
WITOLD GOMBROWICZ Y WLADYSLAW BRONIEWSKI
Los
humores de Gombrowicz, uno dramático y el otro cómico, no estaban
separados, estaban superpuestos, no se mezclaban pero existían al mismo
tiempo. En las vísperas de la guerra, cuando Europa estaba arrastrada
por la vanguardia, el proletariado, el surrealismo, el social realismo,
el ocaso de la burguesía y del feudalismo, Gombrowicz maniobraba en una
mesa del café Ziemianska con su abolengo: –Mi abuela es prima de los
Borbones españoles.
Realizaba también actos de servidumbre
alcanzando el azúcar a un poeta de clase social alta, y no al mejor
poeta que era de familia pobre. Apoyaba la opinión de otro porque era
de una familia de terratenientes: –La poesía es muy importante pero
ante todo te aconsejo que no seas provinciano. Aparecían algunas
protestas: –No, señores, el arte es ante todo un fenómeno esencialmente
heráldico.
Y
así durante meses, años, con la imperturbable lógica del absurdo. Los
otros chillaban y vociferaban pero, poco a poco, sucumbían; una ya
decía que su abuelo era terrateniente, otro, que la hermana de su
abuela era del campo, otro más empezaba a dibujar su blasón en la
servilleta.
“¿Socialismo? ¿Surrealismo? ¿Vanguardia?
¿Proletariado? ¿Poesía? ¿Arte? No. Un bosque de árboles genealógicos y
nosotros a su sombra. Me dijo el poeta Broniewski: –¿Qué está haciendo
usted? ¿Qué sabotaje es éste? ¡Usted ha logrado contagiar de heráldica
hasta a los mismos comunistas!”
Gombrowicz era escurridizo como una anguila o un camaleón, con estos artificios quería aproximarse a verdades más profundas.
La
palabra humana tiene la consoladora particularidad de que se halla muy
cerca de la sinceridad, no por lo que confiesa, sino por lo que busca.
Era todavía un adolescente y ya el mundo se la hacía insoportable. La
familia, la sociedad, la nación, el estado, el ejército, los ideales,
las ideologías y él mimo le resultaban unas caricaturas. Erraba por los
campos cabizbajo aplastando terrones con la punta de sus zapatos.
No
había dejado de creer pero la fe ya no le interesaba por lo que su
soledad llegó a ser completa. Cuando Gombrowicz observaba a sus
compañeros de la infancia, esos pequeños campesinos que habían
integrado una guardia que él organizaba y comandaba bajo la supervisión
de su hermano Janusz, se daba cuenta que ellos no eran caricaturas, al
contrario, eran sencillos y sinceros.
No podía comprender por
qué la cultura y la educación falsificaban al hombre, mientras el
analfabetismo daba buenos resultados. Viajando en tren hacia Varsovia,
en circunstancias extrañas y dramáticas, se le vino a la cabeza una
idea que, por lo menos en parte, le pudo aclarar este enigma. En la
estación siguiente a la de su ingreso al tren subió uno de sus tíos y
se sentó junto a él. Era un hombre mayor, terrateniente, tirador
excelente y apasionado por la caza.
De
repente miró a su alrededor: –Salgan, por favor. La gente observó que
estaba armando un revolver, y otra vez con tono firme pero sin levantar
la voz : –Salgan, por favor. El compartimento se vació en un santiamén,
entonces el tío le guiñó un ojo: –Por fin, un poco más de espacio.
Había tanta gente que no sabía lo que decía. Ando mal de los nervios,
no puedo dormir, voy a Varsovia a ver si allí mejoro.
Gombrowicz
se dio cuenta que se había vuelto loco, que dispararía si lo
provocaban, tuvo que convencerlo al guarda del tren de que podía
controlarlo hasta que llegaran a Varsovia: –Es terrible que todo
terrateniente tenga que ser un excéntrico y haya de comportarse como si
estuviera chiflado; –¿Tú crees?, pero sí, es verdad, lo he observado,
se han vuelto tan extravagantes que da vergüenza, serán sus fortunas
que se le han subido a la cabeza; –Sabes tío, yo tengo una teoría. La
gente sencilla vive una vida natural, sus necesidades son elementales y
por lo tanto sus valores son verdaderos; –¡Qué cosas dices!; –Para un
hombre rico, en cambio, el pan, por ejemplo, no es un valor porque está
saciado de pan. Un hombre rico no tiene que luchar para vivir, entonces
inventa necesidades artificiales, es decir, falsas: el cigarrillo, la
elegancia, la genealogía, los galgos, por eso son excéntricos y no
encuentran el tono adecuado.
Con
esta explicación que le dio al tío no sólo resolvió el enigma de la
educación y el analfabetismo, sino que también dio una clase familiar
de lo que el marxismo llama la dialéctica de las necesidades y los
valores. La idea sobre lo artificioso de la forma de las clases
superiores iba a ser uno de los puntos de partida de su trabajo
artístico.
“Cuando,
transcurridos una decena de años, le conté a Wladyslaw Broniewski en el
café Ziemianska, cómo por miedo a un revólver cargado llegué a concebir
una de las tesis fundamentales del marxismo, se me echó encima
acusándome de fabulador”
Wladyslaw Broniewski, ese poeta de
izquierdas que ponía en su lugar a Gombrowicz en el café Ziemianska,
después de la guerra se convirtió en uno de los máximos exponentes de
la literatura del régimen comunista.
Combatió en las Legiones
Polacas bajo el mando del mariscal Pilsudski contra el ejército
bolchevique en la batalla de Varsovia, y a las órdenes del general
Anders en las batallas que se libraron en Francia. Comenzó a publicar
sus poemas revolucionarios en Wiadomosci Litrackie.
La simplicidad
de los versos de Broniewski, junto con su retórica revolucionaria y
lírica, hizo de su poesía un acontecimiento popular, no sólo para los
críticos literarios, sino también para el pueblo polaco, que encontró
en él un portavoz de muchos de sus problemas sociales y sentimientos
patrióticos. En los años 50 se intentó, por motivos políticos, cambiar
el himno de Polonia, pero el poeta Wladyslaw Broniewski, al cual se le
propuso escribir la letra, se opuso rotundamente a esta idea.
Las
discusiones que Gombrowicz mantenía con su madre lo iniciaron en las
burlas a unos principios morales y a un estilo demasiado rígidos.
Marcelina Antonina participaba de la vida social, durante un tiempo
presidió la Asociación de Mujeres Terratenientes, una institución
terriblemente devota que se caracterizaba por una incurable
grandilocuencia de estilo.
Gombrowicz experimentaba un salvaje
placer haciendo caer esos altos vuelos del cielo a la tierra, más aún,
le gustaba escuchar detrás de la puerta el contenido de esas sesiones
para obtener material satírico. La nobleza terrateniente vivía una vida
fácil y no conocía la lucha esencial por la existencia y sus valores.
Jan Onufry, su padre, sólo muy de vez en cuando se daba cuenta de lo
anormal de su situación social.
Para
él un lacayo era algo absolutamente natural, se comportaba como un
señor, relajadamente, con gran desenvoltura. Su madre también aceptaba
su posición social como algo completamente lógico, pertenecía a una
generación que no había experimentado lo que Hegel llama mala
conciencia.. Pero la generación joven empezó a sentir el peso de este
problema.
“De todos los ambientes, estilos y espíritus moribundos el
que agonizaba con más suntuosidad en Polonia era el estilo de los
terratenientes, el espíritu de la nobleza. Fue un espíritu imponente,
formado por la tradición, pulido por la literatura, representante de
casi todas las facetas de lo polaco y que, en la víspera de su
descalabro, aún gobernaba en el país (...)”
“¡Qué espectáculo daban los
hidalgüelos bonachones y afables, corpulentos y cerrados de mollera,
cuando todo empezó a fundírsele entre las manos y tuvieron que
enfrentarse con la modernidad armados nada más con un puñado de
perogrulladas prestadas de Sienkiewicz! Un exquisito bocado para un
joven sádico... me dediqué enseguida a practicar la provocación en
diversas mansiones grandes y pequeñas de las regiones de Sandomierz y
Radom”
Con el material satírico que sacaba de las reuniones de la
madre escuchando detrás de la puerta más algunas otras ocurrencias,
entre las que se encontraban las conversaciones que mantenía con
Wladyslaw Broniewski, Gombrowicz ajusta las cuentas con su familia y
con su clase social provocando un verdadero descalabro en el final de
“Ferdydurke”.
La fraternización entre el señorito y el peón va
descomponiendo poco a poco las formas del señorío a pesar de los
esfuerzos que hace el tío por encontrarle alguna analogía a esa
aparente perversión sexual con la conducta del príncipe Severino a
quien también le gustaba de vez en cuando. Después de que el peón
rompe la bisagra mística con un soberbio cachetazo que le da al señor
en medio de la facha, la servidumbre y el pueblo asaltan la casa
señorial mientras el protagonista intenta raptar a su prima de un modo
maduro y noble.
El
deseo del señorito de entrar en contacto con un peón de la casa de
campo de los tíos de Kowalski empieza a descomponer el estilo de los
terratenientes. El tono altanero y aristocrático del tío tenía sus
raíces en un fondo plebeyo, y era de la plebe de donde obtenía sus
jugos.
Vivían un sistema según el cual la mano del amo quedaba
al nivel del rostro del criado, y el pie del señor llegaba hasta el
medio del cuerpo del campesino. Se trataba de un ley eterna, un canon,
un orden. Después de que Kowalski le da un sopapo en la cara al peón y
el peón le da otro al señorito a su pedido, se empiezan a producir
acontecimientos irregulares que provocan la confusión de los roles.
Kowalski
descubre que el misterio del caserón campestre de la nobleza rural es
la propia servidumbre. El comportamiento de los tíos quería
distinguirse justamente de la servidumbre, estaba concebido contra la
servidumbre para conservar el hábito señorial. El orgulloso señorío
racial del tío crecía directamente del subsuelo plebeyo. Sólo a través
de la servidumbre se puede comprender la médula misma de la nobleza
rural.
El hecho perverso de que el sirvientito pegara con su
mano en la cara del señorito, un huesped de señores y un señor, tenía
que provocar consecuencias también perversas. “Oí todavía el chillar de
Alfredo y el chillar del tío, parecía que los tomaban de algún modo
entre sí y empezaban con ellos lerda e indolentemente, pero ya no veía
por la oscuridad... Salté detrás de la cortina. ¡La tía! ¡La tía!
Recordé a la tía. Corrí descalzo al fumoir, atrapé a la tía que, sobre
el canapé, trataba de no existir y ¡a tirarla, a empujarla en el
montón! para que se mezclara con el montón. –Niño, niño, ¿qué haces?
–suplicaba y pataleaba y me convidaba con bombones, pero yo justamente
como niño tiro y tiro, tiro al montón a la tía, ya la tienen, ya la
agarran. ¡Ya la tía en el montón! ¡Ya en el montón!”
"Las opiniones vertidas en los artículos y comentarios son de exclusiva responsabilidad de los redactores que las emiten y no representan necesariamente a Revista Cinosargo y su equipo editor", medio que actúa como espacio de expresión libre en el ámbito cultural.






































