
WITOLD GOMBROWICZ Y KAROL SWIECZEWSKI
“Ayer,
en el Club Polaco. Acerté a llegar al final de la trituración de mi
alma y de mis obras. La ponencia a mi favor la realizó Karol
Swieczewski, mientras que la señora Jezierska pronunció un discurso en
contra... Luego se desató la discusión al final de la cual aparecí yo.
¿Cómo hubiera sido mi creación si desde el primer momento la hubiesen
ceñido los laureles, si hoy en día, después de tantos años, no tuviera
que dedicarme a ella como a algo prohibido, vergonzante e
inconveniente? Y, sin embargo, cuando entré en la sala, la mayoría de
los allí presentes me saludaban con cordialidad y tuve la sensación de
que el ambiente había cambiado mucho desde el tiempo en que los
fragmentos de “Transatlántico” habían aparecido en “Kultura”. Lo cual,
según creo, se debe principalmente a la existencia de este diario (...)”
“Asimismo
fui informado de que la mayoría de los participantes en la discusión se
había pronunciado a mi favor. Inmerso en la multitud ondulante, me
sentía un poco como los marineros de Odiseo: ¡cuántas sirenas
tentadoras en esas caras amistosas, que se agolpaban a mi alrededor y
me salían al encuentro! Tal vez no sería difícil echársele al cuello y
decir: soy vuestro y siempre lo he sido. Pero ¡cuidado! ¡No te dejes
comprar con la simpatía! No permitas que te derritan unos
sentimentalismos insulsos y una dulce alianza con la masa, en la que
tanta literatura polaca se ha ahogado. ¡Sé siempre extraño! Sé
desganado, desconfiado, lúcido, agudo y exótico. ¡Resiste, muchacho!
¡No te dejes domesticar por los tuyos, no te dejes asimilar! Tu lugar
no está entre ellos, sino fuera de ellos, eres como la comba de los
niños, que hay que echarla hacia delante para poder saltar por encima
de ella”
La
familia Swieczewski tenía una casa en San Isidro que Gombrowicz
visitaba a menudo. Hacía paseos con Karol Swieczewski, era un buen
amigo al que le tenía aprecio y confianza al punto de hacerle ciertas
confesiones.
“No me aburro, porque paso seis horas diarias,
aproximadamente, escribiendo y estudiando ciertas cuestiones de tipo
intelectual. Estoy luchando duramente con mi obra, como un animal
salvaje, a veces, ¡Santo cielo!, me gustaría mandarlo todo al diablo,
¡para qué, oh Dios, esta tarea superior a mis fuerzas!, no estoy hecho
en absoluto para esto y, además, hay que tener una paciencia
sobrehumana”
Gombrowicz pensaba que los hombres de letras tienen una
vida artificial, están obligados a sacar apuntes de lo que les ocurre,
a estimular la imaginación con ocurrencias que no siempre tienen un
final feliz, a estudiar ciertas cuestiones de tipo intelectual que en
algunas ocasiones no conducen a nada.
Los
años 1955 y 1956 fueron años turbulentos, los conflictos civiles entre
los peronistas y los antiperonistas se transforman en conflictos
bélicos, aunque restringidos y muy localizados. Se produjeron
enfrentamiento entre las fuerzas armadas, la marina de guerra amenazó
con bombardear el puerto de Buenos Aires, con más exactitud, las
refinerías de petróleo, las refinerías no la ciudad.
Gombrowicz se
siente muy cerca de las refinerías por su tendencia a convertir en
inminente lo remoto y se escapa, aproxima su casa de Venezuela 615 a
las refinerías y el miedo que le sobreviene lo obliga a hacer una
mudanza preventiva, se muda a San Isidro, se muda a la casa de Karol
Swieczewski, a muchos kilómetros del puerto de Buenos Aires.
“(...)
Escríbeme, mis lazos con la Argentina se aflojan y no se puede
remediar, cada vez menos cartas, pero es casi seguro que apareceré un
día por Buenos Aires, porque experimento una curiosidad casi enfermiza;
es realmente extraño que no me atraiga en absoluto Polonia, en cambio,
con Argentina no puedo romper (...)”
“(...)
En los últimos tiempos vuelvo a menudo, con mis pensamientos, a
Argentina y también me acordé del momento de la revolución de 1955,
cuando escuchábamos la radio con María (Madame du Plastique) (...)”
Son
fragmentos de cartas que Gombrowicz le escribe a Karol Swieczewski en
el año 1966, el año en que a Gombrowicz se le despierta la nostalgia
melancólica por la Argentina.
Los lectores de diarios no estaban
acostumbrados a que se metieran en este género literario narraciones
con tantos grados de libertad, pero Gombrowicz sintió la necesidad de
ponerle distancia, al realismo primero, y al objetivismo después,
recurrió entonces a algunas transformaciones que, sin embargo, tienen
una fuerte sujeción a la verdadera realidad.
Toda la actividad de Gombrowicz, literaria y existencial, se
convirtió en un retirada del objeto hacia sí mismo, un objeto que se le
volvía agresivo cuando lo esgrimían, en tal que objeto, los artistas.
Someterse al objeto sin más es una ingenuidad que tiene como destino el
fracaso. La realidad surge de asociaciones de una manera indolente y
torpe en medio de equívocos.
A cada momento la construcción se
hunde en el caos, y a cada momento la forma se levanta de las cenizas
como una historia que se crea a sí misma a medida que se escribe,
introduciéndose de una manera ordinaria en un mundo extraordinario, en
los bastidores de la realidad.
Para mostrar cómo Gombrowicz lleva
adelante en sus diarios propósitos que en general están reservados a
géneros más creadores vamos a ver cual es la razón por la que pone una
atención desmedida en la casa de Prilidiano Pueyrredón.. El abuelo
paterno de Gombrowicz se vio obligado a vender sus posesiones en
Lituania y a instalarse en Polonia. Jan Onufry, su padre, compró una
propiedad en Maloszyce donde nacieron Gombrowicz y todos sus hermanos.
Cuando
Gombrowicz tenía un año se mudaron a Bodzechow, y a los siete años
terminó viviendo en Varsovia. El viejo castillo de Bodzechow, rodeado
de un vasto parque, era un lugar lleno de misterios. La familia de
Marcelina Antonina, su madre, se hallaba establecida en esa región
desde hacía mucho tiempo. Gombrowicz cambió sus mansiones de Polonia
por las pensiones más miserables de Buenos Aires.
Y, finalmente,
las cambió por esa pieza de la calle Venezuela donde vivió dieciocho
años. Sin embargo, ni las mansiones de Polonia ni estas pensiones
miserables de la Argentina fueron sus casas verdaderas. Desde una
colina Gombrowicz y Karol Swieczewski están viendo el Río de la Plata y
a la mano derecha, a la sombra de los eucaliptos, la casa de Prilidiano
Pueyrredón.
Blanca y centenaria, con las ventanas cerradas, deshabitada
desde que la abandonaron, es la casa construida por Prilidiano
Pueyrredón, arquitecto y pintor argentino cuyas obras son retratos de
la época que siguió a nuestra independencia. Entre esa casa y
Gombrowicz se había creado un vínculo arbitrario. Empezó a preguntarse
sobre qué pasaría si esa casa se le volviera familiar irrumpiendo en su
destino por el solo hecho de que le era completamente extraña, y porque
era justamente esa casa la que le inspiraba tan extraordinario deseo.
“De
modo que ahora esta luz, estos arbustos, estas paredes, despiertan en
mí cada vez más emoción y angustia, y siempre que estoy aquí me hundo
bajo un peso indecible, mientras en algún lugar, en el límite, en el
extremo de mi ser, estalla un grito, una violencia, un pánico tremendo”
Después
de registrar esta conmoción llena de angustia, apunta que sus
sensaciones de miedo y desesperación no eran de carne y hueso, sino un
contorno de sentimientos, no rellenos con nada, absolutamente puros, y
por eso más dolorosos. Mientras camina con Karol la casa va quedando
atrás, pero el hecho de no verla aumenta su presencia. Está allí hasta
la exageración, con sus ventanas y columnas neoclásicas, pero a medida
que se aleja de ella en vez de diluirse existe con más fuerza.
No
encuentra la razón por la que esa casa ajena, blanca, puesta en un
jardín de eucaliptos, lo acompaña, lo persigue, lo inoportuna y no lo
suelta.
“¡No es eso lo que debo hacer! ¡No es aquí donde debo estar!
Pero, ¿dónde entonces? ¿Dónde está mi lugar? ¿Qué debo hacer? ¿Dónde
estar? (...)”
“Mi país natal no es mi lugar, ni la casa de mis
padres, ni el pensamiento, ni la palabra, no, la verdad es que no tengo
sino precisamente esta casa, sí, desgraciadamente mi única casa es esta
casa deshabitada, la blanca casa de Prilidiano Pueyrredón. Pero él,
Swieczewski, también parece estar ausente: sus dedos reducen a polvo
una ramita seca”
El
debate “Por o contra Gombrowicz” que se realizó en el Club Polaco en el
año 1954 es también recordado por su amiga Halina Grodzicka, aunque de
otra manera (...)”
“Karol Swieczewski fue el que realizó su
exposición en primer lugar. Excelente. Después le tocó el turno a un
adversario, la señora Jezierska, que sentía alergia ante la obra de
Gombrowicz: ‘Gombrowicz, en sus libros, me hace pensar en alguien que
empieza a serruchar la rama sobre la que está sentado y, naturalmente,
cae. Pero pueden imaginarse dónde cae. En la mierda..., ¡esa palabra
que le gusta tanto!’ (...)”
“Su marido tomó el relevo
anunciando que tenía formación universitaria, que nunca se dormía sin
leer antes alguna cosa. Pero bastaba con que abriera un libro de
Gombrowicz para dormirse de inmediato. Entonces Zygro (Zygmunt
Grocholski) se puso de pie gritando: ‘Se ha subido a un árbol, ha
cogido las ciruelas y vio pasar las golondrinas. La conferencia de
estos dos me recuerda a esta canción: No hay discusión posible a este
nivel’ (...)”
“Después
todos querían intervenir, la gente se levantaba, se interpelaba
violentamente, gesticulaba. Jeremi Stempowski, el presidente del club
polaco, intentó educada y suavemente, con delicadeza, conseguir que la
sala volviera a entrar en razón, pero sin éxito (...)”
“Por fin
el abogado Stanislaw Szwejs puso fin a esta confusión. Explicó con
mucha autoridad e inteligencia lo que era el universo de Gombrowicz.. Y
el debate se terminó tranquilamente. Yo sabía que Gombrowicz esperaba
fuera de la sala. Habíamos convenido que le avisaría cuando la cosa
hubiera terminado. Abrí la puerta y el avisé. ¡Pobre! Estaba emocionado
como un estudiante que acaba de aprobar un examen (....)”
“Al entrar
en la sala, se dominó. Parecía, como siempre, muy reservado, un poco
irónico y aparentemente seguro de sí mismo. Discreto, no quería darse a
conocer. La señora Jezierska se acercó a él y le tendió la mano.
Después Witold se unió a nuestro grupo y preguntó qué se había dicho de
él. Naturalmente, se lo contamos todo. Estaba divertido, pues le
gustaban las polémicas. Pero no había tenido el valor de estar presente”
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