
WITOLD GOMBROWICZ Y EL REY GNULO
Gombrowicz
le daba mucha importancia a las comidas y a las ceremonias
concomitantes, a veces le daba tanta importancia que dejaba de lado
otros asuntos más importantes. En efecto, cuando se encuentra con el
Pterodáctilo en Vence en noviembre de 1967 sólo nos habla de comidas y
de bebidas.
“Viejo, ¡ando reloco! Ya no sé qué hacer primero. Mañana
llega Arnesto con su mujer por un día, o dos, yendo de París a Roma. Le
daremos 1º Crevettes salsa mayonesa, vino blanco 2º gansa con confitura
3º una taza de caldo 4º quesos 5º Bomba de creme, chocolat 6º café,
cognac. Ando mejor de salud (...) Viejo aquí a cada rato alguien llega,
estuvo Arnesto con Matilde y estaban despavoridos porque Rita dijo que
yo bebía champaña el día de la muerte del Che”
Gombrowicz dio pocas recepciones
en la Argentina, no tenía medios para darlas, pero la cumbre como
anfitrión la alcanzó en el Club Americano, en una cena que dio en honor
de sus amigos polacos que tenían la costumbre de invitarlo. Gruber, un
hombre muy rico y snob se hizo cargo de los gastos a pesar de los
reparos que hacía Halina Grodzicka: –No entiendo por qué eres amigo de
Gruber, un hombre tan antipático; –Por favor, Halina, los trajes del
señor presidente (lo había sido del Banco Polaco antes de Nowinski) me
viene de maravilla. No molestes a mi protector y está a la altura de
las circunstancias pues el señor presidente usa ahora un impermeable
inglés muy elegante. Distendido, rejuvenecido, se paseaba por aquel
decorado de tapices orientales, mesa recubiertas de manteles bordados,
cubiertos ingleses de plata, velas y flores.
Un rostro
radiante de propietario efímero pero soberano de todo aquel lujo. Para
Gombrowicz era un ejercicio con la forma, fiestas a la antigua con la
hospitalidad y el gusto por recibir que le venían de las tradiciones
familiares. Con la imágenes flotantes de los banquetes y de la guerra
Gombrowicz se va a la Falda.
La
Falda es el lugar del mundo donde Gombrowicz empieza a sentir que ha
perdido la juventud. Tenía una fiebre que no se le iba. Frydman, el
director de la sala de ajedrez del café Rex, le presta un termómetro
para que se la controle todos los días. La fiebre no se va, entonces
ese buen amigo le da unos pesos para que se tome unas vacaciones en
Córdoba, estando allá la fiebre tampoco se iba. Un noche el termómetro
de Frydman se rompió y Gombrowicz compró otro. La fiebre desapareció.
Convaleciente,
pero también aterrado por la pérdida de la juventud en ese año terrible
de 1944, Gombrowicz empieza escribir en La Falda “El casamiento” y “El
banquete”. El año 1944 fue el año en el que empezó a vislumbrarse el
final de la guerra, Gombrowicz todavía no podía saber que el comunismo
le iba impedir regresar a Polonia y que su guerra iba a continuar.
Es
difícil saber qué le pasaba por la cabeza a Gombrowicz cuando escribía
“El banquete”, pero existe en esta narración el aliento de una derrota
que se convierte en victoria, una victoria militar en medio de todas
las indignidades humanas. “El banquete” es su última novela corta, y
aunque está más lograda técnicamente que las otras, no difiere
esencialmente de ellas.
El absurdo y el snobismo se ponen aquí
al servicio del in crescendo al que Gombrowicz llama elevación a la
potencia, un absurdo que siempre está plegado a la lógica ceremoniosa
de los rituales y las celebraciones. El plasma sombrío que existía
dentro de Gombrowicz está completamente transpuesto en “El banquete”,
chispea de humor y alcanza la inocencia a través del disparate.
Utiliza sus anormalidades psíquicas y eróticas como
componentes de la forma, con este procedimiento consigue dominarlas y
manejarlas creativamente para alcanzar un valor cultural. Es una
narración paródica y teatral cuyo nivel no es menor al de ninguna de
sus obras grandes. Están presentes, la repetición, la simetría, la
analogía, la mitologización y, en fin, muchas de la visiones y
situaciones que aparecen en sus piezas teatrales y en sus novelas.
Las
sesiones secretas del consejo de ministros se desarrollaban en la
oscuridad de la sala de los retratos. Los ministros y viceministros del
estado se pusieron de pie, iban a anunciarse las nupcias del rey con la
archiduquesa Renata Adelaida Cristina. Al día siguiente, durante el
banquete real, los prometidos, que sólo se conocían por fotografías,
serían presentados. Esa unión acrecentaría el prestigio y el poder de
la corona.
El canciller abre el debate de la sesión del consejo. El
ministro del interior pide la palabra pero comienza a callar y no hace
otra cosa más que callar todo el tiempo que dura su intervención. Los
ministros que le siguen en el uso de la palabra hacen lo mismo, se
callan. No podían decir nada, todos callaban porque el rey era venal y
corrupto, se dejaba sobornar y vendía a manos llenas su propia
majestad.
Entra
el rey al consejo vestido de general con la espada al flanco y un
tricornio de gala en la cabeza. Los ministros se inclinan y el monarca,
mientras se arrellana en el sillón, los contempla con una mirada
astuta. El consejo de ministros se transforma en consejo de la corona
por la presencia del rey y se prepara para escuchar sus declaraciones..
El soberano manifiesta su satisfacción por la próxima boda con la
archiduquesa y pone de relieve la responsabilidad que pesaba sobre sus
hombros, pero su voz suena tan venal que el consejo de la corona se
estremece de miedo en el completo silencio que reina en la sala. Sigue
diciendo que estaba obligado a hacer un serio esfuerzo para que la
archiduquesa reciba la mejor impresión de su reinado. Cuando sus dedos
empiezan a tamborilear sobre la mesa a los ministros no les queda
ninguna duda, el monarca estaba solicitando una colaboración para la
realización del banquete.
Se
queja de los tiempos difíciles, de que no sabía cómo hacer para
afrontar ciertos compromisos, en ese momento se empieza a reír y a
guiñarle el ojo al canciller en forma repetida, finalmente, le hace
cosquillas debajo del brazo. El silencio del canciller es profundo y la
risa del rey se extingue. El anciano canciller y los otros ministros se
inclinan ante el soberano.
El poder de la reverencia de la corte
fue tremendo, el rey quedó golpeado e inmovilizado, aquella reverencia
le devolvió la realeza, el pobre rey Gnulo gimió y trató de reír pero
no pudo, entonces huyó aterrorizado amenazando al consejo con que se
iba a tomar venganza. Los ministros se preguntaban cómo había que hacer
para impedir que el rey Gnulo armara un escándalo en el banquete como
represalia por no haber obtenido la cantidad de dinero que deseaba.
La
archiduquesa extranjera era hija de emperadores y no podían permitir
que se llevara una mala impresión de la actitud miserable del monarca.
A las cuatro de la mañana el consejo presentó su dimisión pero el viejo
canciller no la acepta con el argumento de que había que constreñir,
encarcelar y enclaustrar al rey en el rey mismo. Había que aterrorizar
al rey para salvar la reputación de la corona con el esplendor y la
magnificencia de la recepción.
La archiduquesa Renata Adelaida
Cristina entra al salón y cierra los ojos deslumbrada por la
luminosidad del archibanquete. Cuando entra el rey es saludado con una
gran exclamación de bienvenida. La archiduquesa no podía dar crédito a
sus propios ojos al ver al rey, no podía creer que ese hombrecillo
vulgar con cara de comerciante y con una mirada astuta de vendedor
ambulante fuera su futuro marido.
En
el momento que Gnulo le toma la mano la archiduquesa se estremece de
disgusto pero el estruendo de los cañones y el repique de las campanas
extraen de su pecho un suspiro de admiración.. Un sonido apenas
perceptible empezó a hacerse oír, se parecía al tintineo que producen
las monedas en el bolsillo. El embajador de una potencia extranjera y
enemiga sonríe con ironía mientras le da el brazo a la princesa
Bisancia, hija del marqués de Friulo.
El anciano canciller mira de
reojo al embajador porque sospecha que el sonido viene de ahí. El
presagio de una infame traición se apoderó del consejo. El rey y la
asamblea se sentaron. El soberano empieza a comer y todos los demás
repiten el gesto multiplicado al infinito por los espejos.
Lo
que hacía Gnulo lo hacían también los otros en medio del estruendo de
las trompetas y los reflejos brillantes de las luces. El rey,
aterrorizado por esta duplicación, bebió un sorbo de vino. El tintineo
de las monedas no había desaparecido, era evidente que alguien quería
comprometer al rey y desprestigiar el banquete. En el rostro vulgar del
mercachifle apareció la rapacidad.
El
rey sólo se dejaba tentar por pequeñas sumas, era insensible a las
grandes cantidades debido a su mezquindad miserable, lo que corroía a
Gnulo eran las propinas y no los sobornos. El rey empezó a relamerse y
la archiduquesa emitió un gemido de repulsión. La asamblea se espanta,
entonces el venerable anciano también se relame. Los espejos
multiplicaban al infinito los relamidos de todos los presentes.
El
rey se enfurece al ver que nada le estaba permitido hacerlo por sí
mismo, todo lo que hacía era imitado de inmediato, así que empuja con
violencia la mesa y se levanta bruscamente. Todos lo imitaron. El
canciller se había dado cuenta que la única manera de salvar a la
corona, ya que no se le podía ocultar a la archiduquesa la verdadera
naturaleza del rey, era obligar a los invitados a repetir los actos de
Gnulo, especialmente aquellos que no admitían imitación.
Había
que convertir los gestos del rey en archigestos para presionar al
monarca. Gnulo, enfurecido como estaba, golpea la mesa y rompe dos
platos, todos los demás hicieron lo mismo. Cada acto del rey era
imitado y repetido en medio de las exclamaciones de los invitados.
El
rey empieza a deambular de un lado para otro cada vez con más furia, y
los comensales deambulan, y cuando el archideambular alcanza una gran
altura, Gnulo, repentinamente mareado, lanza un alarido sombrío y cae
sobre la archiduquesa. No sabe que hacer y empieza a estrangularla
delante de toda la corte.
Sin dudarlo un instante el canciller se
deja caer sobre la primera dama que encuentra y empieza a estrangularla
del mismo modo en que lo estaba haciendo el rey Gnulo, los otros siguen
el ejemplo y el archiestrangulamiento rompe los lazos que unen a los
invitados con el mundo normal liberándolos de cualquier control humano.
La archiduquesa y muchas otras damas caen muertas mientras crece y
crece una archiinmovilidad.
Presa
de un pánico indescriptible el rey empieza a huir con las dos manos
tomadas al culo, obsesionado con la idea de dejar atrás todo aquel
archireino. Como nadie podía atreverse a detener al rey el anciano
canciller exclama que hay que seguirlo. El rey huía por la carretera
seguido por el canciller y los invitados. La ignominiosa huida del rey
se transforma de esa manera en una carga de infantería y el rey se
convierte en el comandante del asalto.
La plebe ve a los magnates
latifundistas y a los descendientes de estirpes gloriosas galopando
junto a los oficiales del estado mayor que, al modo militar, galopan
junto a los ministros y mariscales mientras los chambelanes forman una
guardia de honor rodeando el galope desenfrenado de las damas
sobrevivientes.
La
archicarrera era iluminada por las luces de las lámparas bajo la bóveda
del cielo, los cañones del castillo dispararon y el rey se lanzó a la
carga: “Y archicargando a la cabeza de su archiescuadrón, el archirey
archicargó en las tinieblas de la noche”
"Las opiniones vertidas en los artículos y comentarios son de exclusiva responsabilidad de los redactores que las emiten y no representan necesariamente a Revista Cinosargo y su equipo editor", medio que actúa como espacio de expresión libre en el ámbito cultural.






































