
WITOLD GOMBROWICZ Y STANISLAW PRZYBYSZEWSKI
Stanislaw
Przybyszewski, el ideólogo y el más radical propagador de la estética
modernista en Polonia, se dio a conocer como dramaturgo y novelista. En
sus novelas aparece la oposición entre el individuo con ambiciones
artísticas y el ambiente social con sus mecanismos destructivos. La
acción de la mayoría de las novelas de Przybyszewski se desarrolla en
un ambiente bohemio y el tema del instinto sexual aparece con
frecuencia en su prosa.
Como dramaturgo, Przybyszewski resume en
su obra teórica los principios del drama sintético que ejecutaba en su
propia obra dramática. Su teoría presenta coincidencias con los
principios del simbolismo pero quizás, lo más importante de su creación
dramática, sea que rompe con las limitaciones temáticas existentes
hasta aquel momento en el drama polaco.
El
tema fundamental de casi todas su obras es el conflicto entre el
erotismo y las normas éticas, unas energías a las que trata de poner en
caja con un demonismo desembozado. Su obra, marcada por el simbolismo
de Strindberg y por el expresionismo alemán, puede considerase como un
punto de enlace con la vanguardia polaca, más especialmente con
Stanislaw Ignacy Witkiewicz y con Bruno Schulz. La obra de Gombrowicz
en la que aparecen con más claridad las concepciones que puso en juego
Przybyszewski es ?Pornografía?.
?El protagonista de esta novela,
Fryderyk, es un Cristóbal Colón que parte a descubrir tierras
desconocidas. ¿Qué busca? Esa belleza nueva, precisamente, esa poesía
nueva disimulada entre el adulto y el joven (...)?
?Es un poeta
de una conciencia llevada al extremo, al menos eso es lo que yo
pretendía. Pero resulta tan difícil entenderse en nuestros días...
Algunos críticos han visto en él a un Satán, ni más ni menos, y otros,
se han contentado con una definición más trivial: un voyeur?
Pero
Gombrowicz incluyó a Przybyszewski en el grupo de escritores polacos
anteriores a su generación que se malograron por haberle dado una
excesiva importancia a la participación de su ?yo?, una idea que en sus
manos resulta un tanto llamativa.
?Probablemente era el único que
podía llevar a cabo la revisión de nuestros valores, o al menos
enriquecer nuestra vida con una serie de mitos estimulantes y
categóricos en su extremismo (...)?
?No tiene mayor importancia
el hecho de que introdujera la modernidad y la bohemia, lo que importa
es que aboliera nuestro bonachón, puro y cívico concepto del arte,
introduciendo en nuestro idilio polaco el concepto de la creación
artística como un proceso demoníaco. Fue el primero en Polonia que
encarnó el arte implacable, un arte que no hacía concesiones a nadie ni
a nada y que constituía una tremenda descarga del espíritu (...)?
?Fue
el primero entre nosotros que realmente exigió el derecho a la palabra
¿A qué atribuir el hecho de que esta imaginación se volviera
pretenciosa, de mal gusto, retorcida, chillona, de que enfermase de
Przybyszewskianismo? La corriente del pensamiento europeo que lo había
fecundado estaba a un paso de la ridiculez, y sin embargo nunca cayó en
ella (...)?
?Si el estilo de Schopenhauer era infalible, el de
Nietzsche, el de Wagner, el de los representantes del romanticismo
alemán y del satanismo francés o escandinavo en cambio, en más de una
ocasión rozaron una grandilocuente chapuza. Y sin embargo, sólo en un
polaco creció de esta semilla un árbol de una ridiculez y un mal gusto
evidentes (...)?
?¿Será posible que hasta tal punto los polacos no
sirvamos para el demonismo? Aquí se manifiesta de nuevo la impotencia
del polaco ante la cultura. Para el polaco, la cultura no es algo de lo
que él mismo se sienta coautor, la cultura le viene de afuera como algo
superior, sobrehumano, y le resulta imponente. Pero ¿qué es lo que le
resulta imponente a Przybyszewski? ¿La Nación? ¿El Arte? ¿La
Literatura? ¿Dios? (...)?
?Przybyszewski
tiene mucho de un provinciano al que han dejado sentar a la mesa de la
Europa más aristocrática, pero a él no le importa tanto Europa como
Przybyszewski mismo. Porque al polaco lo que se le resulta imponente es
él mismo en su dimensión histórica, no hay nada que lo intimide más que
su propia grandeza (...)?
?Igual que Pilsudski aplastado e incluso
horrorizado con Pilsudski, igual que Wyspianski inmovilizado bajo el
peso de Wyspianski, igual que Norwid gimiendo y cargando sobre sus
hombros a Norwid, también Przybyszewski miraba con temor y terror
sagrados a Przybyszewski. En todo lo que escribe se oye: ¡Yo soy
Przybyszewski! ¡Soy un demonio! ¡Soy un profeta! La incapacidad de
armonizar lo cotidiano y lo corriente con la grandeza o la sublimación
(...)?
?Si
hubiese conservado el oído, el gusto y la vista de un hombre normal, un
ataque de risa convulsiva lo hubiera prevenido de las piruetas del
demonismo. Pero, como era polaco, tenía que estar de rodillas. Y estaba
de rodillas ante sí mismo?
Gombrowicz intentó en ?Pornografía?
elevarse por encima del erotismo y el satanismo de Przybyszewski y de
Witkiewicz. Poco tiempo después de haber terminado esta novela le
pareció que esta obra podía ser un intento de renovación del erotismo
polaco, un erotismo que se correspondiera mejor con el destino y la
historia de la Polonia de los últimos años hecha de violencia y
esclavitud, una historia que descendía hacia el oscuro extremismo de la
conciencia y del cuerpo. La idea de que ?Pornografía? podía ser el
moderno poema erótico de Polonia no se le apareció mientras la
escribía, era una idea extraña, por otra parte, ajena a su naturaleza.
Extraña
porque Gombrowicz no escribía para la nación ni con la nación ni desde
la nación, escribía consigo mismo y desde su propio interior. La novela
comienza cuando Gombrowicz y Fryderyk se van a la casa de campo de
Hipolit para escaparse del drama colectivo de la ex-Polonia, de la
ex-Varsovia y de las discusiones interminables sobre la nación, Dios,
el proletariado, el arte.
En el primer domingo de misa Gombrowicz
observa a su compañero que arrodillándose y actuando de una manera
particular le va quitando importancia a la ceremonia religiosa. Con una
mirada obsesiva y penetrante Fryderyk establece un contacto sensual
entre las nucas de dos jóvenes, se volvía temible y, de repente, esa
misa celebrada en un lugar de la Polonia abandonada a los alemanes,
cayó fulminada por un rayo, como si el absoluto de Dios hubiera muerto.
Pero cada
nuca estaba sola, no estaban juntas, eran las nucas de Henia, la hija
de Hipolit, y de Karol, un auxiliar de la finca. Y la novela termina a
lo Shakespeare, en una verdadera tragedia. Cómo es que se pasa de la
descomposición del ritual religioso y de las nucas a semejante
carnicería, sólo Dios lo sabe. El estallido de las monstruosidades
señoriales y campesinas que confluyen en el gesto del sacerdote
celebrando la misa, y la nihilización de la iglesia, preparan el camino
para el reemplazo de Dios por una nueva deidad.
Las nucas de Henia
y Karol se asocian en la conciencia de Gombrowicz de una manera
lasciva, le nace el pensamiento de que los jóvenes deben consumar con
el cuerpo la atracción que él había descubierto, y es alrededor de este
elemento erótico cómo se empieza a desarrollar la historia.
Henia
y Karol son representantes de la tentación y del pecado; Waclaw, el
prometido de Henia, y su madre Amelia, de la corrección y de los
principios religiosos. De qué son representantes Fryderyk y Gombrowicz
es más difícil saberlo. Por ahora digamos que son dos adultos mirones y
lascivos que planean, en principio, que los dos jóvenes se presten
atención y consumen una atracción que grita al cielo, salvo para los
jóvenes mismos.
Karol
es atractivo con una juventud violenta que lo arroja en los brazos de
la brutalidad y la obediencia. Sensual, carnal y con una sonrisa que lo
ata a una inferioridad superficial, no puede defenderse. Esta mezcla
explosiva en la conciencia de Gombrowicz se le echa encima a Henia como
si fuera una perra, arde por ella, un deseo que nada tiene que ver con
el amor, un enamoramiento becerril con toda su degradación.
Pero
la joven señorita tiene con el muchacho un diálogo desembarazado y
confiado, los jóvenes no se comportan según el contenido de la
conciencia de Gombrowicz. En este punto Gombrowicz se pregunta cuánto
sabe Fryderyk de todo esto: de la descomposición de la misa, de la
atracción de las nucas, del llamado del cuerpo de los jóvenes a la
consumación. Henia es una colegiala cortés, cordial y muy atractiva.
Cuando Fryderyk tenía apartes con Henia a solas Gombrowicz pensaba: se
la lleva para hacer cosas con ella o ella se va con él para que él le
haga cosas. A partir de ese momento Fryderyk se convierte en el
operador del drama mientras Gombrowicz le sigue los pasos y trata de
interpretar el significado de sus maniobras.
Fryderyk
maniobra con los pantalones de Karol cuando le pide a ella que se los
remangue, es como si les estuviera diciendo: vengan, háganlo, gozaré,
lo deseo. Gombrowicz quería averiguar cuánto de ingenuos eran los
jóvenes respecto de los propósitos de Fryderyk y pensaba más o menos
así: Henia remangaba para que Fryderyk gozara, de modo que estaba de
acuerdo con que él gozara con ella.
Y que Fryderyk gozara también con Karol,
ella se daba cuenta de que entre los dos podían excitar y seducir, y
también Karol lo sabía porque había colaborado en aquel juego. No eran
tan ingenuos, entonces, conocían su propio sabor. La situación no tenía
vuelta atrás, los cuatro eran cómplices en el silencio pues el asunto
era inconfesable y vergonzoso.
Después de que Karol le levantara
la falda a una vieja fregona y asquerosa haciéndole brillar la blancura
del bajo vientre y la mancha de pelo negro, le dice a Gombrowicz que le
gustaba Henia pero que le gustaría más hacerlo con doña María, la madre
de Henia. El joven estaba actuando para los adultos porque quería
divertirse con ellos, y no con Henia, porque los adultos, aún dentro de
su fealdad, podían llevarlo más lejos al ser menos limitados.
Pero
esto no es lo que quería Gombrowicz, Karol era demasiado joven para
Dios y para las mujeres, era demasiado joven para todo. El sueño de los
dos adultos de que los jóvenes consumaran su atracción innegable se
venía abajo, era una pareja adulta de enamorados en la frustración,
desdeñada por la otra pareja de amantes, el fuego de su excitación no
tenía nada en qué descargarse, llameaba entre ellos, estaban asqueados
el uno del otro y se juntaban en una sensualidad irritada.
Pero
Fryderyk continuaba con sus maniobras calculadas para juntarlos
obligándolos a pisar una misma lombriz hasta partirla, para que
causaran tormentos con sus suelas, con toda calma habían transformado
en un infierno la existencia de la pobre lombriz. Un pecado común
cometido para los adultos que penetraba la intimidad fundiendo a unos
con otros.
En la virtud los jóvenes se le presentaban cerrados,
herméticos, pero en el pecado podían revolcarse con ellos. Era un
sistema de espejos, Fryderyk lo miraba a Gombrowicz y Gombrowicz lo
miraba a Fryderyk, hilaban sueños por cuenta del otro y de ese modo
llegaban hasta la idea que ninguno de ellos se habría atrevido a dar
por suya.
Por
su parte Henia les hacía saber que era creyente, que si ni lo fuese no
se confesaría ni comulgaría, que sus principios eran los mismos que los
de su futuro marido, que su futura suegra era para ella como si fuera
su madre, que era un honor para ella entrar en esa familia, y que era
seguro que si se casaba con Wlacaw no haría nada con otro. Un
comentario que parecía severo pero que era también una confiada y
seductora confesión de su debilidad, excitaba, precisamente, por su
virtud.
Y también les decía que Karol no quería a nadie, que lo
único que le interesaba era acostarse un poquito, que ella ya lo había
hecho con un guerrillero, que sus padres lo sospechaban porque los
habían sorprendido juntos, pero que no querían sospecharlo. Amelia, la
madre de Waclaw, era cortés, sensible y espiritual, sencilla y de una
rectitud ejemplar.
En ella regía el Dios
católico, desprendido de la carne, un principio metafísico, incorpóreo
y majestuoso que no podía atender las majaderías que tramaban los
adultos con Henia y Karol. Parecía enamorada de Fryderyk, estaba
subyugada con ese ser terriblemente reconcentrado que no se dejaba
engañar y distraer por nada, un ser de una seriedad extrema.
En la
finca de Amelia tiene lugar la segunda caída de Dios después del
derrumbe de la misa en la iglesia. Un ladronzuelo de la edad de Karol
entra en la casa para robar, según todo lo hace parecer la señora
descubre al ladrón, toma un cuchillo y lucha con Joziek, transcurren
unos minutos y llega a la mesa donde están su hijo y los invitados, se
sienta y cae muerta con el cuchillo clavado mirando un crucifijo.
La
situación no estaba clara, nadie sabía lo que había pasado porque
Amelia no pudo contar nada y Joziek decía que sólo se habían revolcado,
que había sido un accidente. Fryderyk era mal psicólogo porque tenía
demasiada inteligencia y por lo tanto era capaz de imaginarse a doña
Amelia en cualquier situación.
La
sospecha que flotaba en el aire era la de que esa mujer tan espiritual
y guiada por los principios de Dios había prologado demasiado la lucha
con Joziek revolcándose en el suelo de puro placer y, por accidente, se
le había clavado el cuchillo. Si esto era así no podían entregar a
Joziek a la policía. A la casa de Hipolit llega Semian, un jefe de la
resistencia que se había vuelto cobarde. Sus compañeros temen que se
convierta en delator y le piden a Hipolit que lo mate.
Semian
actualiza el sentimiento de que todos estaban atados a la patria, todos
eran instrumentos de todos los demás, y a cada cual le estaba permitido
servirse del instrumento con la mayor temeridad, para la causa común.
La presencia del recién llegado convirtió a Karol en un soldado,
preparado a dispararse como un perro al oír la orden. Pero no era sólo
él, la miseria romántica tan repelente unos instantes atrás cedió de
pronto, y todos en la mesa, como si fueran una patrulla, esperaban la
orden para entregarse a la lucha.
Mientras
tanto Fryderyk seguía maniobrando para juntar a Henia con Karol, esta
vez utilizando al prometido. Le dio los papeles de un teatro escrito
por él y los hacía actuar en el parque, participaban de una escena
extraña en la que los jóvenes, según desde dónde se los mirara,
recitaban con ademanes poéticos o caían en el pasto para revolcarse.
Lo
único que atinó a decir el pobre Waclaw, que observaba la escena desde
el lugar en que lo había puesto Fryderyk, es que eso de caer tan pronto
y luego levantarse era raro, que así no se hacía, que le parecía que
ella no se había entregado a él, y que eso le resultaba peor que si
hubieran vivido juntos, que si se le hubiera entregado él podía
defenderse, pero así no, porque entre ellos ocurría de otro modo, y al
no habérsele entregado Henia era todavía más de Karol.
Llegando
al final hay un intercambio de mensajes escritos entre Gombrowicz y
Fryderyk, es un intento que hacen los adultos por saber qué es lo que
está pasando realmente. Fryderyk confiesa que no tiene un plan
determinado, que actúa siguiendo las líneas de tensión y del apetito.
Él
piensa que los jóvenes no se juntan porque sería demasiada plenitud
para ellos, que se les acercan y flirtean porque quieren hacerlo
gracias a ellos, a través de ellos y también de Waclaw, por ellos. Lo
peligroso de todo esto es que Fryderyk siente que ha caído en manos de
unos seres frívolos, unas manos apenas crecidas, y en la plenitud de su
desarrollo intelectual y moral.
Fryderyk se sentía empujado con el
pensamiento y la pasión a hacer justamente lo que estaba haciendo, como
un Cristo crucificado en una cruz de dieciséis años. Y llegamos al
final. Los adultos no se animan a matar a Semian y le piden a Karol que
lo haga con la irresponsabilidad de la juventud para quitarle gravedad
a al crimen tan siniestro que se está planeando.
Waclaw,
que está preparando su propia muerte entra al cuarto de Semian y lo
mata. Apaga la luz y se enmascara con un pañuelo para que no lo
reconozca Karol cuando le abra la puerta. Karol no lo reconoce y lo
mata creyendo que es Semian. Queda un cabo suelto, Joziek, el joven al
que no se lo puede entregar a la policía porque es inocente, entonces,
Fryderyk lo mata, y no se sabe si lo mata para guardar sin mancha la
memoria de doña Amelia que había caído en el pecado original, o para
ponerle el punto final a la no consumación de los jóvenes. Hania y
Karol sonríen, ?como sonríe la juventud cuando no sabe cómo salir de un
apuro. Y durante unos segundos, ellos y nosotros, en nuestra
catástrofe, nos miramos a los ojos?.
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