
WITOLD GOMBROWICZ Y STANISLAW WYSPIANSKI
Stanisław
Wyspianski, dramaturgo, poeta, pintor, arquitecto y ebanista polaco,
fue uno de los artistas más polifacéticos y sobresalientes de su época
en Europa. Mezcló el Art Nouveau con temas de la historia polaca. En
sus vidrieras de la iglesia franciscana de Cracovia expresa una enorme
dosis de emoción religiosa. Su modernismo se hace casi extravagante.
Escribió dramas de la historia polaca; “La boda” es un retrato
sarcástico de la sociedad polaca del siglo XIX.
El carácter
patético y fantástico de Wyspianski no le caía bien a Gombrowicz pues a
su entender no veía los fenómenos concretos sino sus sublimaciones y
sus síntesis conceptuales.
“Wyspianski es la antítesis de
Sienkiewicz, porque mientras Sienkiewicz se entregó al lector,
Wyspianski se dedicó al arte, a un arte por lo demás exageradamente
patético e irreal (...)”
“Sienkiewicz
aspiraba a conquistar las almas, mientras Wyspianski a ser artista;
Sienkiewicz buscaba la gente, y Wyspianski, el arte y la grandeza. Su
mundo es un mundo abstracto en el que los conceptos sustituyen a los
hombres, es el mundo de la cultura (...) La nación necesitaba a alguien
que de un modo grandioso cantara su grandeza. Entonces Wyspianski se
plantó delante de la nación y dijo: –¡aquí me tenéis! Nada de pequeñez,
sólo grandeza, además en columnas griegas. Fue aceptado (...)
Wyspianski, demasiado majestuoso para abordar cualquier detalle, estaba
condenado a coexistir únicamente con los elementos y las fuerzas
elementales tales como: Sino, Polonia, Grecia, Niké, o algún fantasma
de su propia invención. Su arte no es como el de Shakespeare o el de
Ibsen –la vida corriente llevada a las alturas del drama (y no me
habléis de ‘La boda’)– aquí todo gira desde el principio al fin por la
bóveda celeste de la Historia y el Destino (...)”
En
“La boda”, esa obra de teatro que Gombrowicz hace rodar por la bóveda
celeste de la irrealidad y de la historia, Wyspianski reflexiona sobre
el destino de su país al mostrar la boda de la hija de un campesino con
un poeta, un relato amargo sobre la unión de un hombre inteligente a
una familia de campesinos, sus opiniones de oposición, la inhabilidad
del artista para encontrar un lugar propio en el mundo y sus sueños
infructuosos de libertad.
“Y qué hay de nuevo en política, señor”,
las palabras iniciales de “La boda”, son miradas como un espejo cuando
los polacos se preguntan por su condición nacional y espiritual.
Existe un contraste entre la clase intelectual que representa el novio
y sus amigos, y el sencillo campesinado de la novia y su familia.
Esa atmósfera festiva al abrigo de la noche, de
alegría acentuada por la danza, el alcohol y la agradable conversación,
se convierte en escenario propicio de ensoñaciones y escenas
fantasmagóricas, que se transfiguran en una alegoría de la nación
polaca, que pugna por volver a salir a la luz.
Los distintos
personajes simbolizan la fuerza con la que cuenta Polonia para
desembarazarse del yugo de los imperios que la han venido dominando,
singularmente el de Rusia y el austrohúngaro. En esta obra se lanza un
gran interrogante acerca de la capacidad de los intelectuales para
guiar a la gente sencilla en el camino a la libertad. El espíritu
romántico y patético de Stanislaw Wyspianski entra en conflicto con el
de Gombrowicz.
Gombrowicz era un enemigo implacable de las
quimeras y un defensor acérrimo de la realidad, aunque siempre tuvo las
manos libres para ponerle distancia al realismo, el realismo es una
manera pesada e ingenua de ver la realidad. A pesar de los diferentes
puntos de partida para ver el mundo de estos dos polacos ilustres,
curiosamente se ponen en contacto en una atmósfera de irrealidad en “La
boda” y “El casamiento”.
Gombrowicz
empezó “El casamiento” durante la guerra con el propósito de escribir
la parodia de un drama genial al estilo de Shakespeare. Se propuso
mostrar a la humanidad en su paso de la iglesia de Dios a la iglesia de
los hombres, pero esta idea no se le apareció al comienzo de la obra,
en la mitad del segundo acto todavía no sabía bien lo que quería.
“El
casamiento” representa la teatralidad de la existencia, una realidad
creada a través de la forma que se vuelve contra Henryk y lo destruye.
En esta obra Gombrowicz le abre la puerta a sus percepciones
proféticas. Es el sueño sobre una ceremonia religiosa y metafísica que
se celebra en un futuro trágico en el que el hombre advierte con horror
que se está formando a sí mismo de un modo imprevisible como un acorde
disonante entre el individuo y la forma.
En
esta pieza de teatro se cuenta el sueño de un soldado polaco alistado
en el ejército francés que está peleando contra los alemanes en algún
lugar de Francia. Durante el sueño se le abren paso las preocupaciones
que tiene por su familia perdida en alguna de las provincias profundas
de Polonia y se le despiertan los temores del hombre contemporáneo a
caballo de dos épocas.
Henryk ve surgir de ese mundo onírico a
su casa natal en Polonia, a sus padres y a su novia. El hogar se ha
envilecido y transformado en una taberna en la que su novia es la
camarera y su padre el tabernero, y ese padre miserable y degradado en
una posada miserable, perseguido por unos borrachos que se mofan de él,
grita al cielo que es intocable, y alrededor de esta exclamación se
empieza a hilar toda la trama de la historia.
Si el mundo existe
como yo lo percibo o como una realidad anterior a la división en sujeto
y objeto, no son asuntos que le hayan quitado el sueño a Gombrowicz,
pero sí se lo quitó la consecuencia que se desprende de ellos: el
carácter originario de su yo. El yo es una idea poderosa porque es el
origen de todas las cosas, y también por la grandeza que puede alcanzar
ese yo en la forma de una personalidad.
Que
el yo sea el origen de todas las cosas es una cuestión a la que le sale
al paso Martín Buber cuando lee “El casamiento”. Había caído en las
manos de Gombrowicz, “¿Qué es el hombre?”, un libro de Martín Buber que
había alcanzado una gran difusión, y descubre leyéndolo que el filósofo
utilizaba el concepto del “entre” en el mismo sentido que lo usaba él,
entonces se anima y le manda “El casamiento”.
Matin Buber le
escribe una carta muy cordial a Gombrowicz en la que le dice que la
pieza de teatro era realmente un experimento audaz y, como tal, más
importante que las curiosidades que había puesto en juego Pirandello,
pero le pone de manifiesto también la naturaleza irreal de “El
casamiento”, la misma irrealidad que Gombrowicz destacaba en
Wyspianski.
La
tragedia sólo es posible si hay por lo menos dos personas, si existe un
antagonismo real entre dos personas diferentes, ajenas una a la otra
que, por esa diferencia, se pueden destruir mutuamente. Pero si lo que
ocurre, ocurre entre una persona y un mundo cuya existencia está tan
solo en el poder de su imaginación, el resultado puede ser irónico o
paradójico, satírico o burlesco, todo menos dramático, pues no existe
drama donde la resistencia del otro no es real. El psicodrama no es un
drama porque el otro que se encuentra en el fondo del alma, como
espejismo o imagen, no es y no puede ser una persona.
“No lo niego. “El casamiento” es una versión loca de una historia loca; en el desarrollo
onírico o etílico de su acción se refleja lo fantástico del proceso histórico (...)”
Gombrowicz
reconoce la participación de elementos fantásticos en el desarrollo de
sus creaciones pero no acepta que su irrealidad tenga la misma
naturaleza que la de Wyspianski.
“Wyspianski puso en marcha una
patética maquinaria que acabó por aplastarlo, por eso es tan grandiosa
la puesta en escena y en proporción resulta tan poca cosa lo que el
autor quiere decir a los polacos (...)”
“A los polacos y a los no
polacos. Su teatro ha sido un fracaso en el extranjero, no porque sea
polaco, sino porque desde el punto de vista universal, carece de
elementos enriquecedores. ¿Grecia? El teatro griego era algo natural
para los griegos y estaba acorde con su manera joven de sentir la
existencia (...)”
“En cambio, para nosotros este teatro ya no es
más que autoritario, nos influye con su magnificencia histórica, igual
que la misma Grecia. El carácter griego de la obra de Wyspianski se
limita a la majestuosidad del decorado. No es algo que refresque y
purifique nuestra visión, es únicamente solemne (...)”
“Por
lo cual resulta que su supuesto realismo esta a cien millas de la
realidad. Wyspianski no veía los fenómenos concretos, porque sólo se
fijaba en sus sublimaciones y síntesis conceptuales. Un teatro en medio
de conceptos. Fue un gran director de escena. Aportó unos decorados
espléndidos. Hizo todo lo posible para asegurar un gran patetismo al
espectáculo. Salió al escenario, pero, intimidado por la grandiosidad
del decorado, se calló”






































