
WITOLD GOMBROWICZ Y ARTURO CAPDEVILA
Las
observaciones que se pueden hacer en un laboratorio tienen una
diferencia insalvable con las que se pueden hacer en la vida, en el
laboratorio se pueden repetir más o menos exactamente las condiciones
iniciales, en la vida no se pueden repetir ni siquiera aproximadamente.
Es por esta razón que no podemos saber cómo hubiese sido la obra de
Gombrowicz y aún Gombrowicz mismo, si no hubiera venido a la Argentina,
pero en todo caso podemos suponer que algo distintos hubieran sido.
El
primer conocimiento que tenían sus amigos de cómo se vino a la
Argentina aparecía en un relato que él mismo hacía en el café Rex. El
relato de su viaje transatlántico era el primer plato de la
conversación con Gombrowicz y fue escuchado por todas las personas que
se acercaban al autor de “Ferdydurke” en aquellos años.
Contaba
que en el barco era invitado de honor, que almorzaba en la mesa del
capitán con el que sostenía conversaciones filosóficas y al que le daba
consejos místicos. Repetía hasta el cansancio que no le había gustado
Río de Janeiro porque su vegetación era demasiado verde y porque los
morros eran muy dudosos.
Y tantas veces como lo hacía con la
vegetación, repetía hasta el cansancio que no había regresado a Polonia
por los intensos estudios del alma sudamericana que había iniciado
justamente el día anterior a la partida del Chrobry, el barco que lo
había traído a Buenos Aires. Por qué se fue Gombrowicz de Polonia y por
qué se quedó tantos años en la Argentina es un misterio que nadie sabe
explicar bien, ni él mismo lo entendía con claridad. Todo empieza en un
café, como tantos otros asuntos de Gombrowicz.
Un día, en el
Zodiac, uno de los cafés célebres de Varsovia, Gombrowicz se encuentra
con un amigo escritor, Czeslaw Straszewicz: –Me voy a Sudamérica;
–¿Cómo es eso?; –Dentro de un mes, el nuevo transatlántico polaco
Chrobry leva anclas para Buenos Aires, será su primer travesía. He sido
invitado como escritor para publicar algunos artículos en los
periódicos; –Oiga, ¿y no podrían invitarme a mí también?; –Podemos
probar. Les propondré su candidatura. ¿Quién sabe? Quizá resulte..
Siendo dos el viaje sería más agradable.
Después
de sortear algunos inconvenientes de último momento Gombrowicz se
embarcó en el Chrobry, y la compañía de su amigo Czeslaw le resultó de
veras entretenida.
“Straszewicz es un noble del campo que cree
ser el segundo después del rey –algo muy polaco–, descendiente de Rej
y Potocki, nieto de Sienkiewicz, aunque también primo de Wiech– un
parentesco que inspira confianza en los amplios círculos de sus
admiradores (...) Cuando llegamos a Buenos Aires la situación
internacional parecía distenderse. Pero al día siguiente de nuestra
llegada, los telegramas de Moscú y de Berlín que anunciaban el pacto de
no agresión entre Alemania y Rusia cayeron sobre el mundo como un
cañonazo. ¡Era la guerra! Una semana más tarde, las primeras bombas
alemanas caían sobre Varsovia (...)”
“Seguía
viviendo en el barco con mi amigo Straszewicz. Al enterarse de la
declaración de la guerra, el capitán decidió regresar a Inglaterra (ya
no se podía pensar en llegar a Polonia). Straszewicz y yo celebramos un
consejo de guerra. Él optó por Inglaterra. Yo me quedé en la Argentina”
Mientras
Straszewicz se embarca en el “Chrobry” de regreso a Europa Gombrowicz
se queda flotando en el agua del puerto de Buenos Aires como una tabla
en el mar después de un naufragio, de allí lo rescata Jeremi Stempowski.
“Witold
estaba muy nervioso. Dudaba entre regresar o bien permanecer en la
Argentina a la espera del fin de las hostilidades. Yo no sabía que
aconsejarle, aquí, en Buenos Aires, no se sabía nada de la auténtica
situación, entonces acompañé a Witold al puerto. Hizo que le subieran
el equipaje, se despidió y embarcó. Yo me quedé en el muelle, diez
minutos más tarde sonó la sirena anunciando la partida, y en ese
momento vi que Gombrowicz cruzaba la pasarela con sus maletas y bajaba
rápidamente al muelle. Era el único momento en que podía tomar una
decisión y la tomó. Temblaba: –No lo sé, se trata del momento más
trágico de mi vida”
Como
la legación polaca no quería ayudarlo Gombrowicz amenazó con instalar a
la entrada del edificio de la embajada un cajón de lustrabotas para
limpiar zapatos. No quiso alistarse en el ejército a pesar de la
insistencia de todo el mundo, especialmente de un emisario especial
llegado de Londres para agitar y reclutar, pero Gombrowicz no le hizo
caso.
Sin saber a qué santo
encomendarse con este Gombrowicz tan difícil Stempowski decide
presentarle a algunos polacos de la colectividad y también a algunos
escritores argentinos como Manuel Gálvez, Arturo Capdevila...
“Llegué a Buenos Aires en el vapor Chrobry, una semana antes de que estallara la guerra (...)”
“Jeremi
Stempowski, director de la línea marítima Gdynia-América en la que
viajé a Buenos Aires, se ocupó de mí; fue él quien me presentó a Manuel
Gálvez, uno de los escritores argentinos más conocidos. Gálvez había
sido amigo de Michal Choromanski, quien había pasado aquí una temporada
el año anterior a mi llegada, ganándose muchas simpatías (...)”
Gálvez
me brindó una generosa hospitalidad y me auxilió en algunas
dificultades, pero su sordera lo relegaba a la soledad... Poco después
me traspasó al no menos conocido poeta Arturo Capdevila, también amigo
de Choromanski: –Ah –me dijo la señora de Capdevila–, si es usted tan
encantador como Choromanski, llegará a conquistar muy fácilmente
nuestros corazones. Desgraciadamente no fue así. (...)”
“Cuando
en el Chrobry pasaba frente a las costas alemanas, francesas e
inglesas, todos esos territorios de Europa inmovilizados por el pavor
del crimen aún por nacer, en el clima sofocante de la espera, parecían
gritarme: ¡sé ligero, nada te es posible, lo único que te resta es la
ebriedad! Me emborrachaba, pues, a mi modo, es decir, no necesariamente
con alcohol. . . pero estaba borracho, casi totalmente embotado (...)”
Las
borracheras de Gombrowicz en Polonia no eran frecuentes pero de vez en
cuando se emborrachaba. En la Noche Vieja de 1934, Gombrowicz organizó
una fiesta artística en el piso de Marcelina Antonina, su madre, que,
junto a su hermana Rena, se hallaba en el campo; podía hacer en la casa
lo que se le diera la gana. La fiesta, que duró hasta las seis de la
madrugada, era un signo manifiesto de su sólida posición literaria en
Varsovia.
Estaban
Schulz, Witkiewicz, Breza, Sobanski, Rudnicki, Choromanski... y una
banda de borrachos divertidos. Gombrowicz estaba borracho como todos.
Hay pueblos enteros que se han ganado la fama a través de los siglos de
ser borrachos, en algunos casos no sin razón, Polonia es un buen
ejemplo de ello. Gombrowicz se emborrachaba muy de vez en cuando, no
sabía divertirse de esa manera.
Tenía mal alcohol, el alcohol le
producía tristeza y en vez de estimularle la sociabilidad lo alejaba de
la gente y lo ponía sombrío. Esa tendencia a la melancolía que le
provocaba el alcohol ejerció una influencia decisiva y perjudicial en
su destino literario, pues en Polonia es más fácil imaginarse un
escritor sin pluma que sin una copa en la mano.
Cuando llegó a
la Argentina y estalló la guerra, Gombrowicz, en vez de emborracharse
con los tragos jugó al ajedrez, el ajedrez lo ayudó más que ninguna
otra cosa a matar los recuerdos. Aquellos borrachos de Polonia se
quedaron al acecho, y un año antes del fin de la guerra le tomaron otra
vez la mano y llegaron a tener un papel estelar mientras escribía “El
casamiento”.
En
esta pieza de teatro los borrachos se burlan de todo, de lo secular y
de lo sagrado, de la familia y del honor, y no le dan lugar a una
tragedia que ellos mismos provocan con una beodez premeditada. A pesar
de su mal alcohol incurable Gombrowicz tenía compañeros y amigos
borrachos en Polonia, era una amistad con algunas reservas y un poco
forzada.
Los borrachos estaban organizados en un club en el
que había un cuarteto sobresaliente que se dedicaba a poner peceras en
el ascensor para divertir a los peces, o a pedir limosna para una vodka
en los colegios de señoritas. Esta cofradía de borrachos fue una de las
característica de Varsovia de antes de la guerra.
“Hoy quizás los calificaría de
precursores, puesto que esos sabios parecían leer claramente en el
libro del destino y ahogaban en vodka el absurdo de la situación
polaca, su trágico callejón sin salida, que a cada esfuerzo honrado
ponía un signo de interrogación”
Ese grupo de poetas beodos estaba
unido bajo el signo de la broma y de la burla, y aparte de la vodka y
las mujeres no tomaba nada en serio, ni siquiera el dinero.
El
verdadero Dios de ese gremio era el sentido del humor, fue por eso que
“Memorias del tiempo de la inmadurez” se ganó la aprobación de esos
bromistas borrachines, y fue por eso también que después de
“Ferdydurke” lo empezaron a admirar. Si bien es cierto que lo trataban
con mucho afecto y ternura Gombrowicz no se dejaba comprar por sus
alabanzas, tenía una reserva con ellos.
Era un fenómeno social
vergonzoso, ningún miembro de ese grupo era un artista de gran
envergadura y su producción literaria no se caracterizaba por la
decencia que distingue a un hombre con el gusto formado y la
imaginación disciplinada. Su mundo era desordenado y anárquico, le
faltaba el reflejo de las personas cultas que con la herencia, la
educación y la tradición sustituyen con éxito la ausencia de ideología,
de moralidad y de fe.
Se
fueron hundiendo en la lujuria y en las pequeñas porquerías unidas a
ella, de año en año fueron más infelices, más borrachos y más
desesperados. Hasta que llegó la guerra. Las características especiales
que traía Gombrowicz desde Europa confundieron a los Capdevila, no
pudieron hacer pie en él ni con la guerra ni con la literatura.
“Arturo
Capdevila, poeta, profesor y redactor del gran diario La Prensa, vivía
con su familia en una casa de Palermo. Recuerdo la primera vez que fui
a cenar a su casa. ¿Cómo debía presentarme a los Capdevila? ¿Como el
trágico exiliado de una patria invadida? ¿Como un literato extranjero
que sabe discurrir sobre los ‘nuevos valores’ en el arte y desea
informarse sobre el país? Capdevila y su señora esperaban que
apareciera en una de esas encarnaciones, además estaban llenos de una
simpatía potencial hacia el amigo de Choromanski (...)”
“Pero
pronto se sintieron confundidos al encontrarse ante un muchacho
enteramente joven que sin embargo, no era ya un muchacho tan joven
(...) Los Capdevila tenían una hija, Chinchina, de veinte años. Así
fue, pronto tanto él como su mujer me pusieron en manos de ella, quien
me presentó a sus amigas. Imaginad a Gombrowicz en ese año mortal de
1940 flirteando sutilmente con esas señoritas... que me hacían conocer
los museos... con las que iba a comer pastas... para quienes dicté una
charla sobre el amor europeo... Una mesa grande en el comedor de los
Capdevila, detrás doce jovencitas y yo –¡qué idilio!– hablando de
L'amour européen. Sin embargo, aunque esta escena parezca un contraste
infame con otras escenas de verdadera destrucción, en realidad no
estaba tan lejos de serlo, era más bien la otra cara de la misma
catástrofe, el principio de un camino también descendente. Advino una
especie de absoluta bagatelización de mi ser. Me volví liviano y vacío”
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