
WITOLD GOMBROWICZ Y HENRI LEFEBVRE
“Lefebvre
sobre Kierkegaard: ‘Perdió su amor, su novia. Ruega a Dios que le
devuelva todo lo perdido y espera (....) ¿Qué es lo que reclama, pues,
Kierkegaard? Reclama la repetición de una vida que no vivió, la
recuperación de la novia perdida (...) Reclama la repetición del
pasado; que le sea devuelta Regina, tal como era en los tiempos de
noviazgo’ (...)”
“¡Qué parecido tan grande entre este pensamiento de
Lefebvre y ‘El casamiento’! Sólo que Henryk no se dirige a Dios sino a
los hombres. Derriba a su padre-rey (el único eslabón que lo une con
Dios y con la moral absoluta), tras lo cual, al proclamarse rey,
intentará recuperar el pasado sirviéndose de los hombres, creando de
ellos y con ellos una realidad. Magia divina y magia humana”
“Lefebvre, igual que
todos los marxistas que escriben sobre el existencialismo, resulta a
ratos, al menos para mí, perspicaz, pero al cabo de poco tiempo es como
si se hubiera caído de una ventana a la calle, resulta totalmente
vulgar, insoportablemente plano”
Henri Lefebvre, filósofo marxista,
intelectual, sociólogo y crítico literario, enfrentado al pensamiento
estructuralista francés, sus ideas sobre un marxismo humanista tuvieron
una gran influencia en las líneas de pensamiento de los años 1960 y
1970. Lefebvre consideraba necesario que la cotidianidad se libere de
los caracteres impuestos por el capitalismo a la vida individual y
colectiva. De lo contrario, la cotidianidad será como un depósito
subterráneo en el que se sedimentan los convencionalismos y las
mentiras del poder y por tanto será también una barrera que impida la
creatividad.
Para Lefebvre el individuo puede crear una
ideología política que le permita cambiar la estructura del entorno y
reorganizar el territorio, de manera que el hombre se apropie del
espacio que hace a su identidad. En cuanto a Kierkegaard podemos decir
que era enemigo del disimulo y las mentiras, quería llevar una vida
auténtica en el reino de la fe cristiana y luchar contra la mala fe de
los que fingían tenerla sin vivir al nivel de los severos y austeros
principios del cristianismo verdadero.
Quiso
ponerse a prueba él mismo y eligió romper su compromiso con la hermosa
Regina Olsen que lo adoraba, una conducta que utilizó
desvergonzadamente en sus libros describiendo a la mujer como el eterno
enemigo del espíritu, como el diablo que arrastra a los jóvenes a sus
trampas.
Pero todas estas actitudes con las justificaciones
respectivas eran mentiras, mentiras al mundo y a sí mismo. El sueño de
Kierkeggard que ruega a Dios que le devuelva a Regina, no es el mismo
de Gombrowicz en “El casamiento”; Manka estaba pasada de vueltas cuando
Henryk le ruega al padre que se la devuelva virgen e inocente. Los
padres de Henryk no tenían una buena opinión de Manka.
“Por
favor, no piensen que pueden permitírselo todo porque esto es una
posada. ¿Pero qué es esto? ¡Eh! Les entran las ganas, también es una
calamidad que a esta arrastrada todos la quieran manosear, no piensan
más que en tocarla, todos la tocan y la sofaldan, día y noche, sin
parar, siempre igual, frotarla, sobarla, sofaldarla, y eso trae
problemas (...) ¡No te cases con ella! (...)”
“Porque el viejo
borracho dijo la verdad. Ella tonteaba con Wladzio, en el pasado (...)
¡También yo los sorprendí sobándose junto al pozo en pleno día, se
toqueteaban y se buscaban, él a ella y ella a él, Henryk, no te cases!”
Gombrowicz
empezó “El casamiento” durante la guerra con el propósito de escribir
la parodia de un drama genial. Se propuso mostrar a la humanidad en su
paso de la iglesia de Dios a la iglesia de los hombres, pero esta idea
no le apareció al comienzo, en la mitad del segundo acto todavía no
sabía bien lo que quería. “El casamiento” es la teatralidad de la
existencia, una realidad creada a través de la forma que se vuelve
contra Henryk y lo destruye. En esta obra Gombrowicz les abre la puerta
a sus percepciones proféticas.
Es
el sueño sobre una ceremonia religiosa y metafísica que se celebra en
un futuro trágico en el que el hombre advierte con horror que se está
formando a sí mismo de un modo imprevisible; un acorde disonante entre
el individuo y la forma. Si no hay Dios, los valores nacen entre los
hombres.
Pero el reinado de Henryk sobre los hombres tiene que
hacerse real convirtiéndose en un hecho, las necesidades formales de la
acción para hacerlo rey terminan por derrumbarlo y toda la
transmutación fracasa; ha recibido un zarpazo de Dios. En esta pieza de
teatro se cuenta el sueño de un soldado polaco alistado en el ejército
francés que está peleando contra los alemanes en algún lugar de
Francia. Durante el sueño se le abren paso las preocupaciones de la
guerra.
La
angustia que le produce su familia perdida en alguna de las provincias
profundas de Polonia le despierta los temores del hombre contemporáneo
a caballo de dos épocas. Henryk ve surgir de ese mundo onírico a su
casa natal en Polonia, a sus padres y a su novia.
El hogar se ha
envilecido y transformado en una taberna en la que su novia es la
camarera y su padre el tabernero, y ese padre empobrecido y degradado
en una posada miserable, perseguido por unos borrachos que se mofan de
él, grita al cielo que es intocable, y alrededor de esta exclamación se
empieza a hilar toda la trama de la obra. Los borrachos cantando y
bailando a su alrededor con risas beodas y sarcásticas lo señalan con
el dedo como si fuera un rey intocable.
Pero, entonces, el hijo le rinde
homenaje al padre con toda la seriedad de una consagración real, y el
padre se transforma en rey. Ya como rey el padre eleva al hijo a la
dignidad de príncipe y le hace la promesa, en virtud de su poder real,
de que le concederá un casamiento digno y religioso, y que restituirá a
la novia la pureza y la integridad de antaño.
Cuando se está
preparando el casamiento digno y sagrado que celebrará un obispo el
sueño del protagonista empieza a vacilar junto a la ceremonia, Henryk
se siente amenazado por la estupidez, justamente cuando aspira con toda
el alma a la sabiduría, a la dignidad y a la pureza y, poco a poco, va
perdiendo la confianza en sí mismo y en el sueño.
Otra vez
entra en la escena el cabecilla de los borrachos para provocarlos, y
cuando Henryk está a punto de pegarle, la escena se metamorfosea en una
recepción de la corte en la que el borracho se ha convertido en el
embajador de una potencia extranjera que incita al príncipe a la
traición. El obispo, el rey, la iglesia y Dios son viejas
supersticiones y, si Henryk se proclamara a sí mismo rey, ninguna
autoridad divina ni terrenal le sería necesaria.
Se
administraría a sí mismo el sacramento del matrimonio y obligaría a
todos a reconocerlo y a reconocer a la novia como pura y unida a él.
Una transformación que había comenzado con la intocabilidad del padre
culmina en el paso de un mundo basado en la autoridad divina y paternal
a otro en el que la propia voluntad de Henryk deberá convertirse en la
autoridad divina y creadora como la de Hitler, como la de Stalin.
El
príncipe cede a la incitación del borracho, destrona al padre y se
convierte en rey, pero el borracho anda detrás de algo más. Cuando
estaba por finalizar la ceremonia matrimonial le pide a un amigo de
Henryk que sostenga una flor encima de la cabeza de la novia; acto
seguido la escamotea rápidamente dejándolos en una actitud falsa y
sospechosa que despierta los celos del príncipe.
Henryk
ve al borracho como si fuera un sacerdote cochino uniendo a su amigo
Wlazio y a su prometida Manka en un casamiento inmoral y bajo. Henryk
se convierte en un dictador, ha dominado a todo el mundo, también a sus
padres, y de nuevo se vuelve a preparar la ceremonia nupcial pero esta
vez sin Dios, sin otra sanción que la de su poder absoluto.
Pero
el dictador siente que su poder sólo tendrá realidad si es confirmado
por alguien que realice voluntariamente el sacrificio de su sangre. Le
pide a Wladzio que se mate para él, pues este sacrificio calmará sus
celos y lo hará poderoso y formidable para realizar su casamiento y
conseguir la pureza de la novia. Wladzio se mata, pero Henryk retrocede
horrorizado ante lo que ha hecho y el casamiento no se consuma.
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