
WITOLD GWOMBROWICZ Y STANISLAW IGNACY WITKIEWICZ
“Witkiewicz,
desenfrenado y perspicaz, cuya inspiración provenía del cinismo, era
suficientemente degenerado y loco como para salir de la normalidad
polaca hacia unos espacios ilimitados, y al mismo tiempo lo bastante
sensato y consciente como para devolver la locura a la normalidad y
unirla a la realidad. Sin embargo, desaprovechó su talento, al igual
que Przybyszewski, seducido por su propio demonismo, sin saber unir lo
anormal a lo normal y, víctima, por lo tanto, de su propia
excentricidad (...)”
Todo amaneramiento es resultado de la
incapacidad de oponerse a la forma; cierta manera de ser se nos
contagia, se convierte en vicio, se hace, como suele decirse, más
fuerte que nosotros. Y no es de extrañar, pues, que estos escritores
muy poco asentados en la realidad, o más bien asentados en la
irrealidad polaca o en la realidad incompleta, no supieran defenderse
ante la hipertrofia de la forma (...)”
“Para
Witkiewicz, igual que para Przybyszewski, el amaneramiento se convirtió
en facilidad y absolución del esfuerzo, por eso la forma de ambos es
tan apresurada como negligente”
Gombrowicz veía a Witkiewicz a
menudo en su juventud, pero tenía que utilizar alta diplomacia para
mantener una cierta armonía con una naturaleza tan diferente de la
suya. Hay que decir que Witkiewicz también le tenía paciencia a él.
Gombrowicz, que conocía el egocentrismo agresivo de ese gigante pesado,
estaba dispuesto a romper las relaciones con él en cualquier momento,
así que no le importaba que para diferenciarse de Witkiewicz tuviera
que insistir en la representación del papel de un terrateniente snob y
amanerado.
Witkacy se daba cuenta que le respondía con su
propia pose a su pose, pero el séquito de tontos que lo rodeaba, en
cambio, lo consideraba a Gombrowicz como a un verdadero idiota. Hay que
decir, no obstante, que este hombre endemoniado luchaba contra el
fanatismo nacionalista, contra los delirios de grandeza polacos, contra
la misión de Polonia “Semper fidelis” en los confines de Europa.
Despreciaba
a los intelectuales polacos mediocres. El elemento que lo hace a
Witkacy tan familiar a nuestro presente es el demonismo, un demonismo
al que Gombrowicz califica de monstruosidad. Su objetivismo inhumano se
transformó en algo escandalosamente humano, se transformó en cinismo, y
el cinismo se metamorfoseó en brutalidad sexual.
A las
monstruosidades del cinismo del intelecto y de la brutalidad del sexo
Witkiewicz le agregó otra monstruosidad más: el absurdo. Impotente y
desesperado frente la insensatez del mundo lleva el absurdo al punto de
convertirse él mismo en un absurdo, un sin sentido que utiliza para
vengarse de los hombres en todos los planos de la existencia.
“Finalmente
llega a la monstruosidad metafísica. Quiere alcanzar el escalofrío
metafísico que nos arranca de lo cotidiano, colocando a la naturaleza
humana en contacto inmediato con su insondable misterio. Por otra
parte, esta metafísica no eleva al hombre, al contrario, lo desfigura.
Witkiewicz tiene algo de un ser fantástico por su deforme y convulsa
capacidad de excitarse frente al abismo de su propia persona (...)”
“El
frío sadismo con el que este autor trata los productos de su
imaginación no se apaga jamás, ni siquiera un segundo. La metafísica es
para él una orgía, en la que se abandona con el enfurecimiento de un
loco”
Gombrowicz era el benjamín de un grupo que recibió el nombre
de los tres mosqueteros: Stanislaw Ignacy Witkiewicz, Bruno Schulz y
Witold Gombrowicz. Sin embargo, ninguno de los tres tenía un
sentimiento marcado de pertenencia a ese clan de escritores cuyo
horizonte era bastante diferente al del nivel medio de la literatura
polaca.
Bruno
Schulz llevó a Gombrowicz a la casa del más loco de los mosqueteros:
Stanislaw Ignacy Witkiewicz. De ese modo esos tres hombres que trataban
de orientar la literatura polaca hacia nuevos caminos, que tuvieron una
gran influencia en el arte polaco y que fueron apreciados en el mundo,
se encontraban por fin juntos.
Si dejamos un poco de lado el
entusiasmo de Schulz por Gombrowicz se podría decir que el escepticismo
y la frialdad reinó siempre entre ellos. Gombrowicz no creía en el arte
de Witkacy, y Witkacy pensaba que Gombrowicz era demasiado hijo de
mamá, no esperaba de él nada extraordinario. Desde el primer encuentro
Witkiewicz lo cansó y lo aburrió, se atormentaba a sí mismo y a los
demás con una actuación teatral incesante para sorprender y centrar la
atención de los demás en él.
Sus defectos eran también los de Gombrowicz que los
observaba en Witkacy como en un espejo deformante, monstruoso y de
proporciones apocalípticas. Cuando le mostró su “museo de los horrores”
en el que lucía la lengua seca de un recién nacido Gombrowicz lo detuvo
con una actitud de hidalgo polaco: –¡Pero no nos enseñe cosas
semejantes! ¡Eso es incorrecto!
Fue el instinto de
conservación, Gombrowicz sabía que si no se le oponía de inmediato lo
iba a dominar e incluir en su séquito. A pesar de los antagonismos y
animosidades de los tres mosqueteros tenían en común el deseo de
sobrepasar los límites del provincianismo polaco y salir a aguas más
abiertas respirando el aire de Europa y del mundo, al contrario de los
ases locales que eran cien veces más polacos.
Los tres mosqueteros
conocían el valor de la originalidad en una medida universal más que
local, y abordaban el arte formados en técnicas y conceptos extranjeros
de vanguardia decididos a tomar a la literatura polaca por los cuernos.
Renunciaron a muchos amores que podían atarlos y fueron más libres e
incisivos, más severos y dramáticos.
La
inteligencia y la intransigencia de Witkiewicz eran espléndidas pero
exageraba su actitud de teórico endemoniado y no se daba cuenta de que
aburría, su incapacidad de tratar con un hombre vivo sin considerarlo
una abstracción era irritante y lo convirtió en un hombre seco y
farsante. Witkacy, el demonio, acabó consigo de una manera demoníaca.
Huyendo de los bolcheviques en la última guerra se mató en un bosque.
Witkiewicz
no creía en la casualidad. Se creyó un profeta. Cuando comenzó la
guerra intentó entrar como oficial de la reserva, pero a causa de su
edad no recibió la orden de movilización. En diciembre de 1939, al
conocer que el Ejército Rojo había invadido Varsovia, salió de su casa
en busca de un buen árbol a cuyo pie matarse. Una hora después encontró
una encina.
Comenzó a
inyectarse una droga para que la sangre le circulara más rápido y la
perdiera de prisa, y luego ingirió luminal. Se hizo un tajo en el brazo
con una hoja de afeitar. Al día siguiente lo encontraron muerto, las
bellotas de la encina seguían cayendo sobre su cuerpo. Stanislaw Ignacy
Mitkiewicz quiso tener más de un nombre, como también los tiene el
diablo, y adoptó el seudónimo de Witkacy para distinguirse de su padre,
Stanislaw Witkiewicz, pintor y escritor como él.
“La derrota que
sufrió Witkacy era inteligente: el demonismo se convirtió para él en un
juguete, y ese payaso trágico estuvo muriéndose durante su vida, como
Jarry, con un palillo entre los dientes, con sus teorías, con la forma
pura, sus dramas, sus retratos, sus 'tripas', su 'panza' y sus
colecciones porno-macabras (...)”
“Lo que se destaca en él es la
impotencia frente a la realidad y la suciedad de su imaginación, que no
era sólo el resultado de la irrupción de lo asqueroso en el arte
europeo, sino también la expresión de nuestra impotencia ante la
suciedad que nos devoraba en una casa de campesinos, en el camastro
judío, en las casas sin retrete. Los polacos de esta generación ya
percibían con toda claridad la suciedad como algo extraño y horrible,
pero no sabían qué hacer con ello, era un forúnculo que llevaban encima
y cuyas ponzoñas los envenenaban”
"Las opiniones vertidas en los artículos y comentarios son de exclusiva responsabilidad de los redactores que las emiten y no representan necesariamente a Revista Cinosargo y su equipo editor", medio que actúa como espacio de expresión libre en el ámbito cultural.






































