
WITOLD GOMBROWICZ Y EL MARQUÉS PHILIPPE DE FILIMOR
Hay
un aspecto siempre presente en las apariciones de Gombrowicz, tanto se
trate de su vida como de su obra: el de niño diabólico. El diabolismo
de Gombrowicz, como también el de los niños, más que perverso es
divertido. Se pone voluntariamente en una posición inmadura y alegre
para que su profundidad oscura y dramática sea francamente digerible.
Las
tesis y los problemas serios no le importaban demasiado, si bien se
ocupaba de ellos lo hacía como quien no quiere la cosa, porque en el
fondo de su alma era irresponsable. Los otros diablos que aparecen en
Gombrowicz son más bien domésticos y sociables, aunque son diablos
burlones y sarcásticos, tienen buenos modales y se los puede invitar
tranquilamente a tomar el té en casa.
Los pensamientos de Gombrowicz, como
el vuelo de algunos pájaros, se dejan caer desde la altura para atrapar
algo parecido a la verdad, pero él siempre conserva intacto un talento
que había utilizado en su juventud para enredar a los profesores y más
tarde, ya mayor, para poner en apuros a los hombres de letras.
“(...)
esa alegría que es en realidad nuestra única victoria sobre la
existencia y la única gloria del hombre ( ... ) Resulta muy sarcástico
que nuestra insignia más alta, nuestro más orgulloso estandarte, sean
los pequeños pantalones de un niño (...) Soy como un hombre y como un
niño, perfectamente responsable, perfectamente irresponsable”
En algunas conferencias que daba aparecía claramente el aspecto inmaduro de Gombrowicz.
Cuando
una noche en la Fragata, después de un paseo por las grandes figuras de
la filosofía, sorprende al Dramaturro recitando Hamlet en polaco y
aflautando la voz en los parlamentos de Ofelia, o cuando en la casa de
Flor de Quilombo, después de una lección que les había dado sobre la
inmadurez, recibe un ramo de cardos en carácter de homenaje mientras el
hermano menor de Mariano lo corría con una manguera, Gombrowicz se pone
los pantalones de un niño.
“El
trabajo literario me parecía un poco ridículo, ser artista, ser poeta,
¡qué falta de tacto! Y las iniciativas de un joven preparando sus
primeras elucubraciones estaban, en mi opinión, condenadas a una
afectación incurable. Una cosa era cierta y yo me daba cuenta: mis
primeras tentativas literarias manifestaban una fuerte oposición...
oposición a todo... su tono era rebelde... (...)”
“Si entro en
esa Cámara de los Lores, me decía, será como Byron, para sentarme en
los bancos de la oposición. Por el mismo tiempo me absorbió otra
pasión: el tenis. Me inscribí en el club deportivo Legia y quedé
cautivado: el ambiente del club, las rivalidades, la jerarquía que se
establecía entre los jugadores, todo esto hizo que el tenis fuera para
mí algo infinitamente más sublime de lo que había sido en la época en
la que lo practicaba como amateur en diversas canchas campesinas.
Empecé a jugar con pasión e hice algunos progresos, aunque nunca llegué
a ser un jugador destacado”
Gombrowicz
se divertía jugando al tenis, escribiendo cuentos, no consideraba a sus
prácticas de pasante en los tribunales de Varsovia como un trabajo
verdadero, se sentía como un verdadero parásito.
Le confesó a
una joven las tribulaciones en las que se encontraba por tener una vida
fácil, ella lo escuchó con atención y le respondió que era claro que
tenía una vida fácil, pero que para él su vida fácil era más difícil
que lo que podía ser para otros su vida dura. Se le estaba presentando
la posibilidad de realizar una operación que tiene una gran utilidad en
el arte, la transformación de los propios defectos en valor.
Por el
momento se dedicaba a elaborar cuentos fantásticos dejando para más
adelante su ajuste de cuentas con la vida, con la suya y con la de los
demás. Filimor y Filifor forrados de niño son dos relatos cortos que
Gombrowicz incluye en “Ferdydurke”. Escritos en 1934 son presentados en
el libro con sendos prefacios en los que da una explicación más o menos
extensa de sus ideas sobre la forma utilizando un estilo sarcástico
para burlarse de la crítica.
En el prefacio de Filimor
construye artificialmente una tabla de sufrimientos para encontrar el
dolor fundamental, y aunque escrita en forma irónica y teatral ni uno
solo de esos dolores deja de ser humano. En otra tabla en la que
identifica sus rebeliones pone en entredicho a su propia psique, a la
herencia y a toda la cultura.
“Filimor forrado de niño” es un
ejemplo de la maestría que tiene Gombrowicz para manejar el
comportamiento de conjuntos a los que le va agregando elementos, hasta
que finalmente algo explota. Ya dijimos que en Gombrowicz conviven su
clase social y una conciencia penetrante que buscaba el estilo de los
pensamientos fundamentales, la independencia, la libertad y la
sinceridad, en medio de los remolinos de sus anormalidades.
Buscaba
la realidad y sabía que la podía encontrar tanto en lo que es normal y
sano como en la enfermedad y en la demencia. A fines del siglo
dieciocho un campesino, nacido en París, tuvo un hijo, y aquel hijo
tuvo un hijo, y ese hijo tuvo a su vez un hijo y luego hubo otro hijo…
y el último hijo, campeón mundial de tenis, estaba jugando un mach en
la cancha del Racing Club parisiense.
Un coronel de zuavos, sentado
en la tribuna lateral, empezó a envidiar el juego impecable de ambos
campeones, y ansioso él también de exhibir sus habilidades, sacó una
pistola y disparó contra la pelota. La pelota reventó, y los
contendientes, privados imprevistamente de aquello que estaban
golpeando, golpeaban con la raqueta en el vacío.
Cuando
cayeron en la cuenta de que sus movimientos era absurdos, se agarraron
a trompadas. Un trueno de aplausos estalló entre los espectadores.
Aunque ésta no había sido la intención del coronel, la bala que había
disparado siguió su trayectoria y le dio en el cuello a un industrial
armador que estaba en la tribuna de enfrente. La esposa del herido,
viendo borbotear la sangre de la arteria atravesada, quiso echarse
sobre el coronel para quitarle el arma, pero como estaba inmovilizada
por la muchedumbre le dio un cachetazo al vecino de la derecha.
El
abofeteado resultó ser epiléptico, y bajo la conmoción producida por el
golpe, estalló como un geiser en medio de convulsiones. La pobre mujer
se encontró de pronto entre un hombre que manaba sangre y otro que
echaba espuma por la boca. El publicó atronó el estadio con aplausos.
Un caballero que estaba sentado cerca
de la desgraciada señora tuvo un acceso de pánico y saltó sobre la
cabeza de una dama acomodada en las gradas de abajo; la mujer se irguió
y brincó hacia la cancha arrastrándolo en su carrera. El vecino de la
izquierda del caballero, un jubilado humilde y soñador, hacía muchos
años que soñaba con saltar sobre las personas ubicadas más abajo.
Estimulado
por el ejemplo de lo que estaba viendo, sin la menor tardanza saltó
sobre una dama que tenía abajo recién llegada de África. La joven en
forma inocente se imaginó que justamente ésa era una costumbre del país
y sin pensarlo ni por un momento también brincó tratando de imitar las
maniobras de la otra dama y conservar la naturalidad de los
movimientos.
La parte más culta del público aplaudió para
disimular el escándalo delante de los representantes de los países
extranjeros, mientras la parte menos culta de la concurrencia tomó los
aplausos como una señal de aprobación y empezó a cabalgar a sus damas.
Como los extranjeros no salían de su asombro las personas presentes más
distinguidas, también para disimular el escándalo, cabalgaron a sus
damas.
Un
tal marqués de Filimor, disgustado y ofendido por los acontecimientos
que se estaban desarrollando en la cancha de tenis, de improviso se
sintió gentleman, y desde el medio de la cancha, pálido y decidido,
preguntó si alguien, y quién precisamente, quería ofender a la marquesa
de Filimor. Arrojó a la cara de la muchedumbre un puñado de tarjetas
con la inscripción de “Philippe de Filimor”.
Un silencio
mortal reinó en el estadio. De repente, no menos de treinta y seis
caballeros se acercaron a la marquesa montados sobre mujeres de pura
raza para ofenderla y para sentirse ellos mismos gentlemen. Pero la
marquesa, a raíz del asusto, abortó y parió un niño que empezó a
berrear a los pies del marqués bajo los cascos de las mujeres piafantes.
“El
marqués, repentinamente, forrado de niño, dotado y complementado de
niño, mientras actuaba en forma particular y como un gentleman en sí, y
adulto, se avergonzó y se fue a su casa en tanto un trueno de aplausos
se oía entre los espectadores”
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