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WITOLD GOMBROWICZ Y LÉON BLOY

Enviado por Corresponsal cinosargo el 31/08/2009 a las 14:01
Corresponsal cinosargo

JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y LÉON BLOY

“¡La ridiculez de Léon Bloy! Un día anota en su diario que en la madrugada lo despertó un  grito terrible como llegado del infinito. Convencido de que era el grito de un alma condenada, cayó de rodillas y se sumió en una ferviente oración. Al día siguiente escribe: ‘Ah, ya sé de quién era aquella alma. La prensa informa que ayer murió Alfred Jarry, justamente a la misma hora y en el mismo minuto en que a mí me llegó aquel grito...’ (...)”
“Y para contraste, ¡la ridiculez de Alfred Jarry! Para vengarse de Dios, pidió un palillo y murió hurgándose los dientes. Lo prefiero a Bloy, a quien Dios proporcionó sobre todo una magnífica superioridad absoluta sobre los demás mortales. Bloy vivía gozosamente entregado al Todopoderoso”

“¿Una razón medieval? ¿Un alma medieval? En tiempo de Carlomagno el papel de la intelligentsia era justamente opuesto al de hoy en día. En aquellos tiempos el intelectual estaba subordinado al pensamiento colectivo (de la Iglesia), en cambio el hombre simple pensaba por su cuenta, empíricamente y sin dogmas, en las cuestiones prácticas, cotidianas... Hoy es todo lo contrario...., la inteligencia se ha desencadenado y ya nada puede (...) Si pudiera, aunque fuese por un segundo, abarcar la totalidad. ¿Vivir siempre de fragmentos, migajas? ¿Concentrarme siempre en una sola cosa, dejando escapar todas las demás? ¿De qué me sirve ese Léon Bloy? Aunque...”
Las obras de Léon Bloy reflejan una profundización de la devoción a la Iglesia católica y la mayoría en general un gran deseo de lo absoluto.

Bloy conoce a una prostituta a la que convierte al catolicismo y que gradualmente empieza a tener experiencias místicas y revelaciones; el clímax de misticismo exacerbado –en un entorno de miseria material y soledad espiritual– y de anuncios apocalípticos incumplidos culmina con la demencia completa de la prostituta y el aplastamiento moral de Bloy.
Enemigo declarado del mundo burgués, y de todos los valores que encarnaba el espíritu moderno (progreso, democracia, ciencia), se lo suele emparentar en este aspecto con los grandes artistas contestatarios de fines de siglo XIX: Nietzsche, Dostoyevsky, Kierkegaard, Baudelaire. En algunos asuntos Gombrowicz sigue el camino de Léon Bloy, por ejemplo, cuando se propone alcanzar la totalidad concentrándose en una sola cosa.

“Yo miro esta mesa y me fijo en el cenicero. Si me fijo sólo una vez no pasa nada. Pero si vuelvo al cenicero y lo miro otra vez, entonces me voy a preguntar por qué el cenicero se ha convertido en un objeto más interesante que los demás. Y si vuelvo a mirarlo una tercera y una cuarta vez, el cenicero se convierte en un objeto decisivo. Por la repetición de un acto de conciencia se llega a dar una importancia terrible a una cosa que no tiene aspecto de ser tan importante. Esta emboscada de la conciencia tiene una gran importancia en mis obras”
Gombrowicz tenía una gran maestría para animar a los seres sin alma y darles un orden espiritual, por ejemplo, una mano en un relato de los diarios y un cadáver en “Crimen premeditado”.

A las diez de la mañana Gombrowicz estaba tomando un café en el Querandí. El mozo se le acerca y Gombrowicz empieza a ponerle atención a su mano que cuelga silenciosa, secreta y desocupada pero, de pronto, sin saber por qué, sus pensamientos vuelan hacia un árbol que había visto una vez desde la ventanilla del tren. La mano del mozo lo había asaltado de repente en medio del silencio.
Al volver a su casa la mano ya no estaba con él, pero una lectura que estaba haciendo de la conferencia de Heidegger sobre Zarathustra le inyectó a la mano una nueva dosis de existencia. La idea que lo llevó nuevamente al Querandí fue la del eterno retorno. Mientras se preguntaba si debía preparar la ropa para lavar, en el mismo momento, ese ser de Nietzsche que venía desde los primeros orígenes hasta las últimas realizaciones, estaba con él.

Un ser representante de la amargura, la furia y el silencio de humanidad. Silencioso como la mano del mozo. ¿Qué estaría haciendo la mano en el Querandí mientras Gombrowicz estaba en casa? Si dejara de pensar en la mano del mozo la mano se disiparía en la facilidad de la nada, pero la mano volvía a él porque el había vuelto a ella con Nietzsche. Y la mano le vuelve otra vez, ahora con la mano del Embajador de Polonia con quien estaba conversando.
Miraba esa mano diplomática apoyada el brazo del sillón, pero no era ésa la mano, sino aquella otra abandonada allá, como un punto de referencia. Gombrowicz empieza a tener miedo del diablo, un sentimiento extraño para un incrédulo, pero la presencia del mal convertía su ser en una existencia azarosa, inquietante y susceptible del diabolismo.

Le resultaba difícil aceptar cualquier tipo de certeza en un asunto en el que la falta de datos tenía el mismo significado que su abundancia. Su propia mano descansaba tranquila en el bolsillo, también descansaban tranquilas las manos sobre las rodillas de los automovilistas que corrían en sus coches. ¿Y la mano del Querandí qué estaría haciendo? Estaba vagabundeando en la periferia de sus límites en busca de no se sabe qué.
¿Y si Gombrowicz de repente se arrodillara ante la mano? Sería un intento fallido, como siempre, de construir un altar cualquiera. Una desesperación por agarrase de algo, de la mano del mozo del café Querandí. Más tarde, en el restaurante Sorrento, se le acercó el mozo, también con una mano desocupada igual que en el Querandí, una mano que sólo era importante porque no era aquélla.

Está adorando un objeto que él mismo enaltece. Se arrodilla frente a un objeto que no tiene derecho a exigir que se postren ante él, de modo que el ponerse de rodillas sólo depende de Gombrowicz. Escogió esa mano del Querandí para agarrarse de algo, para tener un punto de referencia. Pero no quiere que la mano haga algo con él, o de él. Ya es de noche, llega a un café de Lavalle y San Martín.
Discute con Gómez sobre el tema de Raskólnikov. Su punto de vista es que en “Crimen y Castigo” no existe un drama de conciencia en el sentido clásico de la palabra. El juicio de Raskólnikov no es de su conciencia, es un juicio surgido de un reflejo, un juicio de espejo. Este tipo de reflejo se convierte también en un mecanismo que nos lleva a decir lo que nos pasa por la cabeza.

Esta conciencia de espejo es como fijar la mano en alguna parte, fuera de nosotros, por la fuerza de un reflejo. Así como se iba construyendo la conciencia de Raskólnikov, así es como se le estaba construyendo esa mano a Gombrowicz. Esa mano se ha convertido en un parásito, ahora se está alimentando de Dostoievski, no parará hasta chupar de Gombrowicz todas las palabras que necesite. Llegó la medianoche, habían pasado catorce horas desde el comienzo de la aventura. ¿Dónde estará la mano en ese momento? ¿Todavía en el Querandí? ¿Descansará en alguna almohada y se habrá puesto a dormir?
“Me pareció tranquila al verla por primera vez en el Querandí... , pero se ha vuelto cada vez más posesiva... , y yo mismo ya no sé qué es la que podría frenarla allá, en la periferia... , donde está mi límite”

En “Crimen premeditado” también podemos encontrar algunas huellas de la preferencia que tiene Gombrowicz por Bloy cuando lo compara con Jarry. De la casa de Ignacio K. solicitaron la ayuda de un juez para resolver un problema patrimonial. El funcionario llegó a la noche, lo atacaron los perros y tuvo que meterse de apuro en el coche. Finalmente pudo anunciarse como el juez de instrucción H. y manifestar el deseo de verse con el señor K.
El joven Antonio lo hizo pasar y le dijo que era hijo del anfitrión. Su hermana Cecilia, que los esperaba en una sala pequeña, con excepción de una cara bonita, pertenecía a la clase de las jóvenes carentes de reacciones, indiferentes y despistadas. Le dieron la bienvenida, estaban temerosos, pero no se sabía de qué tenían miedo.

El juez preguntó si el señor K se hallaba en casa y los hermanos respondieron afirmativamente. La cena fue sombría, el apetito del hambriento juez resultaba extraño tanto a los hermanos como a Esteban, un criado. Cuando terminaron de cenar entró la madre, la señora K., se sentó sin pronunciar palabra, miró con severidad al juez y después de unos minutos le comentó que quizás estuviera molesto por haber hecho un viaje sin sentido puesto que su esposo había fallecido anoche.
El juez muy sorprendido le dio las condolencias y balbuceó algo referente al respeto y aprecio que siempre había tenido por el difunto. Como el visitante estaba acostumbrado a los cadáveres provenientes de los asesinatos, en vez de pedir permiso para ver al difunto, lo pidió para ver el cadáver, una palabra que produjo un efecto desafortunado.

La viuda rompió a llorar y le tendió una mano que el juez besó con humildad. El protagonista permaneció allí, mirando las manos temblorosas de la señora sin que se le ocurriera nada, sintiendo que su situación a cada minuto se volvía más embarazosa. La señora lo acompañó a ver a Ignacio.
Mientras subían al piso superior le comentaba que fue un golpe terrible, que los hijos estaban aturdidos y no decían nada, que Antonio estaba disgustado con ella porque le temblaban las manos, que su hijo no debería haber tocado el cuerpo y esperaba que no enfermara por haberlo tocado, sin embargo, algo se tenía que hacer, hubo que arreglarlo, que Antonio no había llorado en ningún momento, que ella le rogaba al cielo para que pudiera llorar.

Cuando la viuda abrió la puerta el juez se arrodilló e inclinó la cabeza sobre el pecho, el muerto estaba en la cama tal como había fallecido. Su cara azul e hinchada indicaba la muerte por asfixia, muy común en los ataques al corazón. El juez se persignó, rezó una plegaria e hizo un comentario sobre la nobleza de los rasgos del difunto.
Se volvió a arrodillar otra vez a dos pasos de un cadáver que no tenía derecho a tocar. Desde el mismo momento de llegada todo lo que había hecho le resultaba falso y pretencioso, como la representación de un actor mediocre. Cuando por fin se halló en su habitación se sacó el cuello y lo arrojó al piso para pisotearlo, estaba furioso, sentía que lo estaban poniendo en ridículo, que aquella mujer malvada había preparado todo muy hábilmente.

La viuda le exigía que le rinda homenaje, que le bese las manos, que tenga sentimientos. Le daba rabia que no hubieran tenido en cuenta su carácter de juez de instrucción y que en la casa había un cadáver, y que una cosa debía estar relacionada con la otra, un huésped que accidentalmente resulta ser un juez de instrucción al que no le envían el coche y se resisten a abrirle la puerta.
A alguien le molestaba la presencia del juez, lo obligaban a arrodillarse y a besar manos con el pretexto de que el finado había muerto de muerte natural. Había algo irregular en todo eso. El funcionario echó mano a toda la agudeza de que disponía y empezó a establecer la cadena de hechos, a construir silogismos, a seguir los hilos y a buscar pruebas.

A la mañana siguiente el juez se puso a hablar con el otro criado, le confirmó que Ignacio había muerto en la habitación de arriba, también le dijo que Esteban dormía con el mayordomo en un cuarto junto a la cocina, y que él dormía en la despensa, que la señora dormía con el señor pero una semana antes de la muerte se había mudado al cuarto de la hija, y que Antonio dormía en la planta baja junto al comedor.
Le resultó extraño lo de la mudanza de la esposa pero se propuso no sacar conclusiones apresuradas. Cuando la viuda le preguntó si ya se iba le respondió que le gustaría quedarse un poco más. La viuda murmuró algo sobre el traslado del cadáver y le preguntó con poca convicción si estaría presente en el funeral. El juez le respondió que sí, que era un gran honor para él estar presente y le pidió permiso para ver el cadáver otra vez.

A juzgar por las evidencias el hombre había muerto de muerte natural, sin embargo, se acercó al lecho y tocó el cuello del cadáver con un dedo. La viuda se alarmó pero el juez siguió revisando el cuello y examinado toda la habitación, escrupulosamente. Lo único que desentonaba en el conjunto era una enorme cucaracha muerta.
Finalmente el juez se decide y le pregunta a la viuda por qué se había mudado a la habitación de la hija; la viuda le responde ofendida que se había mudado porque su hijo se lo había recomendado, para que Ignacio tuviera más aire pues ya se había estado asfixiando durante todo una noche. La mujer está preocupada, el juez le pide que no trasladen el cadáver hasta el día siguiente, ella se yergue, lo desafía con la mirada y abandona la habitación.

Pero, nada, sólo la cucaracha aplastada junto al tocador, es como si el cadáver, contemplando el cielo, estuviera diciendo que había muerto de un ataque cardíaco. El juez salió de su habitación para dar un paseo alrededor de la casa. Cuando entró al comedor Cecilia y Antonio se alejaron rápidamente mientras los sirvientes preparaban la mesa para el almuerzo.
La señora estaba aterrorizada y le preguntó a la hija si el juez ya se había ido, no comprendía qué andaba buscando, que Antonio no lo iba a tolerar porque estaba cometiendo una injuria. Cuando el juez le pregunta a Antonio si lo quería al padre, le responde que lo quería bastante y que el día de la muerte había dormido en su habitación de la planta baja.

Mientras el juez se lavaba las manos en su cuarto entró el mismo criado de la mañana para preguntarle si necesitaba algo. Le contó que la noche de la muerte del señor Ignacio, Antonio lo había encerrado con llave en la despensa, no estaba dormido a pesar de que era la medianoche y lo había escuchado, le pidió al juez que por favor no comentara esto.
Pero si en el tribunal le hubieran preguntado al juez en qué se basaba para afirmar que ese hombre había sido asesinado, tendría que haber respondido, que en el comportamiento extraño del hijo, en que todos se comportaban como si lo hubieran asesinado aunque la autopsia hubiera demostrado que había muerto de un ataque cardíaco.

En la mesa el juez se mandó una larga perorata sobre la naturaleza del crimen, el crimen real lo comete siempre el espíritu, los detalles son las formalidades médicas y judiciales, los detalles son externos. De pronto, la viuda, pálida como la muerte, arrojó su servilleta y, con las manos más temblorosas que de costumbre, se levantó de la mesa exclamando que era un malvado.
El juez le responde que si él era un malvado que le explicara entonces por qué habían cerrado la puerta con llave, pensando en la puerta de despensa, la noche de la muerte de Ignacio. Cecilia dice que fue ella, la madre aclara que ella se lo ordenó, pero se referían a la puerta del cuarto de ellas y no a la puerta de la despensa. Antonio manifestó que no podía decir porque había cerrado la puerta y abandonó el comedor.

El juez pensó que el cadáver debía haberle preocupado a esa banda de asesinos. A la medianoche Antonio golpeó su puerta y el juez lo hizo entrar, entonces el joven le dice que o se iba inmediatamente de la casa o le hablaba con claridad sobre qué es lo que estaba haciendo. El juez se decide y le dice que está pensando que su padre había sido estrangulado.
Se ponen a reflexionar entre los dos y concluyen que nadie pudo haber entrado a la casa desde afuera así que sólo existían seis sospechosos, tres de la familia y tres de la servidumbre. Pero el paso de los sirvientes había sido cerrado por Antonio que no sabía por qué lo había hecho. Como la madre y la hermana también habían cerrado la puerta de su cuarto sin saber por qué, el único sospechosos que quedaba era Antonio.  

Otra cuestión que lo volvía sospechoso es que no había llorado, y que se sentía feliz por la muerte de su padre. Pero nadie había estado en el cuarto de Ignacio porque Antonio, no sólo había cerrado la puerta de la despensa, sino también la de su propia habitación. Antonio murmuraba que como todos temían que el padre se muriera, posiblemente, por miedo y por pudor se habían encerrado con llave.
En fin, porque todos querían que Ignacio resolviera por su cuenta sus asuntos. Cuando el juez se estaba preguntando quién lo habría hecho entonces, Antonio se quebró y le confesó que lo había hecho él, que lo había hecho maquinalmente, sin pensarlo, que en un minuto lo había estrangulado, había regresado a su cuarto y se había dormido profundamente.

El juez le hizo ver que, sin embargo, existía una pequeña dificultad, una pequeña formalidad nada importante: el cuello no revelaba huella alguna de estrangulación, el cuello no había sido tocado. Dicho esto se deslizó por la puerta entreabierta y se fue a esconder en el guardarropa del cuarto donde yacía el cadáver. Esperó largo rato hasta que, finalmente, la puerta se abrió.
Alguien se deslizó en el interior y enseguida escuchó un ruido espantoso, la cama crujió estruendosamente, después los pasos se retiraron sigilosamente. Luego de una hora el juez salió del escondite, las sábanas que cubrían el cadáver estaban revueltas, el cuerpo yacía ahora en diagonal y en el cuello aparecían, nítidas, las impresiones de diez dedos. Las formalidades se habían cumplido ex post facto.
“Aunque los peritos no estuvieron del todo satisfechos con aquellas huellas dactilares (alegaban que había algo que no era del todo normal), fueron consideradas al fin, junto a la plena confesión del asesino, como una base legal suficiente”



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