
Hay en ti, a causa de tus dos sangres,
Unas virtudes y una profundidad
De la entraña espiritual que no tenemos
Ninguna de las mujeres-poetas del Continente.
(Gabriela Mistral: Cartas a Claudia Lars)
Entre la pléyade de poetas salvadoreños, Claudia Lars (1899-1974) ocupa un lugar preponderante. Considerada la madre de varias generaciones de escritores en El Salvador, destaca además por figurar entre las grandes poetisas que aparecieron a principios del siglo pasado para hacer resonar sus voces femeninas: Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral, premio Nobel chileno con quien mantuvo cierta comunicación por correspondencia.
Claudia Lars nació con el sello de la poesía lacrado en su alma. Su exquisita sensibilidad vertida dentro de las formas clásicas que dominaba con maestría, le otorgaron un equilibrio entre la emotividad y la reflexión, cuestión lograda por muy pocos poetas. De igual manera, saberse hija de un norteamericano de sangre irlandesa y de una mujer de sangre cuscatleca, le permitiría elaborar poemas con excelente calidad lírica. Ahondaba en sus sentimientos, en sus reflexiones y en su sentido de unión con el pueblo de una manera única. El conocimiento de los poetas clásicos españoles e ingleses le permitiría consagrarse en el verso clásico con una limpieza intachable. No obstante sus trabajos e inclusive, su exilio en México durante 1944 –época convulsionada por las revoluciones contrarias a las dictaduras militares- y en Estados Unidos, no consiguió desarrollar la proyección internacional que bien merecía la poetisa.
Durante la pasada XIII Feria Internacional del Libro en Centroamérica (FILCEN) celebrada del 30 de agosto al 6 de septiembre, se efectuó un conversatorio sobre la vida y obra de Claudia, en el cual no perdí oportunidad de preguntar a los ponentes –Manlio Argueta y Carmen González Huguet, si no me equivoco- acerca de esta duda que me asaltaba hacía ya largo tiempo. ¿Por qué Claudia Lars, siempre equiparada con Gabriela Mistral, no había conseguido hacer resonar su nombre en toda América Latina, y por si fuera poco, en Europa? ¿Qué fue lo que impidió a esta mujer de honda sensibilidad y pensamiento el no comunicar su verso a la mayor cantidad de latitudes posibles?
Recibí como respuesta que la oportunidad de Gabriela Mistral para viajar con cargos diplomáticos le facilitó proyectar su obra a nivel internacional, al grado de convertirse en la primera mujer en ganar el Nobel de Literatura. Es comprensible bajo esta óptica la popularidad que obtendría la escritora chilena en contraste con Lars. Empero, he anotado líneas arriba que Claudia tuvo oportunidad de salir de El Salvador. Si esto está documentado ¿cuál fue la verdadera causa por la cual la poetisa enamorada de Salomón de
No encuentro otra explicación más que el ensimismamiento en la actividad literaria, fenómeno que muchos de los escritores de El Salvador –no sólo Claudia- han manifestado a lo largo del desarrollo de las letras cuscatlecas. Sólo para ejemplificar con otros autores, tenemos el caso de Francisco Gavidia, el llamado “rey olvidado”. Contando sólo 19 años recibió en su casa al príncipe del verso alejandrino, Rubén Darío, quien 4 años menor, acompañó a Gavidia en su estudio de los poetas franceses. Pronto el nicaragüense desatacaría internacionalmente gracias al dominio de la técnica modernista. ¿Qué pasó con Don Francisco? Se sabe que pasaba largas horas escribiendo sus piezas teatrales y sus rimas alejandrinas retirado en la intimidad de su hogar. ¿Acaso no estaba interesado en compartir sus obras con otros escritores que no fueran Rubén Darío? ¿Por qué no recibió apoyo de su nación?
¿Que decir de Roberto Armijo, de quien se dice haber encarnado el mito del poeta latinoamericano en París? Él mismo apuntaría en su famoso poemario El Pastor de las Equivocaciones que “no escribía para que Octavio Paz criticara su obra en un ensayo”, dando a entender su interés por perseguir una poesía encaminada más que todo a reflejar las situaciones convulsionadas de su tierra durante la década de los ochenta, pero bajo una perspectiva que, personalmente, califico como intimista. A sus más cercanos, Armijo confesaba su honda preocupación por publicar un mal trabajo poético, lo que lo condujo a trabajar meticulosamente en aras de legarnos una poesía sin tacha. Por supuesto que lo logró. El precio por ello: a doce años de su muerte en 1997 aún se le desconoce en gran parte en El Salvador. Y si se suma a esto el lamentable desinterés de los gobiernos por apoyar a sus escritores –dolorosa verdad que debe de enfrentarse con madurez- el nombre de Roberto Armijo es poco conocido tanto en su tierra como en el exterior.
Retomando estos casos, es posible considerar que el carácter de la literatura salvadoreña está impregnado de matices regionalistas e intimistas. Claudia Lars podría haber sacado mucho provecho al difundir su trabajo durante sus viajes, pero no desde la línea de las novelas de consumo. Lo considero desde la publicación de la gran literatura. Sin embargo, pese al desinterés sistemático de los gobiernos conservadores de El Salvador por impulsar los talentos nacionales, como la introspección que la poetisa tuvo al dedicarse más a elaborar su verso y no tanto a esparcirlo por Latinoamérica, no se le resta la calidad literaria que alcanzó como escritora. ¿Habría conseguido renombre internacional si hubiese ostentado un cargo de embajadora, cónsul o cualquier otra distinción diplomática? Más de alguno habría pensado que Lars cedía su arte a los intereses del sistema gubernamental salvadoreño. Como quiera que fuese, el problema está en plantear nuevas formas de dar a conocer la literatura salvadoreña fuera de las fronteras de este pequeño país, revisando la historia para mejorar las acciones que se podrían implementar en el futuro.
Admiro profundamente a cada uno de los talentos de quienes he hablado –especialmente Claudia-, conozco sus escritos, sus biografías y su herencia para las nuevas generaciones de escritores de hoy. Lo que más deseo es impulsar una nueva visión, a través de la literatura, de este país que muchas veces destaca sólo por aspectos negativos. ¿Será alguna estrategia de algún sistema de dominación el remarcar los defectos de El Salvador y no sus fortalezas? Su nombre original es Cuscatlán, que en lengua náhuat significa “tierra de joyas y preseas”. Las letras de El Salvador custodian estas joyas de mujeres y hombres que luchan por hacer un mejor país, por combatir el desinterés en potenciar la cultura, el pensamiento. Por dar a conocer las cualidades que como nación se poseen, pero que no terminan de cohesionar a la población. La respuesta yace en reencontrarnos con nuestras raíces más profundas, tanto históricas como sociales y literarias. Claudia Lars ya hizo su parte. Sus Romances del Norte y del Sur, sus Estrellas en el Pozo, su Escuela de Pájaros, su Tierra de Infancia, son sólo algunos de sus legados que, aunque no consiguieron llegar a muchos más latinoamericanos fuera del pulgarcito de América, permanecen alumbrándonos el camino para continuar luchando por demostrar que sí, que El Salvador es más que un territorio diminuto.






































Hola
Me ha parecido muy completo tu artículo....
Un Cordial Saludo