
WITOLD GOMBROWICZ Y EL PROTODIARIO
?Escribo
este diario con desgana. Su insincera sinceridad me fatiga. ¿Para quién
escribo? Si escribo para mí mismo, ¿por qué lo mando a la imprenta? Y
si es para el lector, ¿por qué hago como si hablara conmigo mismo?
¿Hablas a ti mismo de tal manera que te oigan los demás? Qué lejos
estoy de la seguridad y el valor que me caracterizan cuando
?perdonadme? ?estoy creando? (...)?
?Y sin embargo, me doy cuenta de
que hay que ser uno mismo en todos los niveles de la escritura, es
decir, que debería saber expresarme no sólo en un poema o en un drama,
sino también en una prosa corriente ?un artículo o un diario (...) Es
más, este paso al mundo cotidiano desde un campo escondido en lo más
recóndito, casi un subsuelo, constituye para mí un asunto de capital
importancia?
El
?Diario? se va convirtiendo en las manos de Gombrowicz en una verdadera
obra de arte, a pesar de su desgana y de su fatiga. ¿Por qué tardó
tanto tiempo en empezar a escribirlo?, porque no creía que su vida
fuera lo suficientemente interesante como para escribir un diario.
Cuando se dio cuenta que los diarios podían contar otra cosa a más de
la vida se estableció en ellos como en una verdadera mina de la que
extraía materiales para proteger su seguridad y su valor cuando ?estaba
creando?.
Aunque el género de diario aparece en Gombrowicz de
manera tardía podríamos decir que el género de protodiario es una de
sus primeras experiencias como hombre de letras. ?El diario de Stefan
Czarniecki? es la segunda novela corta de Gombrowicz, es contigua a ?El
bailarín del abogado Kraykowski? y la escribió en el año 1926.
El
punto de inflexión del comportamiento del personaje es la guerra, al
regreso del frente ya no puede mantener las viejas creencias y se
desbarranca en la inmoralidad. Gombrowicz tiene la costumbre de asociar
el amor con la violencia.
?Mi
sexualidad despierta en forma precoz, nutrida de guerra, de violencia,
de cantos de soldados y de sudor, me encadenaba a aquellos cuerpos
enmugrecidos por el duro trabajo?
Su adolescencia estuvo marcada por
la guerra y por los acontecimientos de 1920, cuando el ejército
bolchevique invadió Polonia, llegando hasta Varsovia. El recuerdo del
paso de los ejércitos, los incendios, los campos asolados por la
guerra, están presentes en el ?El diario de Stefan Czarniecki?.
?En
la época de la Primera Guerra Mundial, creo que el frente pasó cuatro
veces por nuestra casa, avance, retroceso, avance, retroceso, el fragor
lejano y luego cada vez más próximo el cañón, los incendios, los
ejércitos que se retiran, los ejércitos que avanzan, el tiroteo, los
cadáveres junto al estanque, y también los prolongados altos de los
destacamentos rusos, austríacos y alemanes. Nosotros, los muchachos,
nos la pasábamos en grande recogiendo cartuchos, bayonetas, cinturones,
cargadores. El excitante olor de la brutalidad lo invadía todo (...)?
Stefan
se alistó en el regimiento de los ulanos, pero Gombrowicz no estaba
alistado en ese regimiento cuando el mariscal Pilsudski detuvo a los
rusos en las puertas de Varsovia.
?(...) En ese año de 1920
era un ser distinto a los otros, aislado, viviendo al margen de la
sociedad (...) y sucedió así porque no supe cumplir mis deberes con la
nación en el momento que una terrible amenaza se cernía sobre nuestra
joven independencia (...)?
En esta novela no queda títere con
cabeza: la familia, la polonidad, la política, la guerra, el amor, todo
vuela por los aires, pero son más bien caricaturas, marionetas que
Gombrowicz zarandea como una parodia de la realidad.
El estilo
es brillante, humorístico e irónico, pero los componentes de la
narración son realmente morbosos. Stefan Czarniecki había nacido en una
casa muy respetable. El padre, un hombre fascinante y orgulloso, poseía
unos rasgos que personificaban una estirpe perfecta y noble.
La
madre andaba siempre vestida de negro con unos pendientes antiguos como
único adorno. Stefan se veía a sí mismo como un muchacho serio y
pensativo. Había en su vida familiar un solo punto oscuro, su padre
odiaba a su madre, no la soportaba, un enigma que condujo finalmente a
Stefan a la catástrofe interior. Se convirtió en un inútil inmoral,
besaba la mano de una dama babeándola, sacaba el pañuelo y se secaba la
saliva mientras le pedía perdón.
El padre evitaba el contacto con
la madre, a veces la miraba a hurtadillas con una expresión de infinito
disgusto. Stefan, en cambio, no manifestaba aversión alguna hacia su
madre a pesar de que había engordado muchísimo al punto de tropezarse
con todas las cosas de la casa.
Stefan
se imaginaba que había sido concebido bajo coacción violentando los
instintos, y que él era el fruto del heroísmo del padre. Un día la
repugnancia del padre estalló: ?Te estás quedando calva. Dentro de poco
estarás más calva que un trasero.. Eres horrorosa. Ni siquiera
adviertes cuán horrible es tu aspecto. Stefan no comprendía el porqué
debía considerar a la calvicie de la madre peor que la del padre,
además, los dientes de la madre eran mejores y, sin embargo, ella no
sentía repugnancia por él.
Era una mujer majestuosa y muy
religiosa, rodeada de una furia de ayunos, plegarias y acciones
piadosas. A veces, los convocaba a Stefan, al cocinero, al mayordomo,
al portero y a la camarera y decía: ?¡Ruega, ruega pobre hijo mío por
el alma de ese monstruo que tienes por padre! ¡Rogad también vosotros
por el alma de vuestro amo que se ha vendido al diablo!
A
la madre le producían horror las acciones del padre, y al padre lo que
le producía horror era ella misma, no podía dejar de manifestar su
asco: ?Créeme, querida, que estás cometiendo una falta de tacto. Cuando
veo ante el altar tu nariz, tus orejas, tus labios, tengo la convicción
de que también Cristo se siente a disgusto. A pesar de estas
contrariedades Stefan fue un buen alumno, aplicado y puntual, pero
nunca gozó de la simpatía de los demás.
En el recreo los alumnos
cantaban: ?Uno, dos y tres, dos pan pan/ no hay judío que no sea un
can/ Los polacos en cambio son águilas de oro/ Uno, dos, tres, ahora le
toca al loro. Stefan estaba fascinado con estos versos pero debía
apartarse de los otros chicos cuando cantaban..
A pesar de los
esfuerzos que hacía por resultarles agradable a ellos y a los
profesores con sus buenas maneras, lo único que conseguía era una
actitud hostil. Una tarde, un profesor de historia y literatura, un
vejete tranquilo y bastante inofensivo les dijo: ?Los polacos, señores
míos, han sido siempre perezosos, sin embargo, la pereza es siempre
compañera del genio.
Los
polacos han sido siempre valientes y perezosos ¡Magnífico pueblo, el
polaco! A partir del momento en el que el profesor diera esa clase
despreciando el trabajo el interés de Stefan por el estudio disminuyó,
pero con este cambio no consiguió la simpatía del profesor y de nada le
sirvió su incipiente preferencia por los desaplicados y los perezosos.
La observaciones del profesor tenían mucha influencia en la
clase: ?Los polacos han sido siempre holgazanes y desobligados, pero
las suecas, las danesas, las francesas y las alemanas pierden la cabeza
por nosotros, sin embargo, nosotros preferimos a las polacas. ¿No es
acaso famosa en el mundo entero la belleza de la mujer polaca? El
resultado de esas insinuaciones fue que Stefan se enamoró de una joven
pero ella no se daba por enterada.
Una
mañana, después de haberle pedido consejo a sus compañeros de clase,
venció su timidez y le dio un pellizco; ella cerró los ojos y soltó una
risita.. Lo había logrado. Se lo contó a sus compañeros y fue la
primera vez que lo escucharon con interés, acto seguido se precipitaron
sobre una rana y la mataron a golpes.
Stefan estaba emocionado
y orgulloso de haber sido admitido por los jóvenes y presintió que
empezaba una nueva etapa de su vida. Para congraciarse aún más atrapó
una golondrina y le rompió un ala, cuando se disponía a golpearla con
un palo un alumno le dio una bofetada en la cara. Como no se defendió
todos se lanzaron sobre él y lo aporrearon sin ahorrar escarnios ni
insultos.
En el amor tampoco le iba nada bien, la joven pellizcada
le hacía recriminaciones porque era un consentido, un pequeño nene de
mamá. Stefan había comprendido finalmente que, si bien el padre era de
raza pura, su madre también lo era pero en el sentido contrario, el
padre era un aristócrata arruinado casado con la hija de un rico
banquero.
Se
imaginaba que las dos razas hostiles de los padres, ambas poderosas, se
habían neutralizado y habían parido un ratón sin pigmentación, un ratón
neutro, por eso no tomaba parte de nada a pesar de haber participado en
todo, ése era su misterio. La joven le pedía que fuera valiente, le
ordenaba que saltara zanjas, que sostuviera pesos, que golpeara
abedules bajo la observación del vigilante, que arrojara agua sobre el
sombrero de los transeúntes.
Cuando Stefan le preguntaba cuál era
la razón de esos caprichos le decía que no lo sabía, que era un enigma,
una esfinge, un misterio para ella misma. Si la joven Jadwiga fracasaba
en algo se entristecía, si triunfaba se ponía feliz y le permitía a
Stefan besar sus deliciosas orejas, como premio.
Sin embargo, nunca se
permitió responder a su apremiante: ?¡Te deseo! Le decía que había algo
en él de repulsivo y no sabía bien qué era, pero Stefan sabía muy bien
lo que querían decir esas palabras. Leía mucho y trataba de comprender
el significado de su secreto, se daba ánimos con el recuerdo de uno de
los temas escolares, la superioridad de los polacos: los alemanes son
pesados, brutales y tienen los pies planos.
Los franceses son
pequeños, mezquinos y depravados; los rusos son peludos; los
italianos... bel canto. Ésta era la razón por la que querían eliminar a
los polacos de la faz de la tierra, eran los únicos que no causaban
repulsión. El horizonte político se volvía cada vez más amenazador y la
joven cada vez más nerviosa. La multitud en las calles, las tropas se
desplazaban hacia el frente.
La movilización, los adioses, las
banderas, los discursos. Juramentos, sacrificios, lágrimas,
manifiestos, indignación, exaltación y odio. La amada de Stefan ni lo
miraba, no tenía ojos más que para los militares. Stefan afirmaba su
patriotismo, participaba en juicios sumarios contra espías, pero algo
en la mirada de Jadwiga lo obligó a alistarse como voluntario en el
regimiento de ulanos.
Atravesaban
la cuidad cantando inclinados sobre el cuello de sus caballos, una
expresión maravillosa aparecía en el rostro de las mujeres y sentía que
muchos corazones latían también por él, y no entendía el porqué pues no
había dejado de ser el conde Stefan Czarniecki que era antes ni el hijo
de una Goldwasser, el único cambio era que ahora usaba botas militares
y llevaba en el cuello unas tiras color frambuesa.
La madre lo
convocaba para que no tuviera piedad, para que arrasara, quemara y
matara, para que destruyera a los malvados. El padre, un gran patriota,
lloraba en un rincón y le decía que con la sangre podría borrar la
mancha de su origen, que pensara siempre en él y ahuyentara como la
peste el recuerdo de la madre porque podía resultarle fatal, que no
perdonara y que exterminara hasta el último de esos canallas. La amada
le entregó por primera vez su boca, una verdadera delicia.
La
guerra era hermosa. Era precisamente la conciencia de ese esplendor la
que le proporcionaba las energías para combatir al implacable enemigo
del soldado: el miedo. De cuando en cuando lograba colocar un tiro de
fusil en el blanco preciso, y entonces se sentía columpiado por la
sonrisa impenetrable de las mujeres y hasta le parecía que se ganaba el
afecto de los caballos que hasta el momento sólo le habían propinado
coces y mordiscos.
Sin embargo, ocurrió un incidente que lo
lanzó al abismo de la depravación moral de la que no pudo apartarse
hasta el día de hoy. La guerra se había desencadenado en todo el mundo.
La esperanza, consuelo de los imbéciles, lo hacía vislumbrar la dichosa
perspectiva del porvenir: el regreso a casa y la liberación de su
situación de ratón neutro, pero las cosas no ocurrieron de esa manera.
Su
regimiento estaba defendiendo con tesón por tercer día consecutivo una
colina en el frente, con la orden de resistir hasta la muerte. Fue
entonces cuando cayó un obús que le cortó de un tajo ambas piernas al
ulano Kaeperski y le destrozó los intestinos, pero el pobre,
seguramente aturdido, explotó en una carcajada convulsiva que Stefan
tuvo que acompañar.
Cuando terminó la guerra y volvió a casa con
aquella risa sonándole aún en los oídos comprobó que todo lo que hasta
entonces había sostenido su existencia yacía hecho escombros, que no le
quedaba más remedio que volverse comunista. Stefan entendía el
comunismo como un programa en el que los padres y las madres, las razas
y la fe, la virtud y las esposas, y todo lo que existía, sería
nacionalizado y distribuido mediante cupones en porciones iguales.
Un
programa en el que su madre debería ser cortada en pequeños trozos y
repartida entre quienes no fueran suficientemente devotos en sus
oraciones como era ella; que lo mismo debería hacerse con su padre
entre aquellos cuya raza no fuera de una estirpe perfecta y noble.
Un
programa en el que todas las sonrisas, las gracias y los encantos
fueran suministrados exclusivamente bajo petición expresa, y que el
rechazo injustificado de esta gracia fuera causal del castigo con la
cárcel. Stefan elegía el término comunismo porque constituía para los
intelectuales que le eran adversos un enigma tan incomprensible como lo
eran para él las sonrisas sarcásticas y los rostros brutales de esos
intelectuales.
Las conversaciones más irónicas las mantuvo con su
adorada Jadwiga que lo había recibido con efusiones extraordinarias al
regreso de la guerra. Stefan le preguntaba que si acaso la mujer no era
algo misterioso e impenetrable, ella le respondía que sí, que lo era, y
que ella misma era misteriosa, impenetrable y desencadenaba pasiones,
que era una mujer esfinge.
Entonces
Stefan exclamaba que también él constituía un misterio, que tenía un
lenguaje personal secreto y que le gustaría que ella lo adoptara. Le
advirtió que le iba a meter un sapo debajo de la blusa, y que ella
tenía que repetir con él las siguientes palabras: Cham, bam, biu, mniu,
ba, bi, ba be no zar. Fue imposible, no quiso pronunciarlas, le dijo
que le daba vergüenza y se echó a llorar.
Stefan no le hizo caso,
tomó un sapo grande y gordo y cumplió con su palabra. Jadwiga se puso
como loca. Se tiró al suelo, y el grito que lanzó sólo podría
compararse con el del soldado destripado. ¿Pero es que para todas las
personas las mismas cosas deben ser bellas y agradables? Lo único que
le quedó de agradable en esa historia fue que ella enloqueció, incapaz
de librarse del sapo que se agitaba bajo su blusa.
Es
posible que Stefan no fuera comunista sino tan solo un pacifista
militante. Navegaba por el mundo en medio de opiniones incomprensibles
y cada vez que tropezaba con un sentimiento misterioso, fuera la virtud
o la familia, la fe o la patria, sentía la necesidad de cometer una
villanía.
?Tal es el secreto personal que opongo al gran misterio de
la existencia. ¿Qué queréis?... cuando paso junto a una pareja feliz, a
una madre con un niño o a un anciano amable, pierdo la tranquilidad.
Pero a veces el corazón se me encoge y una gran nostalgia de vosotros,
padre y madre queridos, se apodera de mí. ¡También de ti siento
nostalgia, oh santa infancia mía!?
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