
WITOLD GOMBROWICZ Y DAVID HUME
?Tanto
para Marx como para Kierkegaard se necesita a Hegel. A Hegel no le
hicaréis el diente sin la ?Crítica de ka Razón Pura?. Ésta su vez tiene
su origen en parte en Hume, en parte en Berkeley (...)?
A pesar de
que el pensamiento abstracto le producía eczema, Gombrowicz se acompañó
durante toda su vida de filósofos importantes. La atracción que le
producía Hume estaba determinada especialmente por las reflexiones del
filósofo sobre las percepciones y sobre las conexiones no causales de
los hechos. Los problemas de la causalidad, del determinismo y del
libre albedrío rondaban la cabeza de Gombrowicz.
?No tenemos otra noción de causa y efecto, excepto aquella de que ciertos objetos siempre han
coincidido, y que en sus apariciones pasadas se han mostrado inseparables (...)?
?No
podemos penetrar en la razón de esta conjunción. Sólo observamos la
cosa en sí misma, y siempre se da que la constante conjunción de los
objetos adquiere la unión en la imaginación?
Este pensamiento de
Hume nos está diciendo que en realidad no podemos decir que un
acontecimiento causó al otro. Todo lo que sabemos con seguridad es que
un acontecimiento está correlacionado con el otro. Cuando nos parece
estar viendo cómo un acontecimiento siempre causa otro lo que en
realidad estamos viendo es que un acontecimiento ha estado siempre en
conjunción constante con el otro. En consecuencia, no tenemos ninguna
razón para creer que el primero causó al segundo, o que continuarán
apareciendo siempre en conjunción constante en el futuro. Esta
concepción le quita toda la fuerza a la causalidad.
Bertrand
Russell ha desechado también la noción de causalidad aduciendo que es
un tipo de superstición. Hume sostuvo que tanto nosotros como otros
animales tenemos una tendencia instintiva a creer en la causalidad
debido al desarrollo de hábitos de nuestro sistema nervioso, una
creencia que no podemos eliminar, pero que no podemos probar mediante
ningún argumento, deductivo o inductivo.
A
Gombrowicz se le presentaba con frecuencia el problema del
determinismo: si mis acciones determinan inexorablemente el futuro, yo
soy responsable de todo lo que ocurrirá en el mundo. Pero si mi propia
vida está regida por circunstancias que escapan a mi control, entonces,
no soy responsable de mis acciones. Hume advirtió este conflicto, al
ver el problema desde la perspectiva contraria: el libre albedrío es
incompatible con el indeterminismo.
Si las acciones realizadas
no están determinadas por los acontecimientos anteriores entonces las
acciones son completamente aleatorias. Además, y de más importancia aún
para la filosofía, no están determinadas por el carácter o por la
personalidad. Pero, ¿cómo podría ser alguien responsable de una acción
que no es consecuencia de su carácter, sino que ocurre de forma
aleatoria?
El
libre albedrío parece necesitar del determinismo, porque de lo
contrario el agente y la acción no estarían conectados. Así que,
mientras que el libre albedrío parece contradecir al determinismo, al
mismo tiempo lo necesita. Todas estas cuestiones Gombrowicz las pone en
juego en ?Cosmos?. A pesar de la desconfianza que Gombrowicz le tenía a
la razón y a las ideas es evidente que se sentía atraído por ellas.
En
una de las últimas entrevistas que da en 1969 François Bondy le comenta
que él pareciera interesarse más en los filósofos que en los artistas.
Gombrowicz recoge el guante y le contesta que, no obstante, la
filosofía le sigue siendo tan extraña como la ciencia, y que estaba más
interesado que nunca por el mundo de las pasiones.
?No creo en
ninguna filosofía no erótica. No me fío de ningún pensamiento
desexualizado. Claro que es difícil creer que la ?Lógica? de Hegel o la
?Crítica de la razón pura? de Kant hubieran podido concebirse si sus
autores no se hubieran mantenido a cierta distancia del cuerpo (...)?
?Pero
la conciencia pura, en cuanto se realiza, tiene que sumirse de nuevo en
el cuerpo, en el sexo, en el Eros; el artista tiene que zambullir al
filósofo en el embeleso, en el atractivo, en la gracia?
En su
intento por volver reales las asociaciones que tiene en la conciencia,
Witold, el protagonista principal de ?Cosmos?, ahorca a un gato, un
acto desleal pues falsea la relación entre el ahorcamiento imaginario
del gorrión y el ahorcamiento real del gato Al poner en juego
intencionalmente elementos reales para configurar una idea que tiene en
la conciencia, como el dedo que mete en la boca de Ludwik para entrar
en contacto con todas las bocas de la historia, el joven lleva a cabo
un acto desleal.
Mediante
la realización de esta acción anómala perturba lo que está observando y
sólo conocerá entonces el resultado de esa perturbación. En su intento
de asociar lo sagrado con el placer y la perversión le mete un dedo en
la boca al sacerdote para hacerlo caer en el mundo, para aislar las
corrientes profundas de la forma, para que la realidad aparezca de una
manera trágica y metafísica.
En el encuentro de una persona
con otra hay una zona de la conducta de la que se ocupan la psicología
y la antropología. Pero existe además otra esfera en la que el
comportamiento no está determinado de antemano, se va ajustando poco a
poco y pasa de un cierto caos a una estructura en la que cada persona
define en la otra una función. El conflicto entre el libre albedrío y
el determinismo y el problema de la causalidad aparecen en ?Cosmos?
bajo la forma de una geometría artística.
De
las cuatro narraciones que integran la novelística de Gombrowicz
?Cosmos? es la más extraña de todas. La historia comienza cuando Witold
se va de la casa de sus padres en Varsovia, estaba harto de toda la
familia, se dispone pues a tomar unas vacaciones, a preparar un examen
y a disfrutar del cambio de aire.
Mientras estaba buscando una
pensión barata en Zakopane se encuentra con su amigo Fuks que también
estaba huyendo, pero no de sus padres sino de su jefe. Muy cerca de la
casa en la que finalmente los jóvenes estudiantes alquilarán un cuarto
aparece la primera anomalía de este relato, un acontecimiento extraño
alrededor del cual Witold empieza a armar la trama de un misterio que
va creciendo hasta desembocar en una verdadera tragedia.
En el
medio de unas matas ven un gorrión, no era un gorrión común, era un
gorrión que estaba colgado de un alambre fino enredado en la rama de un
árbol, un descubrimiento a primera vista inexplicable pues no tiene
sentido ahorcar a un gorrión y luego colgarlo, por lo menos no tiene un
sentido racional y coherente.
Los
problemas con el jefe de la oficina de Fuks y los de Witold con su
padre los predisponen a exagerar el significado de algunos hechos sin
importancia. Cuando llegan a la casa los atiende Katasia, una mujer
cuarentona y regordeta cuya boca no es normal, y ésta es la segunda
anomalía en la que pone atención Witold. La boca estirada le enroscaba
el labio superior, la frialdad reptiloide de ese labio lo excitó de
inmediato, era un oscuro pasadizo que conducía a un pecado carnal
gelatinoso y viscoso, como si fuera una vulva.
María, la dueña de
la pensión, también rechoncha, les muestra la casa y en la cama del
primer cuarto que abre estaba acostada su hija sobre un colchón sin
sábanas, el muslo de una de sus piernas quedaba destacado contra el
elástico metálico pues el colchón se había deslizado.
Era
un muslo muy atractivo que lo hace arder al instante a Witold
impresionándolo tanto como el labio de la posadera. En la cena, Leon,
el dueño de la posada, les comunica con un lenguaje jocoso y
extravagante que él está a disposición de su esposa, que hace pequeños
trabajos en la casa, les recomienda a los jóvenes que prueben la crema
que prepara su esposa y asegura que los intelectos de Witold y de Fuks
podrán hacer cuanta pirueta ansíen.
A su lado estaba Lena, la
hija, serena como un lago. La posadera Katasia le alcanzó a Lena un
cenicero cubierto con una redecilla de alambres, y aquí se dispara la
tercera anomalía. La malla del cenicero enseguida se le asoció a Witold
al elástico de la cama con el muslo, y el labio vulva de Katasia con la
boca entreabierta de la hija; en ese momento se le despertó a Witold
una pasión enfermiza.
Era la primera noche, Witold no quería dormir
pero tampoco quería levantarse. Como Fuks no estaba en el cuarto se
imaginó que había ido a ver al gorrión, el gorrión crecía, se volvía
más importante de lo que era, ya era un personaje capaz de recibir
visitas. En medio de la noche se encontró en el corredor de una casa
ajena en mangas de camisa, una situación que se le asociaba con el
erotismo y se le deslizaba hacia la sexualidad como el escurrimiento de
la boca vulva de la posadera.
En el cielo y en el jardín Witold
trazaba líneas imaginarias buscando figuras y formas, los objetos del
jardín se ponían unos tras otros como los labios de Katasia tras los de
Lena que, en su imaginación, estaban más unidos que en la mesa. No
tenían nada en común pero existían unos en relación con los otros como
en un mapa cada ciudad existe en relación con las otras.
La
intensidad de las estrellas se le asoció con la intensidad del gorrión
ahorcado, y el gorrión se le asoció con las bocas, pero el gorrión no
se dejaba situar en el mismo mapa de las bocas, se hallaba afuera,
pertenecía a otro mundo. Cuanto menos se justificaba su pertenencia a
este mundo más se volvía significativo que lo observaran de esa manera.
Y al día siguiente otra vez llegó la hora de la cena.
Lena
estaba casada, su esposo llegó mientras comían, la hija se había
transmutado totalmente por la llegada de aquel hombre que conocía los
movimientos más secretos de aquellos labios. Bien formado, apuesto,
inteligente y arquitecto pero, ¿qué le hacía él a ella y ella a él
cuando estaban juntos? Ver a un hombre frente a la mujer que nos
interesa es muy desagradable pero lo peor es que ese hombre se vuelve
objeto de nuestra curiosidad.
Entonces tratamos de adivinar
sus gustos ocultos a través de esa mujer aunque eso nos produzca asco.
Desplegaban la ternura cortés de los matrimonios jóvenes, las búsquedas
pasionales y llenas de repulsión de Witold debían limitarse a la mano
de Ludwik que yacía sobre la mesa cerca de la mano de Lena, Witold se
torturaba imaginado de qué manera la tocaría.
Doña
Bolita, la esposa de Leon, estaba escandaliza con lo del gorrión,
pensaba que era una maldad de chicos. Llegó Katasia para llevarse los
platos y su boca vulvosa apareció cerca de los labios entreabiertos,
suaves y limpios de Lena; Witold no quiso mirar para no influir en
nada, para que el experimento resultara objetivo. Ludwik dijo que una
semana atrás había visto un pollo ahorcado pero unos días después había
desaparecido.
Leon tarareaba su tiru-liru-lá, fabricaba
bolitas con migas de pan y las acomodaba en hilera sobre el mantel para
observarlas. Lena era maestra de idiomas y llevaba dos meses de casada,
la posadera era sobrina de doña Bolita y había que operarla y coserla
nuevamente para arreglarle la boca. Leon tomaba sal con la punta del
cuchillo y la depositaba sobre una bolita mientras pedía más rábanos y
crema.
Fueron
varios días de retazos de todo. Una noche los ojos de Witold tropezaron
con un clavo de la pared, del clavo pasó al armario y del armario al
techo donde había una raya que parecía una flecha. Era una flecha.
Cansado de mirar, Witold miró finalmente una botella que tenía un
corcho en el cuello y descansó en el corcho hasta que todos se fueron a
dormir.
En la cena la flecha no era más ni menos importante
que las demás cosas pero cuando el joven se pone a narrar la historia
de sus vacaciones a sí mismo extrae de la propia historia la
configuración del futuro poniendo a la flecha en primer plano. La
conclusión que saca es que no podemos entrar en contacto con nada en el
momento de su nacimiento, y que si hubiéramos salido del caos nunca
entraríamos en contacto con él.
Es una reflexión análoga a la que
Gombrowicz hace sobre la inmadurez, la inmadurez desaparece cuando
intentamos definirla y darle forma. Katasia los despertaba con el
desayuno, la impropiedad de su boca vulva se le prolongaba a Witold,
ese momento le quedaba grabado durante el día entero manteniéndole viva
la asociación bucal en la que se había enredado con tanta obstinación.
Mirando
el techo del cuarto los dos amigos ven una flecha que el día anterior
no estaba ahí. Esa flecha se les asocia con la del comedor y ambos
deducen que les está indicando una determinada dirección. Mientras
tanto Witold sueña con la mano de Lena, en la noche anterior le había
parecido que al posar su mirada sobre esa mano la mano había temblado.
Estaba
agotado, quizás, si no hubieran tenido tantos problemas con los padres
y con el jefe, no le hubieran dado tanta importancia a los detalles
pequeños, pero, una cosa trae la otra. Decidieron investigar a dónde
apuntaba la flecha del cuarto con la seguridad de que si al salir
alguien los espiaba desde la casa, ése sería el que había entrado al
cuarto para grabar en el techo la línea que formaba la flecha.
Con
alguna dificultad y muchos trabajos siguieron la dirección y
encontraron la cuarta anomalía de la historia contra uno de los muros
del jardín: un palito de dos centímetros de longitud colgaba de un hilo
blanco del mismo tamaño, el palito quedó intensificado de inmediato por
el gorrión. Era difícil dejar de pensar que alguien por medio de esa
flecha no los hubiera dirigido hacia el palito colgado para que lo
asociaran con el gorrión.
Algo parecía unir resbalosamente a todos
esos elementos que deseaban ordenarse de acuerdo a una idea, pero, ¿qué
idea? Witold hubiera aceptado a todas esas asociaciones como una simple
casualidad si no fuera por la anomalía de la boca de Katasia que se le
juntaba con el palito y el gorrión, una cueva oscura y absorbente, una
boca vulva muy atractiva pues tras ella se asomaba la boca entreabierta
de Lena.
Leon
contaba que en el banco donde trabajaba se llevaba muy mal con la
secretaria del presidente, que esa arpía lo acusaba de escupir en el
cesto de basura. Esta historia del dueño de la posada nos hace recordar
a una historia parecida de Gombrowicz en el Banco Polaco que tenía ese
mismo problema con Helena Zawadzka, la secretaria de Juliusz Nowinski.
Tiru-liru-lá,
treinta y siete años de vida matrimonial, la mano de la hija, relajada,
pequeña, color café y cálidamente helada, unida por la muñeca a otras
blancuras del brazo que el joven no miraba y, otra vez, una contracción
perezosa de los dedos, ¿tenía algo que ver esa contracción con Witold?
Cuando había terminado la cena Fuks pide un hilo y un palito para
usarlo como compás.
Los pedía nada más que para hacerle saber
al bromista, si es que existía, que habían descubierto la flecha en el
techo y el palito colgado del hilo.. Entre el pájaro y el palito Witold
se sintió en medio de dos polos, y la reunión de los que estaban
sentados a la mesa se le presentó como una función particular de
aquella relación, una extravagancia que le abría las puertas a la otra
extravagancia, a la de las bocas.
Katasia
le pasó el cenicero a Lena. Witold sintió inmediatamente el impacto de
la asociación de los labios fríos y deformes con aquellos otros puros,
y de la redecilla metálica del cenicero con el muslo de Lena, la
combinación se le debilitaba e intensificaba a cada momento y lo
conducía a contradicciones sobre la verdadera naturaleza de la hija:
virginidad perversa, timidez brutal, boca entrecerrada y abiertísima,
vergüenza impúdica, fuego helado, embriaguez sobria.
El pedazo
de corcho pegado a la botella hacía lo posible por destacarse y pasar a
primer plano. Fuks seguía investigando y descubrió una vara cerca del
palito, la vara señalaba el cuarto de Katasia, aprovecharían el domingo
para escudriñar en el cuarto de la posadera.
En
la cena el yerno lo desafía al suegro para que resuelva un problema de
combinaciones matemáticas, parecía que las combinaciones de Ludwik
estaban en relación con las combinaciones que lo desvelaban a Witold
pues no lograba saber si no era él mismo el autor de las combinaciones
que se combinaban a su alrededor. Se empezó a imaginar que Lena, en
cuerpo y alma, tendía hacia él, tensa en un deseo íntimo, secreto.
En
el cuarto de Katasia encontraron una fotografía suya con la boca
sencilla y pura, era una respetable señora que se había herido el labio
superior en un accidente automovilístico, los jóvenes no eran entonces
más que un par de lunáticos. Witold vio desde el cuarto de Katasia la
ventana iluminada de Lena y corrió hacia allá, quería verla en la
intimidad de su cuarto.
Subió a la rama de un árbol y vio que Ludwik le estaba enseñando
una tetera, quedó aniquilado, la tetera era algo que estaba fuera del
mundo, ella estaba sentada en una silla con una toalla de baño sobre
los hombros y él, de pie, le enseñaba una tetera que tenía entre las
manos. Se quitó la toalla, estaba sin blusa, Witold vio la desnudez de
sus pechos y brazos, Lena empezó a quitarse las medias.
Ahora
sabría como era: degenerada, perversa, sucia, untuosa, sensual, casta,
tierna, pura, fiel, fresca, graciosa o coqueta. Ya mostraba los muslos.
Ludwik apoyó la tetera en un anaquel y apagó la luz, Witold nunca
sabría cómo era. Bajó del árbol y observó que en la balaustrada estaba
echado el gato de Lena, lo agarró por el cuello y empezó a ahorcarlo
con todas las fuerzas, el gato quedó muerto.
Tenía que esconderlo,
recordó que en el muro del jardín había un gancho, ató una cuerda al
cuello del gato y lo colgó; colgaba como el gorrión y el palito. Entró
a su cuarto y cayó dormido. Se estaba abriendo paso hacia la hija
ahorcando a su gato, Katasia decía que era una canallada y Lena se
había puesto más bella por la vergüenza, servía para el amor, pero para
nada más, por eso se avergonzaba del gato.
Sabía
que todo lo que se refería a ella debía tener un sentido amoroso y
aunque no sabía quién se ocultaba detrás de esa maldad se avergonzaba
del gato porque era suyo y se refería a ella. Pero su gato era también
del que acababa de ahorcarlo. El gato lo había llevado a Witold del
anverso al reverso de la medalla, hacia el círculo donde se producían
los misterios, hacia el mundo de los jeroglíficos, le daban ganas de
reírse viéndolo a Fuks buscando alguna pista.
Cuando salieron del
cuarto de Katasia doña Bolita clavaba algo con fuertes golpes de
martillo en un tronco del zaguán. Lena les explicaba a los jóvenes que
la madre tenía momentos de crisis y tomaba lo que fuera para
desahogarse, y los golpes que habían seguido a los de la madre los
había dado ella para hacerla entrar en razón.
Leon
empezó a insinuar que Bolita había matado al gato, Witold sabía que no,
pero María o el mismo Leon podrían haberlo matado. Doña Bolita dice que
para esa maldad que le hicieron a su hija sólo existe una explicación
pasional, y deja flotando en el aire la sospecha de que podría haberlo
hecho alguno de los dos jóvenes. Fuks acusa el golpe y comenta que el
día de su llegada el gorrión ya apestaba bastante.
Witold no sabía
si deseaba acariciar a Lena, o torturarla, humillarla, o adorarla. Si
deseaba porquerías o deleites celestiales, revolcarse con ella o
pasarle fraternalmente el brazo sobre los hombros. Ella pesaba en su
conciencia, se le parecía a una sonámbula arrastrando la desesperación
como una larga cabellera. Pocos días después emprendieron una excursión
a las montañas.
Mientras el sistema gorrión, palito, gato,
bocas, mano estaba todavía en vigencia en la posada, una corriente de
aire nuevo entró en escena. A la familia y a los estudiantes los iban a
acompañar dos matrimonios de recién casados amigos de Lena. Leon les
comentaba que iban al encuentro de un panorama maravilloso que había
descubierto hacía veintisiete años.
El padre buceaba en el pasado
y Witold en los enigmas del presente con la misma intensidad, una
coincidencia que aparecía como una réplica del mundo que había quedado
en la posada. De aquel paseo extraordinario Leon había traído una vara,
y otra vez un eco, el eco de la vara que les había señalado el cuarto
de la posadera. La casa había quedado al cuidado de Katasia.
En
una pensión del camino recogieron a una de las parejas, Lulo y Lula,
que comenzaron a lulear a todo pulmón y convirtieron a la reunión en
algo más vivo, hasta Lena y Ludwik sucumbieron al lulear de lo Lulos.
Encontraron a un sacerdote sentado en una piedra al lado del camino,
algo fuera del mundo, como la tetera de allá, y otro eco más.
Los
secretos de las bocas y del ahorcamiento del gato eran sólo de Witold,
pertenecían entonces a los dos círculos, el interior y el exterior. El
sacerdote provenía del exterior, era superfluo y absurdo. La irritación
que le producía a Witold era tan violenta y peligrosa como la que le
había producido el gato. ¡Cuidado, señor cura!, un loco anda suelto.
Una réplica más del mundo de la posada.
Los Lulos se excitaron
cuando vieron a los Tolos, la otra pareja. Tolo era capitán, un
caballero hasta la médula, la Tola pertenecía a ese género de mujeres
que no desean ser admiradas porque consideran que eso no les
corresponde, una extraña soledad carnal. El Tolo bebía con la frente
bien alta para dar a entender que nadie tenía derecho a poner en duda
su amor.
Los Lulos, con el aire más inocente del mundo, observaban
lo que ocurría como un par de tigres sedientos de sangre. El eco, ellos
permanecían ahí pero como eco de las cosas de allá. Tiru-liru.lá, la
eterna cantinela de Leon que de repente exclama: ¡Berg!, mientras le
explica a doña Bolita que no era nada, que era un viejo cuento de
judíos que algún día le iba a contar.
Witold
se encontró repentinamente a cinco pasos de Lena, ella le habla con
tono lulesco y él le pregunta dónde está ese panorama tan bello del que
les habla el padre. No era ella, ella se había quedado allá, en la
casa, ni tampoco Witold estaba ahí, por eso la presencia de ellos era
cien veces más importante, eran símbolos de ellos mismos. Cuando volvió
la cabeza Lena ya no estaba.
Leon sentado en un tronco le cuenta a
Witold que había trabajado treinta y dos años y que las historias del
gorrión y el palito eran para él fruslerías, que lo importante era la
fiesta, que en la fiesta iba a bergar con el berg. De aquí en adelante
Leon utiliza la raíz berg, a la que conjuga y declina de varias maneras
diferentes, para referirse especialmente a los órganos y a las
funciones sexuales.
Witold
quiere escaparse pero Leon no lo deja, le cuenta que la esposa no sabe
que el juega en la mesa con el berg, que berguea con el bemberg. Le
ruega a Witold que se quede, que le va a contar algo que le iba a
interesar pues lo veía como un buen bembergador, que lo había admitido
en su casa porque estaba bembergando con el berg a su hija Lena, a
escondidas.
Que sabía que le gustaría embergarse bajo las faldas de
Lena a pesar de su matrimonio, como el amanberg número uno, y que no le
dijera una palabra a nadie porque en caso contrario se vería obligado a
echarlo de casa. Acto seguido le comunica que no los había arrastrado
hasta ese sitio para ver un panorama sino para celebrar un aniversario
de algo que había ocurrido hacía veintisiete años; el placer más
intenso que había tenido en su vida, el placer que le había dado una
sirvienta.
Que
en su vida un tanto mediocre había paladeado pocos bocadillos, que
estaba muy vigilado, pero que había aprendido que una mano puede
excitar a la otra, para qué buscar entonces otra si uno tiene dos, que
si uno se las ingenia puede encontrar un mundo ilimitado de diversiones
en el propio cuerpo.
Esa noche harían la peregrinación, con
devoción, la devoción es necesaria porque sin ella no existiría el
placer. Le pidió a Witold que lo dejara solo para purificarse y
prepararse para el ceremonial del placer, para el festejo del Gran
Espasmo con aquella sirvienta. Witold pensaba que en las montañas se
iba a liberar de todas las asociaciones y combinaciones que lo
torturaban allá abajo, en la posada, pero cae en una trampa mucho peor.
Cuando lo deja a Leon se pone a decidir si pasa entre una
piedra y un hormiguero o entre el hormiguero y una raíz, y se queda
inmóvil con la misma inmovilidad del sistema gorrión-palito-gato. Doña
Bolita se queja del descaro de Lula que se tira lances con Tolo, y de
Lulo que la consiente, sin darse cuenta que lo que hacen los Lulos es
todo contra la Tola.
Durante
el paseo Lena emanaba tal seducción que Witold prefirió no mirarla.
Mientras comían Fuks se agachó para recoger una caja de fósforos que se
le había caído debajo de la mesa y vio como Tola restregaba su pierna
contra la de Lulo, por eso los Lulos se vengaban de ella. Witold tenía
miedo de que las manos se le empezaran a mover otra vez y lo volvieran
a oprimir como con el gato.
Estaba seguro de que si en la casa
de Leon no se hubieran aburrido tanto no hubiera pasado nada, el tedio
tiene poderes más terribles que el miedo. Ludwik no estaba con ellos.
Witold pensaba cómo podía hacer para definir una historia que acumulaba
y disociaba constantemente sus elementos. El sacerdote y la Tola habían
tomado demasiado y vomitaban fuera de la casa, pero esas bocas
vomitivas no sabían nada de las bocas que Witold llevaba ocultas.
Caminaba
por un sendero y de repente vio entre los árboles a un hombre colgado,
la última réplica, el último eco que le llegaba del mundo de la posada.
Era Ludwik colgado con su propio cinturón, un cadáver absurdo que se
convertía en un cadáver lógico por la formación del sistema
gorrión-palito-gato-Luwik colgados.
Decidió no informar a
nadie, que las cosas siguieran su curso, se alejaba pero lo asaltaron
las bocas de Katasia, de Lena, del sacerdote, de Tola y la de sí mismo
pues se le había empezado a mover, entonces, su mirada se dirigió a la
boca del cadáver, tenía que provocar al cadáver. No le podía encontrar
razón a la muerte de Ludwik, quizás se había ahorcado porque Lena se
acostaba con el padre, no podía saber nada y empezó a tener miedo.
Sin saber bien lo que hacía levantó
la mano y le metió un dedo en la boca al cadáver que después sacó y
limpió con el pañuelo. Witold caminaba hacia la casa, las bocas se
habían unido a los colgantes, por fin había logrado esa unión, en ese
momento tuvo la satisfacción del deber cumplido.
Ahora
resultaba necesario colgar también a Lena porque él se había convertido
en el representante del colgamiento, y cada uno quiere ser quien es. En
la colina de enfrente marchaban bajo la dirección de Leon, iluminados
por las luces de las linternas se daban ánimo con canciones y bromas;
Lena estaba entre ellos. No le iba a ser difícil llevarla aparte, eran
ya dos enamorados, si deseaba matarla es que ella también lo amaba,
podía ahorcarla y después colgarla.
La colgaría como había colgado
al gato, podía también no colgarla, pero, ¿cómo se puede desilusionar a
alguien de esa manera? Witold estaba a unos cuantos pasos del
sacerdote, le dio un fuerte empujón que lo hizo trastabillar, se le
movían las manos como se le habían movido en la balaustrada con el
gato; le abrió la boca y le metió un dedo que después sacó y limpió con
el pañuelo.
Witold
tenía la extraña sensación de haber traído al sacerdote desde el mundo
sagrado al mundo real. Mientras tanto Leon se excitaba recordando a
aquella mujerzuela, jadeaba, celebraba su propia inmundicia. Pero nadie
se iba, gimió lujuriosamente y finalmente exclamó: ¡Berg!, bembergado
con el berg. Los había llevado a la montaña para masturbarse.
De
repente la lluvia, un diluvio: ?En conclusión: escalofríos, reumas,
fiebres, Lena enfermó de anginas, fue necesario llevar un taxi de
Zakopane, enfermedades, médicos, en fin, todo cambió y yo volví a
Varsovia, mis padres, el conflicto permanente con mi padre, y otras
historias, problemas, dificultades, complicaciones. Hoy en el almuerzo
comimos pollo relleno?
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