
WITOLD GOMBROWICZ Y LA SEÑORA KOWALSKA
“La
presión sexual me llevaba hacia lo bajo, hacia las aventuras secretas y
solitarias en los barrios lejanos de Varsovia con mujeres de la peor
especie. No, no se trataba de putas, en esas aventuras desgraciadas yo
buscaba justamente la salud, algo elemental, lo que lo hacía más bajo
aún, y, sin embargo, más auténtico (...) Mordería la mano del
psiquiatra que pretendiera destriparme privándome de mi vida interior;
no se trata aquí de que el hombre no tenga complejos, sino de que sepa
transformar el complejo en un valor cultural”
La popularidad de las
indagaciones de Sartre sobre la mirada y de Freud sobre la
participación de la sexualidad en la conducta humana facilitaron la
comprensión de la obra de Gombrowicz un tanto hermética, a pesar de la
desconfianza que le tenía a estos ilustres pensadores.
“En
la escalera de servicio” es una novela corta que Gombrowicz escribe en
el año 1929. Es la historia de un acomodado funcionario, casado con una
refinadísima señora de clase alta, al que lo pierde su atracción por
las criadas gordas, feas y embrutecidas.
“Hay algo aquí que quizás
se remonte a la infancia, a la época en la que se le despertaron sus
primeros deseos, hacia su séptimo u octavo año (...) Seguramente vio
algo que le causó impacto, unas pantorrillas, o algo mejor, y que una y
otra vez acudía a su mente”
La inclinación de Gombrowicz por las
pantorrillas, los muslos y las criadas aparece frecuentemente en su
obra. El apetito por las criadas que ilustra la narración de “En la
escalera de servicio” tiene unos orígenes igualmente remotos.
“Ese
sentimiento perdura en mí desde la infancia, desde esos años en que,
sin aliento, con el corazón golpeándome en el pecho, contemplaba a
nuestra criada. Cuando nos servía en la mesa, cuando enceraba el
parquet, cuando nos traía el desayuno (...) Yo miraba ávidamente,
tímidamente, bajo mis párpados entornados”
En
este cuento Gombrowicz pone en funcionamiento una de sus partes oscuras
que saca a la superficie con mano maestra. A diferencia de otros
funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores y de los secretarios
de embajadas extranjeras que salían a las calles a hacer conquistas
aquí y allá, según su gusto, fantasía y temperamento, Filip, el
protagonista de “En la escalera de servicio” sólo salía a conquistar a
las criadas gordas, comunes y corrientes que llevaban un pañuelo en la
cabeza.
Al poco tiempo de su nombramiento como segundo
secretario de la embajada en París tuvo que renunciar al cargo debido a
la nostalgia que sentía por las criadas polacas. Abordaba a las criadas
en la escalera de servicio y les preguntaba si conocían a la señora
Kowalska como una manera de presentarse. No se puede decir que fuera
una conquista concreta, en los últimos años había abordado más de mil
quinientas criadas y jamás había recibido ni siquiera un beso.
Las
criadas, con la cesta en la mano, no tenían el sabor de las legumbres
frescas sino más bien el de la grasa de cerdo, no se las podía comparar
con los complicados bocadillos que ofrecía la ciudad. Filip se
preguntaba cómo era posible que en cada uno de los estratos sociales se
podían encontrar señoritas llenas de poesía, mientras las criadas eran
las únicas que carecían de belleza y atractivo.
Con el tiempo
descubrió que eran las amas de casa las que elegían a esos monstruos
deformes seguramente para evitar que algún miembro de la familia fuera
tentado por deseos poco honestos. Pero la timidez que Filip guardaba
desde la niñez, sofocada por el lujo y los éxitos, seguía prefiriendo a
esos monstruos de la escalera de servicio que pululaban alrededor de
los mercados.
Sus
colegas del Ministerio se burlaban tanto de Filip que por miedo al
ridículo se casó con una joven que era algo así como el antídoto de la
criada. La mujer con la que contrajo matrimonio tenía una silueta
delgada y elegante, era el testimonio de su buen gusto para elegir, lo
que hizo que la pareja produjera por doquier una magnífica impresión.
Contrataron
a una graciosa camarera completamente diferente a las criadas
habituales, llevaba una cofia de encaje blanco y servía la mesa con
mucha desenvoltura. La personalidad de su mujer se fue imponiendo en la
casa con pie firme pero delicado, cien mil veces más distinguido que
los pies hinchados, deformes y planos de las criadas. En el fondo del
alma la sospecha de que su mujer pudiera llegar a saber algo de lo que
habían sido sus gustos lo perseguía cruelmente.
Filip observaba con una hipócrita
admiración el mundo hostil y helado de una mujer tan refinada, su
geografía blanca y tersa, esos detalles que para él eran tan vacuos y
desérticos como el mundo lunar, mientras que la Madre Tierra permanecía
exilada quién sabe dónde.
Pero, poco a poco, él también se fue
volviendo europeo, lavado y reluciente, con estas convenciones
conquistó el corazón de su mujer y creció en el trabajo. Hasta la mujer
mejor pertrechada se abría como una ostra cuando se pronunciaban las
palabras precisas, las santificadas por la costumbre, y cuando se
realizaban los gestos rituales. El asunto con las criadas era más
complicado, en todas partes había resistencia y susceptibilidades.
Una
tarde, después de perseguirla, y cuando finalmente la criada terminaba
su ronda de compras y entraba en el portón del edificio, Filip la
alcanzó en la escalera de servicio y le preguntó si conocía a la señora
Kowalska. Cuando la criada se detuvo él le acarició la mano y le dijo
que le gustaba mucho.
La
criada se echó a reír y lo trató de sinvergüenza, se hizo la ofendida,
y después de manifestarle que no le gustaba conocer a la gente en la
escalera, le preguntó con quién se imaginaba que estaba hablando. La
otras criadas del edificio se asomaron a la escalera de servicio riendo
y murmurando, mientras la que estaba con Filip se desternillaba de la
risa, de pronto, extendió las piernas y empezó a gritar: –¡Ji, ji, ji,
güri, güri, giu!
Las criadas que estaban colocadas en los pisos
superiores empezaron a gritar también: –¡Ji, ji, ji, güri, güri, giu!
Filip desciendió por la escalera con la cabeza baja mientras a sus
espaldas se desencadena un infierno: –¡Habrase visto semejante cerdo!
¡Dale María, tíralo por la escalera! ¡Rómpele la cresta! ¡Sinvergüenza!
¡Atacar de esa manera a una señorita!
Debía ser el miedo que tenían de encontrase con sus amas el
que las ponía en ese estado. Aquello no era como con las manicuras y
las coristas, tales eran sus recuerdos prohibidos, los recuerdos del
pasado. Hoy en día sabía, como también lo sabía entonces, que nada
hubiera podido ocurrir entre las criadas y él porque los separaba un
abismo naturalmente infranqueable.
Pero hoy, igual que ayer, se
negaba a reconocer la existencia de ese abismo y su ira se dirigía
contra las amas de casa. Tal vez si no fuera por culpa de ellas que las
paralizaban con el miedo y con la vergüenza de descubrirlas en la
escalera de servicio, las criadas se hubieran comportado mejor con
Filip. Pasaron los años, Filip empezó a envejecer, en sus sienes
aparecieron algunas canas.
En el Ministerio ocupaba el alto
cargo de viceministro de Asuntos Exteriores y en pulcritud y aseo había
llegado a superar hasta a su propia mujer. Para Filip la pulcritud se
había convertido en audacia, en esplendor y en un modelo de vida. La
mujer se asombraba de que Filip se tomara tan a pecho esas cosas, y en
cuanto a la suciedad del mundo le decía que ella no la aborrecía, que
simplemente la ignoraba. Pero esa ignorancia no llegó muy lejos.
Una
noche, seguramente en medio de una pesadilla, Filip se puso a gritar:
–¿Vive aquí la señora Kowalska?, y un poco después, ¡Ji, ji, güiri,
güiri, güi!, y que quería estrangular a ciertas lunas pálidas (las amas
de casa) vacías y sofocantes. La mujer empezó a tener tanto miedo de él
como un ratón puede tenerlo de un gato.
Se le dio por quejarse
de que jamás había tenido una noche de tranquilidad por culpa de los
ronquidos de su marido y de que tenía miedo que fuera a suceder una
desgracia. Estaba arrepentida de haberse casado con Filip, le
recriminaba que desde que había empezado a envejecer estaba cada vez
peor, que quería que le explicara lo de las lunas pálidas, y que si
llegaba a ocurrir algo se acordara de que había sido una buena esposa y
que siempre le había demostrado afecto.
Filip
no comprendía bien lo que le estaba pasando, era un hombre que
envejecía, sin pasiones, inofensivo, desgastado por la vida familiar y
la oficina. Pero del episodio de las lunas nacieron unos cuantos lances
que se tiró con la camarera, la mujer lo advirtió y la despidió
inmediatamente.
La camarera que la reemplazó también tuvo que
ser despedida porque a Filip se le había despertado el apetito. Terminó
por decirle a su mujer que era más fuerte que él, que estaba
envejeciendo y que antes de retirarse quería darse un gusto, que las
graciosas camareras eran el bocado preferido de los embajadores, que se
las consumía en las mejores mesas.
Finalmente la mujer contrató a
uno de esos monstruos de chal en la cabeza que, según le parecía a
ella, no podía atraer la atención de nadie con sus dedos gordos
repugnantes, la piel arrugada y ennegrecida del antebrazo y su tufo de
grasa y cebolla. El corazón de Filip palpitaba emocionado, volvía a ser
tímido otra vez, amedrentado, como lo había sido en otra época en las
escaleras de servicio.
Pensaba
que los temores de su mujer eran absurdos, que él era un hombre que se
estaba apagando y que sólo quería, antes de extinguirse, saborear un
poco el aire del pasado. En la mujer crecía el deseo de estrangular a
esa fuerza erguida ante ella que anunciaba el desencadenamiento de una
lucha cruel que se remontaba a la prehistoria. La señora empezó a
amenazar a la criada.
Si no controlaba sus ruidos intestinales, si
no se bañaba por lo menos una vez por semana con estropajo y jabón, la
iba a despedir inmediatamente. La criada la engañaba y no le hacía
caso, y esa desobediencia iba transformando a la esposa de Filip en una
de esas amas de casa agrias y despiadadas. Filip había caído en una
especie de estado cataléptico.
Una
mañana escribió con un dedo en un cristal, sin pensar en lo que hacía:
“¡Vergüenza a quien abandona su propia suciedad por la pulcritud de los
demás! ¡La suciedad siempre es nuestra; la pulcritud es de los demás!
Una tarde se dirige a la criada para decirle que la señora estaba en
contra de las criadas, de ella y de todas las del edificio, porque son
vulgares y escandalosas, porque transmiten enfermedades y porque roban
con la complicidad de sus novios.
Ese mismo día la mujer le pidió
que despidiera a la criada, que se había vuelto arrogante, que se
pasaba el día entero en la escalera de servicio con las otras criadas,
y que en el patio murmuraba con los porteros. La señora se ponía cada
día más nerviosa y le rogaba a Filip que la despidiera a fin de mes,
estaba tan alterada que le propuso retomar a la primera camarera.
Que
no la aguantaba más, que se burlaba de ella, que a sus espaldas le
hacía muecas, le sacaba la lengua y gesticulaba en forma soez. También
se burlaban las otras criadas del edificio, estaba segura de que se iba
a enfermar. Filip se le quejó a la criada y al propietario del
edificio, pero al día siguiente alguien le arrojó una cebolla marchita
por una ventana.
Una
de las criadas de la escalera de servicio se atrevió a reírse
abiertamente de la señora, en la puerta se veían dibujos repugnantes en
los que Filip y su mujer aparecían en posiciones obscenas; comenzaron a
ser víctimas de todo tipo de bromas pero no podían pescar a nadie con
las manos en la masa. La mujer empezó a gritar que había que llamar a
la policía, que había que despedir a las criadas, a la portera y a sus
hijos.
Pero esos gritos no hacían otra cosa más que aumentar
la arrogancia de las criadas y despertar un odio tremendo. La señora
estaba perdiendo la razón, se le fue el color, se volvió gris y apagada
y se acurrucó silenciosamente a un rincón. Filip permanecía en su
sillón y pensaba que si su mujer odiaba a la criada, era normal que la
criada la odiara también a ella.
A
veces escuchaba que la criada le decía a su mujer que si ella le
contara todas las rarezas que había visto en esa casa se le helaría la
sangre en las venas. Un día la señora se quitó un anillo y lo puso en
la mesa del comedor. Filip lo tomó y, mecánicamente, se lo guardó en el
bolsillo. Poco tiempo después, sin recordar este episodio, le preguntó
dónde tenía el anillo, la mujer pensó que se lo había robado la criada.
“!Ladrona!
La criada le respondió con los brazos en jarras; ¡Ladrona serás tú!;
–¡Cierra el pico!; –¡El pico lo cerrarás tú!; –¡Fuera, fuera de aquí,
inmediatamente!; –¡Fuera de aquí! ¡Vaya escena! En todas las ventanas
aparecieron caras de criadas, de todas partes llegaban gritos, insultos
e improperios, una terrible carcajada resonó fuertemente, y he aquí lo
que vi: la criada asió a mi mujer por los cabellos y comenzó a tirar, a
tirar, y a través de una especie de niebla me llegó la voz implorante
de mi mujer: –¡Filip!”
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