
WITOLD GOMBROWICZ Y KAZIMIERZ WIERZYNSKI
“La
vía en este mundo es como el filo de una navaja, de este lado el
infierno, y del otro en infierno; entre los dos: la vía de la vida”
Estas
son las palabras preliminares de “Testamento”, un libro testimonial de
Gombrowicz cuya lectura debe haberle sido de un gran provecho a la
mayor parte de los gombrowiczidas.
“¿Quién de ellos se acercó más al
infierno? ¿Tuwin? Si algo le faltaba era justamente esto; sus poemas,
con su gusto por la luz, el resplandor, la savia, el color, el
instante, le impedían alcanzar el infierno. ¿Lechon? A primera vista,
por el físico podría parecer un auténtico condenado, y si los cielos de
su poesía hubieran estado a la altura de sus infiernos personales....,
pero qué le vamos a hacer, no lo estaban (...)”
“¿Wierzynski? Oh, ese sí
descendió a los infiernos, ¡le venían de camino! Iwaszkiewicz,
Slonimski, Balinski, son poetas valiosos, cómo no, pero nada abismales”
Estos
poetas pertenecían al grupo “Skamander”, uno de cuyos fundadores había
sido precisamente Kazimierz Wierzynski. Gombrowicz frecuentó desde muy
joven la casa de Stanislaw Balinski.
“Creo que Stanislaw jamás
habría podido imaginar que ese tímido y torpe Witold se transformaría
un buen día en el enemigo número uno del grupo “Skamander” y de muchas
más cosas que el propio Stanislaw apreciaba; ignoraba que estaba
criando cuervos. Pienso que, todavía hoy, le debe resultar difícil de
creer que el Gombrowicz de “Ferdydurke” y de los diarios sea el mismo
dócil Witold de antaño que recibía sus revelaciones poéticas con una
atención casi religiosa”
Kazimierz Wierzynski, poeta, narrador y
ensayista expresó en sus primeros poemas la alegría de vivir en
contraste con el espíritu de una Polonia que por tradición era grave.
Una alegría de vivir que se rebelaba contra las normas rigurosas del
viejo orden europeo. Pero con el paso del tiempo Wierzynski pierde esta
alegría y comienza a reflexionar sobre la naturaleza compleja de la
vida y del mundo.
Después
de la guerra sufrió una crisis emocional muy grande debido a la pérdida
casi total de su familia judía. Su estilo poético terminó por rechazar
el rigor clásico, y por afirmar el valor de un mundo estoico, el apego
por la lengua materna y las expresiones de la tragedia del exilio y la
crueldad del mundo. Esta cambio radical de Wierzynski le sirve de
excusa a Gombrowicz para responder a su pregunta de quién se había
acercado más al infierno: “Ese sí descendió a los infiernos, ¡le venían
de camino!”
El infierno era para los polacos la representación
por excelencia de la santa babosa que Gombrowicz maldice en
“Transatlántico”. A pesar de la acusación que le hace a los
skamandritas de que no se habían acercado al infierno, él mismo tenía
reparos para seguir este camino. ¿Hasta dónde y cómo se puede sufrir
entonces para que el dolor pueda ser, sin embargo, una fuente de
inspiración?
Gombrowicz
no se cansaba de exclamar que estaba harto de los gimoteos actuales,
que teníamos que renovar nuestros problemas, que ésa era la tarea
primordial de la literatura creativa. A uno de los padecimientos al que
le baja la persiana es al de la muerte; estamos adaptados a la muerte
desde que nacemos y aunque nos vaya devorando poco a poco nunca nos
encontramos con ella.
La enajenación marxista no es tan
terrible como la pintan los comunistas, los obreros, a lo largo del
año, tienen casi tantos días libres como días de trabajo. El vacío, el
absurdo, el infierno de la existencia y de la nada, tampoco son tan
dramáticos como se suele exagerar, basta permanecer tres días sin comer
nada para que esos dramas se vuelvan benignos.
“Hace
algunos siglos, la gente moría antes de los treinta años. Las
epidemias, la miseria, el diablo, las brujas, el infierno, el
purgatorio, las torturas... ¿Acaso los triunfos se nos han subido a la
cabeza? ¿Acaso hemos olvidado lo que éramos ayer? (...) No es que yo me
rebele contra una visión trágica de la existencia, no soy de los que
pintan el mundo de color de rosa. Pero no se puede estar siempre
repitiendo lo mismo (...)”
“El rasgo más trágico del infierno
y de las grandes tragedias es que suscitan pequeñas tragedias; en
nuestro caso, el aburrimiento, la monotonía, y una especia de
explotación superficial y reiterada de las profundidades”
El ataque más extendido que Gombrowicz realiza contra el infierno, se lo hace al infierno de Dante.
El
infierno de Dante, según la idea de Gombrowicz, está mal hecho, está
hecho por un Satanás que sólo busca el mal, también para lo que él
mismo hace, pero Dante no podía hacer otra cosa porque era un hombre de
la Edad Media. Después de volver a escribir el comienzo del Canto
Tercero del Infierno con sus propias ideas Gombrowicz queda muy
satisfecho, ha convertido al diablo y al hombre en las columnas
indestructibles del infierno.
Con
estas ideas nuevas sí que estamos en un infierno dantesco. Ha pegado un
salto de seiscientos años para modificar unos conceptos de la Edad
Media con otros conceptos modernos. En este punto a Gombrowicz le
parece que ha llegado la hora de exhibir su maestría en este tipo de
empresas y nos anuncia que hubiera podido echar mano a otras diez ideas
igualmente vertiginosas y desconocidas por Dante.
Con estas ideas
también él podría alcanzar el infierno, y enumera algunas categorías
sacadas la física, del marxismo, del existencialismo y del
estructuralismo. Gombrowicz empieza a subir por una montaña de
cadáveres mientras va pensando que nuestra convivencia con la muerte es
anormal porque el pasado ya no existe, ni el pasado de los siglos ni mi
propio pasado.
Con
los restos del pasado se recrea una existencia que se fue, convivir con
el pasado significa aprehenderlo sin pausa, convocarlo continuamente a
la existencia, pero del pasado sólo tenemos restos, es caótico,
fragmentario y casual. Cada día mueren cientos de miles de personas y
nosotros no nos enteramos de nada, la discreción de la muerte y de la
enfermedad son admirables, todo ocurre fuera de nosotros.
La
muerte es universal, imprecisa y no deja rastros. Gombrowicz quiere
encontrarse con Dante, pero sólo encuentra al autor de la Divina
Comedia que llega hasta él a través de la historia. Los grandes hombres
dejan de ser hombres para ser obras, y nuestra actitud ante esas obras
es ambigua: valemos menos porque son grandes, pero también es cierto
que valemos más pues el estado de nuestra evolución es más alto.
No
puede ponerse en contacto con Dante sino con una gran obra del pasado,
cuando intenta alcanzarlo con su talante moderno, prescindiendo de la
historia, entonces siente que la Divina Comedia no vale nada. El
infierno de Dante no es un castigo, pues el castigo nos purifica y
tiene un término en el tiempo, mientras su infierno es una tortura
eterna, un dolor que nuestro sentido de justicia rechaza.
Sólo por
miedo y por vileza pudo haber mezclado Dante el primer amor con ese
infierno. El infierno de Dante no es verdadero, las torturas son
retóricas, los condenados declaman y su eternidad tiene la indolencia
de los monumentos. La humanidad se mueve en el camino trillado de los
modos de expresión, pero no podemos escaparnos del infierno tan
fácilmente, los herejes eran quemados vivos, realmente.
Gombrowicz
tuvo el primer encuentro con el representante del infierno en la casa
de campo de su hermano Janusz, a los diecinueve años. Lo había invadido
un sentimiento de que algo no iba como debía, sintió la necesidad de
justificarse de alguna manera, así que empezó a escribir una novela
sobre el personaje de un contable. Una tarde se animó y les leyó un
fragmento al hermano y a la cuñada que habían ido a visitarlo.
Janusz
exclamó que era un horror, que tenía que tirarlo porque daba asco, que
en el futuro se ocupara de otra cosa, mientras la cuñada suspiraba que
era una pena que no se hubiera dedicado a la caza. Gombrowicz les hizo
caso y tiró la obra, esta primera prueba le indicaba que en la soledad
de esa casa empezaban a manifestarse las ponzoñas que lo atormentaban
desde hacía tiempo.
Poco tiempo después de esa visita familiar
se produjo un acontecimiento extraño que tuvo una influencia
considerable en su vida psíquica. Una noche se despertó y sintió un
peso sobre los pies, movió las piernas, algo gruñó y se alejó, pero no
pudo ver lo que era porque estaba muy oscuro, era de noche. Lo invadió
una terrible sospecha, la casi certeza de que no había sido el perro
negro de la casa sino un ser cien veces más horroroso el que se había
acostado a sus pies.
Esa
idea lo atormentó varias noches, finalmente recordó algo que le había
sucedido cuando era niño. El obispo de Sandomierz había ido a visitar a
los padres y les confesó que una noche se le había aparecido el
Maligno. Cuando ya dormía sintió un peso sobre los pies, movió las
piernas para sacárselo de encima y algo increíblemente pesado cayó
emitiendo un ruido metálico.
No era un perro, era un pequeño
hombrecito de cincuenta centímetros que parecía estar hecho de metal.
Pronunció una oración para ahuyentarlo, la criatura emitió un alarido y
se escondió debajo del armario. Cuando el obispo constató más tarde que
el suelo había quedado completamente quemado huyó de la casa
atravesando el campo y pasó toda la noche bajo las estrellas a pesar de
que nevaba.
Estos
episodios asociados produjeron en Gombrowicz consecuencias importantes
que justifican la presencia del representante del infierno en toda su
obra.
“Los días vividos a la sombra de aquellos terribles enigmas me
introdujeron en regiones espirituales hasta entonces desconocidas y que
no hubiera alcanzado con facilidad por caminos normales (....)”
“Me
pusieron en contacto con el Misterio, con la máscara, me revelaron el
poder de los significados ocultos, me arrancaron de la rutina de lo
cotidiano para precipitarme en el pathos, en el drama de nuestra
verdadera situación en el mundo. Esos descubrimientos casi oníricos me
mostraron un lenguaje sibilino y poderoso, al que luego recurrí con
gran frecuencia en mis obras literarias posteriores”
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