
WITOLD GOMBROWICZ Y EL NEGRO
Cuando
Gombrowicz publica “Memorias del tiempo de la inmadurez” por primera
vez le parece que se había excedido en originalidad, entonces escribe
un prefacio para la primera edición que no aparece en las siguientes.
“(...)
En lo tocante al elemento sexual, en particular, su preponderancia
resultó del espíritu de la época que, desgraciadamente, pone cada vez
con más frecuencia el énfasis en la relación de la esfera erótica con
la del espíritu; la preponderancia de la crueldad y de la repulsión
resulta, a mi entender, del hecho de que su papel en la vida sobrepasa
a nuestra imaginación más audaz (...)”
Al entregarle un ejemplar de “Memorias del tiempo de la inmadurez” a su respetable familia se sintió raro.
Marcelina
Antonina se lo agradeció cortésmente mientras los hermanos lo
recibieron con una reserva que no auguraba nada bueno: –Ah, sabes,
acabo de terminar tu libro. Tal vez sea un poco demasiado moderno, pero
es interesante... me ha gustado, ya veremos qué dice la crítica. De
todos modos, ¡te felicito! Tanto su madre como sus hermanos decidieron
ser benignos con Gombrowicz.
“Supongo que si hubiera entrado a
formar parte de un ballet y me hubiera puesto a saltar medio desnudo
delante del público, mi familia no se hubiera sentido más incómoda. Era
una familia respetable que no sabía a causa de qué pecados tenía que
sufrir semejante vergüenza (...) Debo precisar aquí, según mis juicios
de aquella época, que lo que se llama falta de tacto era, en el arte,
un factor altamente original y creativo (...)”
“Consideraba que
un artista que temía cometer una incorrección, producir un disgusto, no
valía gran cosa, y que no debían someterse a las formas mundanas
quienes creaban la forma. Así pues, me daba perfecta cuenta de que lo
que escribía era inconveniente y que por esta razón lo había escrito”
Gombrowicz
escribió “Aventuras” en el año 1930, es una novela corta que remata con
un pasaje que nos contaba reiteradamente en el café Rex, especialmente
para intranquilizar al Alemán. En aquel tiempo comenzaba a frecuentar
los cafés literarios y seguía escribiendo novelas cortas. Decide
permanecer en Radom pero choca con la hostilidad de los abogados
locales que en su gran mayoría pertenecían al Partido Nacional, una
agrupación política de derecha.
Los integrantes del Partido
Nacional se escandalizaban por sus relaciones con centros de izquierda
y, particularmente, por las que tenía con Wiadomosci Literackie. Desde
ese momento renunció a la continuación de su carrera jurídica.
“Era
una época en la que estaba en mala disposición con el arte. Me saturaba
de Schopenhaher y de su antinomia entre la vida y la contemplación, y
de Mann en cuya obra ese contraste tiene un aspecto más doloroso. El
arte era para mí el fruto de la enfermedad, la debilidad, la
decadencia; los artistas, por así decirlo, no me gustaban,
personalmente yo prefería al mundo y a la gente de acción. Estas
fobias, a mi edad, eran apasionadas, yo tenía entonces veinticinco
años, que es cuando todavía no se ha renunciado a la belleza (...)”
“El mundo artístico me atraía por su libertad y su resplandor, pero me repudiaba física y moralmente”
En
“Aventuras” hay sólo dos personajes: el protagonista y el Negro. Es un
relato fantástico sobre la naturaleza y la forma del encierro y del
miedo, pero lo es más bien como un acontecimiento exterior, como unas
aventuras cuyas variaciones son mecánicas y automáticas, y ajenas a los
fenómenos psíquicos y a las concepciones morales.
En el mes de
septiembre de 1930 cuando el protagonista navegaba rumbo a El Cairo se
cayó en las aguas del Mediterráneo. Los tripulantes advirtieron su
caída pero el barco ya se había alejado un kilómetro, el capitán se
puso muy nervioso y ordenó un regreso a toda marcha, tanta que cuando
el gigante llegó donde estaba el protagonista no se pudo detener.
El
navío volvió a dar la vuelta pero otra vez lo volvió a pasar como un
tren a toda velocidad, esta maniobra se repitió diez veces hasta que un
yate privado se acercó y lo recogió, mientras el otro barco retomaba
tranquilamente su ruta. Por casualidad descubrió que el capitán del
yate tenía el rostro y los pies blancos pero era negro. El capitán se
puso furioso cuando lo descubrió, lo hizo atar, lo encerró en un
camarote y empezó a alimentar un odio ilimitado.
Era la única
persona en el mundo que había descubierto su secreto: era un negro
blanco. Durante los ocho meses siguientes navegó sin parar y se deleitó
con el poder absoluto que le proporcionaba el tenerlo encerrado en un
camarote oscuro. Un día, finalmente, lo condujo al puente del yate y el
protagonista se preparó para morir.
Fue
colocado en el interior de un recipiente de cristal en forma de huevo,
podía mover los brazos y las piernas pero no cambiar de posición. El
Negro le enseñó el mapa del océano Atlántico y le señaló la ubicación
del yate, estaban en el centro del mar, entre España y México. En esa
zona marítima las corrientes era circulares, si algo caía al agua, al
cabo de un tiempo, después de un viaje de circunvalación, volvería a
pasar por el mismo lugar.
Lo equiparon con tres mil comprimidos de
caldo que le alcanzaban para vivir diez años, con un pequeño
instrumento para destilar agua, y lo tiraron al océano. Como las
paredes del huevo eran de cristal observaba todo lo que pasaba en el
exterior. Bajo la superficie del mar había una calma verdosa, pero
arriba el mar estaba muy agitado, finalmente estalló una tormenta y se
levantaron olas gigantescas.
El
Negro lo siguió un par de semanas, después se aburrió y tomó otro
rumbo. El protagonista tenía ganas de aullar pero se puso a cantar ya
que el desencadenamiento de los elementos marítimos lo predisponía al
canto. Un barco francés lo atropello, rompió el cristal del huevo y lo
rescató, habían pasado unos años desde que el Negro lo tirara al
océano. Cuando desembarcó en Valparaíso se escondió, estaba convencido
de que el Negro lo había seguido, había disfrutado mucho de él y no iba
a renunciar a ese placer.
El protagonista atravesó el mundo
huyendo, finalmente le pareció que el lugar más seguro era Islandia,
pero ya en el puerto apareció el Negro, lo atrapó y lo condujo al yate.
Después de largos meses de prisión sofocante pudo respirar nuevamente
el fresco del aire marítimo en el puente de popa.
Vio una enorme bola de acero
cuya forma recordaba a la de un obús, abrieron una portezuela lateral
del artefacto y lo arrojaron a su interior donde había un pequeño
saloncito. Se encontraban en el Pacífico, en el punto del abismo
oceánico más profundo del mundo. El Negro tenía curiosidad por saber
qué existiría en el fondo del mar al que vería con su imaginación
adivinando lo que estaría mirando el protagonista moribundo.
El
peso de la bola de acero había sido mal calculado y cuando la tiraron
al agua no se hundió, entonces el Negro ordenó que le engancharan un
ancla pesada, el protagonista fue arrojado al mar y comenzó a
descender. Al final de un viaje de dos horas sintió una ligera
sacudida, había tocado fondo. Pasó el tiempo y no pudiendo resistir
más, comenzó a dar golpes en todas las direcciones.
Aquella
locura estéril provocó seguramente algún movimiento en el exterior, y
la cadena arruinada por la herrumbre se rompió, el hecho es que la bola
empezó a ascender aumentando a cada minuto su velocidad saliendo
disparada como un proyectil a un kilómetro de altura sobre la
superficie del mar. El obús fue abierto por la tripulación de un barco
mercante, el Negro había desaparecido.
Hicieron
escala en el puerto de Pernambuco desde donde el protagonista partió
para Polonia. En ese mismo período un gigantesco bólido había caído
sobre el mar Caspio y las aguas se evaporaron en un instante. Las nubes
que se formaron cubrieron la tierra amenazando con producir un segundo
diluvio universal.. Finalmente alguien tuvo la idea de perforar una
nube que se encontraba encima del lecho del mar Caspio en la parte más
ventruda y la nube empezó a desaguar.
Cuando se vació por
completo otras nubes ocuparon su lugar y, mecánicamente, en forma
automática entregaron el agua y reconstituyeron el mar. En su casa de
campo de Polonia, descansaba y se entretenía para pasar el tiempo. El
Negro había desaparecido, el otoño se acercaba. Por mera diversión
empezó a construir un globo aerostático tipo Montgolfier.
Una
mañana, después que lo tuvo terminado, encendió la llama de la lámpara
y empezó a ascender. Voló sobre el bosque y sobre el río, desde abajo
la población lanzaba gritos jubilosos, cuando llegó a una altura de
cincuenta metros apagó la mecha y empezó a descender. Aterrizó en un
patio en el que lo recibieron con risas y bravos. Interrumpieron la
merienda y lo invitaron a tomar café, queso y pastelillos.
El
protagonista les propuso que uno de ellos podía subir a la cesta y
volvió a encender la llama. La pasajera que subió le proporcionaba una
alegría íntima mucho mayor que el globo mismo. Por primera vez en la
vida sentía que estaba perdiendo el juicio mientras ella lo escuchaba
con atención.
A pesar de que es bien sabido que las mujeres aman
lo novelesco, no se atrevió a contarle nada de sus aventuras con el
Negro... Llegó el día del cambio de anillos... Luego empezó a acercarse
también el día de la boda. Pero una semana antes de la fecha del
casamiento, cuando el protagonista se sentía penetrado por el secreto y
el escalofrío jubiloso del tiempo prenupcial, se le ocurrió hacer un
paseo en globo durante un día de tormenta.
La
tormenta fue tan grande que lo arrastró con fuerza diabólica, y después
de varias horas, al levantarse el telón del alba, vio que debajo de él
se agitaban las olas del Mar Amarillo.. Se despidió por dentro de los
abedules y de los ojos de su amada y se abrió dócilmente a las pagodas
contrahechas, a los bonzos y a las divinidades extrañas. Cuando
descendió de la cesta se le acercó gritando un chino leproso.
Tocó
con sus manos la piel pustulosa y lo condujo hacia unas cabañas
miserables que se veían a lo lejos. Todos los habitantes de la aldea
eran leprosos, pero a pesar de su condición aquellas personas no tenían
nada que ver ni con la modestia ni con la humildad. El protagonista se
alejó al instante de aquel pueblo pero la chusma lo seguía a cierta
distancia.
Los
amenazó con los puños en alto y desaparecieron, pero un momento después
lo volvieron a seguir. La isla donde había caído ocupaba poco más de
unos quince kilómetros cuadrados, estaba desierta y buena parte de ella
era boscosa. El protagonista caminaba acelerando el paso pues sentía
detrás de él la presencia de aquellos monstruos anhelantes. No sabiendo
bien que hacer se internó en la espesura de la selva pero ellos le
pisaban los talones.
No podía comprender qué es lo que quería esa
chusma roñosa, tenía la misma sensación que se apodera de las mujeres
cuando los vagabundos maleducados las importunan en la calle, primero
persiguiéndolas y después permitiéndose bromas de mal gusto y palabras
soeces, hasta que las pobres se veían obligadas a huir con la cabeza
baja.
Si
bien ignoraba la causa de la excitación de esos leprosos, eran
evidentes sus demostraciones de obscenidad, de impudicia y de lascivia,
tanto en los monstruos machos con su dura brutalidad, como en las
monstruosas hembras con su diversión maliciosa que no podía significar
otra cosa que inocencia o inmadurez. El protagonista hubiese aceptado
la lepra, pero la lepra y el erotismo a la vez, no los podía aceptar.
Estaba
enloquecido y empezó a huir, se escondió en la fronda de un árbol con
un garrote en la mano dispuesto a romperle la cabeza al primero que se
acercara. Durante dos meses llevó en la isla una vida de mono
escondiéndose en la cima de los árboles. Finalmente, por azar,
descubrió unas cuantas botellas de petróleo provenientes, posiblemente,
de algún naufragio.
Logró inflar nuevamente el globo y
levantar vuelo. Se preguntaba qué podía hacer cuando volviera a ver los
abedules y los ojos de la mujer amada. No, no le era posible volver,
tenía que abandonar todo aquello que ya lo había abandonado a él.
“Por
otra parte nuevas aventuras reclamaron muy pronto mi atención. Recuerdo
que en 1918 fui yo, yo solo, quien rompió el frente alemán. Como es de
todos sabido, las trincheras llegaban hasta el mar. Se trataba de un
verdadero sistema de canales profundos que tenían una longitud de hasta
quinientos kilómetros. Sólo a mí se me ocurrió la sencilla idea de
inundar los canales. Una noche trabajé a escondidas, cavé un foso que
comunicó los canales con el mar. Al penetrar ininterrumpidamente, el
agua inundó las trincheras y corrió por toda la línea del frente. Con
gran estupor los aliados vieron a los alemanes, empapados hasta los
huesos, saltar fuera de las fosas enloquecidos de pánico, cuando
despuntaban las primeras luces de un amanecer brumoso”
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