
WITOLD GOMBROWICZ Y PAUL CLAUDEL
“La
correspondencia de Gide con Claudel: ¡menudo espectáculo! ¡Qué ridículo
se ha vuelto todo esto en los últimos años! Lo que hace reír no es el
diálogo de un creyente con un no creyente, sino el disfraz..., este
disfraz de mondalité perfectamente francesa, y el hecho de que todo
esté tan literalmente pulido. La ‘Maja desnuda’ y ‘La Maja vestida’, y
Dios entre Monsieur Gide y Monsieur Claudel. ¡Cuánta ingenuidad en este
refinamiento! ¡Quelle délicatesse des sentiments! El verdadero autor de
esta correspondencia es el servicio doméstico, porque se trata de una
delicadeza mimada y acariciada por gente inferior, de un diálogo
altisonante que tiene sus raíces en el populacho, aunque ya no se
acuerde de ello y reine en todas partes como si viviera por su propia
cuenta. De nuevo, pues, resulta inevitable referirnos a aquella verdad
inferior que constituye la base de la verdad superior”
Paul
Claudel es un representante del catolicismo francés en la literatura
moderna. Toda su obra, en la que hace alarde por extraña paradoja de
simbolismo y de realismo, de complejidad y de sencillez, de
polifacetismo y de profundidad, aparece informada por una honda
inquietud religiosa en la que supo conciliar la ortodoxia clásica con
el modernismo.
Durante la mayor parte de su vida formó parte del
cuerpo diplomático francés, pero se le conoce fundamentalmente como uno
de los hombres de letras del siglo XX más famosos y prolíficos. Los
volúmenes de poesía, teatro, prosas religiosas, libros de viajes y
crítica literaria de Claudel expresan su ardiente fe en la Iglesia
católica. Utilizó con frecuencia temas que relacionaban los conflictos
espirituales y la salvación del alma.
“La ira que me acomete cuando pienso en
artistas como Gide o como Claudel, ¿no estará relacionada con el hecho
de que ellos, a pesar de todo, eran capaces de leerle a alguien un
texto suyo sin esa desesperante sospecha de estar aburriendo? También
pienso que un poco de conciencia de lo que llamamos la importancia
social del artista me hubiera sido más conveniente que esta certeza mía
de ser socialmente un cero, un marginal (...)”
“Además yo...,
con mi vida... Si se suprimiera del ‘Diario’ de Gide toda la
parafernalia de nombres ilustres, imagino que perdería buena parte de
sus clientes. Yo me veía en el café Rex con Eisler, a quien conseguía
sacar algunas monedas ganándole al ajedrez. Mi vida secreta no poseía
la fuerza ni el color que nutren las memorias de los vagabundos
auténticos”
Paul Claudel y André Gide son completamente opuestos
como creadores y también como personas. Quizá sea eso lo que los atrae
en un principio y los empuja a iniciar un intercambio epistolar
bastante regular sin apenas haberse visto, en el que tratan sobre todo
temas literarios y morales.
Fueron
éstos últimos los que provocaron la crisis, el enfado sin
reconciliación y hasta el desprecio, según lo que se desprende de
algunas cartas de Claudel a amigos comunes en las que habla del “caso
Gide”. Paul Claudel fue, ante todo, un poeta católico. Su obra no se
comprende sin la doctrina cristiana más férrea, y suele reflejar la
satisfacción constante que le produce la seguridad de poseer la verdad,
de haberla atrapado y disfrutar de ella sin reparos ni pudor.
Cuando
Claudel considera que su relación con André Gide ya ha obtenido un
nivel aceptable de confianza, ataca sin tregua y empieza a pedirle su
conversión al catolicismo. Claudel estaba convencido de que una de sus
misiones principales en la vida consistía en arrojar la luz del
catolicismo sobre las pobres almas que dudaban, que tenían miedo y
sufrían porque no acababan de estar seguros de que el Dios cristiano
fuera la verdad absoluta, ni siquiera una verdad aceptable.
Gide
era todo lo contrario: inseguro, heterodoxo, variable... su lucidez
extrema y su incomodidad frente al mundo le provocan hondas crisis que
supera mediante la escritura, la música, los amigos, los viajes, y
finalmente la confesión de su homosexualidad.
La página de
“Las Cuevas del Vaticano”, donde el narrador describe la perversa
atracción que le produce un candoroso chiquillo, es el desencadenante
del escándalo general y la indignación de Claudel, que después de
exigir el arrepentimiento de Gide y al ver que éste no hace sino
reafirmarse en su postura, corta en seco la relación con el poseedor de
ese defecto abominable.
La iglesia de Claudel y los defectos
abominables de Gide eran extremos entre los que Gombrowicz se movía con
aparente comodidad, echando mano a un ardid al que había recurrido
desde su temprana juventud: la representación de los sentimientos.
“Gide
ha dicho muy bien que un sentimiento que se representa y un sentimiento
que se vive son dos cosas casi indiscernibles (...)”
“Decidir
que amo a mi madre quedándome junto a ella o representar una comedia
que hará que permanezca con mi madre, es casi la misma cosa. Dicho de
otro modo, el sentimiento se construye con actos que se realizan; no
puedo pues consultarlo para guiarme por él. Lo cual quiere decir que no
puedo ni buscar en mí el estado auténtico que me empujará a actuar, ni
pedir a una moral los conceptos que me permitirían actuar”
Gombrowicz
podría haber puesto su firma debajo de estas palabras de Sartre, la
idea de que la representación de los sentimientos es el centro de
gravedad alrededor del cual giran sus propias ideas. Gide le dio
entonces a Gombrowicz más que un modelo para escribir los diarios, él
también creía que los sentimientos empiezan a existir cuando se
representan.
Pero
en el caso de la correspondencia de Gide con Claudel el punto central
para Gombrowicz no es la iglesia ni los defectos abominables ni la
representación de los sentimientos, el punto central es el disfraz. El
disfraz, es decir, la máscara, es decir, la facha, es el archienemigo
de Gombrowicz.
Este contrincante impiadoso, cuyo representante más
conspicuo es París, suele ser atacado por Gombrowicz oponiéndole la
desnudez. Los parisinos son enemigos de la desnudez, en cambio parecen
contentos disfrutando de su fealdad. Su sensibilidad, en vez de
desahogarse en la desnudez, se ha posado en los afeites; la belleza de
París está puesta en las estatuas y parece que los parisinos han
renunciado con alegría a la belleza joven y desnuda.
La belleza
que se adquiera en la madurez es incompleta, mancillada por la falta de
juventud, por eso la belleza joven es una belleza desnuda, la única que
no necesita avergonzarse. La desnudez es una idea que gira alrededor de
la cabeza del hombre desde hace muchos siglos. Acteón era un cazador
que sorprendió a la hermosa Diana bañándose desnuda.
Se
quedó mirándola fascinado por su belleza, la diosa se irritó, lo
convirtió en ciervo y Acteón fue devorado por sus propios perros. En
“El ser y la nada”, Sartre, al que no le alcanzaban los complejos de
Edipo y de inferioridad, se inventó otros dos: el de Acteón y el de
Jonás. El de Acteón está relacionado con la mirada curiosa y lasciva de
la desnudez humana cuya sublimación es el origen de toda búsqueda.
Para
Sartre, la esencia de las relaciones humanas, incluido el amor, es una
tentativa de posesionarse de la libertad del otro, de esclavizarlo.
Pero esta actividad de apropiación del hombre no está relacionada
solamente con las personas sino también con las cosas. El conocimiento,
en el sentido de descubrimiento de la verdad, es un cazador que
sorprende una desnudez blanca y virgen, para robarla, apropiarse de
ella y violarla con la mirada..
El
conocimiento o descubrimiento de la verdad es un modo de apropiación,
es algo análogo a la posesión carnal, que nos ofrece la seductora
imagen de un cuerpo desnudo que es perpetuamente poseído y
perpetuamente nuevo, y en el cual la posesión no deja rastro alguno.
Casi
veinte años después de la aparición de “Aurora”, de la que
lamentablemente se editó un solo número, Gombrowicz confronta otra vez,
ahora en los diarios, al refinamiento de las máscaras humanas con la
desnudez. El relato que hace en los diarios sobre el día en que se bajó
los pantalones en un restaurante de París no parece cierto –no era
capaz de ponerse un traje de baño cuando iba a la playa– pero las
consecuencias que saca no están del todo mal.
Estaba almorzando en un local muy distinguido a
orillas del Sena conversando animadamente con gente del ambiente
literario: –¡Quién es ese escritor; –Es un escritor eminente; –Sí,
eminente, pero ¿quién es?; –Viene del surrealismo y se pasó al
objetivismo.
Gombrowicz empieza a manifestar una cierta
intranquilidad: –Muy bien, objetivismo, pero ¿quién es?; –Pertenece al
grupo Melpomène; –No tengo nada en contra de Melpomène, pero ¿quién
es?; –Una combinación de géneros: el argot con una metafísica de
elementos fantásticos; –Sí, la combinación me parece bien, pero ¿quién
es?; –Cuatro años atrás le concedieron el Prix St. Eustache..., y tú
cómo te consideras; –Yo no soy escritor, ni miembro de nada, ni
metafísico ni ensayista, soy yo mismo, libre, independiente, vivo...;
–Ah, sí, eres existencialista.
Los contertulios estaban turbados con la mirada ingenua de Gombrowicz que les
traspasaba la ropa, y es aquí cuando decide hacer el experimento crucial: se empieza a bajar los pantalones.
“(...)
cundió el pánico, salieron rajando por puertas y ventanas. Me quedé
solo. El restaurante estaba desierto, hasta los cocineros habían
huido... Sólo entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo, de lo
que pasaba...., y me quedé así, hecho un tonto, con una pernera puesta
y la otra en la mano”
Los franceses caen en éxtasis si se le cita un
poema de Cocteau o se les muestra un Cézanne, lo asocian con la belleza
y, entonces, segregan saliva, es decir, se ponen a aplaudir. Los
parisinos se ocupan de su espíritu como los campesinos de las vacas, a
las que sólo hay que limpiar, ordeñar e ir luego a vender la leche.
“París
es un palacio, pero los parisinos me dan la sensación de ser sólo el
servicio palaciego. En París, la ciudad de los perros que segregan
saliva al son de la trompeta, tuve aventuras equívocas y perversas”
Después de una comida sabrosa y de buen vino en
la cabeza, Gombrowicz vio el portal entornado de un palacio magnífico.
Cuando se estaba paseando por sus salas llenas de esculturas, plafones,
escudos y dorados, se le presentó una persona menuda de aspecto
modesto. Supuso que era el mayordomo y le pidió que le mostrara las
salas, lo que el hombre hizo muy amablemente.
Al marcharse
Gombrowicz se llevó la mano al bolsillo: –Oh, no, soy el príncipe, aquí
mi mujer la princesa, y mi hijo el marqués, y el conde, y el vizconde.
Pensaba cómo huir de este mundo artificioso mirando las estatuas de
París, y de pronto vio al Acteón de mármol que huía de sus propios
perros después de haber visto a Diana desnuda.
“¡Qué horror! El
pecado mortal de ese joven temerario, huyendo y a punto de ser
devorado, no se movía en absoluto... Y seguirá siempre así, por toda la
eternidad, como un arroyo fijado por el hielo. Y frente al pecado
inmovilizado por la muerte, oí el aullido de Pavlov alejándose hasta
los límites de París...¡Y los aullidos sordos de Pavlov siguieron
oyéndose en la noche inmóvil!”
La
desnudez es una idea que rondaba en la cabeza de Gombrowicz, una idea
que se le aliaba la más de las veces con la juventud para librar su
constante batalla con la forma. Gombrowicz presenta por primera vez la
idea de la desnudez en “Aurora”. Con la aparición de “Ferdydurke”
Gombrowicz decide publicar una revista a la que llamó “Aurora”.
Aurora
formaba parte de aquellas palabras e ideas, como Poesía Pura y
Perfección, que Gombrowicz detestaba. La revista era un panfleto
escrito en plan humorístico, una farsa estudiantil, teatral y vulgar.
En esta revista Gombrowicz hace una publicidad canina distribuida
armoniosamente a lo largo de todo el texto, y sigue ejercitándose en su
aspiración central: la destrucción de la forma en todas sus formas.
Para destruir la forma de la palabra Gombrowicz
recurre a un relato en el que un escritor escrupuloso va ajustándose
estrictamente a los cánones de las palabras y termina transformando el
lenguaje de los protagonistas, una señora y su mucamo, en un griterío
de gallinas. La majestad rotunda del cuerpo vestido era un gran enemigo
de Gombrowicz.
Las partes del cuerpo que aparecen en
“Ferdydurke”, entre las que reina el culo, deben ser desacreditadas, y
no hay recurso al que no eche mano en esta novela para conseguir este
propósito. En “Aurora” se vale de un pequeño número teatral para
mostrar qué cosas ocurren cuando la majestad de un cuerpo vestido
decide desnudarse. La acción se desarrolla en un banquete muy
distinguido entre dos personajes: el Orador y el Público.
El Orador: L’eternel sourire dans lequel la grace et l’ingence... (y se quita la corbata).
El Público: algo extrañado.
El Orador:
La clarte de la pensee et l’insuperable exprit de la mesure... (y se quita los zapatos).
El Público: más extrañado.
El Orador: L’elegance exquise et le charme... (y se quita el saco)
El Público: muy extrañado.
El Orador: La distinction, le tact et la finesse unies au bon gout... (y se quita los pantalones).
El Público: se levanta.
El Orador: La cravate, le veston, les bottines et les pantalons... (y se quita todo lo demás). Telón.
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