
WITOLD GOMBROWICZ E INGEBORG BACHMANN
“Aterricé
en el aeropuerto Tegel de Berlín hace un año, el 16 de mayo de 1963. El
profesor Bomhard, representante de la Fundación Ford, me instaló junto
con mis maletas en un bello coche negro y me llevó a través de la
ciudad. Yo, una maleta más. La maleta fue descargada frente a un
edificio, en un parque. Ascensor, pasillo, una habitación grande con
una ventana enorme (...)”
“Desde esta habitación una escalera que
lleva a otra pieza, un balcón, una cama, un armario, deshacer las
maletas, una mesa. Salí al balcón: cubos rectangulares de edificios de
quince pisos en medio del verdor, una ciudad jardín. Después del
cuchitril de mi hotel parisino, ahora me deleitaba con esos espacios.
Ingeborg Bachmanna, poetisa austríaca, también invitada por Ford y
alojada en la misma Akademie der Künste (...)”
“Fue
la primera persona con la que trabé amistad. Paseábamos, ambos un poco
asombrados o incluso aturdidos por esa isla en medio del océano
comunista, o quizás por algo más; veíamos pocas cosas, casi nada, me
acuerdo que me sorprendió la poca gente que había en Berlín, cuando a
lo lejos se aparecía alguien gritábamos: ‘Mira, mira, hombre a la
vista’ (...)”
“Después del barullo parisino, dulce paz, dulce
silencio. Veraneo. Paseaba al sol de mayo por el Tiergarten entornando
los ojos. Ningún trabajo urgente aparte de algunas visitas; más tarde
el profesor Höllerer nos llevó a la señorita Bachmann y a mí al lago
Wanse, donde nos filmaron. Entrevistas. Vacaciones. Y la inmovilización
de lo que quedaba detrás de mí, Argentina, el viaje, París, todo se
había adormilado (...)”
Ingeborg Bachmann, poeta y autora
austríaca fue una de las más destacadas escritoras en lengua alemana
del siglo XX. Se doctoró en filosofía con una tesis sobre “La recepción
crítica de la filosofía existencial de Martin Heidegger”. Sus poemas
intentaban renovar la lengua: no se construye “un mundo nuevo sin un
lenguaje nuevo”. Otro tema puramente bachmaniano: el amor y su
violencia inherente a las relaciones; la incomunicación en la pareja;
lo trágico de la existencia femenina.
Se
propuso liberar a los hombres de las palabras manchadas por los nazis y
ayudarles a escribir un nuevo mundo. Había que limpiar la lengua de
aquellas palabras de las que se sirven los hombres para hablar de las
mujeres en su nombre usurpando su sitio y matando sus pasiones.
Fue
el principio de un intento literario original y revolucionario de
escribir sobre el amor, con la representación del amor que las mujeres
hacen con sus palabras, y no con aquellas otras fabricadas durante
siglos por autores masculinos. El trabajo de Bachmann se centra
principalmente en temas como los límites personales, el establecimiento
de la verdad y también sobre la filosofía del lenguaje siguiendo en
este caso las ideas de Ludwig Wittgenstein.
Ingeborg
Bachmann se mudó a Roma, donde se dedicó a escribir poemas, ensayos,
libretos de ópera e historias cortas que pronto le significaron fama
internacional y numerosos premios. Considerada como una de las más
importantes poetisas de la posguerra, en los veinte últimos años de su
vida escogió a Italia como su patria adoptiva.
Falleció en
Roma, como consecuencia de las graves quemaduras que sufrió durante el
incendio de su casa cuando dormía con un cigarrillo encendido. Desde
entonces uno de los grandes premios literarios en lengua alemana lleva
su nombre. El cambio brusco de la Argentina por Alemania que sufre
Gombrowicz es amortiguado en parte por Ingeborg Bachmann, también con
una beca de la Fundación Ford, de la que se hace muy amigo.
“Gombrowicz
fue una de las pocas personas discretas que he conocido en mi vida, y
no tengo gran cosa para decir sobre este punto (...)”
“Cuando dos
personas discretas se encuentran, el resultado es un gran silencio y de
vez en cuando algo de conversación. Su preocupación principal, además
de la proximidad de Polonia, eran algunos libros: del de Sartre sobre
Genet hablaba seguido. No soy capaz de reproducir sus a menudo
brillantes y arrogantes observaciones. Me acuerdo de él, pero no me
queda ninguna frase”
Ingeborg sentía a Gombrowicz como a un
hombre solitario, abandonado por Polonia, por la Argentina y por su
médico, con poca voluntad de hablar o discutir con los berlineses. Ella
vio detrás de su altivez, la bondad y la delicadeza que enmascaraba,
sin embargo, igual que a nosotros, también la torturaba: –Usted
complica todo... espero que no llore, sólo la quería torturar un poco,
está bien así, y basta.
“En ese
momento hubiera tenido que llorar, pero también reír. Tal vez era uno
de sus aspectos más reales, le gustaba torturar y, al mismo tiempo, no
podía torturar (...) Era un grandísimo escritor, muchos no se dieron
cuenta de esto pero, no se les puede reprochar nada, ya que Gombrowicz
era muy extraño, orgulloso, y con unas poses que a veces resultaban
terroríficas”
En las cartas que Gombrowicz nos escribe desde
Berlín destacaba la belleza y la inteligencia de Ingeborg Bachmann.
“Quilombo: Mi vida se vuelve cinematográfica, ayer en Wahnsee (lago)
sacaban una película de mí y la poetisa Ingeborg Bachmann (joven y
bella) y yo meditaba que me volví actor de mi vida, todo es como de una
película de Hitchkock, ojalá dure como decía la madre de Napoleón (...)”
“Difícil
decir en pocas palabras como es Berlín, se oyen cañonazos todos los
días porque siempre algún ejército hace maniobras (...) Me levanté a
las 9 (me levanto temprano) desayuné en el Querandí de la esquina, me
puse a escribir una nota política (pues ahora la grandeza me obliga a
tomar la palabra en asuntos de excepcional importancia) (...)”
“Al
mediodía almorcé casualmente con un pavo (cuantas veces cenaba yo en
Bueno Saires con un pavo) y me fui a visitar a Ingeborg Bachmann en el
hospital (la pobre se fue a Roma y tuvo un ataque al corazón)”
Poco
a poco, a pesar de que quería colocarse en la posición de un visitante
ahistórico de Berlín, el pasado lo empieza a morder ya que, al fin y al
cabo, el hoy es el resultado del ayer. Escuchaba cosas terribles: –Sabe
usted, aquí cerca hay un hospital en el que están encerrados para
siempre hombres mutilados, demasiado horrorosos para mostrarlos
siquiera a sus allegados. A los familiares se les dijo que habían
muerto. Todo lo que hacen por tener una vida más confortable los
arrastra a lo desconocido. Para ellos el bienestar pequeño burgués
significa a veces un sacrificio, y ese sacrificio puede convertirse en
una tensión encarnizada.
“Cuando
en un mediodía soleado y nevado un alemán se detiene en un escaparate
meditando con qué otro producto podrían regalarse, justamente entonces,
en algún lugar de sus montañas, surgen en ellos tensiones y avalanchas,
y es en la tensión, la pena, el estrépito y el crujido, en el estallido
de todos sus engranajes, que se produce un nuevo paso a lo desconocido”
Los
alemanes necesitan una renovación en gran escala, a la medida del
idealismo y de la música alemanes, pero están metidos hasta el cuello
en el trabajo y la producción, necesitan reconstruir a Alemania. El
cientificismo les invade incluso las disciplinas que hasta ahora habían
sido una reserva de la libertad humana. El Berlín Oeste donde vivía
Gombrowicz era un caos que se ordenaba al azar, pero en Berlín Este
imperaba la idea, inflexible, silenciosa y rigurosa.
Resulta
extraño que el espíritu reine con más facilidad en las tinieblas que en
algo más humano. Gombrowicz habla con un berlinés sobre este asunto:
–Vea usted, si uno mira por la ventana, tiene aspecto de siniestro.
Pero, sabe usted, en Berlín del Este la gente es mucho más simpática...
Son amables, amistosos... Desinteresados. No hay ni comparación con el
berlinés occidental, tan materialista...; –¿O sea que usted es
partidario de aquel sistema?; –No, todo lo contrario.
La gente es
mejor porque vive en la miseria y en la represión... Siempre es así.
Cuanto peor es el sistema, tanto mejor es el hombre... Gombrowicz
estaba conversando con una colega en un café de Berlín sobre los
berlineses: –Después de París nada tranquiliza tanto como ver a un
berlinés tomando café en la terraza de una cafetería un día de verano.
Él y su café, es algo así como el absoluto.
“En efecto. Pero... ¿son realmente
humanos? Sí, lo son, y mucho, pero al mismo tiempo son humanos de algún
modo ilimitado, ya casi no hombres, sino seres para los cuales la forma
hombre no es más que un puro azar, una fase de transición. Yo
desconfiaría de esa americanización de Berlín. La extinción, en la
actual generación, de la raza de los ‘grands seigneurs’, que se
arrojaban de cabeza al abismo de la existencia, no me tranquiliza en
absoluto (...)”
“Al contrario. El hecho de que Hegel duerma
tranquilo en un cementerio de Berlín no es ninguna garantía respecto a
lo absoluto de este café, de estos bizcochos o, por ejemplo, de la
confección para caballeros y señoras. Yo, si en Berlín fuera café o
bizcocho, no me sentiría demasiado seguro”
Gombrowicz no creía
que Nietzsche y Wagner fueran nazis, pero... Las ideas del superhombre
y de la bestia rubia, que le gustaban a Hitler, y la idea del eterno
retorno, que le gustaba a Borges, lo ponían hecho una furia. Con estos
antecedentes a Gombrowicz se le estaba presentando un problema bastante
peliagudo cuando se ponía a analizar una naturaleza de los alemanes que
le aparecía como contradictoria y a la vez concurrente, un asunto al
que debía encontrarle alguna solución literaria en los diarios que
estaba escribiendo. Así como el cigarrillo y los fósforos le habían
dado una mano en la lucha permanente que libraba con la pintura, fueron
precisamente las manos las que le ayudaron a encontrar un sistema que
le permitiera pasar del satanismo a la santidad alemanas, y viceversa,
pero esta es harina de otro costal.
Gombrowicz
se había convertido en una maestro utilizando las partes del cuerpo en
su obra creativa, tanto que algunos escritores de su época consideraban
que había creado algo así como una psicología del cuerpo complementaria
de la Freud. Desde “Ferdydurke” a “Cosmos”, la nariz, las orejas, la
boca, los dedos, las manos, las pantorrillas, los muslos y el culo se
convirtieron en verdaderos personajes de sus narraciones.
Diez
años antes de su estancia en Berlín Gombrowicz ya había utilizado la
mano para recorrer un laberinto metafísico. La contradicción entre la
mano tranquila y la mano irrefrenable del Querandí le viene bien a
Gombrowicz para reflexionar sobre los alemanes.
“Me llevaron a
una prisión y me mostraron una habitación corriente, luminosa, con unas
anillas de hierro en el techo que servían para colgar de ellas a
quienes luchaban contra Hitler, o quizás no para colgar, sino para
asfixiar”
Tenía una confusión sobre si colgaban o asfixiaban a los
prisioneros, como se tiene en los lugares donde la naturaleza se vuelve
fantástica. Por las calles de una ciudad profundamente moral tenía
también que ver perros y hombres monstruosos junto a una voluntad
admirable de ser normales. El año nuevo de 1964 lo pasó con un grupo de
jóvenes en la casa de un pintor. Y es aquí donde empieza a darle vuelta
a las manos, ve a esos jóvenes nórdicos encadenados a sus propias
manos, una manos por otra parte perfectamente civilizadas.
“Y
las cabezas acompañaban esas manos como una nube acompaña la tierra (no
fue una sensación nueva, ya en alguna otra ocasión, en la Argentina,
Roby Santucho se me había asociado, identificado con sus propias manos)”
Eran
unas manos nuevas e inocentes y, sin embargo, iguales a aquellas otras
sangrientas. Manos amistosas, fraternales y amorosas, como las de aquel
bosque de manos alzadas, tendidas hacia delante en su heil, en las que
también había amor. Pero en estos jóvenes alemanes de hoy no tenían ni
una sombra de nacionalismo, era la juventud más madura que había visto
jamás. Una generación que parecía no engendrada por nadie, sin pasado y
suspendida en el vacío, sólo que seguía encadenada a sus propias manos,
unas manos que ya no mataban, sino que se ocupaban de gráficos, de la
contabilidad y de la producción. Eran ricos.
“Para
llenar una laguna de mi alemán chapurreado cité el Hier ist der Hund
begraben (Aquí está el perro enterrado) de Goethe, y enseguida vino a
pegárseme un perro enterrado, no, no exactamente un perro, sino un
muchacho igual que ellos, de su edad, que podía estar enterrado en
algún lugar próximo, a orillas del canal, debajo de las casas, donde
una muerte joven debió ser muy frecuente en el último combate (...)”
“El
esqueleto de ese muchacho estaba seguramente en algún lugar cercano a
las orillas del canal... Y al mismo tiempo miré la pared y vi allá, en
lo alto, casi tocando el techo, un gancho clavado en la pared, clavado
en una pared lisa, solitario, trágico como aquellas anillas de hierro
de las que colgaban o asfixiaban a los que luchaban contra Hitler”
Ese año nuevo en Berlín le
resultó plácido, sin la presencia del tiempo ni de la historia. Sólo
aquel gancho en la pared, el esqueleto fraterno y esas manos se le
asociaban con las paradas militares amorosamente mortales. De esos
jóvenes se habían extraído unas manos puestas en la avanzada de un
bosque de manos que mostraban el camino hacia delante.
“Aquí y
ahora, en cambio, las manos estaban tranquilas, desocupadas, eran
privadas, y, sin embargo, los vi de nuevo encadenados a sus manos (...)
En realidad no sabía a qué atenerme: nunca había visto una juventud más
humanitaria y universal, democrática y auténticamente inocente..., más
tranquila. Pero... ¡con esas manos!”
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