
El Niño en el Columpio
Joaquín Guillén Márquez
Mi trabajo era terminar con la vida de aquel niño.
El pequeño tendría un accidente ocasionado por mí. Se caería del columpio en el cual jugaba y al chocar con el suelo el impacto con una roca sería demasiado para su pobre cuerpo.
Lo observé. Fue la primera vez que veía a una víctima a los ojos. ¿Por qué tenía que ser un niño? Los infantes son quienes menos mal tienen en su mente. No habría tenido compasión de no haber sido por su mirada, contemplando lo bello de los árboles, del cielo, de las flores que se mecían despacio a causa del viento que el columpio proporcionaba.
Así lo seguí de cerca, seguía admirando la belleza que era aquel pequeño. Su sonrisa era lo más inocente y verdadera que podría pensar. Su risa era como el canto de las sirenas que me invitan a perderme en el mar.
Su mamá estaba sólo a unos metros de donde me encontraba.
―Mi vida, ya es hora de irnos ― Le avisó― Tu padre llegará pronto a la casa y espera verte con muchas ganas. ¡Precioso! Eres nuestra adoración.
Entonces me di cuenta de la edad de mi víctima. No tendría más de cinco años. Bajó corriendo del columpio y reaccioné. No estaba ahí para admirar la vida, sino para destruirla. Era mi trabajo.
Vislumbré una última sonrisa en su rostro… Estaba cerca, después de todo. Tengo todo el tiempo posible para acabar con mis otras víctimas.
Tomé la guadaña, mi fiel arma. Y despacio me dejé llevar por lo que creí que son los sentimientos.
El niño corrió a abrazar a su mamá, sin saber del peligro que los había atormentado. Y yo me fui, regresé a mi lugar, donde el tiempo no existe.






































