
WITOLD GOMBROWICZ Y EL PUERTO DE BUENOS AIRES
En
el puerto de Buenos Aires, en diciembre de 1947, posan para la
posteridad miembros del comité legendario de la traducción de
“Ferdydurke”: Carlos Coldaroli, Augusto de Castro, Virgilio Piñera,
Graziella Peyrou, Humberto Rodríguez Tomeau, Adolfo de Obieta y Witold
Gombrowicz. Se había completado su primer tercio de su estada en la
Argentina. El segundo tercio fue el de la tortura, el de su empleo en
el Banco Polaco. Y el último tercio lo remata con su despedida en el
puerto de Buenos Aires.
“El puerto. Un café en el puerto, próximo al
gigante blanco que habrá de llevarme..., una mesita frente al café,
amigos, conocidos, saludos, abrazos, cuídate, no nos olvides, saluda de
nuestra parte a..., y de todo aquello la única cosa que no murió fue
una mirada mía, que por motivos desconocidos no desaparece (...)”
“Miré
casualmente el agua del puerto, por un segundo percibí un muro de
piedra, un farol en la acera, al lado un poste con una placa, un poco
más allá las barquitas y las lanchas balanceándose, el césped verde de
la orilla... He aquí cuál fue para mí el final de la Argentina: una
mirada inadvertida, innecesaria, en una dirección casual, el farol, la
placa, el agua, todo ello me penetró para siempre”
En estos tres
tercios existen algunas casualidades un tanto llamativas. Que
Gombrowicz se haya encontrado con Czeslaw Straszewicz en un café de
Varsovia unos días antes de la partida del Chrobry, y que a Hitler y a
Stalin se les haya ocurrido firmar el pacto de no agresión justo en el
momento en que Gombrowicz desembarcaba en Buenos Aires, pueden se
tomados como hechos casuales y llamativos.
Pero que Gombrowicz
se haya quedado un cuarto de siglo en la Argentina tiene más olor a
causalidad que a casualidad. Las alas de Gombrowicz vuelan en sus
sueños hacia el Mediodía y el Poniente. La Primera Guerra Mundial
despertó en Gombrowicz una nostalgia incurable por Occidente.
En
el año 1918 la barrera entre el Este y el Oeste se rompió y Occidente
comenzó a infiltrarse en Polonia poco a poco, un cambio que significó
tanto para Gombrowicz como la recuperación de la independencia. Del
Oeste le llegaban los vientos de la historia y de la cultura, al Sur
accedió más tarde, en Francia, en un trayecto que recorre en bicicleta
entre un pequeño balneario montañoso y la playa de un puerto diminuto
en los Pirineos Orientales.
Pedaleaba hacia abajo con un grupo
de meridionales desenfrenados, de pronto se le apareció a lo lejos la
superficie inmóvil y resplandeciente del mar latino como si se
levantara un telón. Lo que no habían podido las catedrales y los museos
de París lo lograba ese camino vertiginoso que apuntaba al mar.
Comprendió
el Sur, Francia, Italia, Roma... todo eso se le apareció por primera
vez en forma hermosa justamente a él, que hasta entonces había
considerado a la gente de tez morena como un tipo humano inferior. La
blancura de las piedras, el noble gris ceniza de los plátanos, el azul
al frente, la nitidez de las líneas y la plenitud de la forma. Toda la
cultura francesa, que hasta entonces le había parecido burguesa y
repugnante, se le apareció como algo elemental y salvaje.
Nunca
más sintió aversión hacia el Sur, el Mediodía lo atrapó con una dureza
refulgente, un deslumbramiento que preparó el camino para ese viaje
increíble y milagroso que hizo más tarde a la Argentina. No estoy
seguro de esto, porque era una persona culta, pero yo creo que en un
principio Gombrowicz se imaginó a la Argentina como un país tropical
lleno de palmeras, de pájaros multicolores, de papagayos.
Un país sin miras de
guerras, rico, enorme, despoblado, en contraste con una Polonia que
había sido independiente durante veinte años antes de la guerra y que
había estallado en llamas junto con toda Europa. El sueño tropical
todavía lo tenía cuando conoció a Piñera en el café Rex: –Así que usted
viene de la lejana Cuba. Todo muy tropical por allá, ¿no es cierto?
¡Caramba, cuántas palmeras!
“Acerca de lo que ocurrió a bordo de
la goleta Banbury” es la novela corta más larga de Gombrowicz. La
escribió en el año 1932, y sin saber que siete años más tarde
desembarcaría en la Argentina, sueña con ella: “Bajo el hermoso cielo
de Argentina, los sentidos gozan gracias a una niña”. Y comienza la
narración en forma premonitoria: “Mi situación en el continente europeo
se hacía día a día más penosa y más equívoca”.
Pero lo más extraño
es que en el diario de la travesía, cuando se va de la Argentina, y sin
decir que lo hace, mete los relatos del ojo sobre la cubierta y del
marinero que se traga la cuerda del palo de mesana como si fueran
episodios reales de lo que está narrando. Gombrowicz está empeñado en
construir catedrales y en desarrollar composiciones arquitectónicas
artificiales como instrumentos, para redondear algo bello, algo que
duele, algo que existe.
Esta
irrupción de los relatos en el diario de la travesía resulta
desconcertante, está contando la historia de un alejamiento conmovedor,
lírico, dramático y, de pronto, se coloca en una situación circense.
¿Por qué hace esto?, porque la más larga de sus novelas cortas había
sido publicada en Francia un poco antes de su llegada a París con muy
buena acogida. Aquí también se pone de manifiesto el carácter
instrumental de sus composiciones. En “Cosmos” intenta volver reales
las asociaciones que tiene en la conciencia, y ahorca al gato, un acto
desleal pues falsea la relación entre el ahorcamiento imaginario del
gorrión y el ahorcamiento real del gato. Al poner en juego
intencionalmente elementos reales para configurar una estructura de
elementos imaginarios que tiene en la conciencia, el protagonista lleva
a cabo un acto desleal pues perturba lo que está observando y sólo
conocerá entonces el resultado de su perturbación.
Con
el ojo humano y el marinero que se traga la cuerda del palo de mesana,
Gombrowicz, que en este caso es el protagonista, hace al revés, pone en
juego intencionalmente elementos imaginarios para configurar una
estructura de elementos reales, otro acto desleal que arroja el mismo
resultado. El humor, el erotismo, el aburrimiento y los sueños, de
“Acerca de lo que ocurrió a bordo de la goleta Banbury”, se sacan
chispas y juegan una partida memorable.
En la primavera de 1930
Zantman emprendió un largo viaje por motivos de salud. Su situación en
el continente europeo se tornaba día a día más embarazosa y menos
clara. Le pidió a un amigo que le encontrara un lugar en alguna de sus
embarcaciones, y a la semana emprendió el viaje en una hermosa goleta
de tres mástiles con una capacidad de cuatro mil toneladas cargada de
sardinas y arenques, rumbo a Valparaíso.
El
capitán Clarke le dio la bienvenida cuando subió a bordo de la goleta
Banbury. El primer oficial le cedió su camarote por una módica suma de
dinero. A las horas Zantman empezó a vomitar todo lo que tenía en el
estómago, y para volverlo a llenar devoró toda la ropa de cama y la
ropa interior del primer oficial que estaba en el baúl, pero muy poco
tiempo permanecieron en sus entrañas.
Sus gemidos llegaron al
capitán quien, apiadándose de él, ordenó que subieran al puente un
barril de arenques y otro de sardinas para que siguiera devorando. Sólo
al anochecer del tercer día, después de haber consumido tres cuartas
partes de los arenques y la mitad de las sardinas, logró recuperarse.
Cesó también el movimiento de las bombas que limpiaban el navío.
Se
alejaban de Europa, en una noche estrellada y apacible ocurrió algo que
parecía relacionado con los vómitos que había padecido Zantman y que,
en cierto sentido, resultó premonitorio. Uno de los marineros se llevó
a la boca, en forma distraía seguramente, una cuerda que colgaba del
mástil mayor.
Muy posiblemente, debido al movimiento vermicular
del intestino estimulado por esta anomalía, se empezó a tragar la
cuerda con tanta violencia que el pobre marinero fue izado como si
fuese un trapo hasta lo más alto del mástil donde quedó atascado con la
boca completamente abierta. Dos mozos de cubierta se colgaron de sus
piernas pero no pudieron hacerlo bajar, entonces, el primer oficial
tuvo la buena idea de recurrir otra vez a los vómitos.
Para
despertarle la imaginación vomitiva le presentó al paciente un plato
lleno de colas de rata, el pobre infeliz, con los ojos totalmente
desorbitados, tuvo un acceso de vómito y cayó al puente tan pesadamente
que casi se rompe las piernas. Aunque en ese momento no le puso mucha
atención, Zantman había presenciado ya dos acontecimientos con síntomas
relacionados a la náusea, el del marino, de carácter absorbente y
centrípeto, y el suyo, de carácter centrífugo.
Las
colas de las ratas, la nave y las espaldas de los marineros tampoco le
eran del todo extrañas. Smith, el primer oficial de a bordo, y el
capitán Clarke le explicaban que el barco era bueno, y que si a alguien
no le parecía del todo bueno podía abandonarlo cuando lo deseara.
Al
promediar la conversación Clarke le pide a Smith que ordene a la
tripulación tres vivas para el capitán, y la tripulación lo viva tres
veces. Los marineros siempre estaban inclinados limpiando algo, de modo
que Zantman no veía otra cosa que sus espaldas. Una mañana le manifestó
al primer oficial su convicción de que la tripulación de la Banbury
estaba integrada por mozos valientes y honestos.
Smith
le respondió a Zantman que no era así, que los tenía sujetos a todos
con el taladro, que los trataba con puño de hierro y que no le daba una
patada en el culo al que se portaba mal, a pesar de que era lo único
que ofrecían, porque no serviría para nada, si pateaba a uno tendría
que patearlos a todos por el espíritu de igualdad, y eso sería una
tontería.
El capitán le comentaba a Zantman que arriba de la
goleta no había papá ni mamá y tampoco había consulados, que él era el
amo y señor de la vida y de la muerte, que no había abuelos ni dulces
ni bizcochos, que sólo había disciplina y obediencia. Quería
demostrarle a Zantman que tenía poder, deseaba mostrárselo porque de
vez en cuando lo asaltaba el desánimo y se reblandecía.
El capitán Clarke le dijo a Smith que si lo viera
sin la hoja de parra, como Dios lo trajo al mundo, sin los pantalones
blancos y los galones de oro en la gorra, no lo reconocería. Al
marcharse el capitán, Zantman murmuró que eso bastaba para él,
refiriéndose a las manías del capitán, y al momento el primer oficial
le contesta que no le aconsejaba hacerse el gracioso.
De vez en
cuando el capitán y el primer oficial jugaban con bolitas de migas de
pan, el tedio se dejaba sentir tanto que se peleaban violentamente sin
conocer la razón de la riña. Los oficiales bebían licores y los
marineros realizaban extraños movimientos con el cuerpo, se inclinaban,
apoyaban los brazos en el suelo, estiraban las piernas y movían los
hombros como hacen los gusanos en la tierra.
El primer oficial
Smith le confiesa a Zantman que debido al aburrimiento sus relaciones
con el capitán Clarke se habían puesto difíciles. Jugaban a pincharse
con agujas, vencía el que resistía más tiempo, estaba picado como un
colador. Zantman le dice que habían creado un círculo vicioso sin
salida lateral. Tenían que procurarse un alfiletero y colocarlo entre
los dos.
Smith
lo miró con respeto y le dijo que estaba sorprendido con sus
conocimientos, que había resultado ser un magnífico navegante
experimentado, que tenía el colmillo de un viejo lobo de mar, que con
el alfiletero dejarían inmediatamente de pincharse. A la tarde Smith
empezó a hacerle confidencias sobre la tripulación, la peor gentuza,
carne de horca recogida en los peores puertos del mundo.
Había que
tratarlos con mano dura, no pensaban en otra cosa que sacarle el cuerpo
al trabajo, que el peor de todos se llamaba Thompson, con una boca en
forma de culo de gallina como si quisiera sorber vaya saber qué cosa, y
que esa noche le iba a dar una lección. Después de decirle todo esto
empezó a canturrear que de agua y tedio era la vida del marinero.
Posteriormente a la
conversación sobre el alfiletero con Smith el capitán cambió la actitud
hacia Zantman, empezó a presumir que Zantman tenía sus propios métodos
para combatir el tedio, que no era de esos estúpidos ratones de tierra
sino un experto navegante, y que era inútil que le ocultara su
verdadera identidad. Clarke, en tierra firme, no hacía otra cosa que
aburrirse, y el tedio lo arrojaba al mar.
Y una vez desplegadas
las velas, desaparecidas las costas del continente, tras el movimiento
y el ruido de la hélice, otra vez, nada, el aburrimiento, el tedio
marino. Con una buena tormenta se arreglarían las cosas, pero así todo
resulta intolerable. Al día siguiente el ayudante de cocina dejó caer
involuntariamente al mar un gran balde de cobre que desapareció
inmediatamente en la boca de un tiburón.
El hecho le produjo
al mozo tanta alegría que sin poder contenerse empezó a arrojar todos
cubiertos que el escualo devoraba al vuelo, y después lanzó al mar el
resto de lo que cayó en sus manos. Smith lo detuvo cuando estaba
desclavando una repisa de la pared. Al muchacho lo hicieron enfermar de
paludismo esa misma noche y no reapareció hasta el final del viaje.
De
día, las espaldas de los marineros eran dóciles y temerosas, pero en
las noches llegaba hasta el camarote de Zantman un zumbido monótono e
insistente semejante al de un enjambre de insectos. Eran los marineros
que Smith controlaba durante el día, pero no a la noche. Murmuraban
historias absurdas e interminables en las que no existía ni una sola
palabra de verdad.
Cuando Zantman comprobó que Thompson tenía,
efectivamente, la boca de culo de gallina le preguntó porque la ponía
así, le respondió que la ponía así porque le gustaba, le hacía bien
para olvidarse del aburrimiento y de la severidad de los oficiales que
lo estaban arruinando.
Zantman le dio diez chelines, le prometió que le iba
a dejar fruta y leche en la puerta de su camarote todas las noches y le
rogó que no hiciera escándalos y aguantara hasta llegar a Valparaíso.
Thompson contó lo de los chelines, la noticia se divulgó y algunos
marineros le empezaron a pedir plata a Zantman, la cuenta le iba
resultando de treinta y seis chelines y seis peniques. Había hecho mal,
los marineros se excitaron y se volvieron más insolentes, les daba una
mano y se tomaban el brazo.
Un día paseaba por la popa y vio
en el puente un ojo humano. Le preguntó al timonel de quién era el ojo,
pero el timonel no lo sabía, y cuando le preguntó otra vez si alguien
lo había perdido o se lo habían sacado a alguien, le respondió que
estaba ahí desde la mañana pero que él no había visto a nadie, que le
hubiera gustado recogerlo y guardarlo en una caja pero que no podía
abandonar el timón.
Bajo cubierta había otro ojo, era un ojo
distinto, era de otro hombre. Zantman se lo contó a los oficiales de a
bordo y el capitán comentó que habían empezado a jugar al ojito, le dio
la orden al primer oficial Clarke de castigar al autor de ese
desaguisado y, además, de obligarlo a comer el ojo extraído como lo
exigían los usos y las costumbres marítimos.
Smith
murmuró que ya no tendrían paz, que durante una temporada en el
Pacífico meridional habían perdido las tres cuartas partes de los ojos
de la tripulación, y que tenía que darles una lección. Cuando Zantman
le dijo a Clarke que tenía la impresión de que los hombres se
encontraban molestos como si les faltara algo y que, a lo mejor, se los
podría tranquilizar de alguna manera, el capitán le contestó que lo
había calado el miedo, que a veces le parecía un navegante valeroso y
otras una mujercita plañidera.
En ese momento Zantman le espetó
que tenía conocimiento de que en el barco se estaba preparando un
motín, y que todo iba a terminar muy mal. El capitán lo invitó a beber
unos tragos de cognac. Los marineros de proa cantaban: –Oh, bella mía,
¿por qué no me amas?, y los de popa cantaban: –Bésame, bésame.
Era
necesario evitar hablar de mujeres, Smith les prohibió mencionarlas y,
entonces, al tirar de las cuerdas exclamaban: –Aprieta, aprieta–, e
inclinados sobre los baldes: –Lava, seca, moja, riega–, cantaban con
todo el sentimiento y la nostalgia de la que eran capaces. El capitán
dio la orden de que los marineros tomaran una cucharada de aceite de
hígado de bacalao, aunque ellos no querían arruinar sus ensueños igual
la tomaron, por el momento volvió a reinar la calma.
A la noche la
tripulación canturreaba y murmuraba: –Las mujeres de Singapur, de
Mandrás, de Mindoro, de Sáo Paulo, de Loamin–, se restregaban los
brazos con aceite de hígado de bacalao. Y seguían: –Sus manecitas, sus
piececitos, yo he sido amado sin dejarle siquiera un chelín.
Thompson
propuso cambiar la ruta noventa grados, apuntar hacia el Sur donde
existen islas cubiertas de jardines y vacas marinas grandes como
montañas, mientras cantaba: –Bajo el hermoso cielo de Argentina, los
sentidos gozan gracias a una niña. Cantaban para amar a la nostalgia.
Zantman
estaba pensando que era una suerte que no hubiera mujeres cuando,
repentinamente, sintió el chasquido inconfundible de un beso, era
Thompson abrazándose con un grumete, le ofreció una libra para que
recuperara el juicio, pero el grumete gritó, con la voz tan aflautada
como la de una mujer, que él se parecía a una mujer. Otros marineros se
abrazaban y cuchicheaban. El capitán observaba desde el puente de mando
con la pipa encendida.
Zantman se le acercó y le dijo que en
el barco habían aparecido los besos, que en el puente los marineros
andaban en pareja, que paseaban del brazo y se abrazaban. Clarke llamó
a Smith y le dijo que había que prepararse para castigar el motín de
acuerdo a las leyes del mar y la navegación. Hacia la medianoche el
viento se transformó en un huracán, la goleta comenzó a bailar como un
columpio y la velocidad aumentó vertiginosamente.
Al
cabo de veintiséis horas la tormenta amainó pero Zantman prefirió no
salir del camarote. Era evidente que el amotinamiento había tenido
lugar, cerró la puerta con llave y la aseguró con un armario. Pasaban
los días y nadie se presentaba, la goleta aumentaba su velocidad sobre
una superficie tersa como la de un pantano, las luces que se filtraban
por las hendiduras del camarote eran cada vez más intensas.
Zantman
estaba seguro que afuera volaban los grandes cóndores y los vistosos
papagayos, y los peces de oro..., que los amotinados habían dirigido la
Banbury hacia las aguas desconocidas del trópico. Había preferido no
oír los gritos salvajes y frenéticos de la tripulación que, con toda
seguridad, estaba saludando a los colibríes, a los papagayos, y todos
los otros signos que en la tierra y en el cielo anunciaban la próxima y
grandiosa orgía.
“No,
no quería saberlo y no deseaba el calor, ni la exuberancia, ni el lujo.
Prefería no salir al puente por temor a ver lo que hasta ese momento
ofuscado, oculto y no dicho se desencadenaría con toda su falta de
pudor, entre plumajes de pavos reales y fulgores espléndidos. Desde el
comienzo todo había estado en mí, y yo, yo era exactamente igual a
todos los demás. El mundo exterior no es sino un espejo que refleja el
interior”
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