
WITOLD GOMBROWICZ Y ENRIQUE LARRETA
Enrique
Larreta, escritor, historiador y diplomático argentino, era miembro de
una antigua familia de fortuna y estaba casado con una Anchorena. “La
gloria de don Ramiro”, su obra más conocida, es una reconstrucción
histórica y literaria de la España del siglo XVII, una novela histórica
de estilo lírico y arcaico que logró notable repercusión. Su casa de
estilo renacentista español, en el barrio residencial de Belgrano, en
Buenos Aires, es actualmente un notable museo.
Ubicada en la que
fuera alguna vez zona de quintas de veraneo, la casa tiene un jardín de
alcázar andaluz, único en su estilo en Buenos Aires. Allí puede
apreciarse el mobiliario y las colecciones de obras y objetos de arte
que testimonian la pasión de Larreta por España.
Un poco por su estilo
literario y otro poco por la exhibición aparatosa que Larreta hacía de
su riqueza a Gombrowicz le resultaba insoportable. En una ocasión
Larreta le estaba haciendo un relato pormenorizado de la historia de
algunos de sus muebles que había comprado en España: –Vea, Larreta, en
mi familia también tenemos muebles con historia, pero en nuestro caso
no comprados a los anticuarios, llegan a nosotros por herencia. En la
época en que apareció “Ferdydurke” Gombrowicz decidió volverse
impertinente con algunos escritores argentinos en un panfleto
humorístico llamado “Aurora”.
“¿Qué aspecto ofrece el campo de la
literatura? ¿Sería de nuestra parte un exceso de atrevimiento decir que
el campo, a pesar de tantos y tan excelsos talentos, resulta algo
aburrido? (...)”
“Es verdad que todos funcionan y se sabe que
Borges publicará un nuevo libro de altos quilates, Capdevila un volumen
de romances y Larreta una manzana. Pero no hay vida. Todos estos
hombres no son hombres sino meras abstracciones o mejor dicho, muy
talentosas y capacitadas fábricas. ¿Acaso se puede exigir de Capdevila
que sea Capdevila cuando Capdevila además de ser Capdevila es también
Doctor y Profesor y Poeta y, por añadidura, redactor de La Prensa?
(...)”
¿Acaso
Larreta puede ser Larreta, así como un diamante es sólo diamante,
cuando Larreta tiene que ser un monumento de clásica casticidad? Borges
ya se ha vuelto demasiado borgiano y, francamente, Barletta nos resulta
demasiado Barletta. Todo esto es monótono (...)”
“Es cosa rara
hasta qué punto el pueblo no se parece a su Literatura. ¿Cómo es que el
pueblo se atreve a ser tan insolente? ¿Por qué la gente no es
metafísicamente asirio-babilónica como Borges, monumentalmente castiza
como Larreta, y orientalmente árabe como Capdevila? ¿Por qué al tonto
pueblo le gusta la palabra directa y ágil, mientras su Literatura a
menudo se deleita con un Verbo ornamental, retórico, rebuscado y un
tanto estéril? ¿Por qué será que un inculto vendedor de diarios se
permite expresarse con más soberanía, originalidad y belleza que todas
las revistas que vende junto con todas las personas cultas que las
compran? Si esto sigue así habrá que formar otra Academia de Letras
compuesta de analfabetos, porque no cabe duda de que son ellos los que
hacen una literatura más vital (...)”
“Pero
si los incultos se expresan mejor que los cultos, si a medida que
trepamos en la pirámide social tanto más se deja sentir una parálisis
general, esto significa que algo anda mal en esa cultura. Si en privado
somos ingeniosos, creadores y llenos de chispa, mientras en público
nuestra voz sufre un leve apagamiento, esto prueba que nuestro estilo
público está por debajo de nuestro estilo privado (...)”
“En casa
somos vitales porque somos nosotros mismos, pero en público ocultamos
nuestras verdades internas y nos convertimos en voceros de la
Abstracción. Debemos, pues, comprender que nuestro estilo público es
malo y como leones, tigres y águilas irrumpir sin timidez, ni miedo, ni
cálculo, en este solemne recinto oficial que nos inspira demasiado
respeto (...)”
“¡Así
lo proclama el Comité de la Resistencia! (...) Puesto que en la prensa
literaria de la Superficie ya no se puede escribir, porque todo choca,
nos vemos obligados a descender al subsuelo para hacer oír de vez en
cuando la voz clandestina de esta Revista. ¡Atención! ¡Mantened la
santa llama de la resistencia sagrada! ¡Apoyad abiertamente al tibio
Comité de la Resistencia y al subterráneo, discreto y lento Movimiento
de Renovación!”
Después de haber atacado con tanta dureza la palabra
de los ilustres escritores argentinos Gombrowicz siente la necesidad
impostergable de hacer algunas reflexiones sobre la responsabilidad de
la palabra, por la palabra de los ilustres hombres de letras y también
por su propia palabra.
El
escritor Hipólito Alonso Pereiro estaba escribiendo a máquina la
primera página de su novela en la que un mucamo le pregunta a la señora
si había ordenado llamar el coche. Cuando Matilde le estaba diciendo
que sí, pero que no había ningún apuro, en vez de pero, y por error, a
Pereiro le salió perro. Un escritor con menos fuerza de carácter
hubiera corregido el error.
Pero Pereiro era consciente de su
misión y aceptó con responsabilidad la palabra que había escrito:
–¡Perro, insolente perro! Y esta respuesta de Matilde obligó al pobre
Pereiro a modificar la respuesta del mucamo: –Si yo soy un perro,
entonces usted, señora, es una pera. Este nuevo error se le deslizó
nuevamente en el teclado de la máquina.
En vez de perra
escribió pera, este error lo obligó a cambiar otra vez : –Si yo soy un
perro, entonces usted es una pera perra, una perra pera para mí,
señora, porque sepa que a mí me gusta la bruta. Quiso decir fruta pero
ya era tarde: –¡Ah, soy bruta, que me muerda si yo soy bruta! Había
querido decir muera: –¿Morderte? ¡Con pusto!; –¡Infame, sos coco!; –¡La
Coca-cola es usted!; –¡Lococo!; –¡Co-coco, cocococo!
Resulta
útil ver cómo Gombrowicz pone en funcionamiento su concepción de la
forma aplicada a la actividad de escribir en su propia obra. En uno de
los primeros intentos que hizo en los diarios, al que podríamos
considerar como un intento metaliterario, Gombrowicz se las arregla
para desvincular a la forma de sus ataduras y darle vida propia echando
mano a Creta y la falta de responsabilidad que él tiene con su palabra.
Todo
ocurre un día en que va almorzar a la casa de un ingeniero que tiene
una industria en la localidad de Acassuso. A medida que ponía atención
se iba dando cuenta que la casa, la mesa del comedor y los platos eran
demasiado renacentistas, mientras la conversación se centraba también
en el Renacimiento, una adoración por Grecia, Roma, la belleza desnuda
y la llamada del cuerpo.
La
conversación empezó a girar alrededor de una columna de Creta, y a
Gombrowicz se le pegó entonces el cretino, leitmotive de toda la
narración, pero no de una manera renacentista, sino totalmente
neoclásica y cretínica. Llegado a este punto Gombrowicz le advierte al
lector que él sabe muy bien que no debería escribir sobre esto, pero
sigue escribiendo.
De vuelta en la ciudad se dirigió al café
Rex pero, de repente, desde el café París, le hacen señas unas señoras
conocidas que aparentemente estaban sentadas a la mesa comiendo
bizcochos que mojaban en la crema. Pero era una mistificación, la
verdad era que estaban sentadas a un tablero cubierto de esmalte
apoyado sobre cuatro barras de hierro torcidas, y la acción de comer
consistía en meterse una cosa u otra por un orificio practicado en la
cara, al tiempo que sus orejas y sus narices despuntaban.
Cháchara
va, cháchara viene, Gombrowicz pide disculpas a las señoras y se marcha
alegando falta de tiempo. El hecho de que estuvieran ocurriendo cosas
demasiado cretinas como para ser reveladas, era la razón que lo
obligaba a relatarlas pues tenían un exceso de cretinismo.
Al
salir del café París se dirigió al café Rex. En el camino se le acerca
una persona desconocida, le dice que hacía tiempo que quería conocerlo,
lo saluda, le da las gracias y se va. Cuando iba a ponerlo de vuelta y
media al cretino, se da cuenta que no es cretino, pues le había dicho
que quería conocerlo y lo había conocido. Se empiezan a encender las
luces de la noche, pasan los coches, caminan los transeúntes, mientras
tanto Gombrowicz mira las casas.
En el balcón de un séptimo piso
le estaban haciendo señas Henryk y su mujer. Gombrowicz también les
hacía señas. Henryk y su mujer hablaban y hacían señas. Coches,
tranvías, gente, bocinazos, Gombrowicz les responde con señas. De
pronto repara en que Henryk, más que hacer señas, enseña..., ¿pero qué
es lo que enseña? Se está enseñando a sí mismo como si fuera una
botella..
“Yo
hago señas. De repente ella (pero no, yo no puedo hacer el cretino; sin
embargo, si tengo que desenmascarar al Cretino debo hacer el cretino);
entonces ella le enseña hasta que él se asoma y ella le enseña con saña
(pero qué es lo que enseña?), después de lo cual los dos se ensañan
ligeramente, y uno hacia aquí, el otro hacia allá, y, ¡puff!... (¡Esto
sí que no puedo decirlo, está por encima de mis fuerzas!)”
"Las opiniones vertidas en los artículos y comentarios son de exclusiva responsabilidad de los redactores que las emiten y no representan necesariamente a Revista Cinosargo y su equipo editor", medio que actúa como espacio de expresión libre en el ámbito cultural.






































