
WITOLD GOMBROWICZ Y STANISLAW BRZOZOWSKI
“En
el estudio sobre Brzozowski, ‘Un hombre entre escorpiones’, Milosz se
pregunta: ‘¿Por qué tanta gente se ha aprovechado y sigue
aprovechándose a manos llenas de la obra de Brzozowski, pero como a
escondidas, sin admitirlo públicamente?’. ¿También yo me aprovecho? No,
yo tengo la conciencia tranquila. Hasta la fecha nunca me he topado con
Brzozowski, he sobrevivido sin que nada de él ni sobre él cayera en mis
manos (...)”
“A veces hay desencuentros así, es uno de los autores
polacos que me son perfectamente desconocidos. Por otra parte cuando
Milosz habla de la obsesión de Brzozowski por liberarse de Polonia o de
que la literatura polaca lo hacía ruborizarse de vergüenza por haber
dado al mundo a Sienkiewicz, me vienen a la memoria mis propias
obsesiones y rubores (....)”
“Sólo
que estas obsesiones son muy diferentes en cada uno de nosotros y
provenientes de posiciones también diferentes, como diferentes son
nuestras naturalezas. Al leer el trabajo de Milosz veo además que estoy
tan profunda y radicalmente en contradicción con este filósofo como
quizás no lo esté ninguno de los polacos ilustrados de hoy. ‘El
principal pecado de la intelligentsia polaca consiste en sustituir el
verdadero pensamiento por la sociabilidad’ (...)”
“(...) ‘Con qué
serenidad señorial, con qué libertad de juicio señorial se daban
palmaditas en el hombro de las ideas y de los hombres. El experto en
solitarios, o el mártir nacional que se aburría entre partida y
partida, entre feria y feria, observaba con una sonrisa indulgente a su
hijo que levantaba la cabeza ardiente de la lectura de Darwin’ (...)”
“Mostraré
el vivo contraste que existe entre estas palabras de Brzozowski y yo si
digo que en este caso estoy del lado del padre y no del hijo. ¡Sí!
Apruebo la desconfianza de los viejos nobles y su conocimiento de que
las teorías se apartan de la vida, igual que de todo aquello que no
permite vivir plenamente el pensamiento (...)”
En
la época de Brzozowski había triunfado el intelecto con una violenta
ofensiva en todos los campos, parecía entonces que la ignorancia podía
ser erradicada por el esfuerzo tenaz de la razón. Este impulso
intelectual creció hasta alcanzar su apogeo después de la segunda
guerra mundial, cuando el marxismo y el existencialismo se
desparramaron por toda Europa ampliando explosivamente los horizontes
de los hombres dedicados al pensamiento.
Gombrowicz empieza a
darse cuenta de que, si bien la vieja ignorancia estaba desapareciendo,
aparecía una nueva ignorancia engendrada, justamente, por el intelecto,
una estupidez desgraciadamente intelectual. La vieja visión del mundo
que descansaba en la autoridad de los padres, de los maestros y sobre
todo la de la Iglesia, estaba siendo remplazada por otra.
Con
la nueva autoridad cada uno tenía que pensar el mundo y la vida por
cuenta propia, porque ya no existía la vieja autoridad. El mundo del
pensamiento empezó a caracterizarse por una extraordinaria ingenuidad,
a la que animaba una inmadurez sorprendente, los intelectuales
exhortaban a que se pensara por uno mismo, con la propia cabeza.
Las
nuevas ideas podían tener un salvoconducto sólo si se las comprendía
personalmente, pero todavía más, había que experimentarlas en la propia
vida, había que tomarlas en serio y alimentarlas con la propia sangre.
Los resultados funestos no se hicieron esperar. Empezaron a proliferar
pensadores fundamentales que se remontaban hasta las fuentes para
construir mundos nuevos que ponían una enorme distancia con el viejo
pensamiento.
“La filosofía se hizo obligatoria. Pero el
acceso al pensamiento más elevado y más profundo, jalonado de grandes
nombres, no es fácil, y henos aquí hundidos en la horrible ciénaga del
pensamiento aproximado, no digerido, en el lodo, en el barrizal de la
cuasi profundidad”
El aumento de este exceso de responsabilidad
tuvo consecuencias realmente paradójicas: el conocimiento y la verdad
dejaron de ser la preocupación principal de los intelectuales, una
preocupación que fue remplazada por otra, por la preocupación de que
descubrieran su ignorancia.
El intelectual, atiborrado de
conocimientos que no terminaba de asimilar, andaba con rodeos y
disfraces para no dejarse pescar, entonces toma algunas medidas de
precaución bastante ingeniosas: enmascara la formulación de los
pensamientos, utiliza nociones pero no las desarrolla, dando por
sentado que son perfectamente conocidas por todo el mundo, y todo esto
lo hace para ocultar una ignorancia producida justamente por el
pensamiento.
“Ha
nacido una destreza particular que consiste en esgrimir hábilmente unas
ideas no asimiladas poniendo cara de que todo está perfecto orden. Ha
surgido un arte particular de citar y utilizar los nombres”
La
omnipresencia de Sartre en la segunda mitad del siglo XX termina por
cerrarle el cerco a los intelectuales, Sartre les exige que se
comprometan y que elijan, que se pongan en pro o en contra.
Cuando
expone los postulados de su exhortación en “Situations”, los pobres
burgueses pensantes toman conciencia de que para entender la idea de la
libertad, había que leer antes la setecientas páginas de “El ser y la
nada”, y de que, como el fundamento de esta obra es una ontología
fenomenológica, había que leer antes a Husserl..., y antes a Hegel...,
y antes a Kant.
“Pregunto: ¿cuántos de los que discutieron las
tesis de Sartre se habrían atrevido a presentarse ante una comisión de
examen? Y (teniendo en cuenta el trabajo incansable del vientre
femenino), todos los elementos de esta mascarada tienen que
multiplicarse y aumentar de día en día. Ah, la sociabilidad ha
adquirido de pronto un aspecto inesperado (...)”
“Estamos
ya tan hartos de esas verdades últimas y profundas que hay que
alimentar con la propia sangre que, no sabiendo finalmente cómo
conciliar nuestro bostezo con la importancia de nuestra empresa,
empezamos a preocuparnos únicamente por guardar las apariencias. Sartre
va acumulando poco a poco toda la patología de nuestra época, pone en
crisis la grandeza de la literatura y la convierte en una literatura
funcional”
La voz categórica del espíritu de Sartre desciende
al terreno llano para desempeñar el papel de un maestro pedante y
moralista. Como no consigue unir el dominio de la verdad esencial con
los asuntos cotidianos, le asigna al escritor una función social. Sus
instrucciones positivas sobre el papel del escritor en la sociedad
contienen todas las debilidades propias de los sermones, sean
religiosos o marxistas, y son ajenas a los filósofos más antiguos,
menos producidos y más naturales.
“Ellos
no experimentaban esos deseos de autodestrucción y de autodescrédito
propios del intelectual de hoy que, no confiando en sí mismo, se
esfuerza por adoptar un tono brutal prestado de una esfera inferior. La
protagonista de una de las novelas de Thomas Mann, tras acostarse con
un ascensorista del hotel exclama extasiada: ‘¡Caray, yo, madame de no
sé cuánto, poeta, persona mundana, con un botones desnudo en la cama!’
(...)”
“Para mí esta anécdota encaja muy bien con Sartre, no
tanto por la dialéctica de infraestructura y de superestructura que
contiene, cuanto por el ascensor. Porque incluso en nuestra época
ocurre a veces que un escrupuloso, asustado por la idea de que lo que
lo ha llevado tan alto no es su propia esencia sino un mecanismo,
aprieta el botón de la misma máquina para descender cuanto antes”
El
carácter artificial que estaba tomando el pensamiento lo ponía a
Gombrowicz del lado del padre que observaba con una sonrisa indulgente
a su hijo que levantaba la cabeza ardiente de la lectura de Darwin,
pero también lo ponía del lado de Sienkiewicz a quien Brzozowski
detestaba.
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