O los “porteños” son todos marinos, o los marinos son todos “porteños”, o las marinerías
dan la tónica a la fisonomía litoral, a las iglesias, a los
prostíbulos, a las tabernas, a los patíbulos, al sol, a las cocinerías,
a las pescaderías, a las borracherías, a las niñas bonitas que parecen
damajuanas de porcelanas azul o guitarras o botellas de oro o tinajas
de los abuelos, los bisabuelos, los tatarabuelos de Pomaire, acumuladas
en la tonada nacional, el mar, el mar, el mar de Valparaíso, camina por
los barrios y las bodegas, tuteándose, de hombre a hombre, con los
trabajadores portuarios o los nortinos licoreados que “andan en tomas”,
y las ropas tendidas son banderas o “claveles del aire” en los cordeles
del proletariado creador de hogares, los cachureos-comercios ardiendo y
saliendo de lo oceánico tentacular de tu escultura, como de los
sargazos y los naufragios, o de antiguas batallas perdidas.
y los Mercados son puertos navieros del barrio de “El Cardonal” o de “La Aduana”,
anclados y atravesados de puñaladas, canciones y emigraciones.
como Marsella o Barcelona o Venecia o Liverpool o Nueva York, la gran ciudad podrida,
o Shangai, la gran ciudad heroica y progenitora, u Odessa o a la manera
de la Babilonia de Nabucodonosor, en la que marranos de carne o seres
humanos, encadenados a la misma coyunda del asesinato, acumulaban la
sociedad partida en dos y enfurecida, o el garañón de látigos, en su
enorme luto del mundo. (...)
Todos los caminos de todos los destinos de la tierra van a dar
al mar, Valparaíso. (...)
No buses corren, buques por las vías públicas de tu oceanografía: “el callejón de los
pimientos” o la “Subida de la Calagua”, que es la canilla de la
puñalada y el cuero del viejo poeta Zoilo Escobar bracea nadando
adolescencia abajo, las mareas de la Gran Mar Océano del Sur, desde su
tumba verde o como musgoso de placton famoso; Carlos de Rokha nació y
cantó muy grandes poemas adentro del complejo de tu pecho naviero,
clavada la proa en los arcanos de la inmortalidad herida; y Tomás su
hermano, rugía a la vida finita en la subida del Membrillo, arriba,
¡oh! Divino Valparaíso amigo, lo mismo, exactamente lo mismo, cuando el
huaso a caballo domina la montura y la cabalgadura o cuando, bramando,
la mula difunta lo patea o lo bostea contra su sombra, sí, en ti,
“puerto viento”, puerto de hueso, puerto de fierro y lágrimas, aprendió
a vivir y morir, colosal, con los dos años tronchados, a la vanguardia
de la marinería de antaño. (...)
La oceanografía no es tu régimen, lo es la cantidad oceánica, la cual da la calidad
oceánica, transformándose y ordenándose y superándose
en tu estupendo poderío
espantoso, como un “Dios” decapitado, como un ataúd que se parase de repente y
se pusiera a gritar y a llorar como un tomo de poemas, solo.






































