé de mi naturaleza y de la naturaleza del mundo es
incompleto, es como si no supiera nada”






































