
WITOLD GOMBROWICZ Y CZESLAW MILOSZ
El
dolor más evidente y el que se le manifestaba con mayor frecuencia en
la época que conocí a Gombrowicz era el que le producía el asma, un
asma que más de una vez lo acercó a la idea del suicidio. En la mayor
parte de su vida estuvo protegido de los dolores sociales que algunas
veces producen el matrimonio y el trabajo, y aunque en ocho de los
veinticuatro años que vivió en la Argentina tuvo que afrontar la
miseria, se puede decir que los dolores que contabilizó Gombrowicz en
su obra tienen un alcance más extendido.
¿Hasta dónde y cómo se
puede sufrir para que el dolor pueda ser, sin embargo, una fuente de
inspiración? Gombrowicz no se cansaba de exclamar que estaba harto de
los gimoteos actuales, que teníamos que renovar nuestros problemas, que
ésa era la tarea primordial de la literatura creativa.
A
uno de los padecimientos al que le baja la persiana es al de la muerte;
estamos adaptados a la muerte desde que nacemos y aunque nos vaya
devorando poco a poco nunca nos encontramos con ella. La enajenación
marxista no es tan terrible como la pintan los comunistas, los obreros,
a lo largo del año, tienen casi tantos días libres como días de
trabajo. El vacío, el absurdo de la existencia y la nada, tampoco son
tan dramáticos que digamos, basta permanecer tres días sin comer para
que esos dramas se vuelvan benignos.
“Hace algunos siglos, la gente
moría antes de los treinta años. Las epidemias, la miseria, el diablo,
las brujas, el infierno, el purgatorio, las torturas. ¿Acaso los
triunfos se nos han subido a la cabeza? ¿Acaso hemos olvidado lo que
éramos ayer? (...)”
“No es que yo me rebele contra una visión
trágica de la existencia, no soy de los que pintan el mundo de color de
rosa. Pero no se puede estar siempre repitiendo lo mismo (...) El rasgo
más trágico de las grandes tragedias es que suscitan pequeñas
tragedias; en nuestro caso, el aburrimiento, la monotonía, y una
especia de explotación superficial y reiterada de las profundidades”
El
Este siempre se ha regido por el principio de que no existe el término
medio, de modo que sus hombres de letras o son de una terrible
profundidad o de una terrible superficialidad. Sin embargo, siempre
dentro del Este, a los polacos hay que añadirles una especificación
más. En efecto, por su situación geográfica intermedia Polonia es una
poco la caricatura tanto del Este como del Oeste.
El Este
polaco es un Este que muere en contacto con Occidente, y viceversa, así
que aquí hay algo que empieza a fallar. El espíritu de Gombrowicz se
movía entre la templanza religiosa de Milosz y el demonismo metafísico
de Witkiewicz; de ambos fue amigo aunque en épocas diferentes. Las
familias de Gombrowicz y de Milosz eran de origen lituano, pero la
lengua, la tradición y la cultura de ambos, eran polacas.
Mientras
Milosz se mantuvo muy unido durante toda su vida a lo que él
consideraba su territorio histórico, el Gran Ducado de Lituania,
Gombrowicz sólo se mantuvo unido y en forma débil al Gotha de los
blasones lituanos y a la Illustrissimae Familiae Gombrovici. Ambos
cursaron estudios de derecho y ambos fueron exiliados, Milosz durante
largos años y Gombrowicz definitivamente.
Milosz vivió en la
Polonia ocupada por los alemanes y trabajó en el servicio diplomático
de la “Polonia Popular” desde 1945 hasta 1951, cuando se exilia en
Francia. Gombrowicz no estuvo en Polonia durante la guerra ni mientras
se consolidaba el comunismo, así que cuando escribió “Transatlántico”
trató de ajustar cuentas con su ausencia y cuando escribió
“Pornografía” le preguntaba a Jelenski si la Polonia de la ocupación
era como él la imaginaba.
Cuando
aparece “Transatlántico” Milosz le formuló a Gombrowicz una lista de
objeciones. Empieza diciéndole que ajustaba sus cuentas con una Polonia
anterior a 1939 ya esfumada, pasando por alto la Polonia actual y que
su pensamiento era más bien personal y no histórico.
Que los
polacos a quienes intentaba liberar de su polonidad sólo eran sombras;
que atacaba con su rencores a una Polonia inmadura y provinciana que ya
no existía; que el ajuste de cuentas que quería hacer con los polacos
ya los había realizado la historia; que el marxismo había liquidado a
Polonia de la misma manera que la destrucción de una ciudad liquida las
discusiones matrimoniales y las preocupaciones por los muebles.
Que
quería contribuir a la formación postmarxista de Polonia con un
pensamiento individual y autónomo que no tenía en cuenta la temperatura
reinante en los países conquistados. Estos dos grandes escritores
entraron en conflicto porque sus exilios no fueron iguales y porque sus
perspectivas históricas difirieron. La historicidad le ha puesto a la
literatura conflictos y dudas ignorados por completo en la literatura
de antaño.
Rabelais
escribía para divertirse y para divertir a los demás, escribió lo que
le dictaba el corazón y le salió un arte purísimo e imperecedero que
expresó la esencia de la humanidad, la de sí mismo como hijo de su
tiempo, y la de sí mismo como germen del tiempo por venir.
La
creación no puede tener un programa original para ahogar el miedo de no
ser aceptado; este miedo no nos conduce a ninguna a parte, el escritor
no se libera verdaderamente de la soledad con unos tirajes más o menos
grandes; sólo aquél que logra separarse de la gente y existe como un
ser singular le puede poner algún límite a la soledad.
“No, mi querido
Milosz, ninguna historia te sustituirá la conciencia, la madurez, la profundidad personal, nada te absolverá de ti mismo (...)”
“Si
personalmente eres importante, aunque vivas en el lugar más conservador
del planeta, tu testimonio sobre la vida será importante; pero ninguna
presión histórica sacará palabras importantes a la gente inmadura (...)”
“El
problema de Milosz se ve agravado por el hecho de que él mismo tiene
sus orígenes un poco en la taberna. Uno de los aspectos más
interesantes, más sutiles e incluso más conmovedores de la pose de
Milosz, es para mí ese vínculo personal suyo con la pacotilla polaca;
se nota en él, con todo su europeísmo militante, que también es uno de
ellos”
Al anticomunismo de Milosz le hace cuatro reproches. Primer
reproche: el comunismo debe ser juzgado desde una existencia profunda y
severa, y no desde una vida fácil, superficial y burguesa.
Segundo
reproche: la discusión con el comunismo se estaba realizando con
conceptos de un mundo simplificado. El artista está obligado a
desmontar el punto de partida esquemático y establecer la confrontación
al nivel más alto posible. Tercer reproche: la polémica con el
comunismo debe servir al individuo y no a la masa, una página de
Montaigne es más anticomunista que cualquier ataque al comunismo
concebido para servir a la masa. El cuarto reproche está dirigido a los
artistas que miran hacia lo alto, pero que oponen conceptos actuales a
otros igualmente actuales: el arte es una fuerza que destruye los
conceptos actuales con otros que se aproximan desde el futuro.
Gombrowicz se asegura de esta manera, con sus cuatro reproches, en
primer lugar, que el ataque al comunismo se realice desde la posición
en la que él está, y, en segundo lugar, que sus indagaciones tengan un
carácter histórico y un espíritu profético.
“Mi
carta a Milosz sobre el “Transatlántico” habría sido mucho más sincera
e íntegra si yo hubiera expresado en ella la siguiente verdad: que
después de todo, esas tesis, corrientes y problemas no es que me
importen demasiado; que se bien me ocupo de ello, lo hago como quien no
quiere la cosa; y que en el fondo soy ante todo infantil... Y Milosz,
¿también es ante todo infantil?”
Ni
Milosz ni Gombrowicz eran comunistas pero no lo eran de distinta
manera, tampoco tenían las mismas ideas sobre el Este y el Oeste.
Milosz había escrito que la diferencia entre el intelectual occidental
y el del Este es muy simple: al occidental no le han dado bien por el
culo todavía. Gombrowicz reflexiona sobre este aforismo según el cual
la ventaja de los intelectuales del Este consistiría en que son
representantes de una cultura embrutecida y, por tal razón, más cercana
a la vida.
“Pero Milosz conoce perfectamente los límites de esta
verdad, y sería penoso que nuestro prestigio se basara únicamente en la
referida parte del cuerpo. Porque dicha parte del cuerpo no es una
parte del cuerpo en estado normal, mientras que la filosofía, la
literatura y el arte tienen que estar al servicio de personas a quienes
no han dejado sin dientes, no han puesto los ojos en compota o no han
desencajado las mandíbulas (...)”
“Y
fijaos cómo Milosz, a pesar de todo, trata de adaptar su
embrutecimiento a las exigencias de la exagerada delicadeza occidental.
El espíritu y el cuerpo. A veces ocurre que las comodidades corporales
aumentan la agudeza del alma, y que detrás de unas cortinas
protectoras, en el sofocante cuarto de un burgués, nace una severidad
con la que no han soñado quienes atacaban los tanques con botellas de
gasolina (...)”
“Así que nuestra cultura embrutecida podría
servir, pero solamente en el caso de que se convirtiera en algo
digerido, en una nueva forma de auténtica cultura, en nuestra pensada y
organizada aportación al espíritu universal”
Milosz pertenecía a ese tipo de
autores cuya vida personal les dicta la obra, la mayor parte de su
literatura está relacionada con su historia personal y la historia de
su tiempo.
Se fue convirtiendo poco a poco en el informante
oficial del Este para los escritores del Oeste. Esta actividad lo
colocó en un terreno en el que, para cuidar su prestigio, intentó ser
más profundo que los ingleses y que los franceses, y para cuidar el
rendimiento de sus temas, tuvo que recurrir con frecuencia a la
grandeza y al terror. Gombrowicz terminó por ubicar a Milosz, no como
al guardián de es verdadero misterio del Este, sino como a un borrachín
más de la gran taberna polaca.
Milosz estaba convencido de que
los diarios eran el mayor logro literario de Gombrowicz pues, a
diferencia de sus novelas y de su teatro que se repiten en la juventud,
abordan una amplia gama de temas, sin embargo, también en este género
más maduro le hacía críticas.
“Cada vez que Gombrowicz se
hace el destructor y el irónico, se suma a los escritores que durante
décadas dejaron congelar sus oídos simplemente para fastidiar a sus
mamás, aunque mamá –léase el mundo– ignorara sus caprichos”
Admiraba
la prosa y la originalidad de Gombrowicz, pero no digería el ateísmo y
las blasfemias salvajes con las que se despachaba de vez en cuando.
Estaba convencido de que Gombrowicz se consideraba tan gran escritor
que los demás no podían llegarle ni a la suela de sus zapatos.
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