
WITOLD GOMBROWICZ, LAS BARBAS Y LOS DUELOS
“La
decadencia catastrófica del antiguo honor solemne, con duelos, testigos
y protocolos, se me hizo patente en mi familia más próxima. Mi padre
era un gentleman a la antigua, de antes de la primera guerra, y daba
mucha importancia a la corrección en todos los sentidos, pero incluso
él mismo empezaba ya a demostrar un cierto sentido del humor en
relación con los asuntos de honor en boga por aquel entonces. Un día,
en Maloszyce, mi madre lo sorprendió mientras practicaba un extraño
deporte: disparaba con una pistola sobre una silueta de perfil dibujada
con tiza sobre una tabla de madera, y era evidente que se entrenaba
disparándole al trasero. Mi madre, muy intrigada, consiguió por fin
sonsacarle la confesión: lo habían retado a duelo y había decidido
colocar la bala en la parte trasera del cuerpo de su adversario,
bastante pronunciada por cierto”
Los
diez años de diferencia que tenía con su hermano Janusz bastaban para
mostrar con qué rapidez se producían los cambios. Janusz aún pertenecía
a la juventud dorada, en vías de desaparición, era del campo, elegante,
caminaba balanceando el bastón y se daba vuelta cuando se le cruzaba
una mujer, con cara de tenorio. En el teatro se le veía siempre en las
primeras filas conservando el porte de la nobleza terrateniente. Aunque
no tuviera nada en el bolsillo, llegaba siempre a uno de los cafés más
distinguidos de Varsovia en un coche elegante que, cuando ya estaba en
las últimas, tomaba en la esquina más cercana sólo para descender en el
café con su gala correspondiente. Gombrowicz no usaba bastón, a duras
penas se ponía el cuello duro, no frecuentaba lugares de moda, no tenía
asuntos de honor, no asistía ni a comilonas ni a borracheras, andaba en
bicicleta en el campo y en la ciudad en tranvía, para escándalo de sus
familiares y parientes higalguillos.
“Janusz
me había pedido que buscara un administrador para nuestra casa de
campo. Se presentaron unos cuantos candidatos, entre ellos un joven
rubio que me hizo llegar a través de la sirvienta su tarjeta de visita,
muy distinguida, en la que se destacaban, además del apellido, el
sobrenombre y el blasón. Tras una breve conversación me di cuenta que
no poseía la calificación necesaria. Cuando se lo hice saber se levantó
y me reclamó la devolución de su tarjeta de visita: –¿Cómo? ¿Pero por
qué?; –Devuélvamela. Me puse a buscarla, pero la maldita tarjeta había
desaparecido Dios sabe dónde: –¡No me marcharé hasta que usted no me
devuelva la tarjeta!; –Pero, ¿para qué diablos la quiere?; –Es una
tarjeta con mi blasón y yo no estoy seguro que usted la vaya a
respetar. ¡No permitiré que mi blasón sea tirado a la basura... o aún
peor! Al darme cuenta que estaba a punto de involucrarme en un asunto
de honor, gateé debajo de todos los muebles que estaban a mi alcance
hasta que por fin, felizmente, la encontré”
Uno
de los cambios formales más importantes de esa época rica en
metamorfosis fue la desaparición de las barbas y de los bigotes, un
cambio tremendo teniendo en cuenta que un barbudo como Dios o como Marx
eran completamente diferentes a un hombre rapado. Las consecuencias de
este acontecimiento fueron enormes en el arte, en la moral, en la
política y en la metafísica.
“Nunca olvidaré el aullido que emitió
una de mis primas al ver entrar en casa a mi padre con la cara
completamente rasurada; acaba de dejar su barba y sus bigotes en la
peluquería de acuerdo al espíritu de la época. Fue el grito penetrante
de una mujer ofendida en su pudor más profundo; si mi padre se hubiera
presentado desnudo no hubiera gritado con tanto horror –y en el fondo
tenía razón: era una desvergüenza de primera categoría aquella cara de
mi padre hasta entonces siempre oculta por la barba y los bigotes y que
ahora hacía por primera vez su aparición escandalosa”
“Con
mis hermanos nos reíamos a carcajadas de una cuestión de honor que
había tenido que soportar uno de nuestros primos. En el restaurante
del hotel Bristol (el mismo en el que se habían encontrado por primera
vez Filifor y antiFilifor) vio a un señor sentado no muy lejos de él
que le hacía muecas. Sin pensarlo dos veces se acercó y le pidió que se
excusara. El otro le dijo que no tenía la menor intención de hacerlo,
que lo dejara en paz. Antes de que se hubiese aclarado que las muecas
de aquel señor no le estaban dirigidas a mi primo sino a alguien
sentado detrás de él, los dos ya habían tenido tiempo suficiente para
ofenderse y el asunto terminó en un duelo (...) El honor hacía
apariciones completamente teatrales. Un oficial no quería mostrar su
billete al guarda de un tren: –¿Usted no se fía de la palabra de un
oficial polaco? Cuando el guarda intentó llamar a la policía para
obligarlo, el oficial empezó a disparar”
Para
la época en que Janusz le estaba pidiendo que eligiera un administrador
para la casa de campo, Gombrowicz se estaba ocupando de desacreditar la
solemnidad de los duelos en “Ferdydurke”. Quince años después seguía
desacreditando esa solemnidad en “Transatlático”. El hijo estaba
tomando cerveza con su padre, un hombre bueno, decente, cortés y
aterciopelado.
El padre le comenta a Gombrowicz que va a enrolar a
su único hijo en el ejército polaco. Gombrowicz lo previene contra
Gonzalo y le sugiere que se vaya del lugar, el padre no accede. Gonzalo
brinda con el padre desde lejos, el comandante se lo prohibe, el moreno
le arroja entonces el jarro de cerveza que tiene en la mano, le parte
la frente y brota la sangre.
Todo
es una vergüenza: la vergüenza en la embajada, la vergüenza en la casa
del pintor y ahora la vergüenza en el Parque Japonés, mientras allá,
del otro lado del océano, se derrama la sangre. A la mañana siguiente
apareció el padre en la pensión de Gombrowicz y le rogó que desafiara a
Gonzalo en su nombre, vaca o no vaca el hecho era que llevaba
pantalones y que lo había ofendido públicamente.
Cuando Gombrowicz
se lo contó a Gonzalo éste le recriminó que se hubiera puesto de parte
del viejo y no del joven, que tenía que defender al joven de la tiranía
del padre, que de qué le servía a los polacos ser polacos, que si acaso
habían tenido hasta ahora un buen destino, que si no estaban hasta la
coronilla de su polonidad, que si no les bastaba ya el martirio, el
eterno suplicio y el martirologio, que había llegado el momento de la
filiatría.
Aceptaba el duelo bajo la condición de que las
balas fueran de salva, que las verdaderas se debían escamotear al
momento de cargar la pistolas en el forro de la manga. Para asegurar
esta impostura Gombrowicz nombró a dos socios de la empresa equino
canina en la que trabajaba como padrinos del duelo.
Gonzalo había
rematado su exhortación con la palabra filiatría, y esta palabra le
retumbaba en la cabeza a Gombrowicz junto a los gritos de “Polonia,
Polonia” que escuchaba en la calle mientras caminaba hacia la embajada.
¡Viva nuestro heroísmo!, exclamaba el embajador, un coronel ya le había
contado lo del duelo y como todos descontaban que terminaría sin sangre
convinieron en agasajar al comandante con una comida que se daría en
la embajada.
Mientras volcaba en el libro de actas la
invitación del embajador el consejero escribió también que iban a
asistir al duelo, que tenían que ver al polaco con la pistola en la
mano atacando al enemigo. Pero un duelo no es una partida de caza,
tenían que asistir con una excusa bien pensada, bien podría ser una
cacería con galgos a la que invitarían a los extranjeros.
Mientras
tanto Gombrowicz le preguntaba al embajador cómo era posible que
marcharan sobre Berlín si los combates se estaban librando en los
suburbios de Varsovia. El embajador le dijo que todo se había ido al
diablo, que todo había terminado, que habían perdido la guerra y que
había dejado de ser embajador, pero que la cabalgata se iba a realizar
de todos modos.
Al día siguiente, el duelo. Se dio la señal y
los adversarios entraron al terreno. Gombrowicz cargó las pistolas y
metió las balas en el forro de la manga. Vacío absoluto, eran disparos
vacíos, a lo lejos apareció una cabalgata también vacía; vacío porque
no había balas y vacío porque no había liebres.
El duelo era una
trampa que no tenía fin porque se había convenido a primera sangre. De
pronto se oyó un furioso ladrido de perros y un grito espantoso. El
hijo estaba siendo atacado por los perros, el padre disparó contra los
animales enfurecidos pero con un revolver vacío, entonces, Gonzalo se
arrojó sobre la jauría y salvó la vida joven. El padre se conmovió y le
ofreció su amistad eterna que Gonzalo aceptó, y para cerrar todas las
heridas lo invitó a su casa.
Le
confiesa al padre que lo había traicionado con Gonzalo realizando un
duelo sin balas, Gombrowicz estaba conmovido y estalló en llanto frente
al padre que, desesperado por la congoja, le hace un juramento sagrado:
iba a lavar su honra con sangre, pero no con la sangre afeminada de ese
miserable, sino con la sangre densa y terrible de su propio hijo, era
la ofrenda del hijo que le hacía a la guerra.
Cuando Gonzalo se
entera de que el padre quiere matar al hijo le dice a Gombrowicz que
tiene un medio para convencer al hijo de que mate al padre, y al
convertirse en parricida necesitará su amparo, se ablandará y caerá en
sus manos afectuosas y protectoras. Tanto el honor como la solemnidad
del duelo se encaminaban al desastre, parecía que todo iba a terminar
en tragedia.
Gombrowicz
estaba completamente desprovisto de honor, en esa materia era un
salvaje incapaz de distinguir las jerarquías de las partes del cuerpo y
comprender por qué una bofetada era algo más terrible que un golpe en
la oreja. Cuando la obligación general del servicio militar igualó a
todos en cuanto se refiere a las batallas, todavía quedaba el duelo
como un riesgo especial reservado a la clase superior, que compensaba
en parte las comodidades y las facilidades que proporciona el dinero.
Pero
cuando los duelos desaparecieron, cuando al burgués bien alimentado ni
siquiera le quedó la obligación de disparar una pistola y arriesgarse a
que le metieran un balazo al recibir una bofetada en pleno rostro, lo
único que le quedó fue disfrutar de una vida regalada a la que ya nada
podía perturbar.
Aunque
Gombrowicz caía a menudo en el esnobismo y en anacronismos sentía un
amor fuerte por su tiempo, y un sentimiento de solidaridad con su
generación. El mundo entero se hallaba bajo la magia de la historia,
hecho que la juventud de hoy no experimenta. Fueron tiempos
liberadores, una época prometedora no solamente para los polacos.
“Después
cayeron los golpes, uno tras otro, y todo empezó a hundirse en la
sangre, el dolor, el tedio y en una oscuridad abrumadora. Pero en
aquellos años no sabíamos todavía que en los dos imperios derrotados
por la guerra se incubaba una nueva catástrofe”
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